viernes, marzo 02, 2012

Amor Platónico

Por Angelo Negrón



     Hoy te contaré de una mujer a la que amé cuando apenas era un niño. Yo deseaba estar más tiempo en su casa que en la mía. Mis hermanos decían que no entendían como era que prefería estar con ella en vez de jugar a las escondidas, ir a la plaza, practicar algún deporte o simplemente ver un programa televisivo. Nunca comprendí lo que decían. Me conformaba con obsérvala a escondidas.
     ¡Era hermosa! Tanto como ver en la lejanía el manto verde en las montañas, ir a encaramarme a un árbol donde comer pomarrosas o tomar el aire fresco de la mañana. Y aquellas noches estrelladas tan hermosas, ¿cómo olvidarlas? Sólo se comparan con su mirada, misma que me cautivó desde el mismo día que la conocí.
     Era ella mayor que yo. Aún así, lo confieso, la amé sin importarme nada. Ni las criticas de mis amigos que se burlaban diciendo: “estás loco, yo no perdería mi tiempo visitándola”. Ni las burlas de las niñas de mi edad que no comprendían todo el amor que yo sentía por ella. A cada rato expresaban su desaprobación ante mi ausencia de los días en que según ellas yo debería estar en alguna playa tostándome al sol.
     A decir verdad pensaba en ello. Tal vez por eso, cuando fui creciendo, no fui a verla con tanta continuidad. Cabe señalar que ella amaba a otro y mis celos llegaron a ser enfermizos. Llegué a sentir celos en vez de comprender que era bastante lógico que yo no fuera el único a quien debía demostrar amor. Su corazón era inmenso y yo había llegado después. Siendo un intruso ¿Cómo podía exigirle que me amara sólo a mí si ella era capaz de amar de tantas formas? Yo no sabía eso hasta ahora. Recuerdo una vez que me ofreció “cocoa”. No entendía lo que decía, pero lo mencionó con tanta dulzura que gustoso acepté. Aquel chocolate fue el mejor que probé nunca. Y aquella vez que me dijo “Te amo” susurrándome al oído como si quisiera que nadie se enterara. Ella sabía que guardaría ese secreto por siempre.
   Nuestro amor era tan maravilloso que sólo se bastaba a sí mismo. Muchas veces mencionó lo mucho que me extrañaba cuando yo, en mi inconsciencia, dejaba de visitarla para dedicarme a cosas triviales. Me resultaba tan largo el viaje. Sin embargo, siempre que llegaba donde ella y nos fundíamos en tenue abrazo, pensaba que no importaba si tuviese que caminar descalzo sobre piedras cortantes con tal de sentir tan sutil caricia. Luego pasaban los días y como si me olvidara de sus besos volvía a la rutina. Sólo una amiga pareció entender mi situación cuando me aseguró que para esta clase de amor no existe edad ni distancia.         
     Dijo que si yo estaba dispuesto, podría demostrarle para siempre mi amor. Aún así; no cambié. No sé si fue cansancio o dejadez. Sólo sé que ya es muy tarde, sólo sé que ahora nada más puedo vivir de añoranzas.
     Así es, vivo del recuerdo. Cuando la niñez me tentó a amarla sin atadura de años, mi juventud me confirmó que no existía la distancia y la madurez me hizo ver que debí darme completo. ¡Fue tanto el amor que me brindó! Nunca, de aquí a mil vidas, podré reciprocarlo. Estoy tranquilo porque ella, mejor que nadie, sabe quién soy y son tantas sus virtudes, que es imposible no me haya perdonado ya. Pero como ya dije antes, ya es muy tarde. Nada puedo hacer, pues de quien te hablo, amiga mía, acaba de morir. Ella es mi abuela. Murió a este mundo para nacer en uno muy lejano. Donde espero se haya encontrado con mi abuelo. Algún día iré a visitarla. Veré en su rostro aquella sonrisa tan sincera y le pediré nuevamente, después de una taza de cocoa caliente, que me abrace y diga susurrándome al oído lo mucho que me ama...


* Con todo mi amor a mi abuelita Virtudes Pagan Colón a quien le escribí esto el 2 de marzo del 2002; día en que fue a visitar a mi abuelito allá en el nirvana.

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