sábado, octubre 23, 2010

Centinela Sideral

Por Angelo Negrón


El calor me atormentaba y decidí salir de la casa por un rato. Al pasar el umbral de la puerta me tropecé con algo en el suelo. Al caer expuse mis manos como mecanismo de defensa y evité con esto algún golpe extra en el rostro. No pude evitar maldecir. Mientras me levantaba, un dolor en el tobillo me hizo ceder y caer nuevamente al piso. Llevé mis manos a mi pierna derecha y solté un alarido de dolor. Busqué sentarme y distinguir con que me tropecé. Al acostumbrar mis ojos a la oscuridad divisé el tiesto de barro que en la mañana había dejado vació gracias a las flores que le arranqué con la excusa de llevártelas.
Maldije mi recién caída y también el hecho de no encontrarte en la mañana para entregártelas. La brisa azotó mi cabello. La frialdad de la noche bañó mi sudor y me hizo sentir confortable. Volví a tocar mi tobillo. Me percaté de que ya no sentía dolor. Al posar la mano en el piso para impulsarme reparé en que el suelo estaba frío. Noté que me haría bien recostarme y regalarle algunos segundos a mi mente sedienta de olvido. Para sentirme a gusto decidí desnudarme. Me quité camisilla, pantalón y bóxer sin temor a que algún vecino entrometido y santurrón le fuese con el chisme a alguien, o me llamara la atención, pues la oscuridad sería el camuflaje perfecto.

Pasé sentado algunos minutos. Perdido en el recuerdo de las últimas horas. Rememorando la forma en que salí de casa con la ilusión de verte y regalarte tus flores preferidas. Te diría la verdad; que llevaba meses cultivándolas con la intención de entregártelas con alguna palabra de amor que no hubiese sido pronunciada por mi mirada. Pero no te encontré. Precisamente hoy declararía la visión que llevo conmigo en cada sueño despierto. Justamente hoy te suplicaría cambiáramos nuestras vidas dispersas y fuésemos uno en el espejo de la vida.

Mi espera fue acompañada por los árboles y los pájaros del parque y, aún así, la soledad me caló en los huesos. Según pasaron los segundos la esperanza fue alejándose de mi ser y como inevitable incongruencia el dolor, que habita en los seres enamorados, me recogió de aquella banqueta y me hizo salir del lugar; no sin antes propagar las flores. Las esparcí de pétalo en pétalo, mientras en clásico interrogatorio les cuestionaba sí me querías o no. Por esto; aunque la esperanza desapareció al no verte llegar, salí de allí sonriendo ante la respuesta de un sí y con la certeza de que paulatinamente ganaría esperanzas perdidas.

Una carcajada se me escapó y recosté mi espalda en el suelo. Justo en ese momento divisé la luna que en cuarto menguante me sonreía. La observé por largo rato. En la oscuridad de la noche tardía decidí que esperaría el amanecer despierto. Busqué algunos cojines en la sala y los esparcí en el lugar. Me acompañé de vino tinto y música suave. Decidí dedicarme a esperar alguna estrella fugaz a la cual pedirle por deseo poseerte. Ante tal idea me levanté nuevamente, esta vez, para buscar el viejo telescopio que guardaba como reliquia desde niño. Acaricié las iniciales de mi nombre y apellidos que había tallado en su pintura para identificarlo como mío inmediatamente me lo obsequiaron. Miré a través de su orificio y me percaté de que ya no funcionaba. Los lentes estaban extrañamente manchados y lo arrojé a un lado.
El frío atacaba mi desnudez sin compasión y, como siempre, me agradaba. Miré al cielo y comencé a construir figuras geométricas con las estrellas y alguno que otro dibujo mal ensamblado con mi dedo índice. Divisé varias constelaciones. Como un estudioso, que en realidad lo que busca es olvidar otros detalles, me envolví en la penumbra de la noche en pensamientos que me apartaran de ti y de este pensarte constante que sólo me hace dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. ¿Cómo le explico a mi cuerpo que abandone sueños despiertos tan maravillosos?

¡Cuánto daría por poder admirar las ochenta y ocho constelaciones al mismo tiempo! Es tan relajante mirar al cielo. La verdad es que estaba logrando poner mi mente en blanco hasta que descubrí a una hermosa constelación del cielo nórdico. Me enfoqué en la estrella polar escudriñando la forma de disimular el hecho de comparar a Casiopea con la primera letra de tu nombre y es que: Esa constelación guarda esa forma. Miré a derecha e izquierda. Las estrellas parecían ser tus aliadas en el recuerdo que emanaba en mí sin pedirlo. Perseo, Cefeo y Dragón parecían moverse a velocidad vertiginosa y me di cuenta, algo tarde, de que en realidad sufría un mareo.

Abrí mis ojos. Acostumbrarme otra vez al lugar en que me encontraba tendido me dificultó, un tanto, enfocarme en Casiopea. En lugar de sus siete estrellas pude contar unas diez posicionadas de forma muy extraña. Observé a mí alrededor tratando de identificar si estaba en el mismo lugar o había viajado astralmente a otro lejano en el que no podía reconocer los grupos de estrellas que adornaban la noche. Pensé que estaba soñando o alucinando por el mareo sufrido.
Al pasar varios minutos y notar que no surgía cambio alguno, ni en el cielo ni en mi estado de ánimo, concluí que estaba alucinando y debía buscar algún libro de astronomía que me explicase aquel evento. Tal vez se debía a alguna alineación de planetas o estaba tan enfocado en esas estrellas que no veía las demás, sólo sé que apenas levanté mi cuerpo desnudo del piso me percaté de lo que sucedía al mirar otra vez al cenit. ¡Era víctima de tu recuerdo!
Apreté mis párpados y volví a recostarme en los cojines. Miré al cielo y allí estaban las diez estrellas, únicas y tan reales como yo. Rogué al cielo que fueran las diez lunas de Saturno, pero ni siquiera la deficiente ley de las distancias planetarias de Elert Bode me ayudaría en tal teoría. Construyendo especulaciones volví a la razón indiscutible; ¡Te estaba pensando!

Las contemplé como un grupo de estrellas y la bauticé con tu nombre. Esa constelación no era tan hermosa como tú, pero al menos ya no me negaría a aceptar mi realidad. Mirándolas detenidamente, de norte a sur, comencé por las primeras dos, una al lado de la otra me hicieron descubrir tus ojos. En ellos me derramé y observé los míos. Mi mano se perdió en caricias, con ganas de una rápida erección, pues tus ojos excitan y regalan pasión de sólo verlos.

Busqué la próxima estrella. En ella encontré tu boca; sedienta de besos y dispuesta a besar. Carnosos labios que brillan rojos de ganas, aún ante la ausencia de lápiz labial. Mismos que sueño conquistar y hacerlos no tuyos, sino, sólo míos.

Más abajo; dos estrellas fulgurantes rememoraron tus pezones. Alertas y a favor de alimentar mis ansias. Cerré los ojos como buscando acercarme a tus pechos; víctimas de un escote pronunciado. Sólo me dejaba ver la curvatura de tus senos y algunos lunares. Al quitarte el sostén y divisar las dos estrellas pude palpar tus círculos concéntricos. Demandé al cielo detener el tiempo para saborear a plenitud toda tu piel.

Dos estrellas más; una al este, otra al oeste. Me dejaron saber que eran tus manos. Cultas en el arte de acariciar y proveer placer. Ambas se extendieron hacia mí y se ocuparon de abastecerme de arrumacos. Brindándome delicias aún no vividas. Catapultándome justo entre sus dimensiones y convirtiéndome en esclavo de su centellear.

En mi camino hacia el sur vislumbré un lucero solitario. Su resplandor alumbraba piramidalmente invertido. Como revelación encontré que se trataba de tu intimidad. Mis manos hurgaron en el espacio buscando acariciar el astro que le representaba. Sonreí sin disimular mientras mi lengua bañaba mis labios en señal de apetencia. Mis sentidos se enfocaron todos al unísono en tu presencia etérea que sin esfuerzo se hacía viva y real como si, estando debajo de ti, recibiera el placer de poseerte.

Mis ojos se escaparon a las dos estrellas restantes. Una justa al lado de la otra en el horizonte. Eran tus pies preparándose a caminar hacia mí. A escalar mi cuerpo como te diera en gana. Dejando huellas que me muestren las latitudes, no de las constelaciones septentrionales, más bien las de tu cuerpo. Mismo que ha logrado que decida excluir de mi vida cualquier telescopio que no enfoque tu cabello. Ninguna Vía Láctea en la que no vivan estas diez estrellas que ejemplifican tu belleza corpórea.

El vertiginoso movimiento de las diez estrellas que fueron uniéndose me provocó algo de vértigo. Las diez se transformaron en una ante el asombro de mi cuerpo desnudo y fatigado de pasión. La soberana luz que todas juntas emanaban me envolvió. Descubrí que se trataba de tu alma; deslumbrante y solitaria en búsqueda de su alma gemela. Estallé y esparcí placeres en el imperturbable suelo. Descubrí que debía pasar toda la noche observando la constelación de tu ser...

...La oscuridad ya no era mi cómplice. El sol en el que se convirtieron las diez estrellas ya se había elevado un poco más en el horizonte. El cántico de las aves me recordó el parque en el que nos veríamos el día antes. Sonreí como agradeciendo no haberte encontrado. Gracias a esto acababa y comenzaba por disfrutar del maravilloso juego del amor puro y verdadero. Ese en el que no existe distancia. En el que no importa la curvatura del espacio, sino el arqueo de tu espalda desnuda y recibiendo caricias de mis manos que se antojan de retribuir el goce que reciben al tocarte.

Palpé mi pecho. La medalla de plata que me regalaste, alegórica al calendario azteca, me recordó la máxima de que lo mejor que existe es un día tras otro. No debía dudarlo; nos encontraríamos nuevamente. Ya fuese en las diez estrellas que llevan tu alias o en el sol de tu alma. Si observo bien te hallaré esta noche. El menguante de la luna no encubrirá ante mí su realidad simbólica; la sonrisa que me brindaste por primera vez o quizá debes ser tú, sonriéndome aún. Sólo sé que en mis días eres sol y en mis noches eres luna y que normalmente es a la inversa; te conviertes en sol de mis noches y en luna de mis días. Ciclos estupendos que me traen tu presencia.
¡Que real es sentirte a mi lado y descubrirme como un esclavo sideral de ti! Eres cielo y tierra, planeta y estrella, galaxia y universo, alfa y omega.

La gravedad de este mundo no logra detenerme de pie cuando me haces volar. Mi piel se vuelve tan liviana. Mi alma pasea entre auroras boreales y meteoritos en la exploración de tu encuentro. Por eso mañana y siempre volveré al parque con la ilusión de encontrarte sentada en una banqueta mientras escribes alguna poesía o exiges que el universo sea cómplice de tus deseos más secretos.
Sólo espero ser participe de alguna de tus fantasías. Esas que llevas contigo adornando tu vida cuando tu cabello se vuelve cometa y cómplice al transportar en su cola palabras de amor sustentado en historias galácticas. Las que acarreas en tus oídos; dignos recipientes de mis caricias soñadas. Llévame contigo de paseo. Pretendo visitar no sólo las diez estrellas que simbolizan tu cuerpo, también disfrutaré del viaje que me llevará de una estrella a otra. Ese que recorrido por mi ilusión comienza con mis ojos percibiéndote vestida de rojo y termina apreciándote desnuda. Te gocé tanto anoche...

...Habrás notado que hablo como si hubiésemos hecho el amor apenas anoche. La verdad, y tú lo sabes, así fue. Te lo expliqué hace unos momentos y perdona la redundancia al resumirlo nuevamente, pero me encanta recordarlo. Te estuve poseyendo toda la noche. El aire y el suelo — fríos por demás — no pudieron evitar las altas temperaturas en mi interior. Y es que mientras admiraba el cielo me convertí en Nova. Adquirí temporalmente brillo superior al normal y decrecí luego en fluctuaciones, en espasmos latentes y fuertes mientras te veía transformarte de constelación a sol para surgir justo al amanecer.

La policía acaba de visitarme. Alguien le fue con el chisme. Aseguran que si vuelvo a desnudarme en el patio me multaran. No te preocupes: Ya reflexioné sobre la forma en que evitaré ser descubierto desnudo. No, no es lo que piensas. No visitaré, (a menos que me invites) alguna playa nudista. Cuando te vea; te invitaré a mi cama, donde me convertiré nuevamente en Súper Nova y tú en constelación. Ambos daremos nuevo significado a la teoría del “Big Bang” creando un universo donde sólo estemos tú y yo.
¿Qué haré mientras tanto logro seducirte? Simplemente la próxima vez que apetezca encontrarme en el espacio sideral contigo: subiré al techo, donde sé que no llegan miradas indiscretas. Desde allí imploraré a tu constelación mientras me regodeo en placeres para nada solitarios pues tú estarás, justamente como ahora, conmigo...

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