viernes, agosto 26, 2011

En las letras, desde Puerto Rico


Enrique Laguerre: en sus propias palabras (tercera parte)

por Carlos Esteban Cana

Un adelantado a su tiempo. El compromiso del escritor con la ecología, que hoy se hace tan palpable en organizaciones como Escritores por la tierra, tuvo a Enrique Laguerre como el portavoz más incisivo y necesario en Puerto Rico, tan temprano como a mediados del siglo XX. Ya fuera desde sus novelas o desde su dinámico periodismo, las preocupaciones de Laguerre trascendían y estaban al servicio inmediato de su pueblo. El propio escritor fue en parte responsable, mediante su voz de alerta en sus columnas, de que se detuviera la extracción de arena de las playas. Don Enrique, contrario a muchos, no era un escritor encerrado en su propia torre de marfil. 

No quiero concluir esta edición de En las letras, desde Puerto Rico sin dejar de agradecer al escritor Angelo Negrón, gestor de la bitácora Confesiones, la publicación exclusiva de esta serie. La misma ha estado integrada por fragmentos de una entrevista, ahora perdida, que le cursé a Enrique Laguerre en su hogar en Hato Rey, hace casi 20 años. De esta manera rendimos homenaje al maestro. 
 

Disfruta la segunda entrega: http://confesiones1.blogspot.com/2010/09/en-las-letras-desde-puerto-rico_28.html

Enrique Laguerre: en sus propias palabras (3ra parte)

(fragmentos de una entrevista realizada el 31 de octubre de 1992).

Enrique Laguerre: “Con mis novelas, yo empecé a hacer historia de Puerto Rico, por eso algunas personas me han asociado con los Episodios Nacionales de Galdós, porque aunque La llamarada es mi primer libro, es una novela sobre el momento que yo viví en los 30 y que luego, en el tiempo, se ha convertido en historia. Por ejemplo, cuando escribía eso había 35 centrales azucareras pero hoy día hay tres; han desaparecido 42, de modo que ahí está. En La llamarada está, posiblemente, la raíz para explicar por qué desaparecieron estas 42 centrales.”

“Hoy día si fuera a escribir una novela sobre la zona cafetalera, hay algo que me ha estado preocupando intensamente, y es que están tratando de sembrar café que no necesita sombra; eso plantea un problema porque el café salvó la floresta de Puerto Rico. El oeste de Puerto Rico es más montañoso que la parte desde Corozal a Fajardo, porque desde Corozal a Fajardo se sembró mucho más tabaco y mucha caña de azúcar. Ni el tabaco ni la caña de azúcar necesitan sombra, por el contrario, se cortan los árboles para poder sembrar caña, se cortan los árboles para poder sembrar tabaco. El tabaco además necesitaba eliminar el gusano que traía, y para eso usaban verde parís. El verde parís envenenaba a los gusanos y los gusanos envenenaban a su vez a los pájaros, de modo que desaparecieron los pájaros por el tabaco, desaparecieron los que comían gusanos envenenados. De modo que tanto el tabaco como el azúcar, en cierta medida, son responsables de que Puerto Rico esté despoblado de árboles, del desmonte horroroso y de la extinción de muchos pájaros en Puerto Rico (por ejemplo, de la paloma del ‘llano’ de Cidra quedan unos pocos ejemplares). Aquí había muchas cotorras y ya no las hay. Ahora el café, lo que hizo fue mantener los árboles y los pájaros se refugiaron en el oeste. Todavía el Turpial existe en la zona de los montes secos de ‘Guánica’ pero por acá (área metro) ya no hay Turpiales. La cotorra casi ha desaparecido; El Yunque es su último refugio. Tengo esa preocupación de que desaparezcan los montes del oeste, y da la casualidad que en los montes del oeste existe lo que puedo llamar el hontanal de los ríos, o sea, la fuente de donde nacen casi todos los ríos de Puerto Rico. El Río Grande de Arecibo, Río Manatí, Río Camuy, El Guajataca, El Añasco, El Culebrina, El Yagüez, El Guanajibo, El Tinajón, El Estero, El Yauco, El Guayanilla, El Portugués. En fin, casi todos los ríos de Puerto Rico nacen ahí, en ese sitio que se está desmontando.”

 “Ahora para leer Solar Montoya, que tiene acción en esa región, habría que leer Los gemelos. Los gemelos se desarrolla también en esa zona. Solar Montoya presenta un problema social, y era que estaban abandonando a los cafetaleros por motivo de los temporales. Un café que era conocido por el mundo entero. El temporal San Ciprián, a finales del siglo XIX, y San Felipe en 1928, vulneran el cafetal de una forma que casi no se podrá recuperar. El café de Puerto Rico, que fue conocido por el mundo entero y era el producto principal de exportación en el siglo XIX, sufrió una gran caída.”

 “Ahora están intentando levantar el cultivo del café, pero están utilizando un café que no necesita sombra, lo cual puede traer como consecuencia el desmonte del oeste, tal como ocurrió con el tabaco y la caña en el este. Y eso sería fatal porque entonces se secarían las fuentes de los ríos. Teníamos 52 ríos importantes hasta 1915 y 1916, pero con el desmonte han desaparecido las corrientes de los ríos y los manantiales.”

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Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

Truco

Por: Angelo Negrón ©   Mi abuelo fue el mejor mago de la comarca. Famoso por su habilidad de lograr la mayor de las sorpresas con su ilusionismo. El recuerdo de la primera vez que me llevó a una actividad de la sociedad de magos sigue muy vivo en mí. Contaba yo con siete años y esa fue la puerta que abrió mi curiosidad y las ganas de seguir sus pasos.

   Todos esos magos exhibían con orgullo sus asombrosas habilidades. Mi abuelo, estoy seguro, los dejaba a todos sorprendidos. Cada año, según me dijo mi padre, que ese día estaba a mi lado, lograba dejar a todos boquiabiertos. Era como si ellos se transformaran en simples espectadores a quienes mi abuelo hipnotizaba con su prestidigitación. Mis trucos preferidos, aunque no eran los más sorprendentes, eran uno en el que hacía desaparecer una paloma y la traía de vuelta convertida en una gallina con polluelos y otro en el que parecía desvanecer a mi madre en un gabinete cercano a él para, casi al instante, hacerla reaparecer dentro de un baúl.
   Luego de la función me llevó consigo tras bastidores. Después de un abrazo que casi me rompe las costillas y hacer esperar a los reporteros pues, según le dijo a su representante, estaba en una reunión más importante en ese instante; me preguntó si había disfrutado del espectáculo. Esa fue una de las miles de veces en que me acomodaba a su lado para escuchar sus sabios consejos sobre la vida, el ilusionismo y la magia. Yo era, me dijo en más de una ocasión, lo que mi padre nunca quiso ser: un mago.
   A lo largo de muchos años me explicó todos sus secretos. Hice mis primeros intentos en la marquesina de mi casa, cuando apenas tenía mis ocho, los vecinos no cesaban de aplaudir asombrados. ¡Yo estaba tan orgulloso de lograr imitar al abuelo! Con el tiempo agudicé mis sentidos y mis logros en la magia me hicieron ingresar de lleno al mundo del espectáculo. Invité a mi abuelo a la actividad en donde, por vez primera, yo sería la atracción principal. Llevé todos los trucos que él me enseñó y en adición varios nuevos que había desarrollado yo mismo para impresionar a mi abuelo.
   Esa noche estaba todo listo. Lograría por fin agradecerle sus enseñanzas en público. El local estaba repleto. Me asomé por una pequeña abertura del telón para buscar la mirada de mi abuelo. Su butaca estaba vacía. Atrasé lo más que pude el comienzo. Logré que el grupo de apertura del espectáculo, unos payasos muy cómicos, accediera a estar más tiempo deleitando al público. Pero, no pude esperar más; ofrecí mi espectáculo. Obvie los trucos destinados a mi abuelo para presentárselos en otra ocasión.
    Esa fecha nunca llegó. Mi abuelo murió esa noche. Desapareció y aún espero que haga el otro truco que tantas veces me enseñó; el truco de reaparecer.

Dedicado a mi abuelo Pablo Negrón quien murió el 26 de agosto de 1997. En realidad no era un mago, de hecho yo tampoco lo soy, pero la magia de su amor me acompañará hasta que yo desaparezca y reaparezca a su lado.