lunes, mayo 21, 2007

Tentación

Por Angelo Negrón

Lo ajustado del pantalón femenino lo hacía sentirse subyugado. Se reconocía perdido en la excitación que le provocaba el sólo pensamiento de ser poseído. Media hora antes ella lo había observado de forma seductora y le dijo por lo bajo que se preparara para darle placer, así que, trataba por todos los medios de desenvolverse y tener el poder de arrimarse a la boca femenina. No hizo otra cosa que pensar en la promesa recibida y casi piensa en voz alta cuando comenzó a calentarse y fundirse en lujuria.

— Te desvestiré. Luego de probarte, calmaré mi hambre de ti haciendo que desates todo tu interior en mí — la escuchó decir vibrando de emoción.

Si me lo permitieras, yo mismo me desvestiría para ti — le dijo a ella que parecía ignorarlo al percibir que lo tenía en un bolsillo y que haría de él lo que quisiera — ¡Anda, pruébame ya! — prosiguió — Me muero porque tu lengua juegue conmigo y me lleve al éxtasis de derramarme en tus carnosos labios tal como te gusta.

Subieron juntos las escaleras de la casa y entraron apresuradamente a la habitación donde ambos cumplieron sus deseos. Ella lo desnudó lentamente y lo miró con pasión. Él se dejó desnudar y la contempló con amor. Luego de varias miradas, interrumpidas por tomar la precaución de colocar el cerrojo a la puerta del dormitorio, observó como ella se recostó en la cama dispuesta a probarlo. Jamás había gozado de tanto placer y aquella boca, la primera que se atrevía a complacerlo, era genial. Emitió gemidos casi audibles y hasta contuvo las ganas de vaciarse antes de que se le pidiera. El incesante movimiento de la salivosa lengua lo había reducido a ser esclavo del frenesí y no pudo más. Explotó dentro de la boca desembocando cada gota del elixir mágico con la dicha sin igual de sentirse amado. Fue probado hasta el fin por aquella niña de once años que gustaba saborear, a escondidas de sus padres, un bombón relleno de licor antes de irse a la cama.

jueves, mayo 03, 2007

Sin reparo

Por Angelo Negrón

Se adentró en el bosque. Sabía que pronto la encontraría e inconscientemente llevó su mano a la pulsación de una rápida erección. No se veían desde varias semanas atrás y eso lograba que su excitación aumentara. El hambre voraz de sexo lo animó a programar una cita. Deseaba que fuese en un lugar especial y el mismo lo escogió de entre toda la gama disponible. El encuentro estaba próximo, de hecho, a menos de medio kilómetro en las cascadas hermosas de un apacible río. La vegetación era abundante, así que se vio obligado a caminar por las enormes rocas que bordeaban el río. El clima era divino, no sudó una gota a pesar de que el sol amenazaba constantemente en el cielo y ningún insecto le mortificó. El cántico de las aves era armonioso y el olor a fresas silvestres inundaba el viento. La descubrió desnudándose y no le hizo notar su presencia. Deseaba disfrutarse el deleite de observarla mientras eliminaba la tela que estorbaba a un cuerpo esculturalmente perfecto a sus ojos. Ella se fue desnudando. Lo hizo como si se encontrara en alguna danza lenta o como si recitara frente a espectadores que le solicitaron hacer un “strip tease” pausado pero constante. Sus ojos siguieron el compás de un tango convertido en desnudo y sospechó que la lujuria apenas comenzaba. Faltaba que ella se despojara de la diminuta pieza que cubría el rincón deseado cuando se precipitó al río uno de los fragmentos de tela roja que habían envuelto sus pechos. Este retraso sólo logró incitarlo más a la pasión pues ella se dobló a recogerlo dejándole ver sus contoneadas nalgas desde su perspectiva favorita.

Notó la presencia de él y lo miró con ternura infinita; mezcla de apetitoso deseo y sumisión instantánea a complacer como le viniera en gana a aquel que catalogaba como el único amor de su vida. Se le acercó provocativamente. Se acaricio los senos en señal de escasez de caricias. Lo abrazó como a él siempre le gustaba: vigorosamente. Entonces posó sus manos en el ondulante cabello y lo fue acariciando suavemente con la yema de los dedos hasta llegar a su cuello, luego a la fuerte y ancha espalda hasta llegar a las nalgas y ahí empujarlo hacia sí misma con la intención de sentir en su intimidad la virilidad hinchada y deseosa de placer.

La imaginó pistilo en celo y la describió en voz alta como superior a cualquier flor. Miró hacia abajo y acarició con la mirada los redondos pechos que luchaban por hundirse en su alma. Le besó el cuello y luego los labios con indescriptible frenesí. Con sus manos mimó las nalgas separadas por el hilillo de tela y decidió disponer de aquella prenda. La quitó suave y pausadamente mientras rozaba la tersa piel con sus dedos. Al llegar a los muslos que se retiraron ante el embestir cercano de su dedo índice, ella destrabó un gemido que ocultaba y que fue el inicio de muchos más. Escucharla lo motivó a repetir la circunstancia que la llevó a desear expresar a viva voz la pasión. Se dedicó al vaivén de jugar con el dedo en lo oculto del nido que cálido y mojado recibió con beneplácito el entremetimiento de las caricias esperadas desde su último encuentro. El néctar llegó antes de lo predicho. Los gritos de ella y la humedad extrema que percibió en su dedo se lo confirmaron. Se llevó los dedos a su boca y logró saborear no sólo el almizcle, sino el rostro relajado, pero sediento de ella.

Ambiciosos por llegar a la cima del éxtasis, ella por segunda vez, él por vez primera, la levantó en vilo. La condujo hacia la cascada. Recostó el monumental cuerpo que tanto ansiaba de la caída de agua y allí mismo la moldeo a su ser de tal forma que fueron uno entre los gemidos de ambos. El placer se multiplicaba a raudales. El movimiento constante y avasallador de él volvió a cumplir con la misión de hacerla sentir en el verdadero paraíso. Entonces decidió disfrutarla de muchas maneras. Cincelando en su memoria cada detalle del cuerpo femenino en las diferentes posturas del sexo. Cuando llegó al punto de no retorno, ese en que el placer que había sentido hasta ese momento era comparable a un grano de arena entre todo el océano, le pidió con dulzura a su amada que desistiese de cabalgarlo y que lo poseyera con sus labios. Ella demostró deleite ante tal idea y arremetió contra el miembro hinchado con magistral sabiduría hasta sentir en su boca la descarga lujuriosa del deleite sin igual que padeció aquel hombre que la amaba íntegra y apasionadamente.

Juegos de caricias sutiles fueron llevándolos a un estado de sueño. Ambos permanecieron abrazados, con sus cuerpos hundidos en el agua hasta que escucharon la alarma que provenía de la pequeña pulsera rojiza que llevaba él en la muñeca y que les avisaba era el momento de separarse. Se despidieron como dos amantes que reconocen que lo importante no es lo que acaban de vivir, sino la posibilidad de vivirlo nuevamente. Él se alejó aún desnudo. Volteó a verla y descubrió una lágrima rodando por la mejilla de ella. Le sonrió para tranquilizarla y lo logró. Volverían a verse, le dijo. La próxima vez seria frente al océano; ante mil gaviotas volando o entre delfines juguetones en medio del mar.

“Gracias a la tecnología existe la realidad virtual tangible porque si no, estar solo y tan lejos del planeta tierra en esta gigantesca nave seria catastrófico para mí...”— Pensó mientras reconocía un árbol gigantesco como el indicado para salir de allí. Moviendo una rama se abrieron las compuertas que lo despertaban a la triste realidad. Apretó algunos botones y el paisaje fue desapareciendo. Primero ella, luego todo lo demás hasta convertirse en un solitario salón oscuro.

Al llegar al puente de mando le habló a la computadora central y le exigió poner motores propulsores en marcha con coordenadas al planeta que recibiría las provisiones que transportaban. Observando a través de una gigantesca escotilla el infinito universo lleno de estrellas distantes y mientras pulsaba botones aquí y allá le volvió a hablar a la computadora. Demandó que pusiera en agenda el próximo encuentro virtual tangible. Seria frente al océano y ante miles de gaviotas voladoras y delfines juguetones que deberían ser añadidos sin reparo...