sábado, julio 29, 2006

I. Retrato de Mujer

por Carlos Esteban Cana

para mi dama
Ella es energía. Vivaracha. Alegre. Pícara. Guerrera. Coqueta.

Es Tierna y Hermosa. Elegante. Creativa. Humana. Intensa.

Los rubios rayos del sol adornan el cabello. Su PRESENCIA tiene relieve, cual si eso que llaman aura fuera la garantía de que ningún lugar del planeta la permitiría lejana, a la distancia, sin que, al menos, su celaje estremeciera a la audiencia.

Quien la ve andar puede pensar que es altiva. ¿Qué se puede interpretar cuando el pie, que adorna un zapato de taco alto, se posa firme? Y el “toc-toc” suena preciso. Y rapidito. Minutero incansable que se mueve seguro y sin dudas ante el camino que va trazando.

Ser de iniciativa propia. Dinámica. Minuciosa. Asertiva. Muchas veces la palabra consecuente. Otras, la sílaba se desprende y cede al gesto y al balbuceo. A la caricia que enmudece. Se intensifica entonces el delirio del tacto que palpa lo callado. Lo que aún, es difícil nombrar.

Roja diferente. Violeta. A veces puede ser arrojada, incluso violenta. La gradación se entiende pues a todos nos posee, y respiras cuando sabes que no se te idealiza. Eres fina pero no frágil. Las prendas en madera armonizan con las piezas de jade y de oro. En ocasiones tu impetuoso cauce se llovizna con gotitas de inocencia.

Pero siempre eres “sexy”, lujuriosamente corporal. Es en este punto cuando se reclama el juego espontáneo. Arriesgado y visceral. Aquí las dulces y suaves fragancias de vainilla, fresa y coco dan paso al aroma que da tu naturaleza. Y los besos a la niña son sabrosos, mientras la lengua dibuja espirales continuos que suben y bajan la infinita forma que da corriente y activa. Mientras la lozanía fluye y emana jugosa, como esa frutita fresca que me hace la boca agua.
Carlos Esteban Cana ( Bayamón, Puerto Rico 1971) Escritor, comunicador y coordinador editorial. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario. Sus cuentos y poesías han sido publicados en revistas como El Sótano 00931, Borinquen Literario, Cultura y Cundiamor, entre otras. Algunos de sus ensayos y reflexiones sobre la cultura editorial puertorriqueña han llegado al lector a través de periódicos como El Nuevo Día y el mensuario Diálogo. Tiene varios libros inéditos: Novo vía crucis (poesía), Versos apócrifos para la innombrable (poesía) y Fragmentos del mosaico humano vol. 1, vol. 2 y vol. 3 (cuentos).

viernes, julio 21, 2006

Dioses

Por Angelo Negrón

¿Sabías? Cuatro mil años antes de Cristo los Tracios veneraban a Dionisos, dios del vino y la fertilidad. Por curiosidad busqué la historia de este dios y las sorpresas no se hicieron esperar. Fue hijo de Zeus y Semele, se le atribuyó el patronazgo del vino, la música y la poesía. ¿Cómo? ¿Qué cuál fue la sorpresa que me llevé? ¿En verdad no sabes? ¿No te estas haciendo verdad?
¡Está bien! Te lo contaré aunque estoy seguro que no me creerás.
Tú eres vino, música y poesía. Hasta que me enteré de Dionisos creía fielmente que Morfeo era el ser que, enamorado de ti, no me permitía dormir. ¡En serio! Deduje que era Dionisos el culpable de mis noches despiertas. Mi sorpresa fue saber que no era exclusivamente este dios. Me percaté de que el Olimpo estaba por derrumbarse ante tu belleza...

...Tal vez por mi interés en el tema o por su desesperación, pensé yo en ese instante, fue que el mismo dios Zeus apareció. De la foto de su estatua de mármol, y con algo parecido a fuegos artificiales, brotó su figura de las páginas amarillentas del viejo libro que me prestaron en la biblioteca. Miré a todos lados sorprendido. Buscando alguien que me sirviera de testigo ante tan mágico e increíble evento. La imponente voz del barbudo ser logró que le prestara toda mi atención. Me explicó su necesidad de que yo le ayudara. Me prometió poder, riquezas y hasta algún puesto en el Olimpo. Cuando le mencioné que nada de eso me interesaba y que únicamente necesitaba tu amor, él pareció tronar de furia. Con sus ojos, literalmente rojos, me indicó que de eso se trataba. Dionisos planeaba capturarte. Amenazaba con desposarte al alba. Los celos violentaron mi ser y me llenaron de valor ante lo desconocido. Le exigí a Zeus que me llevara frente al malvado dios que osaba secuestrarte y él respondió que no seria fácil. Debería enfrentarme a inmensos peligros. Inclusive arriesgar mi vida. No te niego que dudé. Después de todo debía pelear contra un dios. Recordé tus besos y olvidé todo temor. Zeus sonrió. Colocando ambas manos en mis hombros me transportó a su reino en menos de un segundo. Lo observé sentarse en su trono. Con unas palmadas ordenó que sus doncellas me desnudaran y me vistieran con ropas de gladiador. Un rayo que salió de su dedo impactó todo mi cuerpo y me hizo sentir seguro, macizo y fornido. Zeus también me contó que en su necesidad de mantener el equilibrio del Universo y proteger los privilegios de los dioses debería despojarme de los poderes que me estaba confiriendo en ese instante a menos que aceptara quedarme a vivir en el Olimpo. Eso significaría perderte y prometí devolverle, a cuatro ninfas a quien obligó entregármelos, cuatro objetos mágicos que te describiré. Unas sandalias con alas que me permitirían volar. El casco del dios hades que me haría invisible. La espada de Ulises y el escudo de Atenea para defenderme.

Me condujo a un coliseo donde dioses peleaban contra dioses. Tuve que cerrar los ojos ante tal carnicería. Zeus fulminaba con un rayo al perdedor. Yo buscaba con la mirada a Dionisos para enfrentarlo y evitar encarecidamente que te atrapara y separara de mí. Uno de los centauros, presentes en las gradas, me explicó que debía luchar en un orden determinado con diferentes titanes hasta que llegara el momento de enfrentar al dios que buscaba. Eso — según dijo — si aún permanecía vivo al atardecer.

Tocó mi turno. Aquiles comenzó a burlarse ante mi presencia. Sus carcajadas me ensordecían. No entendía como un ser humano que nunca fue sumergido en el río Estigia osaba retarlo y esa fue la perdición de este heroe de Troya que competía por tu amor y para convertirse en dios. Mientras reía a carcajadas me acerqué con rapidez y enterré la filosa espada en su talón. Cayó adolorido al suelo. Su risa transformada en llanto cesó cuando Zeus lo vaporizó. Apolo llegó en un carro de cisnes. Furioso; aplicó velocidad a su carruaje para atropellarme, pero pude hacerme invisible con el casco del dios hades. Terminó estrellándose contra el suelo. Corrió la misma suerte que Aquiles. Artemisa, su hermana gemela, tuvo que ser detenida para que no me atacase también. Ares, como siempre, representó la fuerza bruta sobre la inteligencia. Se acercó a mi tan despreocupado que no notó cuando lancé el escudo con tal fuerza a sus pies que se tropezó. Se desplomó de lleno en una vasija que sellé y de la cual no podia salir. Hermes, el dios mediador, inmediatamente lo encontró y liberó. Zeus pulverizó a los dos por atreverse a librarlo de la prisión.

Por fin apareció Dionisos ofreciéndome vino. Dijo querer brindar por la próxima batalla que libraríamos y lo engañé. Utilicé el casco de Hades para desaparecer el vino cada vez que él levantaba su cabeza para beber. Pensando que de tanto tomar yo terminaría borracho prosiguió hasta que, brindis tras brindis, terminó desmayándose debido a su embriaguez. Zeus sonrió y lo condenó a ultratumba por algunos siglos para que recapacitara.

Saludé victorioso a Zeus. Él se acercó y me ordenó entregarle los cuatro objetos mágicos a las grayas. Diciendo esto señaló a tres ancianas de pelo gris. El espectáculo era espantoso. Las tres mujeres utilizaban por turno un solo ojo y un solo diente. Al entregárle los objetos las grayas se desvanecieron ante mis ojos. Zeus me declaró campeón olímpico. Coronó con ramas de olivo mi cabeza. Me invitó a sentarme en un trono aledaño al suyo y trató de convencerme de quedarme en el Olimpo. Ante mi negativa el clima fue cambiando. Truenos caían por doquier mientras aquel ser de gentil presencia se transformaba. Su enojo no lo entendí hasta que me explicó la forma en que te habían conocido los dioses.

Hace varias semanas — mencionó — a los dioses nos dio con echarle un vistazo a la tierra. Creo que fue cosa del destino. Hacia varios siglos que no nos fijábamos en los mortales. De hecho no sé de mi hijo Hércules desde hace dos mil cuatrocientos años. En fin, ese día tu amada arrancó una hoja de un roble amarillo mientras recitaba una poesía. Dionisos se le quedó observando. La persiguió de nube en nube. Los demás dioses, incluyéndome, quedamos intrigados por el desespero de Dionisos en admirarla y copiamos su hazaña. Todos quedamos prendados de su belleza. En el pasado tuve muchas aventuras. Deseé a mujeres mortales como no tienes idea, pero nunca había deseado a alguien tanto como a ella.

Mis celos comenzaron a aflorar. Él se dio cuenta y comenzó a reír a carcajadas.

Sí, te engañé — dijo — Sabía que podrías vencer a esos dioses o ellos vencerte a ti. Total lo que quería era disminuir la competencia. Ahora sólo quedamos tú y yo. Ya te despojé de tus armas. Un rayo pequeño bastara para mandarte al mundo de Hades.
Yo comencé a burlarme diciéndole que no estaba desarmado, que aún tenia el arma más poderosa del universo. Ante mi seguridad dudó y yo proseguí hablando.

El amor que siento por ella es poderoso...

No basta — interrumpió él.

Es verdad. Sólo no basta. Debes añadir el que ella siente por mí y descubrirás que es más que suficiente.
Lanzó su rayo. Impactó mi ser y no me hizo daño alguno. Asombrado volvió a intentar. Comenzó a llorar. Se dio por vencido cuando descubrió que un aura dorada me rodeaba cada vez que me atacaba. Parecía un niño al que le han quitado su juguete preferido o un humano que ha descubierto que existen amores imposibles o no correspondidos. Me compadeció el hecho de que si tú no me amaras me sentiría igual y me acerqué. Dijo desearte con locura. Le expliqué que sabia de lo que él estaba hablando pues yo te amaba igual. Dejó de llorar y verlo repentinamente sonreír me puso algo nervioso. El cambio de humor me asustó, pero al recordar que él era un dios, supuse que debia ser normal su actitud. Me reveló que si no podia tenerte para sí mismo lograría que fueras feliz a mi lado devolviéndome al mundo de los mortales. Mandó llamar a una adivina llamada Casandra y a su hermano gemelo Héleno. Me advirtieron que leerían mi futuro. De primera instancia no acepté, pero Zeus insistió. Habló de mi regreso a casa. Ese sería su regalo por hacerle comprender que la felicidad del ser amado es lo que importa y que Hera, su esposa estaría igualmente agradecida. Los gemelos adivinos pusieron sus manos en mis hombros. Me sentí mareado. Una intensa luz inundó mis ojos y me obligó a cerrarlos. Al abrir mis párpados me encontré frente a ti. Vestías una túnica blanca radiante. Tu pelo era adornado con hojas de laurel. Tu cinto era de oro y en tus manos llevabas un arpa a la que le robabas tonos hermosos. Tus sandalias estaban amarradas hasta un poco antes de la rodilla. El escote de tu vestidura llegaba al ombligo. Dejándome apreciar parte de tus pechos que se hacían de esta forma extremadamente provocativos. Tu sonrisa era angelical. Me arrimé a tu cuerpo mientras dejabas a un lado el arpa. Comencé a acariciar tu cuello mientras mis ojos se perdían en los tuyos. Se llenaron mis pulmones de aire ante la necesidad de acariciarte entera. Tu cuerpo se me hizo laberinto que deseaba recorrer. Como hombre enamorado de una mujer que hizo temblar al olimpo tus besos me supieron a gloria. Tus caricias rodearon mi existir. Busqué en mi derredor el caballo de Troya que usaríamos de habitación, pero preferiste hacer el amor en el jardín consagrado a Hera. Un caballo volador, desendiente de Pegaso, nos llevó en su lomo hasta el hermoso jardín. Árboles de manzanas de oro que conferían la inmortalidad nos rodeaban mientras te quité el cinto y dejabas caer la túnica al suelo demostrándome tu delicada desnudez. Mis ojos apreciaban tu ser en toda su talla. Mi erección ansiaba estar dentro de ti. Señalaste tu verticalidad y en forma de ordenanza me hiciste cumplir a cabalidad con tus deseos. No eran otra cosa que los míos propios y desempeñé con mis dedos y mi lengua el abrazo de tu humedad. Tu insistencia en poseerme me hizo temblar de pasión cuando al unísono nos convertimos en brillo de estrellas, en volcán de pasiones. Aún nos quedaron ganas de caricias después de haber transitado por los caminos de la lujuria y el amor. Tu cabello hacia que los árboles de manzanas de oro palidecieran ante tu hermosura. Tu boca fue en todo momento experta ejecutora de placer y tus ojos mi más grande tesoro. En ellos vi todo tu ser, el físico, el espiritual y el divino.

Me hizo sumamente feliz ver pasar a Afrodita a lo lejos. Noté que llevaba su cinturón, capaz de hacerla irresistible ante los hombres y ante los dioses. Suspiré aliviado de que no era eso lo que utilizabas para conquistarme y hacerme prisionero de tu amor, sino que tu belleza era tan real como tus besos, tus gemidos y tu humedad. Nos levantamos del suelo y me invitaste a acompañarte. Cuando me disponía a preguntarte a donde, tu dedo índice se posó sobre mis labios invitándome a callar. Aproveché para saborear los jugos de tu resquicio que aún estaban presentes en el desde que te tocaste para mi. Me revelaste tu fantasía de hacerme el amor justo al atardecer en la cascada de un hermoso río cercano. Fantasía que compartí con alegría y que...
¿Por qué me miras así? — Interrumpí

¿Cómo? — mencionaste irónica.

Como si no creyeras lo que te estoy contando. Te lo advertí al principio. No me creerás, pero insististe en que te dijera lo que me pasó ayer.
¡Es una fábula hermosa! — dijiste.

Está bien — proseguí —al menos nos sirve para que sepas cuanto te amo. En realidad te amo con todo mi ser.
— Y yo a ti mi amor...
Me robaste un beso y, con el, la continuación de mi historia pues nos inundamos de caricias. Nuestros ojos cerrados al besarnos sintieron la ráfaga de luz que vino después. Al abrirlos mientras aún nos besábamos contemplé a Zeus y a Hera que se besaban con igual pasión. Me sentí orgulloso. Por fin esos dos encontraban la paz que significa el amor verdadero. Antes de alejarse, Hera dejó caer una corona de laureles sobre tu cabello y una túnica blanca a tus pies adyacente a un cinturón dorado. Señalé los regalos que acababas de recibir para que me creyeras y tú sonreíste. Sugeriste que quien debía intentar comprender era yo mientras un hermoso brillo cubría tu piel despojándote de tu ropa e invistiéndote con la túnica blanca y el cinto.

Cielo, soy una diosa y tú un dios. Juntos habitaremos entre los mortales hasta que decidamos mudarnos al Olimpo o al confín del universo. Ahora acompáñame. Deseo hacerte el amor en un jardín de manzanas de oro y luego en la cascada de un río cercano...

sábado, julio 08, 2006

Alfabeto

Por Angelo Negrón

 
Te hartarás de pensarla tanto. Los recuerdos saturarán de felicidad tu mente y de tristeza tu corazón. Buscarás en tu cuarto de estudio el refugio que no conseguirá llenar su espacio. Amontonarás libros que intentarás leer y que después de las primeras dos páginas echarás a un lado a pesar de que reconocerás que es buena literatura. Obviarás los álbumes de fotos. Es claro que no querrás ver ni su rostro sonriente, ni el cosmos de sus ojos; mucho menos los labios que tanto apeteces. Aún así, los percibirás a cada momento. Acompañaran tus memorias junto a su delicada piel y su alma; amándote en una danza inquebrantable de gemidos y miradas de pasión.
 
Tomarás en tus manos, como una reliquia, el marcador de libros que te regaló; ese que reproduce al universo donde juntos fueron sol y luna en eclipses de habitaciones furtivas y sabanas desgastadas. Entretenerte no será tarea fácil, ya lo notarás. Sus palabras tocaran cada curvatura del espacio que respirarás. Su carita te encantará y se acercará imaginariamente a besarte cada párpado y cada labio por separado. Te morderá el cuello y hará sonidos deliciosos en tus oídos. Creara con sus manos en tu pecho la caricia que caprichosamente deseará para sí misma. Florecerá libre y te hará dueño soberano de su cuerpo. Se atreverá a hablarte con delicadeza y rudeza a la vez, entremezclando caricias y apretones. Diluirá su mente en tu alma y se adueñara de todo tu pasado y presente sin excluir por nada tu futuro.

El libro que llamará tu atención después de que sueltes el poemario que ella te regaló será el diccionario. Deliberarás que leyendo significados de palabras lograrás cansarte y aburrirte. Lo abrirás con la certeza de que será más empalagoso que darle lectura a la Biblia cuando dicta, nombre por nombre, la descendencia de Abraham. Sonreirás cuando notes que no es ilustrado, así no te entretendrás con láminas o dibujos. Te saltarás la letra “A” pues no querrás encontrarte con la palabra amor. Menos si la palabra pueda detallar al amor verdadero, ese que precisamente sientes por ella. La primera palabra coherente que encontrarás en la “B” será Baal. Te enterarás que Baal se le designaba en la antigüedad a algún señor divino y meditarás en lo divino que es ser besado por ella.

Obviamente encontrarás las palabras cama, danza, esposo, flores, ganas, habitación, ilusión y júbilo y todas te llevaran a pensarla más. En la “K” te detendrás por un rato y casi lograrás agotar tu mente con tanta palabra extraña. Alcanzarás la “L”: libre, lazos, lluvia, llanto y aparecerá la “M”. Cerrarás el ancho libro con la seguridad de que su nombre aparecerá en letras mayúsculas y hasta su apellido adornara las páginas de esa mala idea que tendrás al decidirte por leer un diccionario. Hasta la “C” de su otro apellido estará en color oro encabezando el tercer capitulo.

Gritarás su nombre y parecerá que del viejo libro salen algunas definiciones a la atmósfera del cuarto que le ayudan al calificativo de la mujer que te trae loco con ideas: naturaleza, necesidad, oasis, océano. Abrirás de nuevo el libro para buscar la “Ñ”, te equivocarás y lo harás en la “O”. La causalidad logrará llevarte de primera a la palabra olvidar. Maldecirás al notar que su definición será estúpida. Perder la memoria de una cosa será algo que quieras hacer y sólo recordarás más de la cuenta. Seguirás perdiendo el juicio y queriéndola como a nadie. Ser paciente es la querella que le reclamará tu corazón a tu vida. La interrogante de tu mente será: ¿qué rayos sucederá en el tiempo que unilateral estará por venir? Vacía será tu alma si la pierdes a ella. Llegas a la “W”, luego a la “X” y te desesperará el hecho de que no encontrarás en esas páginas alguna palabra romántica que describirá lo que vivieron juntos.

Conmemorarás las yemas de sus dedos rozando tus labios en la búsqueda de despertar tus ganas de besar aún a sabiendas de que esa era tu situación preferida. No podrás zafarte de tales memorias; el sonido de su voz resonará en atardeceres prestados, amaneceres distraídos por el tráfico y canciones románticas en emisoras especializadas para hacerte sufrir la lucha de olvidar lo imposible. Llenarás tu corazón de sensaciones nuevas, pero ninguna logrará colmar el espacio de solitarias lejanías de su ser. El calor de cuatro paredes cerradas en carnaval de añoranzas no superará el frío de la condena de no tenerla siempre.

Concurrirán conversaciones expuestas en caminos yuxtapuestos sobre corazones acorralados por pasados años y ante la negativa de cambiar la caída de las hojas por una vida llena de primavera. Sabrás que ella coexistirá tuya bajo condiciones de libertad incondicional y besos de miradas furtivas. Obtendrás la suerte de hablarle y escucharla en tiempo parcial sin dejar que tu espíritu agonice. Volverá a ti toda su presencia etérea y renunciarás a seguir sosteniendo el diccionario. Lo dejarás caer y chocará su carpeta dura contra el suelo que estará cubierto de pedazos del cristal del marco que habrás hecho añicos antes, cuando estrelles su foto contra la superficie enlozada de tu estudio. Mirarás al piso y notarás que el diccionario estará abierto mostrando las primeras páginas.
 
Por más que le huyas a la letra “A” la encontraras de todos modos. Desde tu silla descubrirás la palabra amor. Allí estará innegable la expresión que te saltarás al principio y que motivará toda la búsqueda de palabras que crees te apartarán de su recuerdo. Tomarás la foto del suelo y limpiarás los cristales. Ninguno habrá estropeado su sonrisa. Mirarás sus manos y verás que no se extenderán hacia a ti como desearás. Sus labios constarán del brillo que los caracteriza y su cabello existirá tan hermoso como siempre. Mirarás hacia su lunar claroscuro en la altura del cuello, ese que besarás con desmedida pasión sin percatarte de la pequeña partícula de vidrio que te partirá el labio.

Te preocuparás de no manchar de sangre la foto y la colocarás en el escritorio donde antes estaba; tal como innovarás su presencia dentro de tu vida. Te sentirás acompañado de miles de palabras que la describirán como lo más trascendental que le pasó y pasará a tu existencia. Sobrevivirás al tener la seguridad de besos incondicionales y nadie que pueda arruinar la apreciación de lo que vivirás junto a ella. Volverás a rezar a todas las almas gemelas del mundo para que bendigan su extraordinaria belleza, su delicadeza, inteligencia y su amor por ti. También, como habías hecho alguna vez, les pedirás que ella llegue a las nueve y dieciocho de la noche a su cita con el destino que serás tú. Volverás a colocar el libro en el anaquel y barrerás los cristales del suelo. Te sentarás en la silla después de que abras las ventanas y dejes entrar el aire fresco de la noche. Cerrarás los ojos y los abrirás cuando suene el teléfono y escuches su voz mencionándote sus ganas inmensas de verte justo al amanecer.

Te alegrarás y cualquier vestigio de tristeza que pueda quedar saldrá de tu pecho. Buscarás nuevamente el diccionario, lo aromatizarás con su perfume preferido y lo guardarás en tu maletín. Al despuntar el día se lo regalarás y al ver las palabras que subrayarás, recordará la vez que te dictó cada una de las letras del abecedario y tú le mencionaste una palabra de amor por cada letra. Apreciará el beso que depositarás justo en la comisura de sus labios, el abrazo que brindarás a su voluntad y sobre todo la forma en que aguardarás con paciencia que sus alas grandes de ángel te arropen en la oscuridad de noches despiertas donde admirarás su sueño, su rostro y su alma...