Por Angelo Negrón
La palabra escrita, además
de satisfacción, ha logrado muchas transformaciones en mí vida. Por ejemplo
leer a mis diecinueve años El Canto de la
Rana del Sacerdote Jesuita Anthony de Mello logró que reconociese a Dios según el mismo de Mello lo describió: “como un piano: diferentes notas y un sólo acorde” y que viese al
cristianismo “como una forma de vida y no
una religión”. Mucho antes que esa transformación los libros que leía la
catequista los sábados conducentes a mi primera comunión, entre ellos la
biblia, me remontaron a miles de aventuras y enseñanzas. Entre ellas estaba la
historia de Abraham, patriarca del pueblo de Israel y del pueblo árabe. Desde
niño me hablaron de él como símbolo de obediencia, fe y temor a Dios mientras
que de Sara me dijeron que era el ejemplo del poder de Dios que lograba que una
mujer estéril y anciana pudiese tener un hijo. Luego llega Isaac como cordero
que será sacrificado. ¿A quién no le pareció extraño el pedido de un Dios de
amor que solicitaba la muerte de un hijo a manos de su padre y en sacrificio? A
decir verdad a mí no. Para el tiempo en que escuché la historia era sólo un
niño y mi catequista una señora más buena y cordial que mi maestra de segundo
grado. Fue sorprendente imaginarme al ángel enviado por Dios deteniendo la mano
de Abraham que sostenía la daga en alto dispuesto a obedecer. A mi corta edad
ese Ángel era un superhéroe a lo Superman o Batman, sólo que tenía grandes alas
y era enviado por el mismísimo Dios, (justo
y bueno), a evitar la muerte segura del hijo de Abraham.
Es entonces de sumo
interés, y hasta iluminador, la vida que les ha creado Rubis a personajes
bíblicos en esta divertida y profunda tergiversación que nos puede llevar, como
todo buen escrito, a más de una interpretación. La autora utiliza a personajes
del Génesis y lo hace de manera magistral. Tal es el caso de Sara, hermana y
esposa del profeta Abraham que en esta novela es convertida en protagonista en
el antiguo testamento, lugar donde las mujeres están presentes para llevar un
papel secundario. La defensa de muchos creyentes a este detalle que no me
explicaron de pequeño, (y que yo tampoco
expliqué pues fui catequista) será que hay que dirigirnos al momento en que
fue escrita la biblia, o sea a un momento histórico en el que el hombre se
llevaba el merito de todo y la mujer estaba subyugada. En ese momento de la
historia, (de hecho es hasta los años
sesenta del siglo veinte cuando la mujer comienza a ejercer su derecho a sentir
placer sexual y erótico), la autora presenta a Sara como una mujer
desdichada por la apariencia y mal olor de su esposo, el profeta Abraham, e
impactada por la forma en que el faraón de Egipto la hace suya. Y es que el
Faraón, a quien Abraham le entrega su mujer para que se complazca con su
belleza y atributos sexuales sin decirle que es su esposa, es todo un dios en
los juegos amatorios. Mismos que Sara disfruta muy en sus adentros.
También la
esclava Agar juega un papel importante en esta novela. En la biblia la esclava Agar
es trascendental como madre de una parte
de la descendencia de Abraham, en esta novela también lo es como amante de uno
de los siervos y capricho de la misma Sara.
¿O quién sabe? Tal
vez los vería analizar esta tergiversación tan llena de sensualidad y remontarse
a imágenes muy bien logradas y fáciles de leer. Tales imágenes se fusionan fuertemente
con el sentido del olfato ante lo bien descritos que están los olores, (El delicioso y la fetidez) y se combinan con el tacto, ante las caricias, (toscas o sublimes), detalladas por la pluma
de Rubis.
El final de la historia
me arrancó un pequeño grito mezclado con suspiro: Argamasa de sorpresa y
aprobación. Asombro, no sólo porque no lo esperaba, sino porque esta conclusión,
(junto con los demás “papiros”), es
digna de estar, (tal vez me excomulguen)
en la misma biblia. Por suerte si se me acusa de hereje por lo que acabo de mencionar
no seré quemado en la hoguera. Si me toca ser excomulgado me despreocupa en
este tiempo en el que, cómo expliqué al principio, creo en el cristianismo sin
religiosidad y a manera de ejemplo de vida y es que, tal como dice Alberto
Cortez cuando protagoniza mi monologo preferido: “Más allá de cualquier ideología, más allá de lo sabio y lo profano,
soy parte del espacio, soy la vida; por el hecho de ser un ser humano…”.
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