miércoles, julio 20, 2011

Tres recuerdos

 
Por Angelo Negrón
 
Acabo de escribir esto en honor a mi amiga Sandra Maldonado. Feliz cumpleaños y que sigas siendo siempre luz inspiradora, no sólo en algunas de mis letras, en los ojos de tu hijo, en las personas que te quieren y admiran, sino también en todas partes.


       
     En mi cuarto año de existencia tuve que ir a una cita al hospital con mi madre. Recuerdo tres cosas, debido a mi corta edad, la primera es que subimos por las escaleras pues el ascensor estaba defectuoso. Mi madre, que sabe más por madre que por vieja, estuvo pendiente a mí en todo momento y me cuenta que luego de escribir mi nombre en una lista interminable decidió salir de aquellas cuatro paredes llena de niños acatarrados y enfermeras malhumoradas. Estando al tanto de que faltaban muchos turnos por ser atendidos decidió curiosear por el hospital.

     En medio de la caminata nos detuvo un hombre de ojeras pronunciadas y voz ronca y lenta. Le indicó que yo era muy niño para estar allí. Que las reglas del hospital eran claras, dijo esto señalando un cartel escrito con marcador rojo, donde se leía que por el bienestar de los niños y alejarlos de cualquier contagio no se permitían en aquella área a menores de catorce años. Mi madre le preguntó que área podíamos visitar y el hombre la miró seriamente como diciéndole: Soy seguridad no guía turístico, pero al parecer se compadeció o tenía prisa por seguir durmiendo; porque al colocarse unas gafas oscuras murmulló que podíamos estar en el área de descanso del piso uno, donde estaban las maquinas expendedoras de papitas y refrescos o en el Nursery.
     Fuimos al área de descanso. Un televisor blanco y negro presentaba el noticiario y en el hablaban de que mientras en Colombia estaban conmemorando el Grito de Independencia y en Argentina y Uruguay celebraban el Día del Amigo, (inspirados por el descenso cuatro años antes del hombre en la Luna el 20 de julio de 1969), en India y Pakistán sucedían catastróficas inundaciones que provocaron la muerte de diecisiete mil personas y varios millones de damnificados.
    Ante las malas noticias mami salió huyendo del lugar. Fuimos a las maquinas a comprar una Royal Crown y unas papitas Lays. Mientras buscaba monedas en la cartera escuchamos a dos doctores que bebían café hablando sobre la inesperada y misteriosa muerte del artista marcial Bruce Lee.  
    Extrañada y en busca de buenas noticias mi madre decidió visitar el nursery. Llegamos justo a tiempo. Había gran algarabía en el lugar. Las enfermeras estaban abriendo las cortinas y todas las personas se acercaban para reconocer a los bebés que estaban detrás del cristal. Mami escuchó de todo: Los que reían a carcajadas, las voces chistosas de hombres tratando de hablarle como niños a los bebés o el pago de dinero a más de un compadre porque fue varón y no hembra.    
    Yo me escabullí entre apuestas y bendiciones, arrullos y promesas, lágrimas y comentarios y me asomé a través de los cristales. Lo primero que distinguí fue el cuerpo de una enfermera que no dejaba de zarandearse inquieta de cuna en cuna moviendo los bebés según los familiares le pedían verlos. Mi atención en la enfermera duró muy poco.
     Allí en una cuna divisé el segundo acontecimiento que recuerdo de cuando tenía yo cuatro años. Era una niña recién nacida, tostada porque de todos los bebés que allí estaban, era la que vivía más cerca de la luz de Dios. Sé esto porque lo que llamó mi atención no fue su hermoso color, ni su tierna mueca intentando una sonrisa. Lo que me dejó impresionado fueron las alas que nacían en su espalda. Aquel ángel había llegado a traer felicidad a una familia y a mí me dejo una huella que no he podido olvidar. Después de todo: ¿Cuántas veces en la vida reconoces a un ser divino? ¿Cuántas veces logras ver las alas de una criatura de gran pureza destinada a la protección de los seres humanos?
     Cuando llegué a la adultez la curiosidad se avivó. Busqué información sobre el bicentésimo primer día del año del calendario gregoriano y número doscientos dos en los años bisiestos. Hoy es uno de esos días. Quedan ciento sesenta y cuatro días para finalizar el año. He buscado encontrar ese ángel, pues sé que algún mensaje tiene para mí.  Mami dice que nadie mencionó sus alas, que ella misma no las vio, pero que recuerda que le mencioné insistentemente que mirara las alas de aquella niña. Si yo pude verlas es que algo tiene que decirme o yo debo mencionarle que vi esas alas. Tal vez ella no sabe que es un ángel especial.
     Además debo agradecerle, pues luego de tantas malas noticias en el salón de descanso o en las maquinas expendedoras de refrescos, mami encontró alivio en aquel lugar lleno de algarabía y mientras en Noruega nacía Haakon Magnus, el príncipe heredero, yo pude ver por primera vez a un espíritu celeste.
     ¿Cuál es la tercera cosa que recuerdo de mis cuatro años?
     Recuerdo el nombre que mami leyó con dulzura en la cuna de la niña y que debe ser la madre de aquel ángel. Leía aquel certificado: Carmen Luisa Báez.
     No pierdo las esperanzas de que algún día encuentre a esta señora y a su hija. Al verla de nuevo, estoy seguro, veré en su espalda dos inmensas alas...

sábado, julio 02, 2011

Adiós versus Hola

Por Angelo Negrón     


 Escribí esto en mayo del 2005. Hoy lo retomo porque mi hija mayor viene de visita a Puerto Rico y esta vez: llega con mi nieto...Espero que también agite sus manitas...

    Desperté. Me gustaría hacerlo algo más tarde, pero mi compromiso con el trabajo me obliga. Desecharía tal compromiso si no fuera por las demás responsabilidades. Y es que esto de padecer insomnio ya no es igual de divertido que antes. Bueno… si lo es, mientras estás despierto, pero en cuanto logras dormir desearías seguir rendido en la comodidad de las nubes y el calientito de tu almohada. Cuando abrí los ojos lo primero que divisé fue la foto de mi hija mayor. Anoche la estuve pensando intensamente. Antes de irme a la cama tomé su foto de mi escritorio y la dejé sobre el libro de Paulo Coelho titulado “Maktub”. El estilo de este libro, bien lo afirma el autor, es el mismo que el de Anthony de mello. Son pequeñas historias que pueden, depende de nuestro ánimo, hacernos temblar o recapacitar.
     Anoche, antes de dormir, no lo leí. No le di lectura a nada, sólo me lancé a la cama, olvidando la costumbre de leer y observé a esa niña de catorce años que pronto tendrá sus quince. Recordé que cuando era bebé y tuvo que irse de mi lado la soñaba todo el tiempo. No hablo de soñarla despierto, eso era fácil. Hablo de soñarla dormido. Cada mañana cuando despertaba recordaba haberla soñado. En la mayoría de esos sueños agitaba sus manitas y yo pensaba que era diciéndome adiós. Anoche, doce años y medio después, descubrí que tales sueños no escenificaban una despedida, sino un hola. Lo supe porque recordé cada una de las veces en que la vi después que su madre decidiera mudarse a New Jersey.      
     La primera vez que la vi, después de esto, fue en un regreso que tuvo a Puerto Rico. Ese día agitó sus manitas queriéndome abrazar. Luego en cada uno de nuestros encuentros fue así, sus brazos se abrían y sus manos se agitaban a la espera de un abrazo. El apretón más significativo que recuerdo, (por aquello de darle valor a lo invaluable) fue frente a la Corte de Primera Instancia en New Jersey. Llevaba año y medio sin verla y tuve que solicitar a la corte que me permitieran traerla a Puerto Rico en las vacaciones, según fue estipulado en los estatutos del divorcio. Fue una pena tener que ir a un juez para poder cumplir con mis relaciones paterno filiares, pero fue una inmensa alegría verla correr hacia mí cuando me reconoció entre todos los presentes. Su carita, su sonrisa, sus ojitos, todos esos diminutivos que para un padre son gigantescos estuvieron acompañados de esas manos agitándose ante el Hola que siempre vi en mis sueños como un adiós.
     Ella vendrá pronto. Lo hará en verano. Como siempre me aseguraré de que la pase bien y cuando la vea caminar hacia el avión, sabré que sus manos diciendo adiós, no son otra cosa que un gratificante: ¡Hola! Mezclado con un: ¡Estaré de regreso pronto! Y reconoceré que nada ha cambiado; yo siempre he estado aquí: soñándola…

jueves, junio 23, 2011

Noche de San Juan

Por: Angelo Negrón ©

      — Es curioso. Se supone que esta noche es la más corta del año. Me burlo de eso; aún no tengo sueño y promete ser una de esas en las que miraré al este en la búsqueda de encontrar los sueños de alguien más, porque los míos están perdidos en la sarta de palabras que quiero decir o leer para estar entretenido. Y pensar que en la antigüedad se celebraban ritos vinculados a la fecundidad, a la purificación, a la solicitud de tranquilidades, y al alejamiento de males. Por lo que veo debería salir corriendo y esperar a las doce de la media noche para darme siete chapuzones de espalda, ya sea en la playa o en alguna piscina. He escuchado que esta costumbre trae la buena suerte, limpia las impurezas que rodean el alma y además, si pido algún deseo, de seguro se me concede. O tal vez debo hacer lo que en otros países: Prenderé una fogata donde arrojaré conjuros y deseos para desaparecer los malos espíritus. Aunque en realidad para desaparecer ciertos malos espíritus es mejor bañarse y untarse desodorante. Tal vez por eso es lo de los siete chapuzones…

 — Existen varias supersticiones en cuanto a la celebración de San Juan Bautista. Veámoslas:

• Según se cree, en el exacto momento en que el sol ilumina el amanecer del día 24, las aguas de fuentes y arroyos están dotadas de poderes especiales para curar y brindar protección a la gente.

— Sin embargo si tomas mucho sol puedes sufrir de insolación y hasta de cáncer, así que sigue las instrucciones, solo báñate en ese momento en que el sol ilumina el amanecer…

• Quien se baña en el rocío que cae esa noche quedará protegido durante todo el año.

— Con estos calores, no estaría nada mal; de hecho el rocío de la noche es genial siempre y no solo esta noche, lo recomiendo… Eso si: Cuídate de un resfriado…

• Meterse desnudo y de espaldas al mar, mirando la luna, permitirá a quien lo haga obrar ciertos prodigios.

— Pero podría darse el caso de ser arrestado por exposiciones deshonestas, que me diera con alguna piedra en la cabeza al lanzarme hacia atrás y que sufriera de encogimiento de ciertas partes debido a la frialdad del agua…

• Quien se coloca debajo de una higuera con una guitarra en sus manos puede aprender a tocarla de forma inmediata.

— Esta me gustaría intentarla…Por si acaso…a veces puedo ser un iluso…

• Los solteros y solteras que al comenzar el 24 se asomen por la ventana de su casa verán pasar al amor de su vida.

— De que vale verlo pasar, deténganlo, háblele…si es el amor de su vida pues actúe de inmediato, no espere a esta noche…y si, ya sé que dirán que se refiere a que lo reconocerán, pero deben creerme el amor de su vida esta ahora mismo en cualquier parte y no esta esperando por usted: Está buscándolo que es diferente…

• Si se quema un papel donde se haya escrito aquello que se quiera olvidar, se puede lograr bienestar por todo el año.

— Ja, ja, ja. Creo que olvidé donde dejé los fósforos, el papel, el lápiz y lo que es peor, olvidé el nombre que debo escribir…Tal vez deba echar las facturas de mis deudas. ¿Creen que los cobradores olviden mi deuda? Si fuera por mi echaba completito al Banco Santander…

• Si una mujer se mira desnuda y de espaldas en un espejo, a media noche y con la luz de una vela, verá el momento de su muerte.

— Y si yo la veo veré el momento oportuno para besarla…poseerla y tener cuidado de no quemarme con la cera de la vela…Me encargaré de que muera en espasmos de piel y en… ¡Dios que estoy diciendo!

• Se le rinde tributo en cultos paganos al sol, al agua, a la tierra y a los vegetales.

Comenzemos por el sol:

• Con la hoguera que es nutridora del sol, es la práctica mas afincada, a su alrededor se salta y baila hasta que amanece. Quema lo antiguo y da paso al futuro.

— Cuidado con tropezarse y caer de lleno en la hoguera…

— Sigamos con el agua:

• Se considera que a partir de las doce de ésta noche, el agua está bendita, es milagrosa, cura enfermedades y proporciona la felicidad. En algunas localidades es costumbre el tirar el carro al río. Es símbolo de amor.

— Deben ser precavidos; en algunas localidades debido a la contaminación existen peces mutantes. En referencia a lo del carro, no creo que puedan usar de excusa lo de esta superstición con los del seguro, mejor tire su auto a la hoguera y diga que cogió fuego. Y en lo del amor, el verdadero símbolo del amor es usted mismo, ame con locura y tálvez sea amado con igual intensidad…

— Ahora a los vegetales:

• Se coge el trébol y los mozos ponen el "ramu" en la puerta de las casa de sus novias. Se enraman balcones. La tierra es símbolo de fertilidad.

— Pues… ¡denle anticonceptivos! No quiero tener tierritas y tierritos corriendo por ahí gritándome papá…

— Y el aire:

• Nos da la vida y se invoca al bailar la danza prima, que se baila en círculo.

— Bailar, eso si que nunca esta demás… ¡A ella le gusta la gasolina, dale más gasolina!

— ¡Vaya supersticiones! Lo paradójico del asunto es que el 24 de junio se celebra la fecha del nacimiento de San Juan Bautista, que en realidad no debería festejarse porque de los Santos siempre se recuerda el día de su muerte.

• San Agustín hace la observación de que la Iglesia celebra la fiesta de los santos en el día de su muerte, pero que en el caso de San Juan Bautista, hace una excepción y le conmemora el día de su nacimiento, porque fue santificado en el vientre de su madre y vino al mundo sin culpa.

— ¡Nacer sin culpa! ¿No que sólo Jesús y la Virgen Maria? Sólo le faltaría no tener deudas y haber sobrevivido al capricho de aquella mujer de que le cortasen la cabeza… entonces si sería envidiado…

—¡Ea! ¡Queda una superstición!

• Quien madrugue el día 24 no pasará sueño el resto del año

— Pues entonces… el día 24 quiero levantarme como a las seis…de la tarde… ¡Exijo dormir! Morfeo…¡Vete al K^>AJO!


•Fuente: Noche de San Juan - Festividad de San Juan, Historia, origen de la celebracion, festejo, costumbre

jueves, junio 02, 2011

Puntos Cardinales

Por Angelo Negrón    

Abrí el mapa de mi vida queriendo descubrir algún indicio de que tomé el camino adecuado y que mis próximos pasos no serian en vano. Tropecé con los puntos cardinales. Cada uno de ellos me habló de ti. Descubrí que no importa si durante años no tuve tu presencia física conmigo pues estuviste siempre a mi lado; en sueños que, como algarabías rondaban mi cerebro con el entusiasmo de encontrarte cuando menos me esperaba y que busqué en otros brazos cuando sólo debía hallarlos en ti.
     Perdí mi alma, te la entregué cuando te encontré frente al mar y lingotes de cariño macizos me hundieron en la profundidad de tus ojos, en el embeleso de ver mi esencia en tu mirada cuando fuimos uno. Estrujé mis ojos ante el atlas de mis días. Comencé a verme y a verte...
     Miré hacia el Este de mis vivencias. Te encontré justo al amanecer, cuando soñaba con la llegada de mi alma gemela. Aún era un muchacho, pero la soledad me había hecho soñar despierto y hasta imaginar como eras en realidad. Ahora me doy cuenta que cada canción que me apasionó me hablaba de ti. Cada poema inédito en mi cabeza seria escrito por tus labios sobre los míos.
     Ahora mismo descubro que no importa cuantos labios besé antes pues no los recuerdo; los tuyos han borrado todo vestigio de ellos. Sólo me queda el carmín de tus labios como huella indeleble en mi corazón. Tu lengua inquieta en mi boca construyó apasionamientos, destruyó cobardías, elevó ímpetus y multiplicó placeres. Como parte trascendental cambiaron mi vida entera...
     La cordillera central captó mi atención. Decidí dejar el Este y mudarme por un tiempo al meridiano de tu cuerpo. Poseí montañas y laderas. Convertí en vertientes tus deleites. Quedé asombrado cuando desde allí observé tu Sur...
     Me posé en el ombligo y disfruté las dudas de sí podría salir del encanto que suponía se encontraba en tu Sur; justo en tu entrepierna. Tomé la decisión de que vivir en tan húmedo lugar seria fantástico y encontré el trópico de tu alma en plena tormenta de sensaciones. Ante los oleajes fuertes de la agresión de mi lengua percibiste el constante zambullido y las caricias acompañando la superficie de tu piel, desde los dedos de los pies hasta los degustados senos... Disfruté la esperanza de que fuera para siempre y sólo mío el promontorio que con mis dedos acariciaba. Mismo que mi lengua remojaba entre el ondulado rebullir de tu cuerpo. Lo acompañaste por gemidos fulgurantes que exigían repetidas embestidas que te transportaran al universo astral del completado éxtasis, del renovado amor. Tus órdenes se cumplieron. Acoplé mi pecho contra el tuyo. Nuestros cuerpos se unieron y nuestras almas fueron indivisibles. Llegamos juntos al Oeste de un día lluvioso y hermoso; lleno de recuerdos y placeres en el apareamiento de dos sexos, en la unidad de nuestros universos carnales y terrenales, todo mezclados y en la superficie de sabanas estrujadas y mojadas por el sudor de nuestra piel que se negaba a dejar de ser una.
     Y en el Oeste descubrimos el atardecer. El sol se ocultó. La luna apareció impasible y sin disimular sus celos. Luego de tantos poemas, dedicados a ella, descubrió que a nosotros nos correspondía que el universo se pusiera de acuerdo para el verdadero eclipse de nuestras vidas; ese en el que tú eres yo y yo soy tú. La luna enfurecida nos recordó que debías marcharte pues Morfeo, el dios de los sueños, reclamaba tu presencia para hacerte soñar con futuros inciertos en los que yo no estuviera presente para él disfrutar de la espiritualidad de tu ser. Partiste en un cerrar de ojos. La almohada fue testigo de tu escapada en los brazos de otro. Morfeo me miraba y se burlaba pues te custodiaba y yo no lograba dormir y soñarte en algún jardín o playa en la que te dijera mil palabras de amor, mismas que aún falta puedas escuchar de mis labios. Te miré y entonces fui yo quien me burlé de Morfeo. Lo embromé porque soy tu dueño en cuerpo y alma y puedo soñarte despierto. Así en mis noches de insomnio soy el guardián de tu alma cuando decide salir a pasear. Al llegar el día, justo en el momento en que vuelvo a habitar el Este, me convierto en el vigilante de tus puntos cardinales olvidando los míos propios pues te los encomiendo con la confianza de que serán tuyos de forma completa...
     Ahora cerraré el mapa pues conozco los puntos cardinales de tu cuerpo y los de mi vida. Lo guardaré en lo profundo de mi corazón y en la cercanía del recuerdo. En el bolsillo de tu alma dejaré una brújula que estará dispuesta a ser usada, si alguna vez resuelves perderte, para que regreses a mis brazos sin detenerte ya que sólo yo soy tú otra parte...
     ¿Me preguntas por el Norte? ¡No creas que me olvidé! ¿Cómo olvidarlo? En el sobrevivo a cada instante. A partir de allí es que admiro el Este, el meridiano, el Sur, el Oeste y continúo bajo la influencia del verdadero amor que me dicta que tú eres mi Norte; el camino a seguir, la guía máxima. Mi ángel de alas sedosas y escote pronunciado que con su alma evoluciona logrando que me desenvuelva sobre y debajo de su cuerpo haciéndolo mío; disfrutando de caricias y besos, de humedad y sensaciones a veces explicitas y por momentos secretas...

Norte...

     ¡No, así no! Debo escribir NORTE. Sí ¡Desde luego! En letra mayúscula: ¡NORTE! Ya que en estos momentos de esa forma están mi corazón y mi erección por sólo pensarte sobre la hierba de un campo florecido, acostada desnuda, mientras tratas de señalar con manos y pies los puntos cardinales de nuestro universo y dejas a mi desdén encargarse del meridiano de tu cuerpo. Sobre todo del horizonte de tu boca y la verticalidad húmeda que me llevara a darte placer en todo tu existir...

domingo, mayo 01, 2011

Piel Celeste

Por Angelo Negrón 


  Ella habita este mundo
y el otro, el terrenal y el astral. Su espalda está adornada por alas de terciopelo que logran que ambos nos elevemos. En su desnudez puedo apreciar el brillo de siglos de experiencia. Su cabello danza ante el embestir de mi cuerpo y ella misma propicia que el placer logre magnitudes siderales. El brillo de sus ojos me ciega y un collar de flores despide el olor de sueños furtivos. Su verticalidad me atrapa. Mis ojos, lengua, dedos, sexo; todo yo, me transmuto en amanecer de pasiones, en alborada de jadeos y ansias renovadas…
   Rodeo su cintura con mis brazos; busco aprisionarla en mí; convertirla en cómplice de mi lujuria; bautizarla enamorada de mí y no del destino. Música que acompaña lo que soy cuando penetro sus adentros y tropiezo con su mirada. La humedad en su interior es fresca y bebo con admiración de su sabor. Me voy de fiesta a sus pezones que erectos se bañan en agua de rosas y los muerdo delicadamente queriendo dejar marcas de mi paso y presencia en ellos. Mordisqueo su intimidad con la misma intención; ser el dueño. Patentizando mi propiedad y eliminando cualquier duda que quede flotando en el edén de donde ella es oriunda.
   En su ser tiene el mío bellos instantes y… eternos paradigmas. La pasión con la que nos amamos se demuestra en besos para nada furtivos. Caricias subidas de tono y muy bien diseñadas en el fragor de la espontaneidad. La miro morderse los labios mientras sus ojos se cierran y sus manos se acarician a si misma en la justificación de nuestra existencia. La veo llena de placer mientras sus dedos se pierden en el abuso y consumo de esa única droga que nos gusta: el placer.
   Seguimos sanando pasados y redescubriendo presente. Cada caricia se convierte en comienzo y el amor se amplifica a magnitudes que tal vez sólo ella comprende, pues yo me pierdo en gemidos y en desesperación. Deseo estallar en cuanto la descubro desnuda: ser precoz en su interior no hago más que tocarla y el deleite de esta sensación es tal que me descubro viviendo placeres que no tienen comparación con el mundo terrenal. Ella es un ser celeste, me lo dijo y le creí, me lo demuestra por instantes eternos.
   Echo un vistazo de nuevo a su espalda; descubro que si no fuera por la forma de sus alas la describiría como un hada y no como un ángel. Sus alas; convertidas en su mirada: me rodean, me levitan. Distingo espasmos en su piel. Soy el eterno humano y ella el ángel: ambos inmortalizados por el amor; ambos enamorados de nuestros placeres y del aire que respiramos juntos. Somos cada uno la parte faltante del otro y en mi devoción busco cosechar flores que sigan adornando su cuello y embestidas que acaricien su interior demostrando que la carnalidad puede acompañarse de amor…
   Levitamos juntos…es tan delicioso que apenas puedo abrir los ojos…sonrío…Lo hago mientras reconozco que a nosotros los mortales nos toca padecer por siempre si un espíritu celeste nos hace el amor…

miércoles, abril 27, 2011

EN LAS LETRAS, DESDE PUERTO RICO

(Adiós al dramaturgo y narrador Gerard Paul Marín)

por Carlos Esteban Cana


     En medio del efervescente mundo literario puertorriqueño ocurren eventos que no deben perderse en el anonimato. Por lo anterior, es importante notificar el fallecimiento del dramaturgo y narrador Gerard Paul Marín, autor de obras emblemáticas del teatro boricua como “Cuentos, cuentos y mas cuentos” y “Al final de la calle”. Marín, de 90 años, falleció el pasado 14 de abril de 2011.

     En una ceremonia llena de amigos, entre los que se encontraban la poeta Magaly Quiñónez, la guitarrista Nélida Cortés, y personalidades del ambiente teatral como Victoria Espinosa, Rosa Luisa Márques e Ivonne Petrovich, el escritor fue recordado con alegría y serenidad por su viuda, la poeta Lilliane Pérez Marchand. Por su parte, el polifacético artista Antonio Martorell compartió anécdotas acerca de la amistad que le unió por muchos años con la familia Marín-Pérez.

     Gerard Paul Marín fue además un prolífico narrador. Sus cuentos se encuentran dispersos en periódicos y revistas del País. Por tal motivo, En las letras, desde Puerto Rico hace un llamado al Instituto de Cultura Puertorriqueña para que le rinda el merecido homenaje con la publicación de su obra narrativa y teatral.

     Conocí a Marín en una serie de conferencias, auspiciada por Taller Literario en la Escuela de Comunicación Publica de la Universidad de Puerto Rico, a finales de la década del 90. Y desde ese entonces no era extraño encontrar a Gerard Paul y Lillianne en momentos y lugares donde la creación se daba cita con el compromiso. Fue un verdadero placer conocerles. Descanse en paz, Gerard Paul Marín.

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Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

sábado, abril 09, 2011

Elementos


Por Angelo Negrón

Fuego:

      El que sentiré en mi alma y mi piel cuando te haga mía. El calor es tanto que quema en las entrañas y se eleva mi parte vulnerable de sólo mirarte. El ímpetu tiene tanta proporción que las venas quieren lograr ebullición y juntarse al coro de pensamientos lujuriosos que me acompañan. El deseo de tocar tus pechos envueltos en brasas de placer y mi intención de poseer las mil formas y sabores de tu sexo encendido logran que se derrita el hielo milenario de mis frías y solitarias noches. Mi boca perdiéndose en la tuya y las chispas que despedirá nuestra piel capaz de encender el gigantesco carbón del amor de un solo amague. Nosotros somos aves fénix, capaces de morir y renacer en vivo fuego, en candela de pasiones, ven ahora y quémame con tus gemidos; calcíname con tus besos, incinérame con la llama de tu amor...

Tierra:

     Tú acostada, yo a tu lado, estudiando las dimensiones de tu cuerpo, buscando en cada promontorio, en cada isla el supuesto continente perdido que me dará sustento. En ti sembraré la simiente y cosecharé pasiones. Me deleitaré con cada uno de tus puntos cardinales. Me mudaré seguido. Por tiempos viviré en tu norte, por momentos en tu sur y siempre tendré mi vida en el meridiano de tu piel. Misma que no acabo de descubrir completa pues en mi ardua colonización termino por perderme en tu mirada apasionada, equivalente a la dueña de todo mi ser. Por ti se hace polémica la duda: ¿Quién, si no yo, debe ser el dueño del lugar donde nos amaremos sin medida? Sí, soy inmigrante en tu cuerpo, pero garantizo que llegué para quedarme. Excavaré hasta profundizar en las ansias que te llevan a desear ser poseída... Que te llevan a dictaminar que se busque entre tu piel las riquezas ocultas que guardas por experiencias pasadas y por codicia de amar... Cultivaré apetito en tu rasurada oquedad. Comeré de los frutos que me brindan tus adentros y como volcán que derrama su lava derretida crearé nuevas razones para que me ames más...
 

Agua:

     Torrente que acompañará a tu verticalidad antes, durante y después de recibir la pasión que me envuelve. La saturación no es sólo tuya, también es mía. Confundida, nuestra lluvia placentera descenderá acoplada a las paredes de tu intimidad como catarata que es regalo de las entrañas de la mujer que más he amado. Hembra dispuesta a comportarse celestialmente y que juega con el hecho de saberse naturaleza dispuesta a socorrerme. Me lanzarás a la playa donde, al amarnos, dejaremos de ser plurales para convertirnos en singular. Con besos mojados y lengua poseedora aparecerá el sol a la hora del cíclico acontecer de dejar de ser agua para convertirse en nube. Luego se transformará, otra vez, en el liquido de vida que calma mi sed. Inúndame con tu sabia. Mi vida necesita dejar de ser árida ante la ilusión de que una mordedura tuya llegue a los poros de mi piel reseca y a mi porción erguida en espera persistente. Cual búsqueda constante del rocío que hábilmente ha permanecido sellado por la inquietante forma de labios vaginales y que conservas para mí, en un molde húmedo y caluroso. Estás a la espera del asalto de mi lengua o de la dilatación de mi extremidad que, llena de terminaciones nerviosas, sólo desea sumergirse en tu humedad. Seré barca o pez, no importa. Seré lo que tú quieras que sea sólo por bucear en tus siete mares. Sólo por aprender a bailar la danza de tus olas. Encallaré en tus arrecifes y coexistiré paciente ante la espera de tu marejada. Serás gotas de lluvia que bajando de la montaña llegarán al mar de mis placeres. Y en el océano de tus protuberancias, mismas que deseo acariciar sin mesura, sobreviviré a la soledad...


Aire:

     Espacio en que amarse será fácil. El viento azotará nuestros cuerpos de manera sublime y la ley de gravedad nos ayudará en nuestro intento de amarnos. Y es que dicha ley exige que tu cuerpo aunque suba tenga que bajar. Conveniente será esta ordenanza. Buscaré que subas y bajes en movimiento constante para darte y darme placer libre y decisivo. Nuestra respiración a veces agitada, a veces pausada, sólo será el anuncio de los sentimientos antes ocultos y de fantasías logradas. Los suspiros serán elocuentes formas de atraer paz a la caída de un imperio que lograste erigir para luego derrumbarlo con las sacudidas persistentes de tu sexo encendido. Justo después de lograr derrocarlo volverás a constituirlo con la excusa de terminar verlo consumido en el movimiento zigzagueante de tu boca. Definitivamente Dios creó a Adán cuando depositó aire sobre el barro, pero a mí me has creado tú. Cuando anhelé por vez primera que el suspiro de tus ojos me envolviera y que tu lengua fuera mía en la esencia de besos huracanados, en las ventiscas, en los envoltorios de tus pechos... Es que también para mí guardaste una manzana. Me la ofreciste en el momento preciso, justo cuando tus vientos se encargaron de derrumbar el árbol, justo cuando olvidaste al hombre nacido del barro... Ser nuevo en tus ganas, creado a tu perfil y parecido, creado por ti, diosa que piensa que ha sido expulsada del paraíso donde yo mismo te llevaré cuando nuestros cuerpos estén en posición horizontal. Desalojada sólo por sustraer dos manzanas y por demoler el manzanero al que no se te permitió subir. De allí te transformarías en brisa, en aura o lo que es más, desde allí podrías haberme visto antes, en el principio de los tiempos, cuando se determinó que yo soy el alma que es gemela contigo...

     ...Juntos...

     Inhalaremos ansias. Exhalaremos pasiones hasta que en loco desvarío peleemos contra los molinos de la saciedad. Incluso cuando insaciables nos percatemos de que el amor es perpetuo y que se renueva, una y otra vez, más allá de nuestros cuerpos. En el cántico de nuestros ancestrales besos. En recurrentes caricias que añoran ser puestas de nuevo en uso y diseminadas entre el pelo y los dedos de los pies, entre derecha e izquierda y sobre todo en el clítoris hermoso de tu floral belleza añadiéndole el aguijón constante de esta abeja que soy y que sólo se alimenta del polen de tu pasión.

Tú:

      Eres el quinto elemento. Ese que busqué en pieles ajenas, en almas equivocadas, en el sinnúmero de pasiones vanas y en la fornicación desvergonzada de mi cuerpo. Eres fuego que quema, tierra que entrega simiente, agua que calma mi sed de pasiones y aire que arruma con su caricia mis instintos más románticos.

... En ti reposan todos los elementos unidos. Eres un alma que tiene el privilegio de convertirse en piel y no sólo transgredir las leyes de la física, sino también derrocar los muros que puedan existir en mi vida vacía. Ven y lléname con tus ansias de combatir la soledad que te quebranta. Hazme el amor, una y otra vez. Conviérteme en tu quinto elemento, complementémonos en ese hermoso vaivén que es el amarse. Colmémonos de caricias, de besos y abrazos. Seamos uno, volvamos a empezar. Con las ansias que nos rodean podemos lograr que tenga sentido la extracción de la costilla de mi antepasado para que fueras habitante en el paraíso y que allí me esperases para asistir juntos frente a la fogata o al volcán, delante de la montaña o a las islas, frente al mar o a la cascada o dentro del huracán de nuestro apetito de lujurias donde podremos escuchar en sinnúmero de ocasiones el te amo que saldrá de nuestros labios y que obligados estamos predestinados a escuchar...

     Estruja en mi rostro la caricia de un beso. Defiéndeme del aislamiento y de la locura de saberme el soñador de sueños aplazados a la espera de tus caricias. Conviérteme a la devoción de admirarte cada vez más, de saberme perdido entre el fuego, tierra, agua y aire que representa tu alma...

¿Quinto elemento?

         Eres eso y más...



sábado, abril 02, 2011

Leyendo Avalancha de Yolanda Arroyo Pizarro

Por Angelo Negrón

     Con prisa abres el sobre que ha llegado por correo. Yolanda Arroyo Pizarro te envía su libro Avalancha y tú, aunque ansioso por leerlo, te detienes en la portada. ¡Excelente!— piensas — mientras te mojas los labios con la lengua y acaricias la cubierta del libro casi sin darte cuenta. Ves cuatro manos que cómplices se interponen entre tu mirada y un cuerpo desnudo. Lees el título: Avalancha. Te parece poderoso, pero no dejas de ligar. Buscas algún indicio adicional de erotismo y descubres que las manos parecen ser femeninas. Te preguntas el porqué a la gran mayoría de los hombres les parece muy erótico dos mujeres desnudas teniendo sexo. Concluyes que es un dos por uno en la visión machista que desde niño te inculcaron. Rememoras películas equis a temprana edad del tema hasta que ves los anillos. ¿Esos anillos le dan seriedad al asunto? No es que el sexo entre mujeres no sea serio, es que si están casadas consideras otra historia que tal vez, sólo tal vez, se aleje de las películas equis que tuviste como altar en esa época. Llegas a la pantalla en el ombligo y regresas al título del libro y al nombre de quien lo escribe: Yolanda Arroyo Pizarro.

     La conociste en una comunidad virtual bajo un seudónimo; sabías que era Puertorriqueña por los detalles de su biografía, pero jamás pensaste que vivió allí, al final de la calle donde te criaste y que la viste alguna que otra vez. Sus letras te llevaban a pasear y casi al mismo tiempo en que visitabas la página azul de Internet comenzaste a leer en un blog a una Yolanda a la que también admiraste por su forma de unir palabras. No tardaste en recibir la confesión de que el seudónimo y Yolanda eran una y quedaste perplejo ante la idea de lo pequeño que puede parecer el universo y de que ambas, el seudónimo y Yolanda, se unieron para duplicarse la admiración. Vuelves a la portada y a mojarte los labios. Disimulas un conato de erección, al menos, mientras te alejas del apartado postal. Al encender el auto, te ves obligado a bajar el volumen de la radio. Quieres comenzar a leerlo, pero miras el reloj y sabes que debes ir a trabajar. En el tradicional transito mañanero, allí en el semáforo que está antes de la cárcel federal, te da con abrir el libro. La foto de la portada se repite esta vez ampliada y divisas mejor el amago de vellos e imaginas las manos acariciando; perdiéndose en placeres o simplemente permitiendo ver lo que ocultan.

      Lees en tinta azul, lo haces en voz alta y como si tuvieses compañía, lo que Yolanda te escribió. Te tutea y te echas “guille” de que esta escritora reconocida, con varios excelentes libros a su haber, y una de las escritoras latino americanas más importantes menores de 39 años del Bogotá 39, se dirija a ti de manera tan casual. Vas a pasar la página para curiosear más, pero un insistente claxon te devuelve a la realidad: El semáforo cambió a verde. Aceleras. Llegas a tu trabajo y no puedes evitar llevar contigo el libro. La contraportada tiene fragmentos que hablan de lo que encontrarás dentro y decides ir al servicio sanitario para sentarte y ojear algo más en horas laborables. Pasas con prisa, esta vez la portada, parte del paratexto y llegas a la dedicatoria: Penetrante, como lo que hasta ahora has visto de este libro. Saltas al Índice: es una invitación más a evitar la parsimonia. Te bebes el epígrafe y adviertes que el primer cuento se llama como el libro. Empiezas a leerlo, pero escuchas que tu secretaria te avisa por intercomunicador que tienes llamada, y con desasosiego sales del sanitario y gastas el día entre excell, power point, reuniones y llamadas telefónicas. De hecho la hora de almuerzo, que pensabas podías aprovechar para continuar con el libro, la pasas con un cliente que no deja de hablarte de lo precario de la situación económica del país.

     El reloj dicta las cinco y sales a afrontar el tapón de la tarde. Por suerte es viernes y llegas a tu hogar después de varias peripecias. Cenas con tu familia, platicas con tu esposa y tu hija de catorce años un buen rato y luego juegas con muñecas con la de cuatro. Te retiras a descansar. Utilizas el mueble reclinable de tu cuarto de estudio. Abres el libro, buscas la pagina trece. Las palabras de Yolanda te van arañando por dentro.

     Avalancha te prohibe descansar. Manteniéndote al filo de la butaca vas de sobresalto en sobresalto. Distingues a la protagonista caminar hacia ti acariciando las paredes y no osas siquiera pestañear porque sabes que, si te quedas dormido, te chupará los pezones. Luego, reconsideras y disimulas el sueño para ver si corres con tal suerte.

     Borealis logra que llores. Tan crudo y real comprendes las imágenes que desfilan en esa historia y haces lo de siempre que algo ataca tu tranquilidad: Mirar al otro lado buscando que no duela tanto y te escapas a otra parte de ti.

     Montar las olas te lleva al resiente tsunami en Japón. El título te ha hecho recordar las imágenes de la gigantesca ola, del terremoto y hasta de la planta nuclear quemándose. Pronto comprendes según vas leyendo que este es otro tsunami, otro terremoto y que lo que se quema son las vidas de los participantes. Su final es tal como te gustan y su trama presenta verdades complejas que te dan contra la pared de las circunstancias. Esas que, lamentablemente cada vez más, leemos en la primera plana de los diarios.

     Estallido de besos rojos te adentra a otro mundo, a uno que no conoces. Lo has visto de lejos. En el cine, en el mall o en el área de Anime de Borders. Los góticos y los emos combinados con la sociedad; juntos pero no revueltos. No los conoces, pero los aceptas. Te parecen diferentes; rebeldes, pero ¿quién no lo es a esa edad? ¿Quién te dijo que debías dejar de ser rebelde? Vives al tanto que si fuera por ti estarías bailando todavía electro-boogie con tenis Puma de gamuza y cabetes de colores fluorescentes o serías un cocolo a lo Eddie Santiago y su Lluvia, tus besos fríos como la lluvia.

     Si bien en tu época te invitaron más de una vez a delinquir y no aceptaste, sabes también que las veces que te invitaron no fue para defender una creencia idealista, política o religiosa y si para lograr hacer dinero fácil y te preguntas que hubiese sido de ti si hubieses aceptado participar, o si la razón para delinquir fuera la misma que le dieron a los muchachos del Cerro Maravilla, ¿Qué hubieses hecho?

     No pensarte es el consabido decir de alguien que te piensa y te da con buscar en You Tube a Ricardo Arjona y a su Realmente no estoy tan solo, ¿Quién te dijo que te fuiste? Si uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan…y van por tu mente amores del pasado, esos que piensas que no olvidarás jamás, por más que sigues tratando de olvidar y es que ahí está la clave: Sigues recordando mientras insistes en olvidar.

     Las ballenas grises hacen que llores de nuevo. Esto a pesar de que ya lo leíste cuando ganó el Certamen Pepe Fuera de Borda en Argentina. Reconoces que esta historia, como las demás de Yolanda, ha sido escrita de forma artesanal. Como si al escribirlas las fuera fabricando escogiendo y utilizando materia prima de alta y exclusiva calidad.

     Golpe de Gracia te atrapa con los pantalones abajo porque piensas que nada te sorprenderá ya después de Las Ballenas Grises. El cuento te arrastra a un mundo marginado y descubres que Yolanda logra nuevamente hacer que tengas que tomarte unos minutos para recobrar el aliento. Cuando llegas al desenlace pareces un asmático sin su terapia. Si alguien se acerca a ti y te oye, pero no te mira; podría pensar que mueres o te masturbas. Buscas la forma de salir del trance. Vas a la nevera y llenas un vaso de cristal con jugo de naranja. Lo bebes mientras orinas. Te lavas las manos y la cara, cepillas tus dientes y miras tus ojeras en el espejo. Te acaricias la mejilla y te rozan los tocones de una incipiente barba. Te afeitas. Queda un cuento y estas retrasando su lectura. Te preguntas si leerlo en la noche o simplemente comenzar de inmediato pues te das cuenta que lo tienes debajo del brazo a la usanza de un devoto religioso cuando carga su Biblia. Caminas hacia los dormitorios de tus hijas. Las ves dormir plácidamente. Sonríes orgulloso y cierras la puerta con cuidado de no hacer ruido.

     Te recuestas en la butaca de nuevo. Abres el libro: página 123: Asian Jelly. El sabor a menta en tu boca disimula bastante el ácido del jugo de naranja y cruzas por el erotismo de una pareja mientras se somete una a la otra. No puedes diferenciar quien es la sometida y quien somete porque: ¿Acaso la obediencia no es un tipo de sometimiento? ¿Con ella sometes a quien te somete? Y retornas con este cuento a la foto de la portada. El elevado erotismo y su juego sexual van liberando el jovenzuelo que fuiste en la mañana anterior cuando recibiste el libro, pero relees el cuento buscando un lugar donde tú encajes. Te das cuenta que en ese mundo no existes, que una zona de tres a tu edad y ante los tabúes que aún existen en ti jamás pasará y que personajes como ese tienen vida propia. Tú serías la parte que Yolanda recortaría en la primera revisión. Cuando se diera cuenta que no sirves en esta historia siquiera para vender el Jelly, mucho menos para comprarlo. Sin embargo sabes que Yolanda escribe novelas y consideras que te gustaría ser ese personaje fisgón que por una ventana mira deseoso una escena como la de este cuento, o ser el personaje que es invitado como espectador de dos mujeres que lloran al unísono la complacencia de tenerse.

     Miras el reloj: Son las cinco y dieciséis. Colocas Avalancha en el anaquel junto a los otros libros de Yolanda. ¿Qué le dirás cuando la veas? Conociéndola no puedes decirle simplemente que es extraordinaria, una persona que ya sabe que lo es necesita escuchar algo más. Meditas. Tú no eres un crítico literario. No le dirás nada: la abrazarás; ella sabrá lo que significa…

     El insomnio ha sido agradable y le echas un ojo al cuerpo desnudo de tu mujer que te invita a despertarla. Lo intentas, pero te rindes ante la promesa de que si la dejas dormir serás recompensado. Te acuestas a su lado. La escuchas respirar tranquila mientras tu alma está repleta de acontecimientos. El libro de Yolanda sigue penetrando en tus adentros mientras enciendes la televisión y miras un programa grabado de noticias. Wanda Rolón y sus comentarios sobre Ricky, Ana Cacho y el caso Lorenzo, La huelga de la Universidad de Puerto Rico, Maripily y Alomar, Rolandito Salas Jusino el niño que se llevaron hace tiempo de la urbanización donde vives, trescientos asesinatos en los primeros tres meses de lo que va de año, el tsunami de Japón, la guerra en Libia, Angelo Millones, Elizabeth Taylor descansa ya y no obstante reconoces que unas noticias tienen que ver con el libro y otras no, igual lo piensas vivamente. Soluciones, buscas soluciones. El mundo necesita un remedio.

      Escudriñas debajo de la almohada el control remoto y apagas el televisor, pues encenderlo no funcionó para que tu esposa abandonara su descanso. Quedas a oscuras y cierras los ojos. Los abres y los cierras buscando dormir hasta que en el techo de tu cuarto divisas amagos de luz provenientes de una ventana entreabierta. Casi amanece. Dormirás, lo sabes. Lo que no sabes es con qué soñarás. Demasiadas imágenes en tu mente. ¿Veras como unos labios te persiguen para chuparse tus pezones? ¿Serás algún niño víctima de la trata de personas? ¿Tus manos olerán a carne asada de perro con tal de pertenecer a una pandilla de criminales? ¿Una de tus hijas será Emo-gotica-terrorista? ¿Padecerás Alzheimer? ¿Rolandito aparecerá algún día? ¿Prefieres Jelly o whip cream? ¿Queda alguno de los dos en el refrigerador?

      No importa: Ya ganaste: Dormirás, tendrás pesadillas o sueños mojados, despertarás y serás recompensado…





***

Angelo Negrón: Sus cuentos han sido publicados en la revista y colectivo Taller Literario y en Revista Púrpura. Forma parte de Cuentos Puertorriqueños En El Nuevo Milenio, antología que recoge 50 cuentos de 50 narradores puertorriqueños contemporáneos. Tiene varios libros inéditos de relatos a los que le ha dado por título: Entre el edén y la escoria, Sueños mojados, Confesiones y Causa y efecto. Además una novela titulada: Ojos furtivos.

sábado, marzo 05, 2011

Viaje

Por Angelo Negrón


Vayamos, esta vez, al área sur. Durante el camino nos asombraremos del cielo ausente de nubes. Tal Intemperie es de un azul tan brillante que nos preguntaremos como ha podido el sol, al que no vemos por ninguna parte, ponerse de acuerdo con sus alrededores para regalarnos tal nirvana.

Iremos sin prisa. Nos tendremos el uno al otro. Yo conduciré, pero con una sola mano al volante. La otra estará perdida en tu cabello, en tu espalda y ¿por qué no? Donde lo permitas. Nos detendremos de vez en cuando para no desperdiciar algún beso.

Llegaremos primero al Santuario San Judas Tadeo. Allí haremos una oración juntos. Escucharé de tus labios el pedido de la tranquilidad de espíritu y del amor creciente. Escucharas de los míos que tú eres mi tranquilidad, intranquilidad; mi espíritu y forma, todo mi amor. La fe en que el patrón de los casos difíciles y desesperados se compadezca y ruegue por nosotros es perfecta a nuestras intenciones. Encenderemos una vela y aún dentro de ese lugar sagrado no podré evitar pensarte desnuda al ver el fuego consumiendo lo que toca. San Judas intercederá; lo nuestro también es sagrado; lo merecemos…

Luego: Visitaremos un centro comercial. ¿Para qué? Para tener la excusa de caminar tomados de la mano. Compraremos un helado coronado de fresas. Se derretirá el chocolate y la vainilla en tu boca y dejarás las fresas para después. Justo a la salida del área de los restaurantes descubriremos un tiovivo. El carrusel es el más grande que he visto; consta de dos pisos y decidimos dar un paseo sobre alguno de los petrificados caballos. En tal sube y baja imaginaré tu danza sobre mí. Las vueltas me recordaran al reloj y dictaminaré en ese instante que el tiempo se detenga y no así nosotros…

Piensas que estoy mareado por tanta vuelta. No es por eso, más bien es por el reciente beso que me has dejado posado no sólo en mis labios sino, en todo mí ser. Tu mano acaricia mi cuello mientras mi brazo rodea tu cintura…

Llegamos al paseo tablado de la Guancha. Quedo maravillado con el paisaje que armoniza con tu belleza. Compramos algo de carnada. Se la damos a los peces gigantescos que siempre están allí. Luego, para quitarte el olor a carnada de los dedos, yo mismo te lavo las manos. Voy estrujándote los dedos en agua y jabón hasta dejar tus suaves manos libres de todo residuo de carnada. Cuando nos damos cuenta ya voy enjabonándote hasta el hombro. Nos sonrojamos pues sin percatarnos por poco y nos bañamos allí. De pronto comprendemos que no nos importa, después de todo, estamos bañándonos de deseo. Aún así, insistes en marcharnos. A lo lejos está la Isla a la que llaman "Caja de Muerto". Te menciono que nunca la he visitado, que siempre he querido ir. Sugieres que algún día me llevarás. Yo sonrío y te pregunto: ¿por qué no ahora? Respondes con un “caminemos primero por la playa”. Nos quitamos los zapatos, pero no nos enrollamos los pantalones. Pretendemos que se mojen. Así descalzos llegamos hasta algún lugar donde los arrecifes le ganan a la orilla. Tratamos de observar el fondo, pero lo espumoso del oleaje no lo permite. Me robas otro beso y acaricias mi cuello. Como señal de tu poderío sobre mí; me abrazas fuertemente mientras estrujas tu pecho contra el mío. A punto ya de alquilar algún botecito que nos lleve a la isla me convences de tendernos en la arena. Me dices que está bien ya de tanto paseo. Quieres que sea turista en tu cuerpo y lo explore hasta colonizarlo. Ruborizado miro hacia ambos lados. Tomas mi rostro entre tus manos y me tranquilizas con un beso.

Eso fue sólo el principio. Dejé de estar tranquilo después del tercer beso. Ya en el cuarto beso me aparto de tus labios. Voy besando tu cuerpo mientras lo desnudo de a poquito. Lo hago disimuladamente aunque me muero por llegar al rincón de tu placer. Quiero grabarme el sendero que conduce a el, no obstante sepa que lo olvidaré tantas veces como sea posible con la excusa de volver a recorrerlo. Tu mano acaricia fuertemente mi espalda y mi cabello. El sonido del mar se pierde con los sonidos entrecortados que depositas sin titubear en mis oídos y que sólo logran excitarme más…

Ya llegué a tus pechos. Los acaricio sin mesura como me ordenaste una vez. Mi lengua los recorre como si los conociera de siempre. El placer que te embarga me invade a mí cada vez más. Cambias mi táctica. Empujas mi rostro hacia abajo logrando que encuentre antes de lo planeado el tesoro que me propuse encontrar… Explorarte es divino. Mi lengua se pierde entre cada movimiento de tu cuerpo y con mis ganas dejo sellado el placer que te mereces...


Extasiado siento que convulsas. Entre la humedad de tu cuerpo y los sonidos que dejas escapar descubro que estas a punto de catapultarte a otra dimensión. Ese paisaje no puedo perdérmelo por nada. Me acerco a tu rostro para observarte. Mis dedos prosiguen con la placentera labor de que logres llegar a estertores de placer...

Llegamos. Así es, si tú llegas yo llego. Revoloteamos por el lugar. Tu rostro ha rejuvenecido más aún. Tus ojos permanecen cerrados por el éxtasis del momento. No ves los míos que deseosos de repetir este encuentro te observan tal cual eres: La dueña, La Diosa, Mi Alma Gemela…

Pasados algunos minutos donde abrazarnos ha sido nuestro modo de vida, decidimos saborear las fresas que habías guardado. Sabrosas, como tu sabor y tu presencia. Ya es hora de partir a algún otro lugar donde consumirnos de amor. Observas detenidamente el lugar y me pides que, al igual que tú, grabe en mi memoria el paisaje y el momento que acabamos de disfrutar. Me besas nuevamente. Aseguras que en nuestra próxima parada seré afortunado. Me brindarás la oportunidad de llegar al cielo sin derecho a retornar…
Mis ojos suplicantes te demuestran las ganas de no esperar. Te robo un beso. Delicadamente muerdo tus labios. Tú respondes igual, pero segura de que allí no será nuestro próximo encuentro. Percibo que algo tienes planeado. El tiempo sigue detenido. Juntos nos alejamos de la playa dejándola asombrada con nuestras caricias y reconociendo que es testigo del encuentro de dos almas gemelas…

jueves, febrero 24, 2011

Desnudez

Por Angelo Negrón

La fantasía merodeaba la habitación. Lujuria y pensamientos daban vueltas junto al abanico de techo. El ruido de los autos en la avenida cercana no osaba acallar gemidos y miradas de deseo. A la izquierda; el cuarto de baño aún exhalaba el vapor del agua caliente que disfrutamos juntos. Enjaboné su espalda, lavé su cabello, afeité sus piernas y nos besamos por mucho rato debajo de aquellas gotas que hervían menos que nuestras ganas…

Sus manos acercaron mi boca a su pecho y me atacó con sus pezones. Bebí de su deseo. Mis manos buscaban acariciar su recién rasurada oquedad, pero ella me detenía, lo sé, para exasperar mis ansias. Cerró la llave que le daba paso al agua y con ello, ante el pensamiento de la cercanía de su entrega, mi erección palpitó en pos de la búsqueda de su contraparte. Saboreé sus senos, acaricié su cabello mojado y las gotas que corrían por su cuerpo me llevaron consigo por el recorrido de su piel. Rodó la cortina y alcanzó las toallas. Nos miramos. Sin pronunciar palabras decidimos no utilizarlas y meternos mojados a la cama. Al salir de la tina, busqué ver su rostro en el espejo y el empañamiento no me dejó. Desvié mi mirada y enfoqué sus nalgas que en clásico caminar se divertían con mi antojo de acariciarlas. Llegamos a la cama: Horizonte disfrazado de verde menta. Abrazados pasamos por aire, viento y tempestad.

Por primera vez no utilizábamos una habitación de alquiler por lo que carecíamos de la prisa habitual. Estaríamos, (por fin), juntos durante aquella y dos noches más. La sensación de que cuando amaneciera y abriera mis ojos me encontraría con el ser más transcendental de mi vida me dio los bríos para poseerla varias veces. Justo cuando se catapultó en placeres y me dio permiso para abandonarme a los míos; le dije un enfático no. Quiero y necesito — le mencioné — que continúes sintiendo placer. Ella sonrío y sus ojos brillantes por placeres sueltos me convencieron de que tomé el camino correcto a la lujuria. Su múltiple orgásmica respuesta fue precedida de verdaderos gritos de delectación y de algunas lágrimas de felicidad. El agua de la regadera que quedaba en nuestros cuerpos se mezcló con el sudor compartido y me bebí sus lágrimas en clásica poesía centinela. Saboreé sus sollozos y también sus goces. Nos agotamos, pero no nos saciamos de amor. Su mirada era idéntica a la mía: pura complacencia. Se quedó dormida obligada por ese sutil sentimiento que queda después de haber compartido el alma.

Pasó largo rato y yo seguía despierto. Fue un insomnio ineludible. La había escuchado tantas veces decir que dormía desnuda. Ahora estaba a mi lado soñando, tal vez conmigo o con quien sabe que. Mantenía la hermosa sonrisa que la caracteriza en sus labios. Obviamente yo no relegaría de alimentar mis ojos con su desnudez y nutría mis deseos con ganas de despertarla por sorpresa. Que al abrir sus ojos me hallara probando de su pistilo. Pero, se veía tan hermosa allí, desnuda y protegida por mí. En ese momento nació la idea. Me atacó por mucho rato. Peleaba conmigo ese miedo a ser descubierto haciendo algo incorrecto, pero pudo más el morbo de lo prohibido y me aparté silencioso. Busqué dentro de la maleta: la encontré entre mis ropas y el ruido que hizo el lente óptico al encender la cámara no fue suficiente para que me descubriera. Eliminé el destello del flash, no sólo era muy riesgoso sino que no haría falta; existía suficiente luz. Enfoqué y disparé. Estuve despierto toda la noche. Cada vez que se movía creaba una nueva pose para mí y yo, insatisfecho, quería más…

Ella abrió los ojos varias veces y juro que cada vez que observaba esos dos luceros mi vida se iluminaba. Comencé por hacer lo mismo. Cerraba mis ojos para tener esa sensación al abrirlos de encontrarla a mi lado. Desde entonces cada vez que estábamos juntos lo tomé por costumbre. Aquellas tres noches no volvieron a repetirse. Al principio me sentía algo culpable de haber tomados las fotos sin su consentimiento, pero por suerte me negué a borrar lo que considero uno de mis tesoros. Ese secreto que es sólo mío y que nadie puede quitarme: el de fantasear con la mujer amada, inventándomela aún a mi lado, justo después de ansias compartidas. Las fotos son tan reales que al colocar el disco compacto donde las resguardo y verla modelando exclusivamente para mí en el monitor de la computadora; distingo su piel y rara la vez puedo evitar verlas repetidamente mientras mis manos se regodean en placeres para nada solitarios.

Luego, amplío su rostro y acerco el mío al monitor repitiendo aquello de cerrar los ojos y abrirlos despacio para disfrutarla más aún. Me hace tanta falta mirarla, sentirla, escucharla y complacerla. Ahora, que ella no coexiste a mi lado en minutos de oro, guardo con orgullo y recelo a la amante perfecta en la forma digital de tres punto dos mega píxeles. Ahora, que ella se alejó de mi vida me alegro de haber grabado en una memoria artificial lo que nunca podré suprimir de mi conciente y subconsciente pues es indeleble. Definitivamente nunca borraré de la memoria aquellas tres noches con sus madrugadas; no, nunca olvidaré su hermosa desnudez...

viernes, febrero 11, 2011

En las letras, desde Puerto Rico

(Libros destacados del 2010, un vistazo al panorama literario actual: 2da parte, Cuento)
Por Carlos Esteban Cana

     El 2010 fue un año delicioso para los amantes de la buena literatura. A diferencia de años anteriores, estos doce meses dejaron un balance de calidad en todos los géneros, particularmente en cuento. Por otro lado, dos acontecimientos editoriales dan fe de la constancia como requisito esencial para quienes aspiran dejar una huella en las letras, nos referimos a la publicación de la Poesía Completa de Jesús Tomé y a los cuatro tomos de Poesía homohumana de Abniel Marat. Pero detengámonos un momento para comentar brevemente nuestras preferencias en la narrativa corta.
     En cuento dos escritoras noveles ocupan los primeros lugares. Lina Nieves nos obsequia Waltzen. Si alguien creía que en este género todo estaba escrito invito a los lectores a que acudan a este libro. Por raro que parezca, las historias de este libro nunca parecen agotarse, siempre lucen nuevas, diferentes, aun cuando usted lea las mismas en más de una ocasión. Todas tienen cierto hálito de misticismo, como si se tratara del sonido templado de un laúd oriental.
     Cuentos traidores de Rubis Camacho será lectura obligada para los fanáticos de la narrativa corta. Si bien es cierto que en las 124 páginas parece que hay no uno, sino dos libros (el primero manejando personajes míticos, y el segundo inmerso en situaciones ubicadas en el Puerto Rico contemporáneo), la rigurosidad del buen manejo de un lenguaje, con cierto aire poético y metafórico, otorga al lector un manjar de descripciones; pasajes narrativos con luz propia que hacen que situaciones y personajes pernocten de manera placentera en la memoria.
     Pablo Juan Canino, por su parte, cumplió con todos los honores el homenaje a su maestro, Pedro Juan Soto, con su libro Mi hija es García Márquez. Esta colección de cuentos, de Isla Negra editores, es un festín para el amante del cuento perfecto que emana de ese baúl mágico que es la memoria. Aquí ninguna historia rompe los parámetros de excelencia que se palpan de la primera a la última página. No hay artificios estridentes, en ocasiones la sutileza de un final da paso a un silencio que resuena en el próximo cuento.
     Mundo Cruel, de Luis Negrón, se ha convertido en el libro que mas reseñas recibió durante el 2010. No es para menos. La textura orgánica, la elegancia de unas historias sencillas que no pecan de exceso dan perfil propio a este libro entre lo mejor del año. Cuentos como Por Guayama, El jardín y Botella, sin duda, son antológicos.
     A lo lejos, el cielo de Hugo Ríos Cordero se impone por la destreza de quien conoce de forma cabal su oficio. Desde Coloso, pieza que abre el libro, hasta el cuento final que da título al libro estas 30 historias se dejan leer casi de golpe. Nada sobra en este libro de 100 páginas.
     El oficio del vértigo es otro libro que parece de la mano de un veterano, cuando en realidad se trata de un primer libro. Manolo Núñez Negrón organiza en tres partes (Maromas sin red, Saltos al vacío y Días de circo) veinte historias que se caracterizan por sus giros vertiginosos en los finales. Sorprende que algunos cuentos tengan como eje temático la misma materia prima que también desarrollan en sus libros tanto Lina Nieves como Hugo Ríos. En la tercera parte, en ocasiones, el lector necesita conocer referentes de la historia de Puerto Rico para disfrutar a cabalidad de los cuentos.
     El primer libro de narrativa del periodista Mario Santana, Secuestros de papel, deja al lector que busca el placer de la lectura satisfecho. Cierto aire detectivesco y el buen manejo de datos históricos sazonan el suspenso de estos cuentos. Aunque es pertinente señalar que algunas de las historias que Santana desarrolla parecen más esbozos de novela, como Mausoleos, lo cierto es que estamos ante un libro de cuentos que entretiene y se lee rápido.
     El mercader de libros de Francisco García-Moreno Barco es una oda a la imaginación, la creatividad y la utilización impecable del idioma. Rico en refranes y en frases propias de la sabiduría coloquial del pueblo, este libro evidencia el conocimiento que el autor posee de las historias clásicas de la literatura castellana, como La casa de Bernalda Alba de Lorca, y su capacidad de innovarlas. Tradición y novedad se dan aquí en la misma proporción. Cuentos como Los oficios necesarios, A todos nos ha crecido alguna vez un árbol en las manos, Malena en la pared, y la historia que da título al libro, lo colocan entre mis favoritos.
     Canasta de ojos de Irma Rivera recrea el amplio universo de mujeres que han trascendido los límites de su época. Aquí los cuentos están narrados con la templanza de quien ha estudiado minuciosamente el género cuentistero. Y cierra este grupo selecto el título Doce cuentos paralelos, de Eva Quíroz. Fruto que inició en el taller de escritura de Silvia Domenech, estos cuentos de Quíroz fascinan particularmente por el buen uso del lenguaje, aunque algunos cuentos destilen cierto aire a pequeña crónica o estampa.
CUENTO
1. Waltzen
Lina Nieves Avilés
Editorial La Secta de los Perros
2. Cuentos traidores
Rubis Camacho
Mariana Editores

3. Mi hija es García Márquez
Pablo Juan Canino Salgado
Isla Negra Editores

4. Mundo cruel
Luis Negrón
Editorial La Secta de los Perros
5. A lo lejos, el cielo
Hugo Ríos Cordero
Isla Negra Editores
6. El Oficio del Vértigo
Manolo Núñez Negrón
Editores Publicaciones Puertorriqueñas
7. Secuestros de papel
Mario Santana
Editorial Pasadizo
8. El mercader de libros
Francisco García-Moreno Barco
Editorial Preámbulo

9. Canasta de ojos
Irma Rivera Colón
Edición de Autor

10. Doce cuentos paralelos
Eva Quíroz
Edición de Autor


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      Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivoTaller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

sábado, diciembre 11, 2010

Disfraces

Por Angelo Negrón


Toda la noche he estado despierto. Primero porque el insomnio me ataca. Lo hace gracias a un padecimiento neurológico que, según dice el doctor, se me quita con estas pastillas. Yo no las quiero. Me hacen alucinar. Por eso las escondo debajo de la lengua y las boto por la ventana sin que mami se de cuenta. Segundo, y más terrible aún, porque estoy reclamando en silencio a mis padres por mentirme. Busco la manera de exigirles que no lo hagan. Especialmente a ellos que llevan tiempo diciéndome que mentir no es bueno, es pecado y me meterá en problemas.

Sin embargo, me engañan. Después de tirar la pastilla por la ventana asegurándome que caiga lejos en el pasto, veo a mi mamá. Sé que se acerca por sus pasos que, aunque sigilosos, no son encubiertos por los otros ruidos de la noche que ya conozco muy bien. No la esperaba. Escondo el libro que me acompaña y cierro los ojos al mismo tiempo. Mi madre se asoma por la puerta y apaga la luz. Nos mira en la oscuridad. Esperando algún movimiento que nos delate. Mis ojos están acostumbrados a la oscuridad y a los sonidos nocturnos. Escucho sus pasos alejarse con prisa y extraño que no sea papi el que se presente. Él siempre lo hace; no importa la hora, se asoma a vernos dormir.

Me preocupa y quiero saber de que se trata. Mi error me lleva a descubrir a mis padres en la sala. Ellos no me ven. Ambos depositan cajas envueltas con papel de regalo en la falda blanca del árbol plástico de navidad. La sorpresa es mayúscula y el pensamiento de que la mentira existe en mi casa es colosal. Medito en la mentira de hacer pensar que me tomaba las pastillas y dormía. Comparado con esto; ningún diablito vendrá a castigarme ya. Tal alivio no se compara a la tristeza de que, contrario a lo que me han dicho ellos y todos; Papá Noel no existe.

Los espero despierto. Miro, por primera vez con tristeza, los juguetes envueltos en papel de colores raros. Consumo la galleta mordisqueada y el medio vaso de leche. Mis hermanos despiertan y la casa se llena de algarabía. Los turnos al baño esta vez son más cortos; se lavan la mitad de los dientes o aguantan las ganas de usar el inodoro. Todos empiezan a mirar las cajas envueltas y se preguntan entusiasmados que les habrá traído el mágico ser. Yo los observo parsimonioso, con estas únicas ganas de contarles lo que he visto para sacarlos de su error. Estoy a punto de hacerlo; decirles que la magia no existe. Me detiene el “buenos días” de mami y el “Dios los bendiga” de ambos. Mis padres llegan al pie del árbol y nos miran detenidamente a los cinco; buscan quien no se ha cepillado los dientes. Siempre saben, no sé como, de tan sólo mirar.

Hacemos una oración; eso siempre ha sido costumbre: en la mañana, antes de cada comida y en la noche. En especial el veinticinco de diciembre; llegada de nuestro niño Dios. En medio de la oración; justo cuando decimos “no nos dejes caer en tentación” me ataca otra pregunta. ¿Será mentira lo de Papá Dios también? Casi lloro, pero me aguanto.

Abrimos los regalos. G.I. Joe se yergue en mis manos, digno contrincante de Kent el de Barbie. Mi madre, inteligente más por madre que por vieja y conocedora de cada uno de nuestras formas de ser, se acerca a mí.

— Te noté distraído en la oración, ¿qué sucede?
Aunque el frío recorre toda mi espalda me armo de valor. Miro al suelo primero, luego a su cara. Allí sus ojos ya estudian mis ojeras y mi nerviosismo.

— Es que… ya sé quien es Santa Claus — le digo aún temeroso de sus reclamos y dispuesto a reprocharle por su mentira.

— ¡Ah siiii! — me dice arrastrando las i mientras yo asiento con la cabeza — entonces — prosigue — el año que viene no recibirás regalos.

— ¿Por qué? —
le inquiero yo

— Veras — me dice — la magia de Santa se acaba justo en el momento en que descubres a sus ayudantes.
Miro a mis hermanos, yo tengo siete años y soy el tercero. Mi hermano mayor me lleva cinco años y tiene en sus manos un guante nuevo de “baseball”. Le hecho un vistazo a la estrella de Belén que prende y apaga adornando la punta del árbol. Escucho las carcajadas de todos mientras estrenan todos esos juguetes. En segundos recuerdo las veces que me han dicho que existen miles de niños que no reciben nada porque a Santa no le da tiempo, le falta el dinero, se portaron mal o como me sucede ahora; descubrieron quien es papá Noel. Me tiemblan las piernas, logro sentir que me sudan las manos. Mientras, mi madre me come con la vista esperando respuesta. Vuelvo a observar a mis hermanos y los juguetes que carga cada uno y atino a balbucear decidido: Sé quien es Santa.

— ¿Aja? — comenta mi padre que esta detrás de mi.

— Sé quien es Santa Claus — vuelvo a explicar.

— ¿Quién es? — pregunta mi madre cruzándose de brazos.

— Es… es… — le digo sonriendo mientras agarro con fuerza al G.I. Joe — es un señor barbudo, regordete y que se viste de rojo…











Relato publicado inicialmente en Bocetos de una ciudad silente de Ana María Fuster Lavín.