miércoles, abril 27, 2011

EN LAS LETRAS, DESDE PUERTO RICO

(Adiós al dramaturgo y narrador Gerard Paul Marín)

por Carlos Esteban Cana


     En medio del efervescente mundo literario puertorriqueño ocurren eventos que no deben perderse en el anonimato. Por lo anterior, es importante notificar el fallecimiento del dramaturgo y narrador Gerard Paul Marín, autor de obras emblemáticas del teatro boricua como “Cuentos, cuentos y mas cuentos” y “Al final de la calle”. Marín, de 90 años, falleció el pasado 14 de abril de 2011.

     En una ceremonia llena de amigos, entre los que se encontraban la poeta Magaly Quiñónez, la guitarrista Nélida Cortés, y personalidades del ambiente teatral como Victoria Espinosa, Rosa Luisa Márques e Ivonne Petrovich, el escritor fue recordado con alegría y serenidad por su viuda, la poeta Lilliane Pérez Marchand. Por su parte, el polifacético artista Antonio Martorell compartió anécdotas acerca de la amistad que le unió por muchos años con la familia Marín-Pérez.

     Gerard Paul Marín fue además un prolífico narrador. Sus cuentos se encuentran dispersos en periódicos y revistas del País. Por tal motivo, En las letras, desde Puerto Rico hace un llamado al Instituto de Cultura Puertorriqueña para que le rinda el merecido homenaje con la publicación de su obra narrativa y teatral.

     Conocí a Marín en una serie de conferencias, auspiciada por Taller Literario en la Escuela de Comunicación Publica de la Universidad de Puerto Rico, a finales de la década del 90. Y desde ese entonces no era extraño encontrar a Gerard Paul y Lillianne en momentos y lugares donde la creación se daba cita con el compromiso. Fue un verdadero placer conocerles. Descanse en paz, Gerard Paul Marín.

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Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

sábado, abril 09, 2011

Elementos


Por Angelo Negrón

Fuego:

      El que sentiré en mi alma y mi piel cuando te haga mía. El calor es tanto que quema en las entrañas y se eleva mi parte vulnerable de sólo mirarte. El ímpetu tiene tanta proporción que las venas quieren lograr ebullición y juntarse al coro de pensamientos lujuriosos que me acompañan. El deseo de tocar tus pechos envueltos en brasas de placer y mi intención de poseer las mil formas y sabores de tu sexo encendido logran que se derrita el hielo milenario de mis frías y solitarias noches. Mi boca perdiéndose en la tuya y las chispas que despedirá nuestra piel capaz de encender el gigantesco carbón del amor de un solo amague. Nosotros somos aves fénix, capaces de morir y renacer en vivo fuego, en candela de pasiones, ven ahora y quémame con tus gemidos; calcíname con tus besos, incinérame con la llama de tu amor...

Tierra:

     Tú acostada, yo a tu lado, estudiando las dimensiones de tu cuerpo, buscando en cada promontorio, en cada isla el supuesto continente perdido que me dará sustento. En ti sembraré la simiente y cosecharé pasiones. Me deleitaré con cada uno de tus puntos cardinales. Me mudaré seguido. Por tiempos viviré en tu norte, por momentos en tu sur y siempre tendré mi vida en el meridiano de tu piel. Misma que no acabo de descubrir completa pues en mi ardua colonización termino por perderme en tu mirada apasionada, equivalente a la dueña de todo mi ser. Por ti se hace polémica la duda: ¿Quién, si no yo, debe ser el dueño del lugar donde nos amaremos sin medida? Sí, soy inmigrante en tu cuerpo, pero garantizo que llegué para quedarme. Excavaré hasta profundizar en las ansias que te llevan a desear ser poseída... Que te llevan a dictaminar que se busque entre tu piel las riquezas ocultas que guardas por experiencias pasadas y por codicia de amar... Cultivaré apetito en tu rasurada oquedad. Comeré de los frutos que me brindan tus adentros y como volcán que derrama su lava derretida crearé nuevas razones para que me ames más...
 

Agua:

     Torrente que acompañará a tu verticalidad antes, durante y después de recibir la pasión que me envuelve. La saturación no es sólo tuya, también es mía. Confundida, nuestra lluvia placentera descenderá acoplada a las paredes de tu intimidad como catarata que es regalo de las entrañas de la mujer que más he amado. Hembra dispuesta a comportarse celestialmente y que juega con el hecho de saberse naturaleza dispuesta a socorrerme. Me lanzarás a la playa donde, al amarnos, dejaremos de ser plurales para convertirnos en singular. Con besos mojados y lengua poseedora aparecerá el sol a la hora del cíclico acontecer de dejar de ser agua para convertirse en nube. Luego se transformará, otra vez, en el liquido de vida que calma mi sed. Inúndame con tu sabia. Mi vida necesita dejar de ser árida ante la ilusión de que una mordedura tuya llegue a los poros de mi piel reseca y a mi porción erguida en espera persistente. Cual búsqueda constante del rocío que hábilmente ha permanecido sellado por la inquietante forma de labios vaginales y que conservas para mí, en un molde húmedo y caluroso. Estás a la espera del asalto de mi lengua o de la dilatación de mi extremidad que, llena de terminaciones nerviosas, sólo desea sumergirse en tu humedad. Seré barca o pez, no importa. Seré lo que tú quieras que sea sólo por bucear en tus siete mares. Sólo por aprender a bailar la danza de tus olas. Encallaré en tus arrecifes y coexistiré paciente ante la espera de tu marejada. Serás gotas de lluvia que bajando de la montaña llegarán al mar de mis placeres. Y en el océano de tus protuberancias, mismas que deseo acariciar sin mesura, sobreviviré a la soledad...


Aire:

     Espacio en que amarse será fácil. El viento azotará nuestros cuerpos de manera sublime y la ley de gravedad nos ayudará en nuestro intento de amarnos. Y es que dicha ley exige que tu cuerpo aunque suba tenga que bajar. Conveniente será esta ordenanza. Buscaré que subas y bajes en movimiento constante para darte y darme placer libre y decisivo. Nuestra respiración a veces agitada, a veces pausada, sólo será el anuncio de los sentimientos antes ocultos y de fantasías logradas. Los suspiros serán elocuentes formas de atraer paz a la caída de un imperio que lograste erigir para luego derrumbarlo con las sacudidas persistentes de tu sexo encendido. Justo después de lograr derrocarlo volverás a constituirlo con la excusa de terminar verlo consumido en el movimiento zigzagueante de tu boca. Definitivamente Dios creó a Adán cuando depositó aire sobre el barro, pero a mí me has creado tú. Cuando anhelé por vez primera que el suspiro de tus ojos me envolviera y que tu lengua fuera mía en la esencia de besos huracanados, en las ventiscas, en los envoltorios de tus pechos... Es que también para mí guardaste una manzana. Me la ofreciste en el momento preciso, justo cuando tus vientos se encargaron de derrumbar el árbol, justo cuando olvidaste al hombre nacido del barro... Ser nuevo en tus ganas, creado a tu perfil y parecido, creado por ti, diosa que piensa que ha sido expulsada del paraíso donde yo mismo te llevaré cuando nuestros cuerpos estén en posición horizontal. Desalojada sólo por sustraer dos manzanas y por demoler el manzanero al que no se te permitió subir. De allí te transformarías en brisa, en aura o lo que es más, desde allí podrías haberme visto antes, en el principio de los tiempos, cuando se determinó que yo soy el alma que es gemela contigo...

     ...Juntos...

     Inhalaremos ansias. Exhalaremos pasiones hasta que en loco desvarío peleemos contra los molinos de la saciedad. Incluso cuando insaciables nos percatemos de que el amor es perpetuo y que se renueva, una y otra vez, más allá de nuestros cuerpos. En el cántico de nuestros ancestrales besos. En recurrentes caricias que añoran ser puestas de nuevo en uso y diseminadas entre el pelo y los dedos de los pies, entre derecha e izquierda y sobre todo en el clítoris hermoso de tu floral belleza añadiéndole el aguijón constante de esta abeja que soy y que sólo se alimenta del polen de tu pasión.

Tú:

      Eres el quinto elemento. Ese que busqué en pieles ajenas, en almas equivocadas, en el sinnúmero de pasiones vanas y en la fornicación desvergonzada de mi cuerpo. Eres fuego que quema, tierra que entrega simiente, agua que calma mi sed de pasiones y aire que arruma con su caricia mis instintos más románticos.

... En ti reposan todos los elementos unidos. Eres un alma que tiene el privilegio de convertirse en piel y no sólo transgredir las leyes de la física, sino también derrocar los muros que puedan existir en mi vida vacía. Ven y lléname con tus ansias de combatir la soledad que te quebranta. Hazme el amor, una y otra vez. Conviérteme en tu quinto elemento, complementémonos en ese hermoso vaivén que es el amarse. Colmémonos de caricias, de besos y abrazos. Seamos uno, volvamos a empezar. Con las ansias que nos rodean podemos lograr que tenga sentido la extracción de la costilla de mi antepasado para que fueras habitante en el paraíso y que allí me esperases para asistir juntos frente a la fogata o al volcán, delante de la montaña o a las islas, frente al mar o a la cascada o dentro del huracán de nuestro apetito de lujurias donde podremos escuchar en sinnúmero de ocasiones el te amo que saldrá de nuestros labios y que obligados estamos predestinados a escuchar...

     Estruja en mi rostro la caricia de un beso. Defiéndeme del aislamiento y de la locura de saberme el soñador de sueños aplazados a la espera de tus caricias. Conviérteme a la devoción de admirarte cada vez más, de saberme perdido entre el fuego, tierra, agua y aire que representa tu alma...

¿Quinto elemento?

         Eres eso y más...



sábado, abril 02, 2011

Leyendo Avalancha de Yolanda Arroyo Pizarro

Por Angelo Negrón

     Con prisa abres el sobre que ha llegado por correo. Yolanda Arroyo Pizarro te envía su libro Avalancha y tú, aunque ansioso por leerlo, te detienes en la portada. ¡Excelente!— piensas — mientras te mojas los labios con la lengua y acaricias la cubierta del libro casi sin darte cuenta. Ves cuatro manos que cómplices se interponen entre tu mirada y un cuerpo desnudo. Lees el título: Avalancha. Te parece poderoso, pero no dejas de ligar. Buscas algún indicio adicional de erotismo y descubres que las manos parecen ser femeninas. Te preguntas el porqué a la gran mayoría de los hombres les parece muy erótico dos mujeres desnudas teniendo sexo. Concluyes que es un dos por uno en la visión machista que desde niño te inculcaron. Rememoras películas equis a temprana edad del tema hasta que ves los anillos. ¿Esos anillos le dan seriedad al asunto? No es que el sexo entre mujeres no sea serio, es que si están casadas consideras otra historia que tal vez, sólo tal vez, se aleje de las películas equis que tuviste como altar en esa época. Llegas a la pantalla en el ombligo y regresas al título del libro y al nombre de quien lo escribe: Yolanda Arroyo Pizarro.

     La conociste en una comunidad virtual bajo un seudónimo; sabías que era Puertorriqueña por los detalles de su biografía, pero jamás pensaste que vivió allí, al final de la calle donde te criaste y que la viste alguna que otra vez. Sus letras te llevaban a pasear y casi al mismo tiempo en que visitabas la página azul de Internet comenzaste a leer en un blog a una Yolanda a la que también admiraste por su forma de unir palabras. No tardaste en recibir la confesión de que el seudónimo y Yolanda eran una y quedaste perplejo ante la idea de lo pequeño que puede parecer el universo y de que ambas, el seudónimo y Yolanda, se unieron para duplicarse la admiración. Vuelves a la portada y a mojarte los labios. Disimulas un conato de erección, al menos, mientras te alejas del apartado postal. Al encender el auto, te ves obligado a bajar el volumen de la radio. Quieres comenzar a leerlo, pero miras el reloj y sabes que debes ir a trabajar. En el tradicional transito mañanero, allí en el semáforo que está antes de la cárcel federal, te da con abrir el libro. La foto de la portada se repite esta vez ampliada y divisas mejor el amago de vellos e imaginas las manos acariciando; perdiéndose en placeres o simplemente permitiendo ver lo que ocultan.

      Lees en tinta azul, lo haces en voz alta y como si tuvieses compañía, lo que Yolanda te escribió. Te tutea y te echas “guille” de que esta escritora reconocida, con varios excelentes libros a su haber, y una de las escritoras latino americanas más importantes menores de 39 años del Bogotá 39, se dirija a ti de manera tan casual. Vas a pasar la página para curiosear más, pero un insistente claxon te devuelve a la realidad: El semáforo cambió a verde. Aceleras. Llegas a tu trabajo y no puedes evitar llevar contigo el libro. La contraportada tiene fragmentos que hablan de lo que encontrarás dentro y decides ir al servicio sanitario para sentarte y ojear algo más en horas laborables. Pasas con prisa, esta vez la portada, parte del paratexto y llegas a la dedicatoria: Penetrante, como lo que hasta ahora has visto de este libro. Saltas al Índice: es una invitación más a evitar la parsimonia. Te bebes el epígrafe y adviertes que el primer cuento se llama como el libro. Empiezas a leerlo, pero escuchas que tu secretaria te avisa por intercomunicador que tienes llamada, y con desasosiego sales del sanitario y gastas el día entre excell, power point, reuniones y llamadas telefónicas. De hecho la hora de almuerzo, que pensabas podías aprovechar para continuar con el libro, la pasas con un cliente que no deja de hablarte de lo precario de la situación económica del país.

     El reloj dicta las cinco y sales a afrontar el tapón de la tarde. Por suerte es viernes y llegas a tu hogar después de varias peripecias. Cenas con tu familia, platicas con tu esposa y tu hija de catorce años un buen rato y luego juegas con muñecas con la de cuatro. Te retiras a descansar. Utilizas el mueble reclinable de tu cuarto de estudio. Abres el libro, buscas la pagina trece. Las palabras de Yolanda te van arañando por dentro.

     Avalancha te prohibe descansar. Manteniéndote al filo de la butaca vas de sobresalto en sobresalto. Distingues a la protagonista caminar hacia ti acariciando las paredes y no osas siquiera pestañear porque sabes que, si te quedas dormido, te chupará los pezones. Luego, reconsideras y disimulas el sueño para ver si corres con tal suerte.

     Borealis logra que llores. Tan crudo y real comprendes las imágenes que desfilan en esa historia y haces lo de siempre que algo ataca tu tranquilidad: Mirar al otro lado buscando que no duela tanto y te escapas a otra parte de ti.

     Montar las olas te lleva al resiente tsunami en Japón. El título te ha hecho recordar las imágenes de la gigantesca ola, del terremoto y hasta de la planta nuclear quemándose. Pronto comprendes según vas leyendo que este es otro tsunami, otro terremoto y que lo que se quema son las vidas de los participantes. Su final es tal como te gustan y su trama presenta verdades complejas que te dan contra la pared de las circunstancias. Esas que, lamentablemente cada vez más, leemos en la primera plana de los diarios.

     Estallido de besos rojos te adentra a otro mundo, a uno que no conoces. Lo has visto de lejos. En el cine, en el mall o en el área de Anime de Borders. Los góticos y los emos combinados con la sociedad; juntos pero no revueltos. No los conoces, pero los aceptas. Te parecen diferentes; rebeldes, pero ¿quién no lo es a esa edad? ¿Quién te dijo que debías dejar de ser rebelde? Vives al tanto que si fuera por ti estarías bailando todavía electro-boogie con tenis Puma de gamuza y cabetes de colores fluorescentes o serías un cocolo a lo Eddie Santiago y su Lluvia, tus besos fríos como la lluvia.

     Si bien en tu época te invitaron más de una vez a delinquir y no aceptaste, sabes también que las veces que te invitaron no fue para defender una creencia idealista, política o religiosa y si para lograr hacer dinero fácil y te preguntas que hubiese sido de ti si hubieses aceptado participar, o si la razón para delinquir fuera la misma que le dieron a los muchachos del Cerro Maravilla, ¿Qué hubieses hecho?

     No pensarte es el consabido decir de alguien que te piensa y te da con buscar en You Tube a Ricardo Arjona y a su Realmente no estoy tan solo, ¿Quién te dijo que te fuiste? Si uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan…y van por tu mente amores del pasado, esos que piensas que no olvidarás jamás, por más que sigues tratando de olvidar y es que ahí está la clave: Sigues recordando mientras insistes en olvidar.

     Las ballenas grises hacen que llores de nuevo. Esto a pesar de que ya lo leíste cuando ganó el Certamen Pepe Fuera de Borda en Argentina. Reconoces que esta historia, como las demás de Yolanda, ha sido escrita de forma artesanal. Como si al escribirlas las fuera fabricando escogiendo y utilizando materia prima de alta y exclusiva calidad.

     Golpe de Gracia te atrapa con los pantalones abajo porque piensas que nada te sorprenderá ya después de Las Ballenas Grises. El cuento te arrastra a un mundo marginado y descubres que Yolanda logra nuevamente hacer que tengas que tomarte unos minutos para recobrar el aliento. Cuando llegas al desenlace pareces un asmático sin su terapia. Si alguien se acerca a ti y te oye, pero no te mira; podría pensar que mueres o te masturbas. Buscas la forma de salir del trance. Vas a la nevera y llenas un vaso de cristal con jugo de naranja. Lo bebes mientras orinas. Te lavas las manos y la cara, cepillas tus dientes y miras tus ojeras en el espejo. Te acaricias la mejilla y te rozan los tocones de una incipiente barba. Te afeitas. Queda un cuento y estas retrasando su lectura. Te preguntas si leerlo en la noche o simplemente comenzar de inmediato pues te das cuenta que lo tienes debajo del brazo a la usanza de un devoto religioso cuando carga su Biblia. Caminas hacia los dormitorios de tus hijas. Las ves dormir plácidamente. Sonríes orgulloso y cierras la puerta con cuidado de no hacer ruido.

     Te recuestas en la butaca de nuevo. Abres el libro: página 123: Asian Jelly. El sabor a menta en tu boca disimula bastante el ácido del jugo de naranja y cruzas por el erotismo de una pareja mientras se somete una a la otra. No puedes diferenciar quien es la sometida y quien somete porque: ¿Acaso la obediencia no es un tipo de sometimiento? ¿Con ella sometes a quien te somete? Y retornas con este cuento a la foto de la portada. El elevado erotismo y su juego sexual van liberando el jovenzuelo que fuiste en la mañana anterior cuando recibiste el libro, pero relees el cuento buscando un lugar donde tú encajes. Te das cuenta que en ese mundo no existes, que una zona de tres a tu edad y ante los tabúes que aún existen en ti jamás pasará y que personajes como ese tienen vida propia. Tú serías la parte que Yolanda recortaría en la primera revisión. Cuando se diera cuenta que no sirves en esta historia siquiera para vender el Jelly, mucho menos para comprarlo. Sin embargo sabes que Yolanda escribe novelas y consideras que te gustaría ser ese personaje fisgón que por una ventana mira deseoso una escena como la de este cuento, o ser el personaje que es invitado como espectador de dos mujeres que lloran al unísono la complacencia de tenerse.

     Miras el reloj: Son las cinco y dieciséis. Colocas Avalancha en el anaquel junto a los otros libros de Yolanda. ¿Qué le dirás cuando la veas? Conociéndola no puedes decirle simplemente que es extraordinaria, una persona que ya sabe que lo es necesita escuchar algo más. Meditas. Tú no eres un crítico literario. No le dirás nada: la abrazarás; ella sabrá lo que significa…

     El insomnio ha sido agradable y le echas un ojo al cuerpo desnudo de tu mujer que te invita a despertarla. Lo intentas, pero te rindes ante la promesa de que si la dejas dormir serás recompensado. Te acuestas a su lado. La escuchas respirar tranquila mientras tu alma está repleta de acontecimientos. El libro de Yolanda sigue penetrando en tus adentros mientras enciendes la televisión y miras un programa grabado de noticias. Wanda Rolón y sus comentarios sobre Ricky, Ana Cacho y el caso Lorenzo, La huelga de la Universidad de Puerto Rico, Maripily y Alomar, Rolandito Salas Jusino el niño que se llevaron hace tiempo de la urbanización donde vives, trescientos asesinatos en los primeros tres meses de lo que va de año, el tsunami de Japón, la guerra en Libia, Angelo Millones, Elizabeth Taylor descansa ya y no obstante reconoces que unas noticias tienen que ver con el libro y otras no, igual lo piensas vivamente. Soluciones, buscas soluciones. El mundo necesita un remedio.

      Escudriñas debajo de la almohada el control remoto y apagas el televisor, pues encenderlo no funcionó para que tu esposa abandonara su descanso. Quedas a oscuras y cierras los ojos. Los abres y los cierras buscando dormir hasta que en el techo de tu cuarto divisas amagos de luz provenientes de una ventana entreabierta. Casi amanece. Dormirás, lo sabes. Lo que no sabes es con qué soñarás. Demasiadas imágenes en tu mente. ¿Veras como unos labios te persiguen para chuparse tus pezones? ¿Serás algún niño víctima de la trata de personas? ¿Tus manos olerán a carne asada de perro con tal de pertenecer a una pandilla de criminales? ¿Una de tus hijas será Emo-gotica-terrorista? ¿Padecerás Alzheimer? ¿Rolandito aparecerá algún día? ¿Prefieres Jelly o whip cream? ¿Queda alguno de los dos en el refrigerador?

      No importa: Ya ganaste: Dormirás, tendrás pesadillas o sueños mojados, despertarás y serás recompensado…





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Angelo Negrón: Sus cuentos han sido publicados en la revista y colectivo Taller Literario y en Revista Púrpura. Forma parte de Cuentos Puertorriqueños En El Nuevo Milenio, antología que recoge 50 cuentos de 50 narradores puertorriqueños contemporáneos. Tiene varios libros inéditos de relatos a los que le ha dado por título: Entre el edén y la escoria, Sueños mojados, Confesiones y Causa y efecto. Además una novela titulada: Ojos furtivos.

sábado, marzo 05, 2011

Viaje

Por Angelo Negrón


Vayamos, esta vez, al área sur. Durante el camino nos asombraremos del cielo ausente de nubes. Tal Intemperie es de un azul tan brillante que nos preguntaremos como ha podido el sol, al que no vemos por ninguna parte, ponerse de acuerdo con sus alrededores para regalarnos tal nirvana.

Iremos sin prisa. Nos tendremos el uno al otro. Yo conduciré, pero con una sola mano al volante. La otra estará perdida en tu cabello, en tu espalda y ¿por qué no? Donde lo permitas. Nos detendremos de vez en cuando para no desperdiciar algún beso.

Llegaremos primero al Santuario San Judas Tadeo. Allí haremos una oración juntos. Escucharé de tus labios el pedido de la tranquilidad de espíritu y del amor creciente. Escucharas de los míos que tú eres mi tranquilidad, intranquilidad; mi espíritu y forma, todo mi amor. La fe en que el patrón de los casos difíciles y desesperados se compadezca y ruegue por nosotros es perfecta a nuestras intenciones. Encenderemos una vela y aún dentro de ese lugar sagrado no podré evitar pensarte desnuda al ver el fuego consumiendo lo que toca. San Judas intercederá; lo nuestro también es sagrado; lo merecemos…

Luego: Visitaremos un centro comercial. ¿Para qué? Para tener la excusa de caminar tomados de la mano. Compraremos un helado coronado de fresas. Se derretirá el chocolate y la vainilla en tu boca y dejarás las fresas para después. Justo a la salida del área de los restaurantes descubriremos un tiovivo. El carrusel es el más grande que he visto; consta de dos pisos y decidimos dar un paseo sobre alguno de los petrificados caballos. En tal sube y baja imaginaré tu danza sobre mí. Las vueltas me recordaran al reloj y dictaminaré en ese instante que el tiempo se detenga y no así nosotros…

Piensas que estoy mareado por tanta vuelta. No es por eso, más bien es por el reciente beso que me has dejado posado no sólo en mis labios sino, en todo mí ser. Tu mano acaricia mi cuello mientras mi brazo rodea tu cintura…

Llegamos al paseo tablado de la Guancha. Quedo maravillado con el paisaje que armoniza con tu belleza. Compramos algo de carnada. Se la damos a los peces gigantescos que siempre están allí. Luego, para quitarte el olor a carnada de los dedos, yo mismo te lavo las manos. Voy estrujándote los dedos en agua y jabón hasta dejar tus suaves manos libres de todo residuo de carnada. Cuando nos damos cuenta ya voy enjabonándote hasta el hombro. Nos sonrojamos pues sin percatarnos por poco y nos bañamos allí. De pronto comprendemos que no nos importa, después de todo, estamos bañándonos de deseo. Aún así, insistes en marcharnos. A lo lejos está la Isla a la que llaman "Caja de Muerto". Te menciono que nunca la he visitado, que siempre he querido ir. Sugieres que algún día me llevarás. Yo sonrío y te pregunto: ¿por qué no ahora? Respondes con un “caminemos primero por la playa”. Nos quitamos los zapatos, pero no nos enrollamos los pantalones. Pretendemos que se mojen. Así descalzos llegamos hasta algún lugar donde los arrecifes le ganan a la orilla. Tratamos de observar el fondo, pero lo espumoso del oleaje no lo permite. Me robas otro beso y acaricias mi cuello. Como señal de tu poderío sobre mí; me abrazas fuertemente mientras estrujas tu pecho contra el mío. A punto ya de alquilar algún botecito que nos lleve a la isla me convences de tendernos en la arena. Me dices que está bien ya de tanto paseo. Quieres que sea turista en tu cuerpo y lo explore hasta colonizarlo. Ruborizado miro hacia ambos lados. Tomas mi rostro entre tus manos y me tranquilizas con un beso.

Eso fue sólo el principio. Dejé de estar tranquilo después del tercer beso. Ya en el cuarto beso me aparto de tus labios. Voy besando tu cuerpo mientras lo desnudo de a poquito. Lo hago disimuladamente aunque me muero por llegar al rincón de tu placer. Quiero grabarme el sendero que conduce a el, no obstante sepa que lo olvidaré tantas veces como sea posible con la excusa de volver a recorrerlo. Tu mano acaricia fuertemente mi espalda y mi cabello. El sonido del mar se pierde con los sonidos entrecortados que depositas sin titubear en mis oídos y que sólo logran excitarme más…

Ya llegué a tus pechos. Los acaricio sin mesura como me ordenaste una vez. Mi lengua los recorre como si los conociera de siempre. El placer que te embarga me invade a mí cada vez más. Cambias mi táctica. Empujas mi rostro hacia abajo logrando que encuentre antes de lo planeado el tesoro que me propuse encontrar… Explorarte es divino. Mi lengua se pierde entre cada movimiento de tu cuerpo y con mis ganas dejo sellado el placer que te mereces...


Extasiado siento que convulsas. Entre la humedad de tu cuerpo y los sonidos que dejas escapar descubro que estas a punto de catapultarte a otra dimensión. Ese paisaje no puedo perdérmelo por nada. Me acerco a tu rostro para observarte. Mis dedos prosiguen con la placentera labor de que logres llegar a estertores de placer...

Llegamos. Así es, si tú llegas yo llego. Revoloteamos por el lugar. Tu rostro ha rejuvenecido más aún. Tus ojos permanecen cerrados por el éxtasis del momento. No ves los míos que deseosos de repetir este encuentro te observan tal cual eres: La dueña, La Diosa, Mi Alma Gemela…

Pasados algunos minutos donde abrazarnos ha sido nuestro modo de vida, decidimos saborear las fresas que habías guardado. Sabrosas, como tu sabor y tu presencia. Ya es hora de partir a algún otro lugar donde consumirnos de amor. Observas detenidamente el lugar y me pides que, al igual que tú, grabe en mi memoria el paisaje y el momento que acabamos de disfrutar. Me besas nuevamente. Aseguras que en nuestra próxima parada seré afortunado. Me brindarás la oportunidad de llegar al cielo sin derecho a retornar…
Mis ojos suplicantes te demuestran las ganas de no esperar. Te robo un beso. Delicadamente muerdo tus labios. Tú respondes igual, pero segura de que allí no será nuestro próximo encuentro. Percibo que algo tienes planeado. El tiempo sigue detenido. Juntos nos alejamos de la playa dejándola asombrada con nuestras caricias y reconociendo que es testigo del encuentro de dos almas gemelas…

jueves, febrero 24, 2011

Desnudez

Por Angelo Negrón

La fantasía merodeaba la habitación. Lujuria y pensamientos daban vueltas junto al abanico de techo. El ruido de los autos en la avenida cercana no osaba acallar gemidos y miradas de deseo. A la izquierda; el cuarto de baño aún exhalaba el vapor del agua caliente que disfrutamos juntos. Enjaboné su espalda, lavé su cabello, afeité sus piernas y nos besamos por mucho rato debajo de aquellas gotas que hervían menos que nuestras ganas…

Sus manos acercaron mi boca a su pecho y me atacó con sus pezones. Bebí de su deseo. Mis manos buscaban acariciar su recién rasurada oquedad, pero ella me detenía, lo sé, para exasperar mis ansias. Cerró la llave que le daba paso al agua y con ello, ante el pensamiento de la cercanía de su entrega, mi erección palpitó en pos de la búsqueda de su contraparte. Saboreé sus senos, acaricié su cabello mojado y las gotas que corrían por su cuerpo me llevaron consigo por el recorrido de su piel. Rodó la cortina y alcanzó las toallas. Nos miramos. Sin pronunciar palabras decidimos no utilizarlas y meternos mojados a la cama. Al salir de la tina, busqué ver su rostro en el espejo y el empañamiento no me dejó. Desvié mi mirada y enfoqué sus nalgas que en clásico caminar se divertían con mi antojo de acariciarlas. Llegamos a la cama: Horizonte disfrazado de verde menta. Abrazados pasamos por aire, viento y tempestad.

Por primera vez no utilizábamos una habitación de alquiler por lo que carecíamos de la prisa habitual. Estaríamos, (por fin), juntos durante aquella y dos noches más. La sensación de que cuando amaneciera y abriera mis ojos me encontraría con el ser más transcendental de mi vida me dio los bríos para poseerla varias veces. Justo cuando se catapultó en placeres y me dio permiso para abandonarme a los míos; le dije un enfático no. Quiero y necesito — le mencioné — que continúes sintiendo placer. Ella sonrío y sus ojos brillantes por placeres sueltos me convencieron de que tomé el camino correcto a la lujuria. Su múltiple orgásmica respuesta fue precedida de verdaderos gritos de delectación y de algunas lágrimas de felicidad. El agua de la regadera que quedaba en nuestros cuerpos se mezcló con el sudor compartido y me bebí sus lágrimas en clásica poesía centinela. Saboreé sus sollozos y también sus goces. Nos agotamos, pero no nos saciamos de amor. Su mirada era idéntica a la mía: pura complacencia. Se quedó dormida obligada por ese sutil sentimiento que queda después de haber compartido el alma.

Pasó largo rato y yo seguía despierto. Fue un insomnio ineludible. La había escuchado tantas veces decir que dormía desnuda. Ahora estaba a mi lado soñando, tal vez conmigo o con quien sabe que. Mantenía la hermosa sonrisa que la caracteriza en sus labios. Obviamente yo no relegaría de alimentar mis ojos con su desnudez y nutría mis deseos con ganas de despertarla por sorpresa. Que al abrir sus ojos me hallara probando de su pistilo. Pero, se veía tan hermosa allí, desnuda y protegida por mí. En ese momento nació la idea. Me atacó por mucho rato. Peleaba conmigo ese miedo a ser descubierto haciendo algo incorrecto, pero pudo más el morbo de lo prohibido y me aparté silencioso. Busqué dentro de la maleta: la encontré entre mis ropas y el ruido que hizo el lente óptico al encender la cámara no fue suficiente para que me descubriera. Eliminé el destello del flash, no sólo era muy riesgoso sino que no haría falta; existía suficiente luz. Enfoqué y disparé. Estuve despierto toda la noche. Cada vez que se movía creaba una nueva pose para mí y yo, insatisfecho, quería más…

Ella abrió los ojos varias veces y juro que cada vez que observaba esos dos luceros mi vida se iluminaba. Comencé por hacer lo mismo. Cerraba mis ojos para tener esa sensación al abrirlos de encontrarla a mi lado. Desde entonces cada vez que estábamos juntos lo tomé por costumbre. Aquellas tres noches no volvieron a repetirse. Al principio me sentía algo culpable de haber tomados las fotos sin su consentimiento, pero por suerte me negué a borrar lo que considero uno de mis tesoros. Ese secreto que es sólo mío y que nadie puede quitarme: el de fantasear con la mujer amada, inventándomela aún a mi lado, justo después de ansias compartidas. Las fotos son tan reales que al colocar el disco compacto donde las resguardo y verla modelando exclusivamente para mí en el monitor de la computadora; distingo su piel y rara la vez puedo evitar verlas repetidamente mientras mis manos se regodean en placeres para nada solitarios.

Luego, amplío su rostro y acerco el mío al monitor repitiendo aquello de cerrar los ojos y abrirlos despacio para disfrutarla más aún. Me hace tanta falta mirarla, sentirla, escucharla y complacerla. Ahora, que ella no coexiste a mi lado en minutos de oro, guardo con orgullo y recelo a la amante perfecta en la forma digital de tres punto dos mega píxeles. Ahora, que ella se alejó de mi vida me alegro de haber grabado en una memoria artificial lo que nunca podré suprimir de mi conciente y subconsciente pues es indeleble. Definitivamente nunca borraré de la memoria aquellas tres noches con sus madrugadas; no, nunca olvidaré su hermosa desnudez...

viernes, febrero 11, 2011

En las letras, desde Puerto Rico

(Libros destacados del 2010, un vistazo al panorama literario actual: 2da parte, Cuento)
Por Carlos Esteban Cana

     El 2010 fue un año delicioso para los amantes de la buena literatura. A diferencia de años anteriores, estos doce meses dejaron un balance de calidad en todos los géneros, particularmente en cuento. Por otro lado, dos acontecimientos editoriales dan fe de la constancia como requisito esencial para quienes aspiran dejar una huella en las letras, nos referimos a la publicación de la Poesía Completa de Jesús Tomé y a los cuatro tomos de Poesía homohumana de Abniel Marat. Pero detengámonos un momento para comentar brevemente nuestras preferencias en la narrativa corta.
     En cuento dos escritoras noveles ocupan los primeros lugares. Lina Nieves nos obsequia Waltzen. Si alguien creía que en este género todo estaba escrito invito a los lectores a que acudan a este libro. Por raro que parezca, las historias de este libro nunca parecen agotarse, siempre lucen nuevas, diferentes, aun cuando usted lea las mismas en más de una ocasión. Todas tienen cierto hálito de misticismo, como si se tratara del sonido templado de un laúd oriental.
     Cuentos traidores de Rubis Camacho será lectura obligada para los fanáticos de la narrativa corta. Si bien es cierto que en las 124 páginas parece que hay no uno, sino dos libros (el primero manejando personajes míticos, y el segundo inmerso en situaciones ubicadas en el Puerto Rico contemporáneo), la rigurosidad del buen manejo de un lenguaje, con cierto aire poético y metafórico, otorga al lector un manjar de descripciones; pasajes narrativos con luz propia que hacen que situaciones y personajes pernocten de manera placentera en la memoria.
     Pablo Juan Canino, por su parte, cumplió con todos los honores el homenaje a su maestro, Pedro Juan Soto, con su libro Mi hija es García Márquez. Esta colección de cuentos, de Isla Negra editores, es un festín para el amante del cuento perfecto que emana de ese baúl mágico que es la memoria. Aquí ninguna historia rompe los parámetros de excelencia que se palpan de la primera a la última página. No hay artificios estridentes, en ocasiones la sutileza de un final da paso a un silencio que resuena en el próximo cuento.
     Mundo Cruel, de Luis Negrón, se ha convertido en el libro que mas reseñas recibió durante el 2010. No es para menos. La textura orgánica, la elegancia de unas historias sencillas que no pecan de exceso dan perfil propio a este libro entre lo mejor del año. Cuentos como Por Guayama, El jardín y Botella, sin duda, son antológicos.
     A lo lejos, el cielo de Hugo Ríos Cordero se impone por la destreza de quien conoce de forma cabal su oficio. Desde Coloso, pieza que abre el libro, hasta el cuento final que da título al libro estas 30 historias se dejan leer casi de golpe. Nada sobra en este libro de 100 páginas.
     El oficio del vértigo es otro libro que parece de la mano de un veterano, cuando en realidad se trata de un primer libro. Manolo Núñez Negrón organiza en tres partes (Maromas sin red, Saltos al vacío y Días de circo) veinte historias que se caracterizan por sus giros vertiginosos en los finales. Sorprende que algunos cuentos tengan como eje temático la misma materia prima que también desarrollan en sus libros tanto Lina Nieves como Hugo Ríos. En la tercera parte, en ocasiones, el lector necesita conocer referentes de la historia de Puerto Rico para disfrutar a cabalidad de los cuentos.
     El primer libro de narrativa del periodista Mario Santana, Secuestros de papel, deja al lector que busca el placer de la lectura satisfecho. Cierto aire detectivesco y el buen manejo de datos históricos sazonan el suspenso de estos cuentos. Aunque es pertinente señalar que algunas de las historias que Santana desarrolla parecen más esbozos de novela, como Mausoleos, lo cierto es que estamos ante un libro de cuentos que entretiene y se lee rápido.
     El mercader de libros de Francisco García-Moreno Barco es una oda a la imaginación, la creatividad y la utilización impecable del idioma. Rico en refranes y en frases propias de la sabiduría coloquial del pueblo, este libro evidencia el conocimiento que el autor posee de las historias clásicas de la literatura castellana, como La casa de Bernalda Alba de Lorca, y su capacidad de innovarlas. Tradición y novedad se dan aquí en la misma proporción. Cuentos como Los oficios necesarios, A todos nos ha crecido alguna vez un árbol en las manos, Malena en la pared, y la historia que da título al libro, lo colocan entre mis favoritos.
     Canasta de ojos de Irma Rivera recrea el amplio universo de mujeres que han trascendido los límites de su época. Aquí los cuentos están narrados con la templanza de quien ha estudiado minuciosamente el género cuentistero. Y cierra este grupo selecto el título Doce cuentos paralelos, de Eva Quíroz. Fruto que inició en el taller de escritura de Silvia Domenech, estos cuentos de Quíroz fascinan particularmente por el buen uso del lenguaje, aunque algunos cuentos destilen cierto aire a pequeña crónica o estampa.
CUENTO
1. Waltzen
Lina Nieves Avilés
Editorial La Secta de los Perros
2. Cuentos traidores
Rubis Camacho
Mariana Editores

3. Mi hija es García Márquez
Pablo Juan Canino Salgado
Isla Negra Editores

4. Mundo cruel
Luis Negrón
Editorial La Secta de los Perros
5. A lo lejos, el cielo
Hugo Ríos Cordero
Isla Negra Editores
6. El Oficio del Vértigo
Manolo Núñez Negrón
Editores Publicaciones Puertorriqueñas
7. Secuestros de papel
Mario Santana
Editorial Pasadizo
8. El mercader de libros
Francisco García-Moreno Barco
Editorial Preámbulo

9. Canasta de ojos
Irma Rivera Colón
Edición de Autor

10. Doce cuentos paralelos
Eva Quíroz
Edición de Autor


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      Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivoTaller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

sábado, diciembre 11, 2010

Disfraces

Por Angelo Negrón


Toda la noche he estado despierto. Primero porque el insomnio me ataca. Lo hace gracias a un padecimiento neurológico que, según dice el doctor, se me quita con estas pastillas. Yo no las quiero. Me hacen alucinar. Por eso las escondo debajo de la lengua y las boto por la ventana sin que mami se de cuenta. Segundo, y más terrible aún, porque estoy reclamando en silencio a mis padres por mentirme. Busco la manera de exigirles que no lo hagan. Especialmente a ellos que llevan tiempo diciéndome que mentir no es bueno, es pecado y me meterá en problemas.

Sin embargo, me engañan. Después de tirar la pastilla por la ventana asegurándome que caiga lejos en el pasto, veo a mi mamá. Sé que se acerca por sus pasos que, aunque sigilosos, no son encubiertos por los otros ruidos de la noche que ya conozco muy bien. No la esperaba. Escondo el libro que me acompaña y cierro los ojos al mismo tiempo. Mi madre se asoma por la puerta y apaga la luz. Nos mira en la oscuridad. Esperando algún movimiento que nos delate. Mis ojos están acostumbrados a la oscuridad y a los sonidos nocturnos. Escucho sus pasos alejarse con prisa y extraño que no sea papi el que se presente. Él siempre lo hace; no importa la hora, se asoma a vernos dormir.

Me preocupa y quiero saber de que se trata. Mi error me lleva a descubrir a mis padres en la sala. Ellos no me ven. Ambos depositan cajas envueltas con papel de regalo en la falda blanca del árbol plástico de navidad. La sorpresa es mayúscula y el pensamiento de que la mentira existe en mi casa es colosal. Medito en la mentira de hacer pensar que me tomaba las pastillas y dormía. Comparado con esto; ningún diablito vendrá a castigarme ya. Tal alivio no se compara a la tristeza de que, contrario a lo que me han dicho ellos y todos; Papá Noel no existe.

Los espero despierto. Miro, por primera vez con tristeza, los juguetes envueltos en papel de colores raros. Consumo la galleta mordisqueada y el medio vaso de leche. Mis hermanos despiertan y la casa se llena de algarabía. Los turnos al baño esta vez son más cortos; se lavan la mitad de los dientes o aguantan las ganas de usar el inodoro. Todos empiezan a mirar las cajas envueltas y se preguntan entusiasmados que les habrá traído el mágico ser. Yo los observo parsimonioso, con estas únicas ganas de contarles lo que he visto para sacarlos de su error. Estoy a punto de hacerlo; decirles que la magia no existe. Me detiene el “buenos días” de mami y el “Dios los bendiga” de ambos. Mis padres llegan al pie del árbol y nos miran detenidamente a los cinco; buscan quien no se ha cepillado los dientes. Siempre saben, no sé como, de tan sólo mirar.

Hacemos una oración; eso siempre ha sido costumbre: en la mañana, antes de cada comida y en la noche. En especial el veinticinco de diciembre; llegada de nuestro niño Dios. En medio de la oración; justo cuando decimos “no nos dejes caer en tentación” me ataca otra pregunta. ¿Será mentira lo de Papá Dios también? Casi lloro, pero me aguanto.

Abrimos los regalos. G.I. Joe se yergue en mis manos, digno contrincante de Kent el de Barbie. Mi madre, inteligente más por madre que por vieja y conocedora de cada uno de nuestras formas de ser, se acerca a mí.

— Te noté distraído en la oración, ¿qué sucede?
Aunque el frío recorre toda mi espalda me armo de valor. Miro al suelo primero, luego a su cara. Allí sus ojos ya estudian mis ojeras y mi nerviosismo.

— Es que… ya sé quien es Santa Claus — le digo aún temeroso de sus reclamos y dispuesto a reprocharle por su mentira.

— ¡Ah siiii! — me dice arrastrando las i mientras yo asiento con la cabeza — entonces — prosigue — el año que viene no recibirás regalos.

— ¿Por qué? —
le inquiero yo

— Veras — me dice — la magia de Santa se acaba justo en el momento en que descubres a sus ayudantes.
Miro a mis hermanos, yo tengo siete años y soy el tercero. Mi hermano mayor me lleva cinco años y tiene en sus manos un guante nuevo de “baseball”. Le hecho un vistazo a la estrella de Belén que prende y apaga adornando la punta del árbol. Escucho las carcajadas de todos mientras estrenan todos esos juguetes. En segundos recuerdo las veces que me han dicho que existen miles de niños que no reciben nada porque a Santa no le da tiempo, le falta el dinero, se portaron mal o como me sucede ahora; descubrieron quien es papá Noel. Me tiemblan las piernas, logro sentir que me sudan las manos. Mientras, mi madre me come con la vista esperando respuesta. Vuelvo a observar a mis hermanos y los juguetes que carga cada uno y atino a balbucear decidido: Sé quien es Santa.

— ¿Aja? — comenta mi padre que esta detrás de mi.

— Sé quien es Santa Claus — vuelvo a explicar.

— ¿Quién es? — pregunta mi madre cruzándose de brazos.

— Es… es… — le digo sonriendo mientras agarro con fuerza al G.I. Joe — es un señor barbudo, regordete y que se viste de rojo…











Relato publicado inicialmente en Bocetos de una ciudad silente de Ana María Fuster Lavín.

domingo, noviembre 07, 2010

Gotas

Po Angelo Negrón

El agua se desparramaba. Visitaba cada redondez de su cuerpo. Danzaba sin detenerse entre millones de poros, como lo haría yo, al disfrutar tan exquisito recorrido de caricias. Su piel se transformaba en luces de sentidos y sus pechos como dos versos que adornan el más hermoso poema de amor renacían erectos ante el contacto de mis ojos.

Antes de verla bañarse nos poseímos con frenesí de amantes. Lo que comenzó con tenues besos y varias miradas siguió con desvestirnos. Al quitarnos la ropa nos convertirnos en necesarios uno del otro. Acoplando nuestros sexos; tocándonos por dentro y saboreando intimidades y secretos; nuestras almas fueron una.

Las gotas siguen rodando. Ante la luz brillan como la escarcha y ella pretende secarlas con una toalla sin darse cuenta de que mi mirada esta concentrada en cada una de ellas y en lo que son capaz de hacer. Parecerá tonto, tal vez así sea para algunos que no aprovechan el tiempo real del verdadero amor, pero yo, que la amo, tengo la creencia de que si me asomo lo suficiente a las gotas de agua que recorren la piel de quién amo podré ver en ellas algo más de su alma. Parecerá imposible, sobre todo cuando reconozco que verla serena justo después de haber explotado de pasión es el regalo de su infinita alma que se columpia conmigo.

En cada gota, veo su alma brillante; libre de oscuridades. Perfecta ante lo imperfecto. Secretos almacenados en poros eternos. Fragmentos de su mente y de su corazón que se niegan a comprender que me aman como yo la amo; con desesperación, vehemencia; con todo el ser…

La veo desnuda y mojada; las gotas son de plata, fuego y sueños. Las gotas me ordenan que sea yo el esclavo de sus fantasías…

La toalla; ¡un pedazo de tela se encargó de destruir mi contacto astral con su alma! No, esperen. No son las gotas el único medio de comunicación; también están sus ojos. En ellos también he visto agua. Gotas derramadas debido a la incomprensión del dios destino. Pero sus ojos son sabios; en ellos me veo; amándola y siendo correspondido…No importa lo que suceda; cada parte de su ser me recuerda que la amo y que no existe nada más importante.

El universo se recrea: Afuera esta lloviendo; adentro las gotas siguen inundando cada pulsación y cada neurona. Repito su nombre una y otra vez mientras me muerdo los labios al recordar la pasión con la que acaba de amarme y la senda escogida por las gotas en el descenso desde su cabello hasta sus pies; mi lengua envidia el sendero y mis manos están dispuestas a seguir el mapa trazado que no olvidan ante la certeza de transitarlo nuevamente lo antes posible, lo antes necesitado…

Afuera sigue lloviznando, adentro; adentro es una tormenta que no concluye…

martes, noviembre 02, 2010

En serie

Po Angelo Negrón

Participé en BBC Mundo.com de Londres con este cuento en el 2005:
En serie
— El asesino de las fichas dejará de matar por un tiempo — dijo el detective.
— ¿Cómo lo sabes? — preguntó su novato compañero.
— Veras. Se le conoce como el asesino de las fichas porque encontramos en el estomago de sus victimas una ficha de ajedrez y esta— mencionó mientras señalaba al rey — es la ficha numero treinta y dos.
— ¿Y si comienza a jugar de nuevo? —
inquirió el interlocutor.
— Eso es poco probable — dijo el detective —ya dio jaque mate — prosiguió—los estudios indican que ya logró su…
Mientras el detective explicaba su teoría, con elocuente voz, el psicópata asesino salía de una tienda con su nuevo pasatiempo en las manos: un rompecabezas de quinientas piezas…

viernes, octubre 29, 2010

En las letras, desde Puerto Rico

por Carlos Esteban Cana

Antonio Aguado Charneco es uno de los grandes escritores puertorriqueños. Su obra es vasta. Inmensa. Novelas, ensayos, y cuentos. Todo lo ha ido creando, silenciosamente, con el paso de los años. A diferencia de otros escritores que cuentan con la academia como escaparate para divulgar su obra (con todo el modus operandi que implica), Tony ha contado con la presencia de algunos amigos escritores que hemos valorado la excelencia de su obra literaria. Amílcar Cintrón y este servidor, consecuentemente, le animábamos a sacar a luz publica el enorme caudal que representa su obra inédita. Y aunque siempre contestaba renuente a nuestras peticiones, después de un traspié de salud Aguado Charneco prestó oídos.

Durante el mes de diciembre de 2010 se publicará, periódicamente, la Colección Docenas del Hornero que reúne, inicialmente, la cuentística inédita de Aguado Charneco. A este magno acontecimiento editorial se han unido varios escritores del patio, en un proyecto que pretende ser un servicio a la cultura del País. Yolanda Arroyo Pizarro, Ángelo Negron Falcón, Leonor E. Quirorges (a quien sacamos de su exilio literario), Otto Rosa Vélez y el psicólogo social Edison Viera Calderón son los autores que presentan los primeros cinco libros. Narcocuentos, Eroticuentos, Pasiocuentos, Ludicuentos y Mejicuentos son los títulos que circularán durante la navidad del 2010. Dos libros más de la colección, Soseiva Sotaler en los umbrales umbríos y Halitos del averno estarán disponible en el 2011.

Por lo anterior, En las letras, desde Puerto Rico, trae otro adelanto de las Docenas del Hornero de Antonio Aguado Charneco. Se trata del cuento Un tierno crujir, publicado inicialmente en su libro Sendero Umbrío (1995) e incluido en el antológico Halitos del averno.

UN TIERNO CRUJIR

Quisiera no haber regresado. O perderme en el camino de vuelta. No se consiguió el socorro que salimos a buscar. Todo otro lugar está igual que éste... pueblos fantasmas, engullidos por mares de arena, semejando olas las crestas de sus dunas.

Acá solamente el campanario de la iglesia está libre de acumulación arenosa y por sus cuerdas bajé al interior. Adentro encontré estos escritos, que habría preferido no haber leído. Por lo que dicen puedo estar en peligro; los releeré:

“Una rara forma se distanciaba a toda prisa del poblado en dirección al cementerio. En el cielo la luna menguante semejaba una navaja de hoz muy amolada; su luz mortecina apenas posándose en las losas y sobre el revoltiijo de cabellos plateados que, cual fuego fatuo, en línea recta parecía flotar desde el pueblo hasta el camposanto. De súbito el amasijo de argentas hebras descendió al nivel del suelo y se posó al borde de una fosa abierta; a pesar que la lápida tenía un nombre grabado... la tumba estaba vacía. Al rato se esparcieron unos tétricos silbidos, como de almas en pena, por el paraje desolado y un pensamiento revisó el pasado...

Todo empezó con un viento árido, que surgió del sur, soplando día y noche. Luego vino la ausencia total de nubes, que se prolongó por siempre, y... nunca más volvió a llover.

Los ríos comenzaron a mostrar redondos pedruscos alfombrando sus lechos; los fondos resecos de quebradas y riachuelos se resquebrajaron en irregulares trazos geométricos, como losetas de fango y... se malograron todos los cosechos, por supuesto.

El calor excesivo se fue chupando el verdor de los campos y también la humedad prieta del terreno; árboles y arbustos fueron quedando desnudos, su follaje incinerado por un sol que, daba la impresión, salía antes de tiempo y luego rehusaba ponerse... retrasando el anochecer.

El agua de la represa descendía de modo perceptible. Desde el fondo de la laguna artificial fueron resurgiendo las siluetas de estructuras anegadas. Lo primero en emerger fue la cruz de la antigua iglesia, que se fue alargando hasta mostrar su base. Después se evidenció el capitel del campanario y la media esfera de la cúpula.

Una madrugada se escuchó un lastimero tañer, unas campanadas doblando en tono de duelo. Toda la población supo que eran las campanas de la iglesia pero, por miedo supersticioso, no se llegaron hasta el religioso recinto; en vez se movilizaron, sin cruzar palabras, hasta el acantilado arriba de la lagunilla.

Allá evidenciaron perplejos el veloz mermar de las aguas, que dejaba al descubierto la gótica fachada, desfigurada por la acumulación de légamo; el cieno opacando el atrio. Tras intercambiar comentarios, muy por lo bajo, los congregados se fueron dispersando.

Sobre la comunidad rural se fue abanicando un hálito de averno. El aire tórrido del siroco se escurría zumbante, arrancando gemidos de ramas y maderas; orquestando con el ominoso repicar de las campanas, de notas fúnebres, una incesante marcha luctuosa.

Una atmósfera opresiva drenaba las energías, fatigando en demasía a quién se aventurara fuera del resguardo de la sombra. Durante el día sólo las tolvaneras recorrían las calles desiertas; los habitantes solamente salían al anochecer, a cubetear agua del único pozo, cuyo nivel bajaba con celeridad. Todos se convirtieron en noctámbulos, ya que ninguna labor se podía llevar a cabo durante las agobiantes horas solares. Era desde la penumbra que se realizaban las diversas faenas; era durante la noche cuando se carneaban las famélicas reses que apenas subsistían rumiando, en la oscuridad, pajonales chamuscados.

Alguien comentó que el sol se notaba más grande y cercano. En el siguiente día los que intentaron curiosear quedaron afectados de la vista, y ya nadie se atrevió desafiar al fulgurante astro.

El tiempo transcurría muy rutinario. Durante el día ni tan siquiera se entreabrían persianas o visillos, eludiendo el cegador resplandor, evitando respirar aquél aire que lastimaba gargantas y pulmones. Un culto deificante, a lo umbrío, insidiosamente comenzó a organizarse.

Al agotarse los rebaños las aves ponedoras fueron consumidas. Los terrenos continuaron perdiendo el color y la textura: primero la tierra se torno amarillenta y esponjosa, después blanquecina y muy liviana. El viento levantaba grandes polvaredas, apilándolas alrededor de las edificaciones; todas las noches había que palear el polvo para evitar que éste atosigara el pozo y se tragara al poblado. La desertificación se había asentado.

La situación continuaba tornándose más precaria. Las bestias de tiro gradualmente fueron sacrificadas para el consumo, entonces la leña tuvo que ser cargada sobre espaldas que cada vez más se debilitaban. Se arrojaba agua de jabón en la tierra para hacer salir las lombrices y usarlas en sopas.

El consejo de ancianos convocó a reunión de emergencia y, sin mucho argumento, dictaminaron que era preciso salir del candente asedio a buscar ayuda; antes de llegar a total acuerdo se acabó la noche y por el horizonte de levante trepó un furibundo sol, asaeteándolos con rayos ardientes. Todos se apresuraron a esconder sus despigmentadas pieles y proteger las miradas que el excesivo resplandor desenfocaba.

En la próxima noche, a toda prisa, se echaron suertes entre los mejor capacitados; los cuatro seleccionados se aprovisionaron con odres de agua turbia y la carne de una repulsiva ave de rapiña que agonizante del cielo se desplomara. Al comienzo del siguiente anochecer partieron en direcciones opuestas, hacia los principales puntos cardinales.

Mientras el pueblo esperaba, especulando en torno al destino de los expedicionarios, los días desfilaban iguales en una modorra de inactividad. Las noches empequeñecidas contaminaban a muchos con una enervante pereza, con una economía de movimientos, pero no a todos... algunos adeptos de la nueva secta religiosa mantenían en las sombras una febril actividad; otros, de ellos, se reunían en la iglesia, ya dejada al descubierto por las aguas evaporadas, murmurando preces en la penumbra de los cirios y cantando loas a la opaca luz selenita.

El agua tenía que ser trasvasada a reposar en cisternas porque ya salía muy cenagosa. Comenzaron a extraviar su rumbo, hacia ollas y calderos, las mascotas domésticas: gatos y perros, monos y lemúridos, guacamayos, loros y cacatúas.

En aparente contradicción el frío de las noches aumentaba; el insomne quehacer comunitario transcurría alrededor de las hogueras. Las tinieblas se iluminaban y perfumaban con el chisporroteo de la resina en los leños; desde las piras se elevaban las pavesas, confiriéndole duende y magia al entorno, propiciando la atmósfera para el resurgir del arte más antiguo, y en derredor a las fogatas proliferaron los cuenteros.

Las narraciones giraban en relación al agua, hasta que la misma fue alcanzando proporciones míticas. Grandes y chicos escuchaban absortos los relatos de copiosos aguaceros e inundaciones, de largos o caudalosos ríos, y del ancho resplandor de grandes lagos. Muchos recordaban, con nostalgia, la última vez que vieron llover. Alguno contó la leyenda del diluvio y Noé, un constructor de naos; otro la crónica de un lugar dónde la falta del preciado e indispensable líquido fue la causa de una grandísima hambruna, y provocó un desenfreno que culminó en la más abominable aberración de la estirpe humana... tantas veces inhumana.

En varias ocasiones uno, de aquellos narradores de relatos, acaparó la atención contando acerca de los océanos: de sus improbables dimensiones y profundidades, de quiméricos animales que los habitaban y de los monstruos antropófagos que en ellos acechaban; eso hasta que otro cuentador lo eclipsó con fábulas en torno a una gente que vivía sobre una superficie de agua dura, llamada hielo y nieve; muy pocos le creyeron, ello a pesar que un viejo dijo acordarse de una tormenta eléctrica que contenía unas gotas sólidas llamadas granizo.

Una arreciada ola de calor produjo varias muertes; en particular fue muy sentido el fallecimiento del jefe de los concejales. Los difuntos fueron enterrados casi a ras de suelo, ya que los polvorientos arenales impedían cavar con alguna profundidad.

El hambre se agigantaba enanando a las personas. Hasta las simientes, alguna vez guardadas con esperanza, fueron utilizadas como alimento; corrió el rumor que incluso las placentas y cordones umbilicales se aprovechaban... Ya nada se podía dudar de aquellos seres cadavéricos y rostros de calaveras, en las cuales resaltaban ojos inmensos de mirar enloquecido.

Evidencia de la gran necesidad y el desespero fue un incidente... que ocurrió cuando el anciano párroco sorprendió la algarabía de niños y niñas dentro de la capilla; el grupo había perseguido un lagarto y lo atraparon frente al altar, allí mismo lo despedazaron y comenzaron a devorar sus carnes mientras éstas aún se estremecían. Ante la severa mirada de reproche del clérigo los chicuelos huyeron, pero sin dejar de mover los carrillos flecados con sangre. En el suelo quedó la cola del reptil, hipnótica en su espasmódico retorcer.

El venerable monje se inclinó despacio, como en genuflexión, y con delicadeza tomó el rabo con la punta de sus dedos; por un rato observó los sinuosos movimientos, suavemente sacudió los granos de arena adheridos a la escamosa piel; lentamente giró una furtiva mirada y, con la succión de quién engulle un tallarín, adentró el oscilante apéndice en su boca. Luego se alejó, agachado de cabeza, implorando ya sin convicción, tratando en vano de disimular su masticar del tierno crujir. Probablemente ese fue uno de sus peores momentos... quizás no.

La nueva secta se encontraba anquilosada, y ya no seducía nuevos adeptos. El fervor religioso agonizaba al mismo ritmo que la población y no fluía hacia dirección alguna; en aquél lugar, abandonado por las manos divinas, todas las deidades, de antaño u ogaño, eran igual de apáticas a la tragedia que los consumía.

Entonces, cuando toda esperanza de sobrevivir se había perdido, la sacerdotisa del Culto a la Noche anunció una revelación... Bajo el influjo de la luna llena le había acaecido un prodigioso descubrimiento y condujo a los incrédulos hasta el sótano de la iglesia; allí se encontró un gran abasto de carnes: algunas lonjas ahumadas, otras curadas en barriles de salmuera, las más secas al sol... toda una cornucopia de tasajo, cecina y charqui.

Después del hallazgo los prosélitos aumentaron dramáticamente, ya que la cena formaba parte integral de las ceremonias; en vez del simbolismo del vino y el pan, o el lagarto y su sangre, se llevaba a cabo la alegoría con caldo de carne y trozos de la misma.

El clérigo de la antigua religión se fue quedando solo con su liturgia. En varias ocasiones algún exdevoto le llevó una porción de la tan recién descubierta bonanza; él desdeñaba tales ofrecimientos y, antes que calentara la madrugada, pasaba las horas tempranas procurándose el sustento, cazando lagartijas y salamandras... preciando sobre todo las deliciosas colas de crujir delicado. De trasfondo musical lo acompañaba el ocasional cantar de los arenales cuando se deslizaban, coreando, en capas compactas.

Luego llegó el momento en que no pudo más con la cruz de su doble derrota y en un anochecer se marchó, llevándose tan sólo una botija de agua turbia y la horqueta de atrapar reptiles. Salió de la iglesia y paseó la vista por lo que había sido su parroquia. Todavía no comenzaban las ceremonias de la secta lunar y lo único que se movía era el rodar de matojos desraizados; en particular secos arbustos de Rosas de Jericó, desanclados por los vientos, dando unos tumbos circulares, nómadas vegetales del desierto.

Muy de prisa se alejó del poblado atrechando por el cementerio; arriba asomaba la luna en cuarto menguante, tan parecida a la hoja de una guadaña muy afilada, que desmayaba un resplandor mortecino sobre el camposanto; la apocada luz apenas iluminando las lápidas ladeadas y cruces pétreas. Los negros hábitos del religioso se confundían con las tinieblas de la noche, pero la exigua luna confería destellos de plata a su pelo blanco, propiciando una ilusión en la cual su cabello parecía flotar incorpóreo.

En la penumbra el anciano dio un traspiés y cayó de bruces sobre el túmulo de una fosa abierta. El hombre se levantó apoyándose en la piedra lapidaria y en ella leyó el nombre del concejal hacía poco fallecido, pero... aquella tumba estaba desocupada.

Con ojos desorbitados el clérigo atisbó a su alrededor... Evidenció muchas sepulturas excavadas... todas ellas vacías. Por un rato se mantuvo inmóvil. De modo distraído silbó una tonada, a cuyas notas se afianzó el viento del sur, alargándolas, haciéndolas sonar macabras. Con lentitud y cabizbajo el eclesiástico regresó sus pasos hacia el pueblo... Cavilando... cómo mejor enfrentar, y combatir, el contubernio de necrófagos... los devoradores de muertos.

Todo ello ocurrió cuando el abrasador viento del sur y un sol excesivo ofuscaron el raciocinio; poco antes que el hambre sofocara enteramente la humanidad de los habitantes, previo a que se animalaran totalmente; anterior a que comenzaran los sacrificios y los caníbales festines de carne fresca; con antelación a que el intentar aplacar la sed con sangre los enloqueciera del todo; antes que la población se consumiera a si misma, y sólo el último miembro de la cofradía de caníbales... muriera de muerte natural.

Yo, el recopilador (no pude resistir la tentación de aliñar los escritos), duré más que nadie; con probabilidad por mi aspecto poco apetitoso, debido a mis frugales hábitos alimenticios, que me mantuvieron descarnado, cual ánima penante... que en realidad soy, pues, desde que se extinguieron las salamandras y gilas, me la paso rebuscando trabajosamente mi sustento; ahora dónde único puedo encontrar el deleitoso crujir es... en el cartílago de las orejas, que afortunadamente nadie comía y todos desechaban junto al pericráneo.

Durante las horas de claridad no puedo evitar soñarme emboscando el retorno de los expedicionarios de orejas vivas; en las horas despiertas, de la noche, me la paso orando para que se me conceda la fuerza suficiente en... resistir tan grande tentación.”

© Antonio Aguado Charneco

miércoles, octubre 27, 2010

Desliz

Por: Angelo Negrón ©


Revista purpura me honró hace un tiempo al publicar uno de mis cuentos: aqui el link...

http://revistapurpurapr.com/?p=205
Aqui comparto el escrito

Desliz
Angelo Negrón Falcón
2009-08-12 14:43:51

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Lo encontró llorando en la habitación y abrazando una almohada con fuerza. Se asustó sobremanera. En los quince años que llevaban de casados sólo lo había visto llorar al morir su madre o cuando el segundo de sus tres hijos sufrió un accidente que por poco le cuesta la vida. Angustiada ante las lágrimas de su esposo suspiró hondamente. Adquirió un semblante sereno para buscar ayudarlo y le preguntó cuál era el motivo de tanto sufrimiento. Él seguía llorando sin proferir palabra alguna. Comenzaron las preguntas de rigor que comprendían desde saber si él había perdido el trabajo o si sentía depresión. Él seguía mudo y, aún así, hablaba con su semblante. El dolor que dejaba escapar era gigantesco. Ella, a punto de la desesperación, ya no sabía que más preguntar cuando le escuchó decir entre gimoteos:

— ¡Desde hace unos meses te estoy siendo infiel!

Un grito de angustia brotó de la garganta de la mujer. Comenzó a proferir golpes y arañazos al escuálido cuerpo del hombre que se cubrió lo más que pudo y, que de todos modos, absorbió la paliza de su vida. Le exigió que se largara bajo la advertencia de que no lo mataba para no ensuciarse las manos. Él se esperaba tal reacción. El carácter de ella siempre había sido volátil y ante su desliz comprendía que la había perdido. La vio salir con sus pesados pasos y escuchándola maldecir la hora en que se enamoró. Pensó que lo peor había pasado mientras guardaba su ropa en bolsas negras de las que se usan para la basura. Las lágrimas no dejaban de brotar. Bajaba por las escaleras cuando la vio detenerse frente a la puerta con un rostro que reflejaba la dureza del rencor. Él bajó la cabeza en señal de vergüenza y sumisión.

— Siéntate en el sofá. Debemos hablar — la escuchó decir calmadamente esta vez.

Como un autómata cumplió la orden escuchada. Justo en el momento en que amoldaba su cuerpo al cómodo asiento la vio desmoronarse en llanto. Escuchó la confesión del gran amor que sentía por él y que, en esos pocos segundos, había desenmascarado su capacidad de perdonarlo. Explicó que al verlo llorar de arrepentimiento, por la infidelidad, descubrió que era un verdadero hombre capaz de afrontar sus errores. A pesar de todo había sentido admiración por ese hecho.

Si prometes no volver a los brazos de esa mujer puedes quedarte — dijo decidida mientras trataba de sonreír.

— Es que no has entendido — contestó con voz temblorosa él — no fue una mujer. Mi desliz fue con un hombre...

Notó como los orificios nasales comenzaron a expenderse y dilatarse rápidamente. También el color rojo que se concentraba veloz en el rostro. Descubrió, además; los ojos que desvariada y aparatosamente comenzaban a temblar justo como sus piernas lo estaban haciendo.

— ¡Ahora si te mato! ¡Eso sí que no!

Dejó abandonadas las bolsas llenas de ropa en el suelo. Salió corriendo al verla entrar en la cocina. En plena calle y a lo lejos, advirtió el cuchillo gigantesco con el que era perseguido de forma amenazante. Escuchaba los insultos que seguían alcanzándolo y demostrándole que debió quedarse callado y no confesar absolutamente nada.

— Eso, que no le dije que me gustó — pensó fatigado de tanto correr.

El arrepentimiento le taladraba el cerebro, sobre todo cuando deliberó que desfilaría en la peor soledad los últimos días de su vida. Nadie lo había amado como aquella temperamental mujer de la que ahora huía sin remedio y a la que también amaba sinceramente a pesar de aquel desacierto. Rememoró en segundos todas las vivencias de aquellos meses; desde el instante en que borracho y por curiosidad se entregó a un hombre, pasando por los siguientes encuentros y llegando a esa mañana cuando su amada lo encontró llorando en su cama después de la preocupada cita con un doctor y no pudo evitar volver a llorar. A pesar de que su agitado corazón ya parecía explotar no se detuvo pues aún la escuchaba gritando improperios y extenuado recapacitó:

— Peor me hubiese ido si le confieso la verdad sobre el virus del sida que ahora portamos los tres...

sábado, octubre 23, 2010

Centinela Sideral

Por Angelo Negrón


El calor me atormentaba y decidí salir de la casa por un rato. Al pasar el umbral de la puerta me tropecé con algo en el suelo. Al caer expuse mis manos como mecanismo de defensa y evité con esto algún golpe extra en el rostro. No pude evitar maldecir. Mientras me levantaba, un dolor en el tobillo me hizo ceder y caer nuevamente al piso. Llevé mis manos a mi pierna derecha y solté un alarido de dolor. Busqué sentarme y distinguir con que me tropecé. Al acostumbrar mis ojos a la oscuridad divisé el tiesto de barro que en la mañana había dejado vació gracias a las flores que le arranqué con la excusa de llevártelas.
Maldije mi recién caída y también el hecho de no encontrarte en la mañana para entregártelas. La brisa azotó mi cabello. La frialdad de la noche bañó mi sudor y me hizo sentir confortable. Volví a tocar mi tobillo. Me percaté de que ya no sentía dolor. Al posar la mano en el piso para impulsarme reparé en que el suelo estaba frío. Noté que me haría bien recostarme y regalarle algunos segundos a mi mente sedienta de olvido. Para sentirme a gusto decidí desnudarme. Me quité camisilla, pantalón y bóxer sin temor a que algún vecino entrometido y santurrón le fuese con el chisme a alguien, o me llamara la atención, pues la oscuridad sería el camuflaje perfecto.

Pasé sentado algunos minutos. Perdido en el recuerdo de las últimas horas. Rememorando la forma en que salí de casa con la ilusión de verte y regalarte tus flores preferidas. Te diría la verdad; que llevaba meses cultivándolas con la intención de entregártelas con alguna palabra de amor que no hubiese sido pronunciada por mi mirada. Pero no te encontré. Precisamente hoy declararía la visión que llevo conmigo en cada sueño despierto. Justamente hoy te suplicaría cambiáramos nuestras vidas dispersas y fuésemos uno en el espejo de la vida.

Mi espera fue acompañada por los árboles y los pájaros del parque y, aún así, la soledad me caló en los huesos. Según pasaron los segundos la esperanza fue alejándose de mi ser y como inevitable incongruencia el dolor, que habita en los seres enamorados, me recogió de aquella banqueta y me hizo salir del lugar; no sin antes propagar las flores. Las esparcí de pétalo en pétalo, mientras en clásico interrogatorio les cuestionaba sí me querías o no. Por esto; aunque la esperanza desapareció al no verte llegar, salí de allí sonriendo ante la respuesta de un sí y con la certeza de que paulatinamente ganaría esperanzas perdidas.

Una carcajada se me escapó y recosté mi espalda en el suelo. Justo en ese momento divisé la luna que en cuarto menguante me sonreía. La observé por largo rato. En la oscuridad de la noche tardía decidí que esperaría el amanecer despierto. Busqué algunos cojines en la sala y los esparcí en el lugar. Me acompañé de vino tinto y música suave. Decidí dedicarme a esperar alguna estrella fugaz a la cual pedirle por deseo poseerte. Ante tal idea me levanté nuevamente, esta vez, para buscar el viejo telescopio que guardaba como reliquia desde niño. Acaricié las iniciales de mi nombre y apellidos que había tallado en su pintura para identificarlo como mío inmediatamente me lo obsequiaron. Miré a través de su orificio y me percaté de que ya no funcionaba. Los lentes estaban extrañamente manchados y lo arrojé a un lado.
El frío atacaba mi desnudez sin compasión y, como siempre, me agradaba. Miré al cielo y comencé a construir figuras geométricas con las estrellas y alguno que otro dibujo mal ensamblado con mi dedo índice. Divisé varias constelaciones. Como un estudioso, que en realidad lo que busca es olvidar otros detalles, me envolví en la penumbra de la noche en pensamientos que me apartaran de ti y de este pensarte constante que sólo me hace dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. ¿Cómo le explico a mi cuerpo que abandone sueños despiertos tan maravillosos?

¡Cuánto daría por poder admirar las ochenta y ocho constelaciones al mismo tiempo! Es tan relajante mirar al cielo. La verdad es que estaba logrando poner mi mente en blanco hasta que descubrí a una hermosa constelación del cielo nórdico. Me enfoqué en la estrella polar escudriñando la forma de disimular el hecho de comparar a Casiopea con la primera letra de tu nombre y es que: Esa constelación guarda esa forma. Miré a derecha e izquierda. Las estrellas parecían ser tus aliadas en el recuerdo que emanaba en mí sin pedirlo. Perseo, Cefeo y Dragón parecían moverse a velocidad vertiginosa y me di cuenta, algo tarde, de que en realidad sufría un mareo.

Abrí mis ojos. Acostumbrarme otra vez al lugar en que me encontraba tendido me dificultó, un tanto, enfocarme en Casiopea. En lugar de sus siete estrellas pude contar unas diez posicionadas de forma muy extraña. Observé a mí alrededor tratando de identificar si estaba en el mismo lugar o había viajado astralmente a otro lejano en el que no podía reconocer los grupos de estrellas que adornaban la noche. Pensé que estaba soñando o alucinando por el mareo sufrido.
Al pasar varios minutos y notar que no surgía cambio alguno, ni en el cielo ni en mi estado de ánimo, concluí que estaba alucinando y debía buscar algún libro de astronomía que me explicase aquel evento. Tal vez se debía a alguna alineación de planetas o estaba tan enfocado en esas estrellas que no veía las demás, sólo sé que apenas levanté mi cuerpo desnudo del piso me percaté de lo que sucedía al mirar otra vez al cenit. ¡Era víctima de tu recuerdo!
Apreté mis párpados y volví a recostarme en los cojines. Miré al cielo y allí estaban las diez estrellas, únicas y tan reales como yo. Rogué al cielo que fueran las diez lunas de Saturno, pero ni siquiera la deficiente ley de las distancias planetarias de Elert Bode me ayudaría en tal teoría. Construyendo especulaciones volví a la razón indiscutible; ¡Te estaba pensando!

Las contemplé como un grupo de estrellas y la bauticé con tu nombre. Esa constelación no era tan hermosa como tú, pero al menos ya no me negaría a aceptar mi realidad. Mirándolas detenidamente, de norte a sur, comencé por las primeras dos, una al lado de la otra me hicieron descubrir tus ojos. En ellos me derramé y observé los míos. Mi mano se perdió en caricias, con ganas de una rápida erección, pues tus ojos excitan y regalan pasión de sólo verlos.

Busqué la próxima estrella. En ella encontré tu boca; sedienta de besos y dispuesta a besar. Carnosos labios que brillan rojos de ganas, aún ante la ausencia de lápiz labial. Mismos que sueño conquistar y hacerlos no tuyos, sino, sólo míos.

Más abajo; dos estrellas fulgurantes rememoraron tus pezones. Alertas y a favor de alimentar mis ansias. Cerré los ojos como buscando acercarme a tus pechos; víctimas de un escote pronunciado. Sólo me dejaba ver la curvatura de tus senos y algunos lunares. Al quitarte el sostén y divisar las dos estrellas pude palpar tus círculos concéntricos. Demandé al cielo detener el tiempo para saborear a plenitud toda tu piel.

Dos estrellas más; una al este, otra al oeste. Me dejaron saber que eran tus manos. Cultas en el arte de acariciar y proveer placer. Ambas se extendieron hacia mí y se ocuparon de abastecerme de arrumacos. Brindándome delicias aún no vividas. Catapultándome justo entre sus dimensiones y convirtiéndome en esclavo de su centellear.

En mi camino hacia el sur vislumbré un lucero solitario. Su resplandor alumbraba piramidalmente invertido. Como revelación encontré que se trataba de tu intimidad. Mis manos hurgaron en el espacio buscando acariciar el astro que le representaba. Sonreí sin disimular mientras mi lengua bañaba mis labios en señal de apetencia. Mis sentidos se enfocaron todos al unísono en tu presencia etérea que sin esfuerzo se hacía viva y real como si, estando debajo de ti, recibiera el placer de poseerte.

Mis ojos se escaparon a las dos estrellas restantes. Una justa al lado de la otra en el horizonte. Eran tus pies preparándose a caminar hacia mí. A escalar mi cuerpo como te diera en gana. Dejando huellas que me muestren las latitudes, no de las constelaciones septentrionales, más bien las de tu cuerpo. Mismo que ha logrado que decida excluir de mi vida cualquier telescopio que no enfoque tu cabello. Ninguna Vía Láctea en la que no vivan estas diez estrellas que ejemplifican tu belleza corpórea.

El vertiginoso movimiento de las diez estrellas que fueron uniéndose me provocó algo de vértigo. Las diez se transformaron en una ante el asombro de mi cuerpo desnudo y fatigado de pasión. La soberana luz que todas juntas emanaban me envolvió. Descubrí que se trataba de tu alma; deslumbrante y solitaria en búsqueda de su alma gemela. Estallé y esparcí placeres en el imperturbable suelo. Descubrí que debía pasar toda la noche observando la constelación de tu ser...

...La oscuridad ya no era mi cómplice. El sol en el que se convirtieron las diez estrellas ya se había elevado un poco más en el horizonte. El cántico de las aves me recordó el parque en el que nos veríamos el día antes. Sonreí como agradeciendo no haberte encontrado. Gracias a esto acababa y comenzaba por disfrutar del maravilloso juego del amor puro y verdadero. Ese en el que no existe distancia. En el que no importa la curvatura del espacio, sino el arqueo de tu espalda desnuda y recibiendo caricias de mis manos que se antojan de retribuir el goce que reciben al tocarte.

Palpé mi pecho. La medalla de plata que me regalaste, alegórica al calendario azteca, me recordó la máxima de que lo mejor que existe es un día tras otro. No debía dudarlo; nos encontraríamos nuevamente. Ya fuese en las diez estrellas que llevan tu alias o en el sol de tu alma. Si observo bien te hallaré esta noche. El menguante de la luna no encubrirá ante mí su realidad simbólica; la sonrisa que me brindaste por primera vez o quizá debes ser tú, sonriéndome aún. Sólo sé que en mis días eres sol y en mis noches eres luna y que normalmente es a la inversa; te conviertes en sol de mis noches y en luna de mis días. Ciclos estupendos que me traen tu presencia.
¡Que real es sentirte a mi lado y descubrirme como un esclavo sideral de ti! Eres cielo y tierra, planeta y estrella, galaxia y universo, alfa y omega.

La gravedad de este mundo no logra detenerme de pie cuando me haces volar. Mi piel se vuelve tan liviana. Mi alma pasea entre auroras boreales y meteoritos en la exploración de tu encuentro. Por eso mañana y siempre volveré al parque con la ilusión de encontrarte sentada en una banqueta mientras escribes alguna poesía o exiges que el universo sea cómplice de tus deseos más secretos.
Sólo espero ser participe de alguna de tus fantasías. Esas que llevas contigo adornando tu vida cuando tu cabello se vuelve cometa y cómplice al transportar en su cola palabras de amor sustentado en historias galácticas. Las que acarreas en tus oídos; dignos recipientes de mis caricias soñadas. Llévame contigo de paseo. Pretendo visitar no sólo las diez estrellas que simbolizan tu cuerpo, también disfrutaré del viaje que me llevará de una estrella a otra. Ese que recorrido por mi ilusión comienza con mis ojos percibiéndote vestida de rojo y termina apreciándote desnuda. Te gocé tanto anoche...

...Habrás notado que hablo como si hubiésemos hecho el amor apenas anoche. La verdad, y tú lo sabes, así fue. Te lo expliqué hace unos momentos y perdona la redundancia al resumirlo nuevamente, pero me encanta recordarlo. Te estuve poseyendo toda la noche. El aire y el suelo — fríos por demás — no pudieron evitar las altas temperaturas en mi interior. Y es que mientras admiraba el cielo me convertí en Nova. Adquirí temporalmente brillo superior al normal y decrecí luego en fluctuaciones, en espasmos latentes y fuertes mientras te veía transformarte de constelación a sol para surgir justo al amanecer.

La policía acaba de visitarme. Alguien le fue con el chisme. Aseguran que si vuelvo a desnudarme en el patio me multaran. No te preocupes: Ya reflexioné sobre la forma en que evitaré ser descubierto desnudo. No, no es lo que piensas. No visitaré, (a menos que me invites) alguna playa nudista. Cuando te vea; te invitaré a mi cama, donde me convertiré nuevamente en Súper Nova y tú en constelación. Ambos daremos nuevo significado a la teoría del “Big Bang” creando un universo donde sólo estemos tú y yo.
¿Qué haré mientras tanto logro seducirte? Simplemente la próxima vez que apetezca encontrarme en el espacio sideral contigo: subiré al techo, donde sé que no llegan miradas indiscretas. Desde allí imploraré a tu constelación mientras me regodeo en placeres para nada solitarios pues tú estarás, justamente como ahora, conmigo...