domingo, noviembre 23, 2008

Alfabeto

Por Angelo Negrón

Te hartarás de pensarla tanto. Los recuerdos saturarán de felicidad tu mente y de tristeza tu corazón. Buscarás en tu cuarto de estudio el refugio que no conseguirá llenar su espacio. Amontonarás libros que intentarás leer y que después de las primeras dos páginas echarás a un lado a pesar de que reconocerás que es buena literatura. Obviarás los álbumes de fotos. Es claro que no querrás ver ni su rostro sonriente, ni el cosmos de sus ojos; mucho menos los labios que tanto apeteces. Aún así, los percibirás a cada momento. Acompañaran tus memorias junto a su delicada piel y su alma; amándote en una danza inquebrantable de gemidos y miradas de pasión.
Tomarás en tus manos, como una reliquia, el marcador de libros que te regaló; ese que reproduce al universo donde juntos fueron sol y luna en eclipses de habitaciones furtivas y sabanas desgastadas. Entretenerte no será tarea fácil, ya lo notarás. Sus palabras tocarán cada curvatura del espacio que respirarás. Su carita te encantará y se acercará imaginariamente a besarte cada párpado y cada labio por separado. Te morderá el cuello y hará sonidos deliciosos en tus oídos. Creará con sus manos en tu pecho la caricia que caprichosamente deseará para sí misma. Florecerá libre y te hará dueño soberano de su cuerpo. Se atreverá a hablarte con delicadeza y rudeza a la vez, entremezclando caricias y apretones. Diluirá su mente en tu alma y se adueñará de todo tu pasado y presente sin excluir por nada tu futuro.

El libro que llamará tu atención después de que sueltes el poemario que ella te regaló será el diccionario. Deliberarás que leyendo significados de palabras lograrás cansarte y aburrirte. Lo abrirás con la certeza de que será más empalagoso que darle lectura a la Biblia cuando dicta, nombre por nombre, la descendencia de Abraham. Sonreirás cuando notes que no es ilustrado, así no te entretendrás con láminas o dibujos. Te saltarás la letra “A” pues no querrás encontrarte con la palabra amor. Menos si la palabra pueda detallar al amor verdadero, ese que precisamente sientes por ella. La primera palabra coherente que encontrarás en la “B” será Baal. Te enterarás que Baal se le designaba en la antigüedad a algún señor divino y meditarás en lo divino que es ser besado por ella.

Obviamente encontrarás las palabras cama, danza, esposo, flores, ganas, habitación, ilusión y júbilo y todas te llevaran a pensarla más. En la “K” te detendrás por un rato y casi lograrás agotar tu mente con tanta palabra extraña. Alcanzarás la “L”: libre, lazos, lluvia, llanto y aparecerá la “M”. Cerrarás el ancho libro con la seguridad de que su nombre aparecerá en letras mayúsculas y hasta su apellido adornara las páginas de esa mala idea que tendrás al decidirte por leer un diccionario. Hasta la “C” de su otro apellido estará en color oro encabezando el tercer capitulo.

Gritarás su nombre y parecerá que del viejo libro salen algunas definiciones a la atmósfera del cuarto que le ayudan al calificativo de la mujer que te trae loco con ideas: naturaleza, necesidad. Abrirás de nuevo el libro para buscar la “Ñ”, te equivocarás y lo harás en la “O”. La causalidad logrará llevarte de primera a la palabra olvidar. Maldecirás al notar que su definición será estúpida. Perder la memoria de una cosa será algo que quieras hacer y sólo recordarás más de la cuenta. Seguirás perdiendo el juicio y queriéndola como a nadie. Ser paciente es la querella que le reclamará tu corazón a tu vida. La interrogante de tu mente será: ¿qué rayos sucederá en el tiempo que unilateral estará por venir? Vacía será tu alma si la pierdes a ella. Llegas a la “W”, luego a la “X” y te desesperará el hecho de que no encontrarás en esas páginas alguna palabra romántica que describirá lo que vivieron juntos.

Conmemorarás las yemas de sus dedos rozando tus labios en la búsqueda de despertar tus ganas de besar aún a sabiendas de que esa era tu situación preferida. No podrás zafarte de tales memorias; el sonido de su voz resonará en atardeceres prestados, amaneceres distraídos por el tráfico y canciones románticas en emisoras especializadas para hacerte sufrir la lucha de olvidar lo imposible. Llenarás tu corazón de sensaciones nuevas, pero ninguna logrará colmar el espacio de solitarias lejanías de su ser. El calor de cuatro paredes cerradas en carnaval de añoranzas no superará el frío de la condena de no tenerla siempre.

Concurrirán conversaciones expuestas en caminos yuxtapuestos sobre corazones acorralados por pasados años y ante la negativa de cambiar la caída de las hojas por una vida llena de primavera. Sabrás que ella coexistirá tuya bajo condiciones de libertad incondicional y besos de miradas furtivas. Obtendrás la suerte de hablarle y escucharla en tiempo parcial sin dejar que tu espíritu agonice. Volverá a ti toda su presencia etérea y renunciarás a seguir sosteniendo el diccionario. Lo dejarás caer y chocará su carpeta dura contra el suelo que estará cubierto de pedazos del cristal del marco que habrás hecho añicos antes, cuando estrelles su foto contra la superficie enlozada de tu estudio. Mirarás al piso y notarás que el diccionario estará abierto mostrando las primeras páginas.

Por más que le huyas a la letra “A” la encontraras de todos modos. Desde tu silla descubrirás la palabra amor. Allí estará innegable la expresión que te saltarás al principio y que motivará toda la búsqueda de palabras que crees te apartarán de su recuerdo. Tomarás la foto del suelo y limpiarás los cristales. Ninguno habrá estropeado su sonrisa. Mirarás sus manos y verás que no se extenderán hacia a ti como desearás. Sus labios constarán del brillo que los caracteriza y su cabello existirá tan hermoso como siempre. Mirarás hacia su lunar claroscuro en la altura del cuello, ese que besarás con desmedida pasión sin percatarte de la pequeña partícula de vidrio que te partirá el labio.

Te preocuparás de no manchar de sangre la foto y la colocarás en el escritorio donde antes estaba; tal como innovarás su presencia dentro de tu vida. Te sentirás acompañado de miles de palabras que la describirán como lo más trascendental que le pasó y pasará a tu existencia. Sobrevivirás al tener la seguridad de besos incondicionales y nadie que pueda arruinar la apreciación de lo que vivirás junto a ella. Volverás a rezar a todas las almas gemelas del mundo para que bendigan su extraordinaria belleza, su delicadeza, inteligencia y su amor por ti. También, como habías hecho alguna vez, les pedirás que ella llegue a las nueve y dieciocho de la noche a su cita con el destino que serás tú. Volverás a colocar el libro en el anaquel y barrerás los cristales del suelo. Te sentarás en la silla después de que abras las ventanas y dejes entrar el aire fresco de la noche. Cerrarás los ojos y los abrirás cuando suene el teléfono y escuches su voz mencionándote sus ganas inmensas de verte justo al amanecer.

Te alegrarás y cualquier vestigio de tristeza que pueda quedar saldrá de tu pecho. Buscarás nuevamente el diccionario, lo aromatizarás con su perfume preferido y lo guardarás en tu maletín. Al despuntar el día se lo regalarás y al ver las palabras que subrayarás, recordará la vez que te dictó cada una de las letras del abecedario y tú le mencionaste una palabra de amor por cada letra. Apreciará el beso que depositarás justo en la comisura de sus labios, el abrazo que brindarás a su voluntad y sobre todo la forma en que aguardarás con paciencia que sus alas grandes de ángel te arropen en la oscuridad de noches despiertas donde admirarás su sueño, su rostro y su alma...

jueves, octubre 30, 2008

Carta abierta a Carlos Esteban Cana en torno a la historia de Taller Literario en Los rostros de la Hidra


por Antonio (Ni-Yamoká) Aguado Charneco***

“Once upon a midnight dreary,
while I pondered weak and weary…”
E. A. POE

Querido amigo:

Permíteme utilizar el recurso que con tanta maestría utilizas, el de señalar la senda por la cual han de transitar tus palabras con citas y epígrafes; en Los rostros de la Hidra indicas el rumbo de tu artículo (la historia de Taller Literario) con la letra de una canción de los fantabulosos de Liverpool, y ahora yo intento hacer lo propio con el fragmento de POEma arriba expuesto.

La otra noche, el dolor físico en mi convalecencia me ahuyentó el sueño, y hurtándole tiempo al desvelo, me encontré urdiendo un tapiz en mi mente… ¡Coño hermano! hay que tener mucho valor pa’ no hacerle caso al mundo mercachifle y atreverse a ser lo que uno realmente quiere… aprendiz de Quijote en tu caso. En mi tiempo no lo tuve, y nunca llegué a intentar eso de entintarme las manos en un empeño tal, en un quebrar de alabardas, como es el inicio e insistencia de una revista en torno a las letras.

Hoy, que nos aproximamos a los 15 años del debut de Taller Literario, quiero agradecerte la oportunidad concedida de permitirme, a ratos, en algo, dar paso a aquella añeja quimera de mis años mozos; a una vez felicitarte porque “moliendo vidrio con el pecho y martillando con la cabeza” has llevado el timón de Taller Litera 10 (¿te acuerdas?) por mares procelosos, llenos de escollos y hasta pejes malos, cubeteando mareas con las manos desnudas cuando veías que la nao escoraba y hacía agua. También mis parabienes porque, cuando tu postrer suspiro (como solían decir los bolerotangos) llegue, va resultar un postre suspirado salir de este mundo con una sonrisa… recordando todas las satisfacciones de ser un sencillo, pero logrado, Quijote. Créelo… va a ser así, te lo garantiza alguien que ha percibido el rumor hediondo en las alas de la parca… hace poco, muy de cerca, la cicatriz de la cornada en mi pecho lo atestigüa.

Me despojo del sombrero ante ti, Carlos Esteban… el de K’taño.
Con envidia, mucha envidia,

Toni Aguado Charneco,
Nómada entre Santa Rita (la de Río Piedras)
y Veguitazama (la de Jayuya)




Antonio Aguado Charneco***
Nació en Arecibo, tierras del Cacique Jamaica Aracibo, señor de las márgenes de Abacoa. Es narrador efectivo en la traslación del lector al mundo primordial, manejador del vocablo taíno y guerrero experimentado en las lides de construir episodios del mundo original de nuestros antepasados, como les llamaba Corretjer. Sobresalen en su obra con fuerza y realismo mágico las novelas Bajarí Baracutey: el taíno de la cueva (1993), mención honorífica en el certamen del Ateneo; Anacahuita: Florespinas (2006, EDUPR), primer premio en los Juegos Florales de San Germán. Así como Ouroboros: seis cuentos galardonados (1985), premiado por la UNESCO y Sendero umbrío –cuentos- (1997). Entre sus obras inéditas destacan las novelas Guarocuya (3ra de la saga indigenista); Mediomundo (en torno a unos inmigrantes de Islas Canarias); LuzAzul (de temática erótica) y las colecciones de cuentos: Narcocuentos; Al sur del ombligo; Flores de muerte (relatos de Méjico); Cuentos con Zeta; Hálitos del Averno (antología) y Soseiva Sotaler en los Umbrales Umbríos. También tiene varios libros de ensayos.

martes, octubre 14, 2008

Chica Fácil

Por Angelo Negrón

Por fin la recogí en la calle Santa Marta y esquina el Tren. Siempre tuve la idea, pero el miedo al “qué dirán” me detenía. La continua soledad y el eterno auto-sacrificio de la carne me obligaron a desalentar tales turbaciones. Al montarla en el auto le hablé como si la conociera de toda la vida; como si necesitarla fuera la excusa perfecta para amarla. A eso me disponía. La amaría; esperaba lograrlo en más de una ocasión.

Llegué a la habitación de mi pequeña casa. Recogido con pulcritud extrema; mi hogar contenía lo necesario para un hombre modesto y tímido como yo. Al no tener experiencia en esas cosas del amor sólo había logrado sueños y fantasías creadas en mi mente acostumbrada a vivir en el destierro obligado. Aún así abrigaba esperanzas de romanticismo. Por eso, lo primero que hice después de recostarla en la cama, fue prender la radio y asegurarme de escoger una emisora que presentara música romántica.

— Ciento veinte dólares por tu amor es un justo precio — dije como si a ella le interesara.

Acaricié sus muslos y no obtuve la respuesta que buscaba, pero si la señal de que debía comenzar a poseerla. Le fui quitando sus ropas al ritmo de música suave mientras le besaba sus inflados pechos. La piel le brillaba demasiado. Llegué a la conclusión de que la bombilla de cien voltios lanzaba más calor de lo que ella misma despedía. El olor que despedía en nada se comparaba a una buena fragancia de mujer distinguida. No me importaban mucho esos detalles pues pensaba en esa filosofía pueblerina que dicta que “en tiempos de guerra cualquier roto es trinchera”. Inicié por hablarle suave al oído las palabras que en mi diario vivir hubiese querido decirle a más de una. De hecho para sacarle provecho a mi inversión fui viendo en el perfil de ella los rostros de las mujeres a las que deseaba; comenzando por compañeras de trabajo y terminando por artistas de televisión. Si, cada vez que cerraba los ojos y los volvía a abrir, veía en aquel moldeado cuerpo a los miles de cuerpos que a través de los años había ansiado poseer.

Mi nerviosismo logró que todo se me hiciera más difícil. Al fin conseguí perder la castidad y en mi oscilación amatoria sudaba a cantaros. Aquel cuerpo era divino para mi interés erótico. Siendo mi primera vez carecía con quien compararla. Sólo atinaba a gemir de delectación y babearme como un bebé crecido. Despejé toda duda sobre la calidad carnal de aquella mujer que era un exclusivo instrumento de placer cuando pensé en la eyaculación que estaba a punto de sufrir prematuramente. Por vez primera me sentía verdaderamente feliz con mi quehacer amatorio. Estaba extasiado. Por inexperiencia, o porque eran tantas las ganas retenidas en mi ser, comencé a apretar el cuello de la infortunada que no pudo soportar tanta fuerza. Tampoco toleró la cortada en el muslo que le inferí con el broche de mi pantalón. Mismo que no alcancé a quitarme en el loco desdén de poseerla inmediatamente la vi desnuda. Ella se vació en el improperio de no darme más placer; ni siquiera me dejó completar la carrera de llegar a la gloria.

Me puse de tan mal humor por los ciento veinte dólares gastados en unos minutos incompletos de lujuria que decidí regresar de inmediato a la calle Tren esquina Santa Marta a devolver a la culpable del dolor reciente de mis testículos. Comencé a gritar palabras malsonantes a la vendedora de lascivia. Ella trató de explicarme las razones por las que no podía devolverme el dinero, pero ya la rabia se había apoderado de mí. Apreté mis puños. Cual si fuera un gorila me di golpes en el pecho y sólo reduje mi mal temperamento cuando recibí la amenaza de una llamada a la policía.

Me mordía los labios por la furia mientras la escuchaba hablar. Yo no lograba escapar de la molestia que iba en ascenso. Aún reconociendo que esa tarde iría a parar al cuartel de policía comencé por cagarme en la madre de sus recomendaciones. Quería mi dinero de vuelta y ella insistía en su negación y en sus amenazas. Definitivamente saldría esposado de allí. Comprar parches, para gomas de bicicleta o para piscinas, no me parecía la mejor forma de lograr inflar de nuevo a la chica de plástico. Esa que me podía prometer placeres sin lamentos, lujuria sin preguntas, lascivia sin exigencias...

lunes, septiembre 01, 2008

Raíces

Por Angelo Negrón

Ella, la otra, me demuestra que no existe nadie más perfecta que… mi esposa.

lunes, agosto 25, 2008

Verdad

Por Angelo Negrón

Entró al camerino y exigió que apagaran las múltiples bombillas que rodeaban el espejo de la coqueta donde lo maquillarían. Soltó el velcro que amarraba el micrófono inalámbrico al cuello de su camisa e hizo señas a la mujer para que comenzara a peinarle y maquillarlo para su última salida al escenario.

¡Los gritos me traen loco y esto no se acaba! — mencionó colérico — ¿Porqué no se va todo el público a la mierda?— continuó — Ahora quieren otra. No se dan cuenta los muy pendejos, que uno siempre deja una canción “pa’ la ñapa” de todos modos. Avanza, avanza que ya están abucheando y no quiero salir mal en la crítica. Bastante tengo con lo malo que esta trabajando el pendejo encargado del sonido.

En la puerta se escucharon golpes y demandó no ser molestado. Ante la voz de uno de sus ayudantes gritó irritado palabras vulgares y arrojó una lata de atomizador para el cabello contra la puerta.

— Lo que pasa es que el público... — trató de explicar el ayudante.

— ¡Pa’l carajo el público! Sólo han pasado cuarenta segundos ¡Qué esperen! —gritó sin miramientos.

— Pero el del sonido... — le insistieron a través de la puerta.

— Estoy listo — dijo mientras colocaba el equipo de audio en su cintura — ¿Cual fue la parte que no entendiste? — mencionó el famoso cantante al abrir la puerta — no insistas, conozco mi trabajo.

— Si, pero... — volvió a insistir.

— Si dices una palabra más no te quiero en mi equipo — espetó fastidiado.

Llegó a la tarima. La mayoría de las butacas del auditorio estaban vacías y las personas que hacían fila para salir abucheaban y murmuraban sin control. Al ver que la prensa lo fotografiaba con nuevos bríos haló una silla y recogió una guitarra recostada de la pared. Trató de comenzar la canción planeada para la “ñapa”, pero los demás músicos lo miraban sorprendidos.

— ¿Qué pasa con ustedes? ¿A donde van todos?— preguntó.

El tecnico de sonido se acercó y señalándole la cabeza le dijo:

Para la próxima, si es que existe, hazle caso a tu ayudante cuando trata de advertirte, asegurate que no tengamos problemas tecnicos con la consola de audio o apaga el micrófono cuando salgas del escenario...

viernes, julio 25, 2008

Viaje

Por Angelo Negrón

Vayamos, esta vez, al área sur. Durante el camino nos asombraremos del cielo ausente de nubes. Tal Intemperie es de un azul tan brillante que nos preguntaremos como ha podido el sol, al que no vemos por ninguna parte, ponerse de acuerdo con sus alrededores para regalarnos tal nirvana.

Iremos sin prisa. Nos tendremos el uno al otro. Yo conduciré, pero con una sola mano al volante. La otra estará perdida en tu cabello, en tu espalda y ¿por qué no? Donde lo permitas. Nos detendremos de vez en cuando para no desperdiciar algún beso.

Llegaremos primero al Santuario San Judas Tadeo. Allí haremos una oración juntos. Escucharé de tus labios el pedido de la tranquilidad de espíritu y del amor creciente. Escucharas de los míos que tú eres mi tranquilidad, intranquilidad; mi espíritu y forma, todo mi amor. La fe en que el patrón de los casos difíciles y desesperados se compadezca y ruegue por nosotros es perfecta a nuestras intenciones. Encenderemos una vela y aún dentro de ese lugar sagrado no podré evitar pensarte desnuda al ver el fuego consumiendo lo que toca. San Judas intercederá; lo nuestro también es sagrado; lo merecemos…

Luego: Visitaremos un centro comercial. ¿Para qué? Para tener la excusa de caminar tomados de la mano. Compraremos un helado coronado de fresas. Se derretirá el chocolate y la vainilla en tu boca y dejarás las fresas para después. Justo a la salida del área de los restaurantes descubriremos un tiovivo. El carrusel es el más grande que he visto; consta de dos pisos y decidimos dar un paseo sobre alguno de los petrificados caballos. En tal sube y baja imaginaré tu danza sobre mí. Las vueltas me recordaran al reloj y dictaminaré en ese instante que el tiempo se detenga y no así nosotros…

Piensas que estoy mareado por tanta vuelta. No es por eso, más bien es por el reciente beso que me has dejado posado no sólo en mis labios sino, en todo mí ser. Tu mano acaricia mi cuello mientras mi brazo rodea tu cintura…

Llegamos al paseo tablado de la Guancha. Quedo maravillado con el paisaje que armoniza con tu belleza. Compramos algo de carnada. Se la damos a los peces gigantescos que siempre están allí. Luego, para quitarte el olor a carnada de los dedos, yo mismo te lavo las manos. Voy estrujándote los dedos en agua y jabón hasta dejar tus suaves manos libres de todo residuo de carnada. Cuando nos damos cuenta ya voy enjabonándote hasta el hombro. Nos sonrojamos pues sin percatarnos por poco y nos bañamos allí. De pronto comprendemos que no nos importa, después de todo, estamos bañándonos de deseo. Aún así, insistes en marcharnos. A lo lejos está la Isla a la que llaman "Caja de Muerto". Te menciono que nunca la he visitado, que siempre he querido ir. Sugieres que algún día me llevarás. Yo sonrío y te pregunto: ¿por qué no ahora? Respondes con un “caminemos primero por la playa”. Nos quitamos los zapatos, pero no nos enrollamos los pantalones. Pretendemos que se mojen. Así descalzos llegamos hasta algún lugar donde los arrecifes le ganan a la orilla. Tratamos de observar el fondo, pero lo espumoso del oleaje no lo permite. Me robas otro beso y acaricias mi cuello. Como señal de tu poderío sobre mí; me abrazas fuertemente mientras estrujas tu pecho contra el mío. A punto ya de alquilar algún botecito que nos lleve a la isla me convences de tendernos en la arena. Me dices que está bien ya de tanto paseo. Quieres que sea turista en tu cuerpo y lo explore hasta colonizarlo. Ruborizado miro hacia ambos lados. Tomas mi rostro entre tus manos y me tranquilizas con un beso.

Eso fue sólo el principio. Dejé de estar tranquilo después del tercer beso. Ya en el cuarto beso me aparto de tus labios. Voy besando tu cuerpo mientras lo desnudo de a poquito. Lo hago disimuladamente aunque me muero por llegar al rincón de tu placer. Quiero grabarme el sendero que conduce a el, no obstante sepa que lo olvidaré tantas veces como sea posible con la excusa de volver a recorrerlo. Tu mano acaricia fuertemente mi espalda y mi cabello. El sonido del mar se pierde con los sonidos entrecortados que depositas sin titubear en mis oídos y que sólo logran excitarme más…

Ya llegué a tus pechos. Los acaricio sin mesura como me ordenaste una vez. Mi lengua los recorre como si los conociera de siempre. El placer que te embarga me invade a mí cada vez más. Cambias mi táctica. Empujas mi rostro hacia abajo logrando que encuentre antes de lo planeado el tesoro que me propuse encontrar… Explorarte es divino. Mi lengua se pierde entre cada movimiento de tu cuerpo y con mis ganas dejo sellado el placer que te mereces...


Extasiado siento que convulsas. Entre la humedad de tu cuerpo y los sonidos que dejas escapar descubro que estas a punto de catapultarte a otra dimensión. Ese paisaje no puedo perdérmelo por nada. Me acerco a tu rostro para observarte. Mis dedos prosiguen con la placentera labor de que logres llegar a estertores de placer...

Llegamos. Así es, si tú llegas yo llego. Revoloteamos por el lugar. Tu rostro ha rejuvenecido más aún. Tus ojos permanecen cerrados por el éxtasis del momento. No ves los míos que deseosos de repetir este encuentro te observan tal cual eres: La dueña, La Diosa, Mi Alma Gemela…

Pasados algunos minutos donde abrazarnos ha sido nuestro modo de vida, decidimos saborear las fresas que habías guardado. Sabrosas, como tu sabor y tu presencia. Ya es hora de partir a algún otro lugar donde consumirnos de amor. Observas detenidamente el lugar y me pides que, al igual que tú, grabe en mi memoria el paisaje y el momento que acabamos de disfrutar. Me besas nuevamente. Aseguras que en nuestra próxima parada seré afortunado. Me brindarás la oportunidad de llegar al cielo sin derecho a retornar…
Mis ojos suplicantes te demuestran las ganas de no esperar. Te robo un beso. Delicadamente muerdo tus labios. Tú respondes igual, pero segura de que allí no será nuestro próximo encuentro. Percibo que algo tienes planeado. El tiempo sigue detenido. Juntos nos alejamos de la playa dejándola asombrada con nuestras caricias y reconociendo que es testigo del encuentro de dos almas gemelas…

sábado, junio 28, 2008

Colapso


Por Angelo Negrón

I
— Cayó en coma desde hace dos semanas — explicaba la mujer en el teléfono — no sé, simplemente se desplomó de su silla. Estaba frente a su vieja maquinilla. Diez minutos antes comenzó a transpirar. Fue algo muy rara su actitud. Sacaba el papel de la maquina, lo observaba, arrugaba y luego lanzaba al bote de la basura sin siquiera haber escrito algo. Si, si casi llenó el zafacón de papeles en blanco. ¿Cómo? Ah: El doctor dice que es un estado muy raro. En los estudios que le realizaron la semana pasada encontraron una gigantesca actividad cerebral y sin embargo no es capaz de mover un dedo. Sólo está ahí, tendido en la cama; con todas esas mangas y maquinas que parecen, más bien, extensiones de su cuerpo. Bueno; hecho un vegetal: con los ojos abiertos y una mueca de felicidad que no acabo de entender. Nunca lo había visto tan feliz —sollozó — Ni siquiera cuando ganó el premio nacional de literatura. Si, si. Te espero. Ven y charlamos un rato, ahora no puedo porque la enfermera me esta haciendo señas de que apague el celular. Hasta entonces…

II
— Ahora es el momento — mencionó la editora en jefe a su asistente — Nada más oportuno — prosiguió — Llama a todos; reunión en cinco minutos…
— ¿Qué sucede? — cuestionó él.
— ¿No me escuchaste en esa llamada? El viejo está en coma. Este es el momento para una magna conferencia de prensa y avisar que la antología de sus cuentos está lista…haremos billetes de verdad…

III
Vaqueros, prostitutas, políticos, asesinos en serie, naves espaciales, hadas y monstruos. Todos juntos correteaban, convergiendo, por el cerebro despierto del viejo escritor. Cada historia lograba tener desenlace y final, pero lo que más le fascinaba es que por fin, tras meses de intentarlo, cada relato tenía un comienzo…

domingo, mayo 18, 2008

Conversando con la escritora Marithelma Costa en Tendido Negro y Confesiones (2da parte)

por Carlos Esteban Cana

Continuamos la serie En sus propias palabras con la voz de Marithelma Costa. Autora de títulos tan diversos como Era el fin del mundo, Kaligrafiando, o De tierra y de agua, Costa conversó con nosotros acerca de su obra en medio de una apretada agenda que incluía entrevistas para la radio, la prensa escrita y la televisión.

Anteriormente hemos publicado en diferentes bitácoras los trabajos dedicados a Luis López Nieves, Ana María Fuster y Julio César López. En esta ocasión los blogs
Tendido negro de Xavier Valcárcel y Confesiones de Angelo Negrón publican, como primicia, fragmentos de esta entrevista que estará disponible en el portal cibernético del Proyecto para el Fomento del Quehacer Literario durante el segundo semestre del 2008.

Próximamente circularán las ediciones dedicadas a los poetas Luis Antonio de Villena, Francisco Brines, Magaly Quiñones y Manuel de la Puebla. Sin más, por ahora, les dejo en la grata compañía de Marithelma Costa,

Carlos Esteban Cana

*
III. Narrativa: novela y cuento

“La primera imagen de la novela llegó cuando le daba un "tour" a Umberto Eco por la Isla pues se encontraba de visita en Puerto Rico. Fue por el área de Loíza. Sucedió que de momento estábamos mirando las dunas y me vino lo que llamo iluminación. Los tres ángeles de la novela, Gabriel, Miguel y Urbano, salieron de tres pelícanos en Vacía Talega. El personaje de Urbano, representa la urbe, mi relación con Italia (mi esposo es Italiano). Miguelángel porque para la época se estaba restaurando la Capilla Sixtina, y Gabriel es el ángel cronista. Era el fin del mundo revela mi interés por la antropología, por la religión comparada (cuando me detengo en el mundo de los dioses) y hasta por los deportes que practico (el taekwondo, la exploración de las cuevas, entre otros). Luego volví a esa zona en un viaje posterior, y la novela siguió creciendo.

Hubo que re-escribir mucho. Yo soy de las que creo en la re-escritura ad infinitum; eso de volver a lo que está escrito, verificar cada coma y tachar. También incorporé algunos poemas y hasta palabras que no conocía. Y luego volver y volver sobre lo escrito.

Para mí la novela es casi como un matrimonio de larga relación. Un mundo que uno mismo va creando. Es una unidad y ahí entra todo, desde las experiencias que iba teniendo hasta lo que me obsesionaba. En la novela no puedo proceder de otra manera, incorporo lo que vivo porque es la forma que tengo para comprender el mundo. Y el proceso puede ser, como dije antes, muy largo. La creación de Era el fin del mundo ocurrió en años de alegrías muy grandes y también en periodos de tristezas, pero en esas épocas era la misma novela lo que me impulsaba a seguir.

Era el fin del mundo tuvo buena reseña, la eligieron entre las diez mejores novelas publicadas ese año (1998) en Puerto Rico. Hay planes de publicar una nueva edición pronto en Venezuela.


También me encuentro trabajando en una colección de cuentos titulada Entre azul y buenas noches. Cuando se trata de novela pienso en unidad, pero cuando lo que me ocupa es el cuento pienso en micro mundos. Armar un libro de cuentos es armar un todo homogéneo de microtodos. Para mí es un reto personal encontrar la estructura idónea que le dé cohesión, como libro, a mis cuentos, porque los mismos han sido escritos en un arco de tiempo bastante amplio. En Entre azul y buenas noches hay cuentos que son ambientados en el medioevo, algunos son irónicos y otros se ocupan de temas simbólicos. Y recuerda que mi relación con la narrativa es una en la que re-escribo constantemente y tacho. Como ejemplo de lo anterior recuerdo un cuento que era una especie de homenaje y trataba sobre la visita de la muerte; sucedió que en el proceso me di cuenta lo difícil que era que funcionara como cuento y lo saqué de la colección; pero todo es aprovechable y ahora está en poesía”.

*
Punto final: el borde del abismo

“He caminado al borde del abismo que es lo mismo que decir que he tenido que enfrentar crisis personales. Por ejemplo, cuando aconteció lo del 11 de septiembre, yo vivía al lado de las torres y enfermé; me tomó años recuperarme. Fueron años de silencio, de hacer otras cosas, de curarme, de recuperar las energías. Ahora que estoy fuerte, que está lejana la crisis, es más fácil reflexionar sobre lo sucedido.

Y como decía Bolaño, para crear tienes que caer en el pozo, porque de no ser así lo que escribes es innecesario. Da igual que lo escribas o no porque no aporta nada. Caminar en el borde del abismo es revelar, profundizar en el ser humano y en su mundo”.


Para acceder a la primera parte de esta entrevista visite Tendido Negro




Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

domingo, abril 06, 2008

Amor platónico *

Por Angelo Negrón

Hoy te contaré de una mujer a la que amé cuando apenas era un niño. Yo deseaba estar más tiempo en su casa que en la mía. Mis hermanos decían que no entendían como era que prefería estar con ella en vez de jugar a las escondidas, ir a la plaza, practicar algún deporte o simplemente ver un programa televisivo. Nunca comprendí lo que decían. Me conformaba con obsérvala a escondidas.

¡Era hermosa! Tanto como ver en la lejanía el manto verde en las montañas, ir a encaramarme a un árbol donde comer pomas rosas o tomar el aire fresco de la mañana. Y aquellas noches estrelladas tan hermosas, ¿cómo olvidarlas? Sólo se comparan con su mirada, misma que me cautivó desde el mismo día que la conocí.

Era ella mayor que yo. Aún así, lo confieso, la amé sin importarme nada. Ni las criticas de mis amigos que se burlaban diciendo: “estas loco, yo no perdería mi tiempo visitándola”. Ni las burlas de las niñas de mi edad que no comprendían todo el amor que yo sentía por ella. A cada rato expresaban su desaprobación ante mi ausencia de los días en que según ellas yo debería estar en alguna playa tostándome al sol.

A decir verdad pensaba en ello. Tal vez por eso, cuando fui creciendo, no fui a verla con tanta continuidad. Cabe señalar que ella amaba a otro y mis celos llegaron a ser enfermizos. Llegué a sentir celos en vez de comprender que era bastante lógico que yo no fuera el único a quien debía demostrar amor. Su corazón era inmenso y yo había llegado después. Siendo un intruso ¿Cómo podia exigirle que me amara sólo a mí si ella era capaz de amar de tantas formas? Yo no sabía eso hasta ahora. Recuerdo una vez que me ofreció cocoa. No entendía lo que decía, pero lo mencionó con tanta dulzura que gustoso acepté. Aquel chocolate fue el mejor que probé nunca. Y aquella vez que me dijo “Te amo” susurrándome al oído como si quisiera que nadie se enterara. Ella sabia que guardaría ese secreto por siempre.

Nuestro amor era tan maravilloso que sólo se bastaba a sí mismo. Muchas veces mencionó lo mucho que me extrañaba cuando yo, en mi inconsciencia, dejaba de visitarla para dedicarme a cosas triviales. Me resultaba tan largo el viaje. Sin embargo, siempre que llegaba donde ella y nos fundíamos en tenue abrazo, pensaba que no importaba si tuviese que caminar descalzo sobre piedras cortantes con tal de sentir tan sutil caricia. Luego pasaban los días y como si me olvidara de sus besos volvía a la rutina. Sólo una amiga pareció entender mi situación cuando me aseguró que para esta clase de amor no existe edad ni distancia. Dijo que si yo estaba dispuesto, podría demostrarle para siempre mi amor. Aún así; no cambié. No sé si fue cansancio o dejadez. Sólo sé que ya es muy tarde, sólo sé que ahora nada más puedo vivir de añoranzas.

Sí, del recuerdo. Cuando la niñez me tentó a amarla sin atadura de años, mi juventud me confirmó que no existía la distancia y la madurez me hizo ver que debí darme más completo. ¡Fue tanto el amor que me brindó! Nunca, de aquí a mil vidas, podré reciprocarlo. Estoy tranquilo porque ella, mejor que nadie, sabe quien soy y son tantas sus virtudes, que es imposible no me haya perdonado ya. Pero como ya dije antes, ya es muy tarde. Nada puedo hacer, pues de quien te hablo, amiga mía, acaba de morir. Ella es mi abuela. Murió a este mundo para nacer en uno muy lejano. Donde espero se haya encontrado con mi abuelo. Algún día iré a visitarla. Veré en su rostro aquella sonrisa tan sincera y le pediré nuevamente, después de una taza de cocoa caliente, que me abrace y diga susurrándome al oído lo mucho que me ama...



* Con todo mi amor a mi abuelita Virtudes Pagan Colón a quien le escribí esto en el 2 de marzo del 2002; día en que fue a visitar a mi abuelito allá en el nirvana

lunes, marzo 10, 2008

Mancha imborrable

Por Angelo Negrón

Varios sucesos habían empañado el día de trabajo de la señora Vanesa Murillo. Entre ellos el de una discusión con un cliente de la tienda por departamentos que dirigía y una mancha de tinta azul en su vestido. Lo que más le dolía era que el costoso traje había sido un regalo de Jorge. Tras el incidente con el bolígrafo su rostro en furia parecía modelar más la irritación por ese día. No se quejó, si lo hacia demostraría descontrol y su orgullo no permitía tal debilidad. Se esmeró en resaltar los errores de sus empleados con críticas a sus espaldas. Fabulosa técnica para que los de ella quedaran ocultos. Cuando cumplió su horario no pudo resistir un suspiro al decir en voz alta: “Por fin”. Antes de entrar a su flamante auto, también obsequio de Jorge, miró con disimulo al interior de la tienda. No distinguió a nadie. Se enfureció. Al sentarse dio con las manos un golpe en el volante y se dispuso a partir. Al mirar nuevamente avistó a Jorge. Con mirada picara y sensual le brindó una cálida sonrisa. Sintiéndose victoriosa, respondió con una guiñada y se alejó.

Llegó a su hogar y se despojó del traje. Pensando que lo llevaría a la tintorería asomó su cuerpo desnudo al espejo. Ya sabía lo que era la maternidad. Tenia una hija. En esos momentos estudiaba en un colegio amablemente pagado por Jorge. Luego de traerla al mundo y gracias a los ejercicios o cirugías, que pagó Jorge, no existieron libras de más. Mientras se vestía un pantalón ajustado que combinaba con su camisilla blanca entallada a su hermoso cuerpo pensó en lo fácil que había sido conquistar a Jorge. Frunció el ceño al recordar la discusión que tuviese con una cliente que por olvido había dejado un paquete sobre el mostrador de perfumería. La cajera de turno llevada por la curiosidad examinó el interior descubriendo un par de zapatos que parecían muy cómodos. Creyendo que eran de una compañera se los midió. Aunque le quedaron algo grande se los quedó con la intención de bromear con quien juzgaba era la dueña. Al enterarse que los zapatos no eran de su compañera de trabajo, la cajera los devolvió a su empaque. Al finalizar su turno se reunió con el dueño de la tienda. El Señor Jorge González, rico hombre de negocios, a quien todos los empleados le temían por su rigidez y con quien la Señora Murillo gozaba de un romance perfecto. Disfrutó el rostro trastornado de la empleada cuando le preguntó quien había utilizado los zapatos y también de haberla obligado a pagar los mismos recomendándole que no debía utilizar lo que no era suyo. Tan concentrada estaba en sus pensamientos que el timbre en la puerta tuvo que sonar varias veces para que ella lo escuchara. Se preguntó si seria Jorge y a toda prisa abrió la puerta. Era una de sus pocas vecinas. No todo el mundo podía comprar una casa en aquellos terrenos que eran propiedad de Jorge. Aunque ansiosa la recibió con amabilidad. Al interrogar a que debía tan “grata” visita. La dama respondió que deseaba charlar un rato. La señora Murillo preparó café mientras hablaban de temas triviales. Hasta comentó el incidente de la tinta azul en su vestido. Narró con lujo de detalles, en tono burlón, el suceso de la cliente y los zapatos. La dama, como si hubiese estado esperando el momento oportuno para explotar, se puso repentinamente de pie. Con el rostro casi desfigurado por el enojo la agarró por los hombros mientras abría los ojos como si hubiese perdido la razón. Mirando directamente el rostro asustado de la señora Murillo le gritó:

— Al menos la mancha de tinta podrá salir de tu traje, pero en mi corazón brotó una mancha imborrable al enterarme ayer de lo que esta sucediendo hace tiempo contigo. En cuanto a los zapatos; tu empleada podrá pagarlos ¿pero tú? ¿Podrás pagarme a mi marido? ¿Podrás pagarme a mi Jorge?...

viernes, febrero 01, 2008

Renuncia

Por Angelo Negrón
A quien pueda interesar:

Sirva la presente para informarle que efectivo hoy, 14 de febrero de 1995, someto mi renuncia al cargo que se me impuso y en el cual me he desempeñado por los últimos años. Mi renuncia se debe a que ya estoy cansado de mi labor. Siempre he tenido que actuar en pro de nuestros devotos creyentes y compañeros. Nunca he logrado beneficio alguno para mi persona, además del dinero, tengo otras necesidades pues lo que ustedes llaman espiritualidad es algo que estoy muy lejos de comprender.

Adelantándome al hecho de que se opondrán a mi irrevocable renuncia me he permitido enumerarles algunas otras razones:

1. Debe estar claro que no se trata de mis honorarios. La verdad es que no necesito dinero. Como ustedes saben mi padre me dejó una cuantiosa herencia; gracias a ello puedo retirarme aún joven y pasar el resto de mi vida tranquilo.

2. No he de negar que he titubeado antes de renunciar porque siempre he mantenido buena relación con todos, y aunque no es la razón principal, el agotamiento físico y también el espiritual me tienen obsesionado con un largo descanso.

3. Debo mencionar que la prohibición de ustedes de enamorarme me tiene hasta el copete. Yo también tengo derecho a sentir amor. Lo he pensado y sufrido tantas veces.

4. Nuestros fervorosos creyentes desaparecen de mi vista cada vez que les bendigo su relación. Tienden a amarse y yo permanezco aquí teniendo sueños mojados y eyaculaciones incompletas al no tener la carnalidad de una mujer en mi lecho. Me quedo a imaginarme la forma en que se divierten amándose y practicando todo lo que nosotros no podemos por culpa de un estúpido voto de castidad y obediencia.

5. Nunca creí en la castidad. Sólo soporté ante una filosofía platónica que lo que logró fue drenarme y derrumbó mis propias barreras inútiles.

6. No entiendo que les pasa, si el sexo se complementa con el amor y viceversa ¿por qué yo no puedo disfrutar de ambos?

7. Me enamoré, ya le declaré mi amor y a pesar de que mi físico y mi estatura no son las más convenientes, dijo que si, que estaba dispuesta a compartir su vida conmigo.

8. No existe vuelta atrás. Ya la hice mía y saboreé cada centímetro de su piel. Fui suyo y me enseñó el camino a la lujuria. Deposité en su cuerpo toda mi esperanza de días felices y noches ardientes. La abracé contra mi pecho y los latidos de mi corazón fueron sincronizándose con los de ella. El ritmo en que nos amamos sólo es comparable al terremoto y a la calma, al huracán y al viento sutil o al golpe de las olas contra la costa y a la tranquilidad del mar cuando descansa.

9. ¡No entiendo la razón por la que ustedes pretenden que no tengamos experiencias así! ¡Es delicioso! Máxime cuando uno deja que la locura del amor guíe las caricias y no existan prohibiciones que impidan a dos cuerpos entremezclarse y saborearse de forma candente e ilimitada.

10. Ella sufría de soledad como yo, así que es valida nuestra relación. La encontré con las mismas necesidades; físicas y espirituales. ¡Si la vieran desnuda, es despampanante! Pero no la verán, pues ella es sólo mía y me encargaré de hacerla muy feliz.

11. Este día ha sido sensacional y aunque me condenen o muera hoy, no cambiaria mi vida entera por esta mañana en que la conocí en cuerpo y alma. Calmando mi sed, disfrutándomela hasta el rendimiento y renaciendo del cansancio para poseerla como ave fénix con el calor de mil infiernos y con la ternura de mil paraísos.

Por lo tanto si deciden continuar con la plaza no cuenten conmigo para adiestrar a alguien más. ¡Que haga lo que hice yo! Que aprenda solo. Y no se les ocurra pedirme más tiempo pues no lo tengo. Me iré para las Bahamas y luego a donde ella ordene. No mentiré diciendo que los extrañaré así que sin más que agregar, me despido.

Atentamente:

Cupido

PS: Dejé las pequeñas alas, el arco, las flechas y la estúpida cinta roja con la secretaria de recepción. Deberían entregárselos a San Valentín, después de todo, siempre envidió mi puesto.

¡Ah! Y no se les ocurra insinuar que tuve amoríos en horas laborables o que esta no es la primera vez. Me enamoré apenas esta mañana. Ella fue la enfermera que atendió y curó la profunda herida que yo mismo me provoqué con una de las flechas.

jueves, enero 03, 2008

Profecía

Por Angelo


Apareció y proporcionó la noticia:
— ¡Bienaventurado eres Mario entre todos los científicos! Del ADN en la probeta que sostienes nacerá el nuevo Mesías; Salvador del mundo.
— ¿Morirá por nuestros pecados? — preguntó Mario.
— ¡No! — contestó el arcángel.
— ¿Y qué hará? — cuestionó el científico.
— Revelará que existe algo más poderoso que el bosón de Higgs al que equivocadamente han llamado “La partícula de Dios” — indicó algo contrariado el ángel.
— ¿Y cuándo será eso? — curioseó el iluminado.
— ¡Preguntas demasiado! La primera elegida sólo dijo: hágase su voluntad — señaló el espíritu antes de evaporarse.
Al analizar lo escuchado Mario gritó:
— ¡Magnifico! Con esto ganaré el premio Nobel...
En su euforia apretó el puño y la probeta se hizo añicos.
— ¡Rayos! — Pensó Mario — ¡Perdí el ADN del mono que sacrificamos esta mañana! Ahora... ¿qué hago?

miércoles, diciembre 12, 2007

Reflexiones sobre mi experiencia como periodista cultural en el Internet

(Breve ponencia en el 1er Congreso Internacional de Literatura Virtual)*

por Carlos Esteban Cana

… hay que defender a toda costa la formación del ser humano en aquello que le es constitutivo y esencial: en su humanidad, integrada por su racionalidad y por el don precioso e inalienable del libre albedrío: de eso tratan las Humanidades. Más, por otro lado, hoy no podemos reducirnos a métodos tradicionales de formación humanística –los que tampoco se han de descuidar- y hay que incorporarle la nueva tecnología.

Vicente Reynal
Las humanidades en la era digital


Siempre se ha mirado de manera mítica el París de principios del siglo XX. Todo el que aspiraba ser artista bona fide aspiraba caminar sus calles, frecuentar sus cafés, habitar sus barrios. De igual manera, pienso que hoy, una parte sustancial de ese accidente que es, para los escritores, exponerse ante un público no debería ir divorciado de la presencia mediática en el Internet.

En mi rol como periodista cultural, que he contribuido en medios impresos tradicionales, y que también he circulado mi trabajo, particularmente estos últimos años, por bitácoras y boletines en el Internet no me queda duda del valor que tiene este medio para dar a conocer el quehacer humanístico y literario.

Para un país como Puerto Rico, con su compleja realidad política, que carece de embajadas, el internet representa un canal idóneo para difundir el quehacer cultural que se desarrolla día a día en esta latitud caribeña. Pongo como ejemplo un proyecto en el que me encuentro trabajando en estos momentos con la escritora Iris Mónica Vargas. El mismo se titula "El viaje del poeta" y entre otras secciones incluirá poesías de Vargas, piezas de mi autoría, y poemas que hemos realizado en conjunto. En adición incluiremos nuestro archivo periodístico. Ella en su especialidad ciéntifica y yo en lo humanístico, incluyendo entrevistas, reseñas, noticias, en su mayor parte relacionado al acontecer literario puertorriqueño. En la construcción de esta hemeroteca virtual, la llamaré así por ahora, me he topado con más de 200 nombres de escritores, a los que he cubierto o mencionado de algún modo, en un trabajo cultural que inicia en 1989, por la oportunidad que me brindó el creador de este blog, Angelo Negrón, en la revista Senderos. Y es de esa forma que escritores de diversas partes del mundo como Italia, México y Cánada se han interesado por una literatura a la que desconocían. La sorpresa es mayor cuando me encuentro con escritores internacionales que echan de menos este tipo de periodismo cultural en sus países, aún cuando disfrutan de un efervescente ambiente literario como el nuestro. Dicho lo anterior no me sorprende que medios en el internet hayan reproducido nuestro trabajo.

Yo no tengo bitácora propia, pero escritores del patio han estado más que interesados y dispuestos a recibir mis colaboraciones. Alguno de esos espacios son Boreales de la escritora Yolanda Arroyo, Bocetos de una ciudad silente de la poeta y editora Ana María Fuster, Confesiones del narrador Angelo Negrón, Panaceas y placebos de Miguel Ayala, Narrativa Puertorriqueña de Mario Cancel y Maribel Ortiz, Ciudad Seva, página del escritor Luis López Nieves, entre otros. También mi propia obra literaria, en cuento y poesía, goza de presencia en el internet ya que publicaciones internacionales como la italiana Burán, la peruana Remolinos, la chilena Escáner Cultural, también en Palavreiros en Brasil, se han interesado en publicarla. Y doy estos datos acerca de mi propia obra no para alimentar al narciso personal, sino para puntualizar que para un escritor como yo, que aún no desea publicar su obra en formato de libro (por motivos de rigurosidad estética principalmente), tener una cantidad considerable de puntos de referencia bibliográfica en los buscadores cibernéticos bajo mi nombre no es poca cosa.

El medio es poderoso para dar a conocer y también para convocar. Quiero compartir con ustedes unas reflexiones de Eugenio García Cuevas, que ejemplifican las posibilidades del Internet ante los medios tradicionales, en un fragmento de una de mis entregas, que algunos de ustedes conocerán bajo el título “En las letras, desde Puerto Rico”. En el mismo Cuevas destaca la importancia de los correos electrónicos como herramienta efectiva en el proceso de difusión:

Y si de homenajes se trata, debemos reconocer que los profesores Eugenio García Cuevas y Rubén Soto, votaron la casa por la ventana con el “Colegtilogo”, un simposio sobre la literatura del poeta y prosista Joserramón Melendes celebrado los días 28 y 29 de marzo en la Universidad de Puerto Rico. Nuestra entrevista-conversación con los gestores del evento se dio entre los espacios del pasillo y una atestada librería. También el espacio cibernético sirvió de puente. Hasta logramos, tremenda suerte la nuestra, unas palabras del propio poeta homenajeado.

Abordamos en primer lugar a Cuevas, que recientemente presentó Lengua en tiempo, un libro que es tarea obligatoria para los que aman la excelencia en el periodismo cultural. Sobre los resultados del simposio nos comentó: “Ha sido extraordinario desde cualquier ángulo que tu lo mires. Primero porque se recupera una figura como Che Melendes que ha sido determinante en la poesía, en la creación, en la difusión, en la formación, y en la compilación de lo que es la poesía puertorriqueña de los años 70 en adelante. Se hizo este simposio para hacer una primera valoración; hubo 14 ponencias, divididas entre trabajos gráficos y exposiciones leídas, pero curiosamente el evento ha sido tan emotivo. El testimonio de Rafa (Acevedo), por ejemplo, fue acerca de la deuda que tiene esa generación con el trabajo de Che Melendes; Liliana Ramos, por su parte, dio un testimonio del trabajo en la generación del 70. De Estados Unidos vinieron dos estudiosos de la décima, y reflexionaron sobre cómo fue leído Desimos désima, cuál fue la recepción que tuvo ese poemario, que luego fue musicalizado por Andrés Jiménez, e ilustraron su ponencia con películas y fotos. Yo creo que todo esto emociona, aquí se ve cómo la poesía se convierte en historia hoy en día”.

Debemos, en este punto de la crónica, destacer unos comentarios de Cuevas sobre la difusión mediática de este evento: “Lo que funcionó para la asistencia al simposio fue la lista de correos electrónicos. Aquí se demostró que si la prensa de papel no quiere auspiciar, no se necesita. La prensa se perdió este evento. Lo que demuestra que las cosas se pueden hacer aunque no estén disponibles grandes recursos. Lo que hay es que tener voluntad, voluntad, y voluntad. Y creer en el trabajo de todos, porque esto es un trabajo colectivo”.

Cierro cita. En estos momentos en que: "My Space" y "Face book" adquieren enorme popularidad sería adecuado ver qué tan efectivos son como espacios de difusión de eventos literarios.

Quiero concluir citando al mismo humanista con el que inicié esta breve ponencia. Vicente Reynal, en su libro Las humanidades en la era digital añade un corolario que dice:

“Si bien las Humanidades en lo fundamental no han variado, sí lo ha experimentado el enfoque con que se nos presentan o han de ser planteadas y estudiadas, en particular, en el mundo que nos ha correspondido vivir, dominado por la tecnología y presidido en su expansión ilimitada por la informática, dentro de una globalización cada vez más absorbente y dominante, de la que no podemos prescindir sino, todo lo contrario, utilizar para el mejoramiento de la humanidad y, por tanto, para el perfeccionamiento y actualización de las Humanidades”.

La lectura de esta ponencia ocurrió el 29 de noviembre de 2007 en el Anfiteatro Figueroa Chapel del Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. El autor formó parte de un panel que exploraba el periodismo digital. La escritora y periodista española Luciana Garcés tituló la suya “Periodismo virtual ya no es anatema”, y el Libro de memorias del congreso incluyó la ponencia de la venezolana María Luisa Lázzaro “Foros literarios de internet ¿crecer o enemistarse?”.
Carlos Esteban Cana es comunicador y escritor. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario, un espacio de democratización en las letras puertorriqueñas. Se ha desempeñado como coordinador editorial, periodista cultural independiente, y ha laborado además en la industria televisiva. Su obra creativa se ha publicado en revistas y periódicos nacionales como El Sótano 00931, Ciudad Seva, Narrativa Puertorriqueña, Letras Salvajes, CulturA, Diálogo y El Nuevo Día, entre otros. En lo que se refiere al ámbito internacional su narrativa y poesía ha sido publicada por Escaner Cultural, Zona de Carga, Palavreiros, Abrace y el Boletín de Nueva York, entre otros. Recientemente algunos de sus cuentos han sido traducidos al italiano. Ha participado, además, en diversos medios de comunicación reflexionando acerca del panorama cultural en el País.

viernes, noviembre 09, 2007

taTÚaje

Por Angelo Negrón
Grabarás vivencias en mi piel. Tu experiencia será la culpable de mi esclavitud y tu amor no será menos inocente de lo que le sucede a mis ciegos pasos. Tus promesas serán puntadas que florecerán en toda mi epidermis gracias a besos candentes y muy bien planeados. Colores y más colores conseguirán que tu sonrisa se grabe indeleblemente en mi alma. Al abrir mi pecho descubrirás un corazón fragmentado, pero con tu nombre escrito en letras sólidas y derramando lagrimas de fuego y alegría. Tu cariño me atravesará y por verte se esfumará cualquier indicio de tristeza.

Decoraré la palma de mi mano con un corazón. Lo dibujaré a bolígrafo y en el centro estará tu nombre. Esto será sólo un símbolo visible de lo que no puede y no quiere ser negado y que a toda luz, vive en mi interior. Mente, cuerpo y alma existirán dedicados a tu belleza: La física, la interna; ambas tan entrelazadas que se me hará difícil discernir quien me desnudará esta vez; no sé si tus ojos o tu alma. Meditaré al respecto por poco rato y veré que son ambas; una y otra se aprovecharan de conocer mi debilidad por tus cabellos que rozarán mi rostro, tus manos tocarán mi virilidad, tu voz me contará fantasías y tus ojos mostrarán tu sapiencia...

¿Desearás que mi nombre este tatuado junto al tuyo? Eso será muy sencillo; solo lo dirás: me invitarás a vivir tu presencia por siempre; tal como una vez lo hicimos frente al mar: las flores serán adornadas por tu piel y mi ser será ataviado por tu compañía. Firmaré orgulloso el si esperado y dibujaré cada minuto tatuajes de amor en tu espíritu…

¡Vamos! Permítelo ya, serán pinceladas que completen el boceto hasta ahora logrado de dos tatuajes que se perfilan como uno sólo…

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sábado, octubre 06, 2007

La gran verdad *


Divisó a su mejor amigo entrar al bar donde habían quedado en encontrarse. Con ojos sollozos y hedor a alcohol abrazó al recién llegado. Le dio la bienvenida y su voz turbada exigió al cantinero que le sirviera un trago a su hermano del alma. Mismo que le comentó, en ese instante, su asombro al verlo tan borracho. Él respondió que se encontraba triste y deseoso de olvidar. Dándole una palmada en la espalda le invitó a jugar billar. Después de varios juegos; el borracho prometió que la bola roja entraría en la buchaca de la esquina derecha y perdió el quinto juego al ver entrar la bola negra en la de la izquierda. Su amigo no podía dar crédito a lo que veía pues nunca le había ganado tantos juegos seguidos a quien conocía como un campeón en tal menester. Lo vio tambalearse y buscar asirse a la pared cercana.

—Ya no puedes más. Vamos, te llevo a tu casa— comentó sonriente.

El borracho negó con la cabeza repetidamente. Soltó algunos sollozos a pesar de que trató de no mostrar sentimientos ajenos a los que le causaba el licor. Casi recostado de la pared caminó hacia una puerta cercana y entró al lavabo. Permaneció un rato dentro. Al salir tenia la bragueta abierta y la camisa abotonada de forma impar. Con los ojos perdidos en las fotos de hermosas mujeres semidesnudas que promovían la cerveza o los cigarrillos del momento decidió confesarle a su amigo la razón por la que había bebido esa noche.

—Te acuerdas cuando te conté la historia de la rubia que conocí en el restaurante cerca de mi trabajo.
—¡Claro que sí! ¿Cómo olvidar tal aventura? Si me la has repetido por los últimos tres meses con lujo de detalles. Sobre todo la formidable e instruida manera en que te...
—Sucede hermano mío— interrumpió el borracho— que no te he dicho toda la verdad...
—No jodas. ¿Es mentira?
—Lo de tener sexo con ella es verdad. Fue en muchas ocasiones. No he de negar que fueron los mejores días de mi vida. Era tremenda, tanto que, me olvidé de mi esposa y hasta por poco la pierdo al no prestarle atención. De hecho estamos juntos por nuestros hijos, por que si no, ya me hubiese mandado al infierno, Durante y después de esa rubia dejé de hacerle el amor.

—A ver. Pues dime ¿qué verdad te falta de contar?

—Verás. Desde esos meses no le hago el amor a mi mujer...

—Aha; eso ya me lo dijiste...


El borracho miró hacia todos lados y, a pesar de que no existía nadie cerca, le hizo señas de que se aproximara para poder decirle un secreto.

—Perdona. Es que estoy medio tuerca. Esa rubia me confesó que padecía el virus del SIDA y corrí al doctor. Después de varios estudios me dio la buena noticia, según él, de que no sufría SIDA. Sólo era portador del HIV, o sea, soy trasmisor...

—Pero, ¿Cómo? ¿Cuándo?— tartamudeó su amigo.

Observó al hombre palidecer y tal sufrimiento lo impaciento, pero siguió adelante en su explicación. Le repitió que desde ese entonces no tocaba a su mujer bajo el temor de contagiarla. Veía su matrimonio perdiéndose en el remolino que eso significaba. Los hijos de ambos no serian la excusa para siempre y él lo sabía. Tenían muchos problemas pues su esposa, según dijo, era muy fogosa y lo deseaba ciertas noches. Reconocía que ella se estaba cansando de su desprecio y, además, la amaba con todo su ser.

El individuo sudaba a raudales. La confesión de su amigo lo dejó con la boca abierta y no pudo disimular su nerviosismo cuando le respondió que contara con él; que para eso eran amigos. Se alejó del borracho. Pidió dos tragos que consumieron abrazados y llorando su pena.

—Maldita rubia, hermano; maldita aventura— mencionó el borracho tambaleándose cada vez más.

—¡Así es! Que porquería es esta vida— respondió mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla y lo encendía para fumarlo en tres bocanadas.

—Durante estos meses he padecido este secreto solo. Debí compartirlo antes contigo, pero no me atrevía por miedo a tu desprecio. ¿Recuerdas aquella depresión por la que estuve recluido? Nadie, siquiera tú, supo que fue lo que me afectó. Sucedió cuando me enteré de todo y guardármelo me causó más daño aún.

—En las buenas y en las malas. Para eso somos compadres— contestó afligido.

—Sí. Lo peor de todo es que la razón para emborracharme hoy es que, después de tanto soportar y no caer ante los avances de mi mujer, anoche le hice el amor.

—¿Cómo?—
preguntó incrédulo.

Ambos rostros se convirtieron en tristeza pura. Entre pequeñas pausas y grandes maldiciones le explicó que no pudo contra la tentación. Su mujer había aparecido desnuda en la habitación y comenzó a provocarlo. Él se negó al principio, pero las promesas de placer y los recuerdos de noches compartiendo la almohada lograron que ella ganara.

—Ahora es tarde amigo mío. Estoy aquí llorando por lo que le hice a la mujer que más he amado en mi vida. Mira si soy un desalmado que no estoy del todo arrepentido. Anoche mientras le hacia el amor supe que quiero volver a hacerla sentir y gozar del tiempo que nos quede juntos. Sólo le pido a Dios que sean varios años más. Te ruego no cuentes esta verdad. Necesitaba compartirlo. No quiero estar en el hospital de nuevo por aguantar tanta tristeza dentro de mí.

Volvieron a abrazarse. Después de un apretón de manos, varias palabras de aliento y de repartirse la cuenta que pagaron al cantinero, se despidieron con la promesa de echar la revancha en varias mesas de billar y continuar compartiendo penas y alegrías futuras. Lo vio alejarse aún apesadumbrado. Cuando estuvo seguro de que había cruzado, no sólo la puerta de entrada del bar, sino también la carretera; entro de nuevo al sanitario. Mirando al espejo se acomodó bien los botones de la camisa, cerró su cremallera y peinó con los dedos su alborotado cabello.

—Creo que dio resultado— dijo sonriendo— este pendejo no volverá a tirarse a mi mujer. Apuesto que mañana a primera hora visita la clínica y se hace varias pruebas...
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*Nota del autor: Este relato lo escribí basándome en un chiste escuchado por ahí. Angelo Negrón

sábado, septiembre 15, 2007

OJOS de LUNA

Por Angelo Negrón


Anoche me fui a la cama con Yolanda Arroyo. Diez segundos después del comienzo recordé la conversación que sostuve con Awilda Caez apenas unas horas antes, luego de la presentación del libro de Yolanda: OJOS de LUNA.

Charlábamos sobre ese hecho misterioso que nos hace devorar un libro en muy poco tiempo. Algunos, recuerdo que me dijo Awilda, tienen la particularidad de absorber párrafo por párrafo con tal parsimonia que tardan mucho tiempo en disfrutarse un libro; otros en cambio, si el libro es bueno, no podemos dejar de disfrutarlo hasta que nos encontramos con la ultima hoja. Eso me sucedió anoche. No pude, y no quise, dejar de leer este libro que esta repleto de imágenes, historias, estampas que dieron base al insomnio que disfruté, por un buen rato, después de su nueva entrega.

Esta mañana desperté abrazando a Yolanda y al recordar la noche de anoche no pude menos que besarla. Lo confieso: besé su portada primero y luego su foto en la solapa. Abrí su libro y me enfoque en el índice; quería determinar cual de esos cuentos disfrute más. En conclusión; Saeta y Alborotadores quedaron empates llevándose el primer lugar. Los demás cuentos disfrutaron de un segundo lugar con el 99.9 por ciento de… mis votos. Y eso solo por que quise darle un primer lugar a alguno de los cuentos.

Por esto y aunque no puede considerárseme para nada como un crítico literario, cosa que tampoco pretendo, estoy en desacuerdo con Mayra Santos- Febres cuando dice que Yolanda Arroyo va en camino de convertirse en una de las mejores voces literarias en Puerto Rico. Para mi opinión y dicho desde este escalón de aprendiz de cuentero me atrevo a decir que, no sólo es una de las mejores voces de Puerto Rico sino de toda Latinoamérica.


Háganme caso, lean este libro…
Bolígrafo: $3.29
Libro: $15.00
Leerlo: No tiene precio.

miércoles, septiembre 05, 2007

Tres blogs celebran a Luis López Nieves


Por: Carlos Esteban Cana*

"El corazón de Voltaire", circula estos momentos las librerías europeas. La más reciente entrega de Luis López Nieves ha rebasado todas las expectativas. Para celebrar tal acontecimiento en las letras puertorriqueñas publicamos fragmentos de una entrevista que le cursamos al autor de La verdadera muerte de Juan Ponce de León.

Hace unos años conversamos con López Nieves acerca de su formación como escritor y su obra. Ahora tres escritores de la nueva generación se han unido para publicar, de manera simultánea, diferentes fragmentos de la misma en sus respectivos espacios en la blogósfera: Yolanda Arroyo Pizarro en Boreales, Angelo Negrón en Confesiones, y Ana María Fuster Lavín en Bocetos de una ciudad silente. La entrevista será publicada en su totalidad próximamente en Ciudad Seva.

En la serie "En sus propias palabras" es la voz del escritor la que se instala en primer plano. Anteriormente rendimos homenaje a Ana María Fuster y a Julio César López, próximamente circularán las ediciones dedicadas a los poetas Luis Antonio de Villena, Francisco Brines, Magaly Quiñones, y Manuel de la Puebla.

Por ahora, gracias por acompañarnos y disfruten de este adelanto,

Carlos Esteban Cana

Para disfrutar de la primera parte de esta serie pulse Aquí

II.

Tuve ese honor de tomar un taller de cuentos con René Marqués** y también tomar otro con Pedro Juan Soto***. Las experiencias fueron muy diferentes. René Marqués me dio confianza en mí mismo. Era bien fuerte pero le encantaba lo que yo hacía, alababa mi trabajo. Luego, cuando fui con Pedro Juan Soto él me enseñó a ser más crítico porque fue bien duro. Tomar talleres con ellos fue un buen balance: René me dio confianza y Pedro Juan me enseñó a ser muy crítico con mi obra.

René no daba ejercicios, básicamente uno llegaba con los cuentos, se leían en el grupo y él reaccionaba desde el punto de vista de la historia, de la fabulación. Recuerdo que una vez leyó una obra suya de teatro del absurdo y nadie la entendió; es que quizás no era una obra para leerla, y creo que eso lo decepcionó. Con Pedro Juan el taller seguía el mismo modelo: leer el cuento en voz alta y recibir las críticas de él y los compañeros, aunque después se le entregaba y hacía comentarios. Pedro Juan siempre le decía a uno: “Ponte a escribir. ¿Cuándo vas a aprender?”, era extremadamente crítico, nunca alababa. Me acuerdo que me encontré con él cuando salió Seva y me dijo: “Estás mejorando un poco”, eso era como decirte lo máximo.

Para disfrutar de la tercera parte de esta serie pulse aquí

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* Carlos Esteban Cana ( Bayamón, Puerto Rico 1971) Escritor, comunicador y coordinador editorial. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario. Sus cuentos y poesías han sido publicados en revistas como El Sótano 00931, Borinquen Literario, Cultura y Cundiamor, entre otras. Algunos de sus ensayos y reflexiones sobre la cultura editorial puertorriqueña han llegado al lector a través de periódicos como El Nuevo Día y el mensuario Diálogo. Tiene varios libros inéditos: Novo vía crucis (poesía), Versos apócrifos para la innombrable (poesía) y Fragmentos del mosaico humano vol. 1, vol. 2 y vol. 3 (cuentos).
 
**René Marqués: (1919-1979) Dramaturgo, novelista, cuentista, ensayista, crítico y educador. Fue el escritor más galardonado en su época. Entre sus libros más destacados se encuentran: En una ciudad llamada San Juan (cuento), Purificación en la Calle del Cristo (cuento), La carreta (teatro), Los soles truncos (teatro), La víspera del hombre (novela).

***Pedro Juan Soto: (1928-2004) Nació en Cataño, Puerto Rico.
Junto a René Marqués, José Luis González, y Emilio Díaz Valcárcel, formó parte de la denominada Generación del Cincuenta, que dio un aire renovador a la narrativa puertorriqueña. Algunos de los títulos más importantes de Soto son Spiks (cuentos) Usmail (novela) El francotirador (novela) Un decir (cuentos) y Un oscuro pueblo sonriente (novela).

sábado, septiembre 01, 2007

Pasatiempo

Por Angelo Negrón

— El asesino de las fichas dejará de matar —
dijo el detective.

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó su compañero.

— Veras — dijo en tono pedagógico — se le conoce como el asesino de las fichas porque encontramos en el estomago de sus victimas una pieza de ajedrez y esta — mencionó mientras señalaba al rey — es la ficha numero treinta y dos.

— ¿Y si comienza a jugar de nuevo?— inquirió el interlocutor.

— Poco probable; se acabó el juego, se terminaron las fichas y ganó al dar Jaque mate. Los Estudios de su perfil psicológico indican que ya logró su cometido; saciando así sus intenciones de…

Mientras el detective explicaba su teoría; el psicópata asesino salía de una tienda con lo que sería su nuevo pasatiempo: Un rompecabezas de quinientas piezas...

sábado, agosto 18, 2007

Mis ocho

Por Angelo Negrón

Mi querida y admirada Yolanda Arroyo me incluyó entre sus ocho escogidos para jugar el juego de, como ella le llama; cosas, asuntos, sucesos, estampas, confesiones, indiscreciones, actualizaciones, latest news, chismes y que se yo…

Creo que ocho son muy pocas, pero trataré de resumir:

1) Llevo trece años saliendo con una mujer casada.
2) Amo cuando llega el cheque, pero odio al que lo firma.
3) Me gusta la pornografía.
4) Sueño con ser rico, famoso y poderoso.
5) Comenzaré una dieta estricta pronto.
6) Soy mentiroso compulsivo.
7) Acabo de pegarme en la lotto con los siete millones y medio.
8) A veces pienso en voz alta.

— ¿Dije todo eso o lo pensé?

Aquí van mis ocho; estas si son casi verdades:

1) Me encantan las pizzerías, en especial un buen calzone combinación. Gracias a eso jamás volveré a ser flaco.
2) La mujer casada con la que salgo es mi esposa.
3) Me hipnotizan los cuentos morbosos.
4) Adoro las películas de suspenso, Ciencia ficción o muñequitos.
5) Casi viví en la iglesia Católica, pero ahora se me hace insoportable visitar una o disfrutar de alguna religión.
6) A mis verdaderos amigos los podría contar con los dedos de una de mis manos, aunque me faltaran dos dedos.
7) Adoro estar con mi familia; mis hijas me llenan de alegrías el corazón.
8) Creo que la verdadera fuente de la juventud es el buen sexo.


Instrucciones del juego:

Cada jugador comienza con 8 cosas, cualesquiera, sobre sí mismo. Luego selecciona ocho victimas adicionales. Los seleccionados tienen que escribir en sus blogs o en este mismo espacio (sección de Comentarios) 8 cosas.

Mis ocho escogidos para que cuenten ocho indiscreciones más serían:

  • Bocetos de una ciudad silente

  • El blog de Borges

  • Dos y algún camino de Griselle

  • La no apta para la humanidad

  • Letras de Trapo de A.T.V.

  • Mares y La Ley del Amor

  • Sal Pa' Fuera de Ana

  • Sinapsis de Yiara Sofí­a


  • Visiten sus blogs y verán que, la mayoría, ya contaron sus ocho.

    Gracias Yolanda; me divertí mucho.

    jueves, agosto 09, 2007

    Era ella

    Por Angelo Negrón

    El otro día la vi, como tantas veces, envuelta en harapos y sudor. Con un vaso en una de sus manos, el cual agitaba sin cesar, logrando sacarle sonido al poco menudo que había logrado recolectar. Hacia mucho tiempo que la observaba. Todas las mañanas aquel semáforo me obligaba a detenerme. Sentía la necesidad de depositar por conciencia alguna moneda. A pesar de que siempre he estado en desacuerdo, pues aunque uno escucha que es para comer, sé que la droga no se come y sólo alimenta a un alma perdida; llevándola más al infierno que a otro lugar. Un grito llamó mi atención. Era un voceador tratando de vender sus periódicos. Mencionaba un suceso que me dejó boquiabierto: “Mata a concubina, dijo que fue por amor”. Busqué en mi bolsillo. Saqué un dólar y pagué el periódico. Colocándolo a un lado deposité el cambio en el vaso de la tecata. La miré de nuevo y pensé en la razón que podría tener ella para estar en semejante vicio. Había sido hermosa, eso ni dudarlo, llevaba una larga cabellera y debajo de aquellos harapos denotaba una linda silueta que conservaba algo de majestuosidad al caminar. El bocinazo de una Explorer blanca me sacó de mis cavilaciones. El semáforo había dado la señal verde y no me había dado cuenta. Al arrancar no pude evitar asomarme al retrovisor y ver a la mendiga perderse entre los demás autos con su caminar inmutable.

    Más adelante choqué contra la congestión de transito que me hizo determinar que Julio Cortazar debió estar algún día allí y por eso escribió “La Autopista del Sur”. Me entretuve mirando hacia ambos lados de mi vehículo. Era chistoso ver como unas se maquillaban con una habilidad única y llena de acrobacias. Otros bailaban y cantaban cual si fueran mimos pues no alcanzaba a oír su música. Como quien me tocara bocina tiempo atrás. La hermosa chica de la Explorer blanca bailaba al ritmo de no sé qué y cantaba desesperadamente como si todos en el tapón fuéramos su público. Me vi obligado a aplaudirle al recordar que yo era igual de artista que ella cuando encendía la radio. La congestión fue tal que pude leer en el periódico hasta mi horóscopo. Me burlé ante lo que decía, ¿cómo creer en él? Si cada vez que leía que tendría un nuevo amor debía preocuparme pues mi esposa es del mismo signo que yo. Olvidé que no llevaba cambio. Los había depositado, cuarenta minutos antes, en el vaso que llevaba la tecata. Tener que maniobrar para tomar el carril del cambio en el peaje me costó suficientes insultos para desgarrarme la mañana en improperios. Tener que pagar peaje por haber estado tanto tiempo en la carretera era otro disgusto, de hecho, el de todas las mañanas.

    — ¿Acaso la autopista no es para avanzar?— pregunté a la persona encargada de dar el cambio. Con las muelas de atrás me dijo: “Que tenga buen día.”

    “¿Por qué no tenerlo?” pensé. Arranqué con la certeza de que a los pocos segundos estaría de vuelta en el tapón. Podría leer las esquelas y, ¿por qué no? Llenar el crucigrama.

    Debía sacar de mi mente la terrible visión de una mujer echada a la perdición de la aguja y todo lo que me esperaba aquel día. Aún era sensible a los acontecimientos que, obligado, veía en mi trabajo como fiscal. Le di gracias a Dios de que no me llamaron a mí para el levantamiento del cadáver de la mujer que murió a manos de su esposo. Esa muerte que reseñaba la primera plana me dio escalofrío. Por ser un recién egresado de la universidad aún me causaban vértigo y náuseas las escenas sangrientas.

    II


    Jessenia terminaba por recolectar lo que seria su primera inyección del día. Caminaba aceleradamente hacia el punto de drogas. Siempre mirando no ser perseguida y soñando con que a los del punto les diera con hacer “delivery” de la mercancía para no tener que llegar hasta allá caminando. En el trayecto al punto existía una tienda que le obligaba a detenerse sin importar cuanto necesitase el puyazo o cuan “arrebatá” estuviese. Tenía que ver todos los artículos que vendían demostrados en el escaparate, ropa, artefactos, cosas lindas para bebé, niños, niñas... Siempre llegaba al comentario obligado: ”¿Qué estará haciendo mi niña?” . Veía su silueta reflejada en los cristales de la tienda. El perfil de su rostro disimulaba una paz pasada. Disimulaba una tranquilidad que sólo el acostumbrarse a mendigar, el haberse lavado la cara con lechuga como dicta el argot y el tener que hacerlo por un poco de “manteca” lo había transformado. Cuanto daría por acabarlo todo. Conseguir el suficiente dinero y comprar demás. Como lo consiguió la legendaria Marilyn Monroe; Olvidarse del mundo al derredor. Alcanzar una escapada tal que no pudiese regresar jamás a la inmundicia. Pero, esos momentos de depresión pre-inyectarse nada podían contra los que venían después. Valían la pena, según pensó. Cuando se infectaba de la maravillosa sustancia lograba sentirse en las estrellas. En palabras de la serie de televisión de ciencia-ficción Star Trek: “Llegar donde nadie a llegado jamás”. Daría todo por haber sido la amante de “El Capitán Kirk”, personaje principal de la serie “Viaje a las estrellas, y no de aquel muchacho a quien le entregó todo su ser. Le dio lo que era y lo que no era. Aquel “ojos universo”, quien con palabras amables la había llevado al amor por primera vez. Tenia apenas dieciséis. Lo conoció en la biblioteca, era nueve años mayor, pero tan guapo. En el lugar todas voltearon a verlo cuando él llegó y cuchichearon secretos entre sí.

    —“Revolcó el gallinero el muy cabrón” — dijo en voz alta mientras se llevaba la mano a su brazo izquierdo; victima de la aguja. Acariciaba con furia el cayo de su antebrazo cuando volvió a remontarse a aquel día en el que fue escogida por Javier.

    — Se acercó a mi mesa con el pretexto de que estudiaría para aquella asignación universitaria, y empezó a hablarme tan chévere. Tanto que sólo se compara a cuando estoy embollá — dijo casi gritando, pero sin llorar. Hacía tanto que no lloraba. La última vez que lo hizo fue cuando se enteró que estaba esperando retoño. Fue al encuentro de Javier a decirle que había llegado el momento de casarse y “ser felices para siempre” y lo descubrió abrazando a otra. Quedó estupefacta y más aún cuando le formó aquella garata a él y muy tranquilo le contestó que era su esposa. Llevaban cinco años casados y tenían una hermosa niña.

    — El muy maricón me quiso enseñar fotos de la niña y hasta de su esposa. ¡Cómo me engañó! ¡Destrozó mi corazón y mi vida! Sólo espero que se esté pudriendo en el infierno de la impotencia viril. ¡Sí, que no se le pare es el justo castigo!

    III


    Parecía sonámbula. Necesitaba la cura para su desgracia y la desgracia para su vida. Ya estaba mutilado su cuerpo desde que la separaron de su niña. Ella la tuvo en sus brazos, la acarició, pero se la arrebataron el mismo día del parto. Ya la droga había comenzado a causar estragos en su vida, pero al ver a su niña esos segundos había determinado sinceramente que todo cambiaría. Seria una nueva mujer dedicada a criar a su hija contra viento y marea. La corte no lo pensó así y se quedó sola con una promesa que no le sirvió de nada. Por más que trató su niña no le fue devuelta. Le costaba trabajo separarse de aquella vitrina. El vacío que le apretaba el pecho le recordó que ya había completado la cuota para el puyazo. Llegar al punto era la solución. Cuando se acercaba al tan deseado paraíso escuchó varios disparos. El rechinar de gomas dejaban como testigo al proveedor de sueños tridimensionales tendido en baño de sangre y a todos los vecinos en ciegos, sordos y mudos parapléjicos incapaces de haber visto o escuchado algo al respecto. Al llegar frente al condenado a muerte le escuchó pedir ayuda. Aún vivía. A pesar del inmenso orificio que tenía en su cara irreconocible. Tanteó en sus bolsillos. Sacó una paca de billetes y suficiente droga como para darse un buen festín. Como hipnotizada soltó los billetes. El viento hizo remolino a los que no se quedaron pegados en la sangre. Sujetó la droga con tanta firmeza que por un momento sintió que la había dejado caer. Le arrebató la pistola al moribundo y salió corriendo de allí sin mirar atrás. Nadie le podría quitar la oportunidad de despedirse por fin del mundo terrenal para siempre. Sabía que de una forma u otra moriría. O se moría de un cantazo descomunal o la mataban por haberse robado “el muerto de droga”. Las sirenas se escuchaban a lo lejos. El clásico “agua” que avisaba que venían los guardias la motivó a darle velocidad a sus pies. Ella sólo quería llegar a un lugar donde estar a solas. Al hospitalillo no podía ir. Los demás tecatos la despojarían inmediatamente de la alternativa de visitar la isla de la fantasía. “Esos pendejos son capaces de robarse el avión con to’ y tatú adentro”— pensó mientras se dirigía a la estatua de Barbosa. Ese era un lugar tranquilo para morir. Las vías del tren urbano le servirían de techo y las columnas de pared.


    Al llegar a la estatua comenzó a reírse demencialmente mientras comentaba en voz alta: “A los próceres también los inunda la mierda”. Al ver la cara de la estatua llena de excremento de paloma sintió lastima de sí misma y deseó acabar lo antes posible con su vida. Buscó en sus bolsillos. Al no encontrar fósforos se molestó. No perdió el tiempo. Sacó menudo y fue a comprar la herramienta que necesitaba. “A cinco chavos de salir de esta porquería”— se repitió hasta que llegó a la tiendita al lado del registro demográfico. El dependiente, ajorado por que se fuera de allí y no le espantara algún buen cliente, la atendió de mala gana. Casi lo maldice, pero: “¿Para qué perder tan valioso tiempo?” Ya deberían estar buscándola y mejor morir estando de viaje en otra dimensión a morir victima del plomo de una AK-47 como lo hizo la victima de su robo. Cuando salió de la tiendita no pudo evitar quedarse perpleja al ver al individuo que salía del registro demográfico y caminaba despreocupado hacia ella. La rabia le invadió la sangre. Sacó una hipodérmica usada de su escondite y rápidamente se la colocó en la garganta a él mientras le decía:

    — “Esta aguja está infectada de SIDA, si no haces nada estúpido estarás vivo por más tiempo”.

    No le hizo caso a los ruegos, ni a las promesas de dinero, simplemente lo llevó consigo ante la mirada atónita de algunos presentes. Por uno de los callejones desaparecieron para llegar ante la estatua de Barbosa. Lo arrinconó con la advertencia de dispararle con la automática ante el menor movimiento. “Esto será rápido” —le dijo mientras le apuntaba. Comenzó a calentar la manteca ante los ojos llorosos de su rehén que no acababa de comprender de qué se trataba todo aquello que sucedía. Cuando llenó la hipodérmica con la manteca lo miró fijamente y le dijo: ¿Te measte del miedo ah? Ahora te cagarás por fin… mira a Barbosa… míralo, así he estado yo en los últimos años desde que te salió de los cojones joderme la existencia, ahora te toca a ti...

    Apretó el gatillo. La bala no salió del arma. El mozalbete la había disparado y vaciado antes de caer herido de muerte. Ella la recogió en vano. Siguió tratando de que alguna bala saliera del cañón, pero nada ocurría. El individuo estaba tan asustado que no se percato de que si hubiese salido corriendo en ese instante ya estuviese lo suficientemente lejos de la tecata. Escuchó el urgente ulular de las sirenas de la policía que se acercaban cada vez más. En el desesperó por saberse capturada y que Javier no pagara el atroz pecado, de haberse atrevido a enamorarla, le hundió la sustancia en el cuerpo hasta que le vio los ojos escapándose de la vida, hasta que lo vio zambullir la cara en su propia orina. Cuando se percató de que aquel acto no le devolvía la felicidad y si le había ahuyentado la forma correcta de escaparse al infinito mismo no pudo más que llorar. Buscó entre sus cosas. Comenzó a preparar lo que quedaba de droga. Mientras se la inyectaba escuchó la voz ronca de un oficial exigiéndole que levantara las manos. Ella lo miró con indiferencia. Siguió inyectándose la droga como si estuviera en el hospitalillo y quien la detenía fuera alguna visión fantasmal del miedo. Total, lo que quedaba de droga era muy poca como para llegar al más allá sin regresar, pero al menos ese había sido su día.


    El oficial se acercó. Le dio con el pie al arma alejándola de la tecata y la esposó fácilmente. Ella ni se percató. Estaba metida en su alucinación preferida. En ella acurrucaba a su niña en el pecho mientras le cantaba alguna canción, le enseñaba a contar, a reconocer los colores o simplemente le leía algún cuento de hadas. Apareció otro policía que trató de socorrer al cuerpo tendido en el suelo, verificó los signos vitales y se percató de que ya era tarde; el individuo estaba muerto. El policía tomó el radio transmisor y se le escuchó hablar en la típica jerga policial.

    — Adelante comandancia. Tenemos un posible asesinato. Cuya arma parece ser un narcótico. Persona se encuentra diez siete. Se detuvo sospechoso. Procederemos a arrestarlo para someter los cargos. Solicitamos refuerzos para acordonar el área. Diez cuatro. Estamos en la plaza a Barbosa en el secuestro que fue reportado hace unos minutos.

    IV
    Llegué y la escena me congeló. El cadáver mantenía sus ojos abiertos y el rostro encrespado de miedo. La jeringa aún estaba incrustada en su cuello. Después de hacer todos los procedimientos habituales ordené el levantamiento del cadáver. Los periodistas comenzaron a llegar. Los imaginé visitando familiares y preguntándoles cómo se sentían. Acaricie la idea de largarme inmediatamente de allí. La curiosidad más que el deber me llevaron inmediatamente al cuartel donde estaba la asesina. Al verla quedé estupefacto. Era ella. La misma mujer que había logrado de un tiempo para acá que soltara monedas y a veces dólares a una usuaria de drogas. Comenzamos a investigar el caso. Ella lloraba. Habían pasado los efectos de su viaje y se rascaba la piel como tratando de rascarse las venas. Miraba desafiante. Pidiendo no la dejaran seguir rompiendo en frió con su vicio y diciendo que el occiso se merecía lo que le sucedió.


    El detalle me estuvo raro. De la investigación lograda hasta el momento se desprendía que ellos dos no se conocían. Ella de pronto, y sin saber por qué, lo tuvo secuestrado por varias calles hasta que llegó a la estatua de Barbosa. Las huellas digitales en el arma y en la jeringa demostraban que ella era la asesina. Existían testigos que la vieron secuestrarlo, pero no parecía tener lógica la razón por lo que lo mató. El muchacho salía del registro demográfico donde fue a buscar su certificado de nacimiento para enrolarse al ejercito. Por más que le preguntábamos a ella; cuál era la causal de su homicidio ella sólo atinaba a mencionar que se lo merecía y que era un éxito que “sus ojos universo” no siguieran haciendo daño. Me fui a la morgue. Aquello terminó por desgarrarme el alma. La madre y el padre salían de reconocer el cadáver. Gritaban al unísono su llanto abrazando a familiares. Me acerqué lentamente. Busqué quien de ellos era el más tranquilo para tratar de conseguir algunas respuestas y por un momento me percaté de que ya estaba actuando como un insensible periodista o detective al que sólo le interesa conseguir la información caiga quien caiga y sin miramientos al dolor ajeno. Me retiré de allí. Habría tiempo para investigar; el muchacho estaba muerto y la tecata no podría ir a ningún lugar que no tuviera barrotes. El hecho era que sin lugar a dudas ella había asesinado cruelmente a un muchacho. El porqué, a la hora de la verdad, no importaría. Me fui a casa. Necesitaba largarme de aquel lugar donde veía entrar rostros preocupados y salir caras llorosas o llenas de dolor. Encendí la televisión. Al escuchar las noticias me burlé de mí mismo ante la necesidad de no verlas como de costumbre. En cambio me dediqué a ver caricaturas hasta que el sueño me venció.

    Desperté azorado. Varias pesadillas no me dejaron dormir. Se me hizo algo tarde. Llamé a la comandancia a excusarme. Mientras construía el nudo de mi corbata trataba de compaginar los acontecimientos que rodearon el asesinato que cometió la tecata. Pensé tanto en ello que ni desayuné. Al parar frente al semáforo la extrañé. Acostumbrado a verla últimamente y a dejarle algunos pesos no pude más que suspirar con algo de dolor. Deseé ya ser un insensible como los demás fiscales o como cualquier abogado, juez, enfermera, doctor y reportero a los que los años de experiencias han dejado de sorprenderles. Recordé a mi hermano el paramédico y sus historias de embalsamadores capaces de almorzar en medio de su labor y se me revolcó el estómago carente de desayuno. Se acercó un deambúlate a limpiar el parabrisas. No le importó todas las señas de negativa que le di, logro ensuciarlo en vez de lo que pretendía. No le di un centavo y dijo gracias no sin antes decir despectivamente: “Dios me lo pagara”. Al llegar a la autopista me quedé observando el edificio del cuartel general, testigo mudo de tantas desgracias, en sus entrañas se encerraban los archivos de los crímenes sangrientos que algún día llamaron mi atención y mi vocación detectivesca. Tanto como para decidir estudiar esta profesión que ahora no me parecía tan excitante. Sabía que el día de cobro se me pasaría el dolor, que los beneficios eran muchos y me dolía más aún.



    Decidí entrar. Buscar respuestas a los acontecimientos del día anterior antes de que otra desgracia ocupara las primeras planas. Ante este pensamiento me percaté de que actué tan sonámbula y mecánicamente que no compré el periódico. Pasé el dichoso tapón concentrado en vanas filosofías de vida y muerte que no me hizo falta entretenerme en otra cosa. Lo compré entonces y en la primera plana aparecía la foto del cadáver en el suelo y a los pies de la estatua de Barbosa. La noticia no reseñaba casi nada de la prisionera. Excepto que era una usuaria crónica de drogas a la que no habían logrado sacarle información. Tampoco hablaba mucho del infortunado muchacho al que ella le había arrebatado la vida. A lo que le dieron mucho reportaje fue a la indignación que tuvieron algunos senadores cuando vieron la estatua de Barbosa en tan precaria situación y la forma en que asignarían presupuesto para renovar la plaza dedicada a tan querido prócer. Lamenté todo aquello y estrujé el periódico antes de echarlo a la basura.

    En la vista para juicio el abogado mencionó su convicción de alegar locura momentánea. Le añadiria violación de derechos al no llevarla a desintoxicar y en cambio que la dejaran en la cárcel del cuartelillo rompiendo en frío. Ella estaba perdida en alguna otra dimensión. Llevaba una mueca de sonrisa y dolor a la vez. Imaginé que le hacia falta la droga más que nunca y me compadecí. Miré sin querer el reloj Rolex que llevaba el abogado de asistencia legal. Me burlé del mundo en que vivimos donde es importante llevar un reloj de cinco mil dólares a defender a una tecata en un casi juicio por asesinato. Contemplé a la muchacha y traté de hacerle preguntas que nos llevaran al esclarecimiento del caso. Por cada pregunta el abogado alegaba que su clienta estaba amparada ante la quinta enmienda. Llegamos al acuerdo de que habría juicio y seria en varios meses. Aunque entendía que ella no tendría el dinero, solicité negación de fianza con la esperanza de que no saliera otra vez a puyarse. Al explicar que la familia del muchacho podría correr peligro si ella salía a la libre comunidad ella comenzó a hablar fuertemente y ni su abogado la logró detener en su intento por lo que parecía ser el desahogo de toda la rabia que le consumía.

    —Espera, espera, espera — comenzó —¿qué estas diciendo?— prosiguió — yo seria incapaz de hacerle daño a alguien que no se lo merezca. Él merecía su muerte. Me engañó. Sé que por mi culpa soy una drogadicta, pero la ayudita que me dio ese hijo de la gran puta tuvo mucho peso.Y me quitaron a mi hija, ella estaría conmigo ahora. Nada de esto hubiese pasado. Él es doblemente culpable. Diciendo esto dejó escapar varias lágrimas. El abogado llamó la atención del juez cuando advirtió que traté de preguntarle más acerca de sus motivos. El juez me ordenó silencio. Ella estuvo mirándome por largo rato. Cuando se fue me brindó una sonrisa que no entendí.

    V
    Dos horas más tarde sonó mi teléfono móvil. Un guardia penal me explicó el pedido de ella para que fuera a visitarla sin la presencia del abogado. Hice los ajustes necesarios para que el abogado jamás se enterara y utilizara mi visita como excusa para liberar, por un tecnisismo, a la asesina confesa. Al entrar me brindó otra vez su rostro sonriente. Comenzó por explicar su pasado con Javier. Dándome todos los detalles del idilio con el hombre casado que la engañó. La promesa rota cuando le arrebataron a su chiquilla. El crimen al hampón y cómo se robó la droga. Su intención de suicidarse. Lo que sintió cuando se encontró a Javier en su camino al más allá y de cómo la rabia le ordenó matarlo. Yo estaba absorto en toda su historia. No comprendía por qué después de tanto silencio había decidido contarme aquello a mí y pareció leerme el pensamiento porque me dijo:

    —Me acuerdo de ti. En las mañanas te esperaba porque sabía que me ayudarías. Siempre notaba que tu mirada no era de asco y sí de pena. No es que me guste que sientan pena por mí, pero comparado a toda la repulsión que veía en tantos rostros era más reconfortante pensar que alguien se apiadaba de uno. Máxime con esta enfermedad. ¿Sabes por qué soy usuaria? — Yo negué con la cabeza — Cuando lo de Javier — prosiguió — me dio una terrible depresión. Mi madre me llevó a cuanto doctor le recomendaron. Lo que me recetaban era cada vez más fuerte. Fue así como cada vez necesitaba una dosis superior. Mi pobre madre murió de sufrimiento en el intento por salvarme. Cuando le dio aquel fulminante ataque que le arrebató la vida también me culpé. Lo celebré con el primer viaje al mundo sin paredes- mis ojos estaban inundados y mi boca abierta, ella no se detenía— A Javier no lo veía desde entonces. Ese cabrón me jugó sucio. Me prometió muchas cosas, pero lo más importante es que me juró amor eterno. Y ahora su amor será eterno. Lo dejé en la eternidad con esa dosis. Liberé a este mundo del daño que le restaba por hacer a ese desgraciado. Si pudiera; mataría a todos los, que como él, engañan a las niñas con promesas vacías. ¿Sabes por qué? Tengo una niña. Ella no se merece pasar por lo que yo pasé. Lo peor de todo es que no me sentí mejor con su muerte. Estaba tan rabiosa que lo hice con la dosis que me pertenecía a mí. La que me haría lograr salir de esta inmundicia. Desde que no estoy drogada me siento desquiciada. He podido pensar en lo que he hecho buscando algún puto gramo de remordimiento. Sólo llego a la conclusión de que debí vaciarle la jeringuilla llena de aire. Javier hubiese muerto de todos modos y yo estuviera ahora al otro lado de la raya burlándome de él por siempre. Sonrió y levantó la mirada hacia el techo. Yo estaba inmóvil. Había tanto odio en sus palabras y, sin embargo, logré comprender un poco su rencor. Me pregunté que podía decir para consolarla. Quería explicarle que el nombre del occiso no era Javier. Cuando balbuceé, algunas palabras sin sentido, ella se puso de pie diciéndome:

    —Agradezco que hayas venido. En verdad lo agradezco, pero nada de lo que puedas decir me hará cambiar de opinión. Lo maté. Ante la ley de los hombres soy culpable. El abogado dice que puedo alegar locura. Reconozco que he estado loca desde hace tiempo, pero puedo asegurarte que en el momento en que lo hice estaba más cuerda que nunca. Lo volvería hacer mil veces con la misma rabia, con el mismo disfrute. Por eso en cuanto tenga la oportunidad me iré al infierno donde me burlaré de la cara que puso ese cabrón antes de morir.

    El destello que vi en sus ojos me hizo notar que decía la verdad. Me dio escalofríos. Su amenaza de muerte seguía viva. Buscaría suicidarse y yo nada podía hacer. Se levantó de la silla y dijo adiós. Yo sólo atiné a decir hasta luego. El guardia penal le puso las esposas de nuevo y desaparecieron ambos por la puerta. Levanté mi maletín del suelo. Abandoné aquel salón con la tristeza de una historia cuyo final me parecía tétrico y sobretodo el comienzo más sincero de insensibilizar mi alma para futuras ocasiones en que tomar los acontecimientos de manera tan personal podría costarme el trabajo y mi tranquilidad. Di un golpe seco en el volante de mi auto y sequé algunas lágrimas que sin saber había dejado brotar. Me arreglé la corbata ante el espejo retrovisor como si con eso pudiese sentirme mejor. Me fui para la oficina. Tenia varias tragedias que cubrir. La verdad es que no estaba para ver más crímenes. Pero tuve que salir tantas veces que me pregunté si todo era un truco del gobierno para evitar la sobrepoblación. La mueca en mi rostro me hizo entender que había hecho un chiste nada gracioso. Me desesperé por descubrir la forma de salvarme de todos los sentimientos encontrados que se debatían en mi interior. Mi esposa estaba esperando nuestro primer bebé y el sólo saber que vendría a vivir a Sodoma y Gomorra me partía el alma.



    VI



    Entrevisté a los familiares del muchacho al que la tecata había matado. A cada respuesta que me daban le añadían un pedido de pena de muerte para la mujer que les había arrebatado su tranquila vida. A pesar de que les expliqué en cada ocasión que en este país no es legal dicho castigo, ellos seguían insistiendo. Al parecer el sentimiento de venganza brota en todos nosotros en el momento justo en que se meten con lo más querido. Es ese instinto animal que te lleva a defender con uñas y dientes lo que, mientras no te afectó directamente, te importaba un comino. En mi libro de anotaciones escribí todos los detalles buscando relacionar al recién ingresado al cielo, o como me dijo Yessenia: al infierno, con la asesina que ya vivía en las tinieblas desde hacia tiempo. Ver llorar a los padres y a los hermanos del infortunado me dislocó el alma. Mientras más los escuchaba hablar de los atributos de su hijo más me preguntaba si la historia de la tecata era verdad o solo había sido pura labia de drogadicta. Además, él había hecho lo que muchos a los que conocía. Buscar placer en las costillas de una muchacha a la que el tiempo le enseñaría que las palabras hermosas no siempre vienen acompañadas de amor. Los cuentos de hadas fueron escritos por seres humanos que tal vez igualmente sufrieron y que deseando dejar plasmados en papel sueños que tuvieron de felicidad absoluta inexistente pudieron escribirlos a pesar de tener nublados los ojos por las lágrimas. Pero no a todos nos ataca una decepción de igual manera. Por lo regular somos marionetas de nuestros propios actos. Yo no estaba allí para juzgar a nadie y cuando lo recordaba me mortificaba. Salí de las entrevistas sin explicarles la versión de la tecata y lo suficientemente estropeado como para saber que estaba necesitado de un buen abrazo. Decidí irme a casa.

    Descubrir a mi mujer con la figura representativa de los ocho meses y medio me recordó el día entero en una fracción de segundo. Necesité más de un buen abrazo para olvidar mis reflexiones pesimistas y pensar que el bebé por nacer tendría un futuro prometedor. Lo educaríamos con todo lo necesario para que fuera un ser de bien. Al cenar me percaté de que no había almorzado ese día y luego de darle lectura obligada a las leyes nuevas que habían sido aprobadas por el senado en las últimas semanas trate de dormir. Obligándome no lo logré. Tuve que rezar repetidamente. A pesar de varios sueños hermosos en los que compartía con una hermosa mujer en un jardín lleno de fresas me desperté varias veces sobresaltado. Cuando abría los ojos a la realidad mi pensamiento se detenía en una escena: La tecata enterrándome una jeringa llena de droga y su mirada de felicidad. La claridad de la mañana entrando por la ventana me exigió levantarme de la cama. Luego de una afeitada de mala gana y un desayuno a toda prisa me encontré nuevamente con el tapón y tuve que jugar nuevamente a ser el mejor “surfeador” en el mar de acero y hojalata, entre olas de bocinazos e improperios. "Pocas cosas pasan en este país”— dije para mis adentros.

    Fui a mi oficina donde vacié el maletín. Comencé por guardar de nuevo todo lo que no tuviese que ver con el caso de la muerte por sobredosis. Combinando circunstancias y eliminando todo lo que no guardaba relación entre ambos, asesina y victima, reafirmé el hecho de que nada tenían que ver el uno con el otro. La historia que me contó Yessenia definitivamente había salido de una mente criminal enferma.



    VII


    Decidí visitar a los familiares. Buscar por fin algunas respuestas que me llevaran a esclarecer el caso o a darme por vencido. Olvidar el tormento de no entender completamente los acontecimientos. Cuando llegué la madre sufría un mareo y el padre un ataque de risa. Los hermanos se acercaron a escuchar lo que yo tenía que decir y entonces fue que lo conocí. Él vivía en Alemania en una de las bases que Estados Unidos mantiene allá. Militar de oficio después de haberse graduado de Biología, era el hermano preferido y el ejemplo que siempre siguió quién ahora estaba muerto sólo por haber estado en el momento equivocado a la hora equivocada en la furia viajera de una loca drogadicta. ¡Cierto!— pensé yo al escucharlo decir esto y es que recordé que antes de morir el infortunado se encontraba en el registro demográfico buscando el certificado de nacimiento para enrolarse en el ejercito. Lo miré detenidamente. Estaba de pie frente a mí hablándome como a uno de sus soldados. El rango de teniente acompañaba a la perfección el rostro duro y al parecer sin pizca de sentimientos. Sólo en sus ojos podía notarse que había perdido a su hermano. Su inquebrantable voz seguía cuestionándome si sabía ya cual fue el motivo para que muriera un inocente. Ante mi negativa me miró con desprecio. Dio media vuelta sin decir una palabra. Estoy seguro que si yo fuese soldado me hubiese obligado a hacer lagartijas hasta morir. Lo vi caminar hasta quienes debían ser sus hijos y sentarse entre ellos. La mueca en mi rostro no la disimulé. “¿Qué se cree el pendejo este?”–pensé— “¿Soy Sherlock Holmes?”

    Una pared llena de fotos familiares captó mi atención. Me olvidé por un momento de que debía regresar a la oficina. En las fotos pude ver escenas de la vida de cada uno de los componentes de aquella familia que ahora estaba sumida en el dolor de perder a un ser querido. Observé al soldado cuando al parecer no estaba adiestrado para ser una especie de maquina y aún conocía la forma de demostrar humanidad. Me asaltó la desdicha de que alguien pudiese estar afanándose en ser como él. De pronto noté en su rostro facciones conocidas y en su camisa verde, de soldado raso, su nombre. Al volver la mirada hacia él muchos acontecimientos inundaron mi mente hasta que sentí vértigo. Tuve que poner mi mano contra la pared de manera que pudiese sostenerme de pie. Todo estaba tan claro ahora. Los segundos que siguieron después me parecieron eternos y es que caminé como en una especie de cuerda floja con el temor de tener una teoría incorrecta de algo de lo que estaba bien seguro. Me paré frente al teniente. Le mencioné mi necesidad de hablar a solas con él. Ante sus palabras que sonaron a orden en vez de a pedido sus hijos se alejaron y me miró esperando lo que tuviese que mencionar.

    Comencé por narrarle lo que la tecata me contase con lujo de detalles y según le hablaba el rostro hasta ahora inmutable pareció resquebrajarse. Aunque trató el llanto fue algo que no pudo evitar y asustados los presentes empezaron a acercarse. Ante las preguntas insistentes de los familiares de que era lo que ocurría él comenzó a gritar y darse golpes en el pecho. La forma interrogativa en que me miraban la mayoría de los presentes me obligó a irme de allí. Tomé la foto enmarcada de la pared y prometí devolverla tan pronto le sacara una copia. En lo menos que pensaban en ese momento era en la posible ausencia de una foto así que al no recibir negativa me la llevé presuroso antes de que a alguien se le ocurriera detenerme para preguntar que le dije al ser de piedra que se estaba desbaratando en medio de su sala. Llegué a la determinación de que debía hablar con Jessenia.



    VIII



    Antes de sentarme frente al volante llamé a uno de mis contactos en el presidio con la idea de verla nuevamente sin el entremetimiento de su abogado. Se negó con la explicación de que Jessenia había logrado su cometido de no estar más en el mundo de los vivos y con el mismo colchón se había privado del aire hasta mudarse a nuevos barrotes de fuego en el infierno. Ante tal descripción no pude más que acongojarme. Elevé una oración por el alma rota de una tecata a la que posiblemente nadie lloraría y que seria cremada o enterrada en alguna fosa común sin nombre ni pasado. Sólo viviría en el odioso recuerdo de los familiares de quien ella asesinó. Contemplé la foto nuevamente y regresé con ella a devolverla a su lugar. Divisé al teniente Javier. Bañado en sudor y alcoholado seguía desmoronándose mientras repetía a viva voz a sus familiares interrogantes y acongojados ante su estado:

    —¡Fue mi culpa, fue por mi culpa, perdónenme, perdóname hermano!

    Jessenia se había marchado sin saber que mató a la persona equivocada. Mató a un ser muy parecido físicamente al ser que la enamoró. Era el hermano menor de Javier. Muy parecido, según pude notar en la foto, a “sus ojos universo”. El que ahora, en la sala de su casa, sufría lo que puede llamarse las consecuencias de haber jugado con los sentimientos de un sincero amor. Para un usuario de drogas también el tiempo es relativo. Mató al Javier que ella recordaba a pesar de que ya habían pasado años. Ruleta rusa es la vida, tan sólo no sabemos si el revólver explotará en nuestras manos, se disparará apuntándonos o apuntando a algún inocente...