domingo, agosto 20, 2006

El árbol

Por Angelo Negrón

Estacionó su auto y la observé caminar hacía mi. Su caminar danzarín y muy altivo enarboló mis sentidos. Parecía modelo de pasarela y mi admiración creció un poco más cuando me abrazó en uno de esos inmortales apretones. Me dio un beso que más bien fue un roce de labios y me tomó de la mano para que nos adentráramos al parque. Después de pasar el área de los columpios subimos varios escalones y allí estaba el verdadero entretenimiento del lugar; su bosque. En ese lugar se respiraba paz y sosiego. Transitamos por una vereda hasta que decidimos apostarnos a un lado de un viejo árbol. Nos sentamos en una banca y platicamos. Fue muy poco lo que teníamos que decirnos con palabras. Estábamos al tanto de a que veníamos. Deseábamos besarnos. Besarnos mucho. Que fuésemos uno en un lugar como ese; calmado, lleno de energía natural. Me besó y su beso no fue un tímido roce sino la tormenta que esperábamos. Nos levantamos de la banca y caminamos hacía el árbol. Saltamos algunas raíces hasta llegar al tronco. Allí la acorralé y me acorraló. Beso tras beso nuestros pensamientos fueron desertando este mundo y…

…el árbol comenzó a moverse. Ahogamos el grito de miedo al ver que el árbol se abrió dejando ver su corazón y la corteza que indicaba cuantos años compartidos entre humanos y él existían. Muchas imágenes llegaron en el brillo de sus anillos; capa tras capa la corteza se movía dejándonos ver a otros amantes…

…primero vimos a una mujer taina y a un mulato. Estaban llamándose por lo bajo con sus nombres. Ella lucía ropas de cacica y respondió al nombre de Yuisa. Él, Pedro Mejías, la rodeó con sus brazos y poco a poco la poseyó...

…después de esa imagen el tronco abierto nos dejó ver a un anciano cavando un hueco donde sembrar las cenizas de su amada…

…saltó a una pareja de recién casados tallando sus nombres a cuchillo en la corteza. Vimos sus nombres aún tallados allí a pesar de que las ropas que usaban denotaban que eso había sucedido hacía más de un siglo…

…dos adolescentes buscando sus bocas en la timidez de un calido beso…

Imagen tras imagen el árbol, nos ofreció una gama de episodios relacionados con visitantes a aquel lugar.

Al cerrarse el tronco todo pareció volver a la normalidad. Y digo “pareció” porque notamos que las aves cantaron más fuerte, el viento fue más placentero, la paz que se respiraba nos decía que si nos desnudábamos allí, podríamos amarnos sin ninguna intromisión humana. De pronto el árbol movió sus ramas y dejó caer miles de hojas verdes. Boquiabiertos observamos al árbol y luego nos miramos. Nos invitaba a utilizarlo de confidente. Sus hojas serian nuestro lecho y sin darnos cuenta nos abrazamos. Envueltos en nuestros brazos y sedientos de amor nos lanzamos al suelo. Nos desnudamos por completo. Desnudamos carne y espíritu. Comenzó a llover a cantaros y nos percatamos de que la lluvia no mojaba, acariciaba. La tierra pareció abrirse y engullirnos. Nos convertimos en raíces del árbol. Entrelazados, ella y yo, lo escuchamos latir.

— Un árbol con corazón — dije yo
— Un corazón con raíces — mencionó ella.

A pesar de estar enterrados y ser soportes del árbol nuestros cuerpos zigzagueaban amándose con vehemencia absoluta. Ella arqueó su espalda ante el desvestir cercano de la humedad sensible de su interior. Y se desnudó, no quedó gota que la vistiera…Yo por mi parte fui, literalmente, un volcán. Enterrados allí, en aquel paraíso, nuestros besos no cesaron, sino que se convirtieron en la caricia obligada y en el renacer de nuestras ansias…

Rato después de la lluvia; la luz que se colaba por las ramas nos despertó. El prodigioso árbol aún danzaba. Las raíces despedían brillantes destellos dejando una estela de armonía. Ambos miramos agradecidos al árbol y concordamos en que nosotros estaríamos en el desfile de eventos que mostraría a alguien más. Al unísono nos pusimos de rodillas y rendimos pleitesía, cual si fuera un dios, al milenario árbol en cuyas raíces dos almas gemelas acababan de ser parte misma de la naturaleza…

sábado, agosto 12, 2006

Lo Lamento...

Por Angelo Negrón
 
El encuentro con una amiga a la que no veía hace tiempo no pudo esperar. De sólo pensarla sabía que me recriminaría el hecho de no haberle prestado atención durante largo tiempo. La miré y supe que estaba molesta. También reconocí que aún la dominaba la pasión por mí y que yo, gracias a su amor sincero, tenía el control todavía de sus días.
Me aprovecho de tal poder; comienzo por hablarle dulcemente, le doy cien excusas que sé, no me creerá, pero que aceptará. Le explico todas las veces que la he extrañado; en especial mientras voy en mi auto y al encender la radio están dando alguna canción romántica. Pasan dos minutos y mis manos se tensan; mis ojos se humedecen. Treinta segundos más y acabo de desnudar a esta amiga, (que por ser española tiene fama de “ardiente”). La tomo en mis brazos y busco con mis manos sacarle algún gemido que le dé placer a mis oídos y a mi ego.
Ella me deja tomar su curvilíneo ser entre mis brazos y hasta sentarla en mi falda. ¡Sus Curvas son perfectas! La acaricio con vehemencia antes de intentar dar el siguiente paso. Mis dedos rozan sus labios mientras ella se angustia al sólo poder decirme palabras malsonantes. La tristeza se convierte en furia y desgano. Parece que rememora la soledad que ha sufrido por mi culpa. La miro y me mira con tristeza. Le pido perdón. Después de todo, ella sólo dice lo que le he obligado a decir. Soy una especie de ventrílocuo y ella: la esclava de mis deseos. Angustiado; recojo su traje del suelo y vuelvo a vestirla con delicadeza mientras le pido me excuse.

La acaricio disimuladamente mientras subo la cremallera de su vestido. Ella se da cuenta, lo sé, pero no dice nada. Es un silencio muy sonoro para esta alma mía que llora por el amor de otra y desea a toda costa desbordarlo en su tersa piel. Desquitarme en ella los placeres que están ocultos para todos; excepto ella y yo. Debería conformarme con ella. Después de todo; tiene mil historias que puede contarme. A pesar del tiempo no logro aprender a expresarme con ella como merece. Me siento vil. No debería comportarme de la manera que aborrezco me hayan tratado a mi. Intenté de ser autodidacta y aprender a amarla, pero veo que tendré que estudiar mucho más, obtener otras experiencias; echar raíces en otra tierra.

Ella sabe que dejaré de verla por otro lapso de tiempo y a eso viene su mirada de reproche. Prometo por enésima vez comprar algún manual que me muestre como corresponder a su amor. Si, uno como aquel libro de John Gray titulado; Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus… Resignada: se recuesta a mi lado y sigo cargando mi culpa. Mi conciencia me fustiga y me dice: ¿Por qué le prometes tal cosa? ¿Por qué lo haces? Bien sabes que en aquel estante, en la tablilla número dos, ya existen tres libros a los que nunca les haces caso. Escritos por expertos en la materia que, según tú, se burlan de tu inconsistencia en el amor y la musa.

— Acéptalo — me dice — ya te rendiste. Compraste esos libros hace mucho, los ojeaste y después de varios intentos; te rendiste ante el reto de aprender a tocar Guitarra...

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…así fue; ¿mi excusa? Es más difícil aprender a tocar un instrumento de acordes que ningún otro. (Aunque no sé tocar ningún otro).

¿La verdad? Nunca saco el tiempo para practicar… Lo lamento amiga mía es que… los hombres son de Marte, las guitarras de quien las sepa tocar…

¿Las mujeres? Ese es otro tema. El Sr. Gray dice que son de Venus, yo creo que, la mayoría, son de quien ellas estén sinceramente enamoradas…

sábado, agosto 05, 2006

Puntos cardinales

Por Angelo Negrón


Abrí el mapa de mi vida queriendo descubrir algún indicio de que tomé el camino adecuado y que mis próximos pasos no serian en vano. Tropecé con los puntos cardinales. Cada uno de ellos me habló de ti. Descubrí que no importa si durante años no tuve tu presencia física conmigo pues estuviste siempre a mi lado; en sueños que, como algarabías rondaban mi cerebro con el entusiasmo de encontrarte cuando menos me esperaba y que busqué en otros brazos cuando sólo debía hallarlos en ti.
Perdí mi alma, te la entregué cuando te encontré frente al mar y lingotes de cariño macizos me hundieron en la profundidad de tus ojos, en el embelesó de ver mi esencia en tu mirada cuando fuimos uno. Estrujé mis ojos ante el atlas de mis días. Comencé a verme y a verte...

Miré hacia el Este de mis vivencias. Te encontré justo al amanecer, cuando soñaba con la llegada de mi alma gemela. Aún era un muchacho, pero la soledad me había hecho soñar despierto y hasta imaginar como eras en realidad. Ahora me doy cuenta que cada canción que me apasionó me hablaba de ti. Cada poema inédito en mi cabeza seria escrito por tus labios sobre los míos.

Ahora mismo descubro que no importa cuantos labios besé antes pues no los recuerdo; los tuyos han borrado todo vestigio de ellos. Sólo me queda el carmín de tus labios como huella indeleble en mi corazón. Tu lengua inquieta en mi boca construyó apasionamientos, destruyó cobardías, elevó ímpetus y multiplicó placeres. Como parte trascendental cambiaron mi vida entera...

La cordillera central captó mi atención. Decidí dejar el Este y mudarme por un tiempo al meridiano de tu cuerpo. Poseí montañas y laderas. Convertí en vertientes tus deleites. Quedé asombrado cuando desde allí observé tu Sur...

Me posé en el ombligo y disfruté las dudas de sí podría salir del encanto que suponía se encontraba en tu Sur; justo en tu entrepierna. Tomé la decisión de que vivir en tan húmedo lugar seria fantástico y encontré el trópico de tu alma en plena tormenta de sensaciones. Ante los oleajes fuertes de la agresión de mi lengua percibiste el constante zambullido y las caricias acompañando la superficie de tu piel, desde los dedos de los pies hasta los degustados senos... Disfruté la esperanza de que fuera para siempre y sólo mío el promontorio que con mis dedos acariciaba. Mismo que mi lengua remojaba entre el ondulado rebullir de tu cuerpo. Lo acompañaste por gemidos fulgurantes que exigían repetidas embestidas que te transportaran al universo astral del completado éxtasis, del renovado amor. Tus órdenes se cumplieron. Acoplé mi pecho contra el tuyo. Nuestros cuerpos se unieron y nuestras almas fueron indivisibles. Llegamos juntos al Oeste de un día lluvioso y hermoso; lleno de recuerdos y placeres en el apareamiento de dos sexos, en la unidad de nuestros universos carnales y terrenales, todo mezclados y en la superficie de sabanas estrujadas y mojadas por el sudor de nuestra piel que se negaba a dejar de ser una.


Y en el Oeste descubrimos el atardecer. El sol se ocultó. La luna apareció impasible y sin disimular sus celos. Luego de tantos poemas, dedicados a ella, descubrió que a nosotros nos correspondía que el universo se pusiera de acuerdo para el verdadero eclipse de nuestras vidas; ese en el que tú eres yo y yo soy tú. La luna enfurecida nos recordó que debías marcharte pues Morfeo, el dios de los sueños, reclamaba tu presencia para hacerte soñar con futuros inciertos en los que yo no estuviera presente para él disfrutar de la espiritualidad de tu ser. Partiste en un cerrar de ojos. La almohada fue testigo de tu escapada en los brazos de otro. Morfeo me miraba y se burlaba pues te custodiaba y yo no lograba dormir y soñarte en algún jardín o playa en la que te dijera mil palabras de amor, mismas que aún falta puedas escuchar de mis labios. Te miré y entonces fui yo quien me burlé de Morfeo. Lo embromé porque soy tu dueño en cuerpo y alma y puedo soñarte despierto. Así en mis noches de insomnio soy el guardián de tu alma cuando decide salir a pasear. Al llegar el día, justo en el momento en que vuelvo a habitar el Este, me convierto en el vigilante de tus puntos cardinales olvidando los míos propios pues te los encomiendo con la confianza de que serán tuyos de forma completa...

Ahora cerraré el mapa pues conozco los puntos cardinales de tu cuerpo y los de mi vida. Lo guardaré en lo profundo de mi corazón y en la cercanía del recuerdo. En el bolsillo de tu alma dejaré una brújula que estará dispuesta a ser usada, si alguna vez resuelves perderte, para que regreses a mis brazos sin detenerte ya que sólo yo soy tú otra parte...

¿Me preguntas por el Norte? ¡No creas que me olvidé! ¿Cómo olvidarlo? En el sobrevivo a cada instante. A partir de allí es que admiro el Este, el meridiano, el Sur, el Oste y continúo bajo la influencia del verdadero amor que me dicta que tú eres mi Norte; el camino a seguir, la guía máxima. Mi ángel de alas sedosas y escote pronunciado que con su alma evoluciona logrando que me desenvuelva sobre y debajo de su cuerpo haciéndolo mío; disfrutando de caricias y besos, de humedad y sensaciones a veces explicitas y por momentos secretas...

Norte...

¡No, así no! Debo escribir NORTE. Sí ¡Desde luego! En letra mayúscula: ¡NORTE! Ya que en estos momentos de esa forma están mi corazón y mi erección por sólo pensarte sobre la hierba de un campo florecido, acostada desnuda, mientras tratas de señalar con manos y pies los puntos cardinales de nuestro universo y dejas a mi desdén encargarse del meridiano de tu cuerpo. Sobre todo del horizonte de tu boca y la verticalidad húmeda que me llevara a darte placer en todo tu existir...

sábado, julio 29, 2006

I. Retrato de Mujer

por Carlos Esteban Cana

para mi dama
Ella es energía. Vivaracha. Alegre. Pícara. Guerrera. Coqueta.

Es Tierna y Hermosa. Elegante. Creativa. Humana. Intensa.

Los rubios rayos del sol adornan el cabello. Su PRESENCIA tiene relieve, cual si eso que llaman aura fuera la garantía de que ningún lugar del planeta la permitiría lejana, a la distancia, sin que, al menos, su celaje estremeciera a la audiencia.

Quien la ve andar puede pensar que es altiva. ¿Qué se puede interpretar cuando el pie, que adorna un zapato de taco alto, se posa firme? Y el “toc-toc” suena preciso. Y rapidito. Minutero incansable que se mueve seguro y sin dudas ante el camino que va trazando.

Ser de iniciativa propia. Dinámica. Minuciosa. Asertiva. Muchas veces la palabra consecuente. Otras, la sílaba se desprende y cede al gesto y al balbuceo. A la caricia que enmudece. Se intensifica entonces el delirio del tacto que palpa lo callado. Lo que aún, es difícil nombrar.

Roja diferente. Violeta. A veces puede ser arrojada, incluso violenta. La gradación se entiende pues a todos nos posee, y respiras cuando sabes que no se te idealiza. Eres fina pero no frágil. Las prendas en madera armonizan con las piezas de jade y de oro. En ocasiones tu impetuoso cauce se llovizna con gotitas de inocencia.

Pero siempre eres “sexy”, lujuriosamente corporal. Es en este punto cuando se reclama el juego espontáneo. Arriesgado y visceral. Aquí las dulces y suaves fragancias de vainilla, fresa y coco dan paso al aroma que da tu naturaleza. Y los besos a la niña son sabrosos, mientras la lengua dibuja espirales continuos que suben y bajan la infinita forma que da corriente y activa. Mientras la lozanía fluye y emana jugosa, como esa frutita fresca que me hace la boca agua.

***

Carlos Esteban Cana ( Bayamón, Puerto Rico 1971) Escritor, comunicador y coordinador editorial. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario. Sus cuentos y poesías han sido publicados en revistas como El Sótano 00931, Borinquen Literario, Cultura y Cundiamor, entre otras. Algunos de sus ensayos y reflexiones sobre la cultura editorial puertorriqueña han llegado al lector a través de periódicos como El Nuevo Día y el mensuario Diálogo. Tiene varios libros inéditos: Novo vía crucis (poesía), Versos apócrifos para la innombrable (poesía) y Fragmentos del mosaico humano vol. 1, vol. 2 y vol. 3 (cuentos).

viernes, julio 21, 2006

Dioses

Por Angelo Negrón

¿Sabías? Cuatro mil años antes de Cristo los Tracios veneraban a Dionisos, dios del vino y la fertilidad. Por curiosidad busqué la historia de este dios y las sorpresas no se hicieron esperar. Fue hijo de Zeus y Semele, se le atribuyó el patronazgo del vino, la música y la poesía. ¿Cómo? ¿Qué cuál fue la sorpresa que me llevé? ¿En verdad no sabes? ¿No te estas haciendo verdad?
¡Está bien! Te lo contaré aunque estoy seguro que no me creerás.
Tú eres vino, música y poesía. Hasta que me enteré de Dionisos creía fielmente que Morfeo era el ser que, enamorado de ti, no me permitía dormir. ¡En serio! Deduje que era Dionisos el culpable de mis noches despiertas. Mi sorpresa fue saber que no era exclusivamente este dios. Me percaté de que el Olimpo estaba por derrumbarse ante tu belleza...

...Tal vez por mi interés en el tema o por su desesperación, pensé yo en ese instante, fue que el mismo dios Zeus apareció. De la foto de su estatua de mármol, y con algo parecido a fuegos artificiales, brotó su figura de las páginas amarillentas del viejo libro que me prestaron en la biblioteca. Miré a todos lados sorprendido. Buscando alguien que me sirviera de testigo ante tan mágico e increíble evento. La imponente voz del barbudo ser logró que le prestara toda mi atención. Me explicó su necesidad de que yo le ayudara. Me prometió poder, riquezas y hasta algún puesto en el Olimpo. Cuando le mencioné que nada de eso me interesaba y que únicamente necesitaba tu amor, él pareció tronar de furia. Con sus ojos, literalmente rojos, me indicó que de eso se trataba. Dionisos planeaba capturarte. Amenazaba con desposarte al alba. Los celos violentaron mi ser y me llenaron de valor ante lo desconocido. Le exigí a Zeus que me llevara frente al malvado dios que osaba secuestrarte y él respondió que no seria fácil. Debería enfrentarme a inmensos peligros. Inclusive arriesgar mi vida. No te niego que dudé. Después de todo debía pelear contra un dios. Recordé tus besos y olvidé todo temor. Zeus sonrió. Colocando ambas manos en mis hombros me transportó a su reino en menos de un segundo. Lo observé sentarse en su trono. Con unas palmadas ordenó que sus doncellas me desnudaran y me vistieran con ropas de gladiador. Un rayo que salió de su dedo impactó todo mi cuerpo y me hizo sentir seguro, macizo y fornido. Zeus también me contó que en su necesidad de mantener el equilibrio del Universo y proteger los privilegios de los dioses debería despojarme de los poderes que me estaba confiriendo en ese instante a menos que aceptara quedarme a vivir en el Olimpo. Eso significaría perderte y prometí devolverle, a cuatro ninfas a quien obligó entregármelos, cuatro objetos mágicos que te describiré. Unas sandalias con alas que me permitirían volar. El casco del dios hades que me haría invisible. La espada de Ulises y el escudo de Atenea para defenderme.

Me condujo a un coliseo donde dioses peleaban contra dioses. Tuve que cerrar los ojos ante tal carnicería. Zeus fulminaba con un rayo al perdedor. Yo buscaba con la mirada a Dionisos para enfrentarlo y evitar encarecidamente que te atrapara y separara de mí. Uno de los centauros, presentes en las gradas, me explicó que debía luchar en un orden determinado con diferentes titanes hasta que llegara el momento de enfrentar al dios que buscaba. Eso — según dijo — si aún permanecía vivo al atardecer.

Tocó mi turno. Aquiles comenzó a burlarse ante mi presencia. Sus carcajadas me ensordecían. No entendía como un ser humano que nunca fue sumergido en el río Estigia osaba retarlo y esa fue la perdición de este heroe de Troya que competía por tu amor y para convertirse en dios. Mientras reía a carcajadas me acerqué con rapidez y enterré la filosa espada en su talón. Cayó adolorido al suelo. Su risa transformada en llanto cesó cuando Zeus lo vaporizó. Apolo llegó en un carro de cisnes. Furioso; aplicó velocidad a su carruaje para atropellarme, pero pude hacerme invisible con el casco del dios hades. Terminó estrellándose contra el suelo. Corrió la misma suerte que Aquiles. Artemisa, su hermana gemela, tuvo que ser detenida para que no me atacase también. Ares, como siempre, representó la fuerza bruta sobre la inteligencia. Se acercó a mi tan despreocupado que no notó cuando lancé el escudo con tal fuerza a sus pies que se tropezó. Se desplomó de lleno en una vasija que sellé y de la cual no podia salir. Hermes, el dios mediador, inmediatamente lo encontró y liberó. Zeus pulverizó a los dos por atreverse a librarlo de la prisión.

Por fin apareció Dionisos ofreciéndome vino. Dijo querer brindar por la próxima batalla que libraríamos y lo engañé. Utilicé el casco de Hades para desaparecer el vino cada vez que él levantaba su cabeza para beber. Pensando que de tanto tomar yo terminaría borracho prosiguió hasta que, brindis tras brindis, terminó desmayándose debido a su embriaguez. Zeus sonrió y lo condenó a ultratumba por algunos siglos para que recapacitara.

Saludé victorioso a Zeus. Él se acercó y me ordenó entregarle los cuatro objetos mágicos a las grayas. Diciendo esto señaló a tres ancianas de pelo gris. El espectáculo era espantoso. Las tres mujeres utilizaban por turno un solo ojo y un solo diente. Al entregárle los objetos las grayas se desvanecieron ante mis ojos. Zeus me declaró campeón olímpico. Coronó con ramas de olivo mi cabeza. Me invitó a sentarme en un trono aledaño al suyo y trató de convencerme de quedarme en el Olimpo. Ante mi negativa el clima fue cambiando. Truenos caían por doquier mientras aquel ser de gentil presencia se transformaba. Su enojo no lo entendí hasta que me explicó la forma en que te habían conocido los dioses.

Hace varias semanas — mencionó — a los dioses nos dio con echarle un vistazo a la tierra. Creo que fue cosa del destino. Hacia varios siglos que no nos fijábamos en los mortales. De hecho no sé de mi hijo Hércules desde hace dos mil cuatrocientos años. En fin, ese día tu amada arrancó una hoja de un roble amarillo mientras recitaba una poesía. Dionisos se le quedó observando. La persiguió de nube en nube. Los demás dioses, incluyéndome, quedamos intrigados por el desespero de Dionisos en admirarla y copiamos su hazaña. Todos quedamos prendados de su belleza. En el pasado tuve muchas aventuras. Deseé a mujeres mortales como no tienes idea, pero nunca había deseado a alguien tanto como a ella.

Mis celos comenzaron a aflorar. Él se dio cuenta y comenzó a reír a carcajadas.

Sí, te engañé — dijo — Sabía que podrías vencer a esos dioses o ellos vencerte a ti. Total lo que quería era disminuir la competencia. Ahora sólo quedamos tú y yo. Ya te despojé de tus armas. Un rayo pequeño bastara para mandarte al mundo de Hades.
Yo comencé a burlarme diciéndole que no estaba desarmado, que aún tenia el arma más poderosa del universo. Ante mi seguridad dudó y yo proseguí hablando.

El amor que siento por ella es poderoso...

No basta — interrumpió él.

Es verdad. Sólo no basta. Debes añadir el que ella siente por mí y descubrirás que es más que suficiente.
Lanzó su rayo. Impactó mi ser y no me hizo daño alguno. Asombrado volvió a intentar. Comenzó a llorar. Se dio por vencido cuando descubrió que un aura dorada me rodeaba cada vez que me atacaba. Parecía un niño al que le han quitado su juguete preferido o un humano que ha descubierto que existen amores imposibles o no correspondidos. Me compadeció el hecho de que si tú no me amaras me sentiría igual y me acerqué. Dijo desearte con locura. Le expliqué que sabia de lo que él estaba hablando pues yo te amaba igual. Dejó de llorar y verlo repentinamente sonreír me puso algo nervioso. El cambio de humor me asustó, pero al recordar que él era un dios, supuse que debia ser normal su actitud. Me reveló que si no podia tenerte para sí mismo lograría que fueras feliz a mi lado devolviéndome al mundo de los mortales. Mandó llamar a una adivina llamada Casandra y a su hermano gemelo Héleno. Me advirtieron que leerían mi futuro. De primera instancia no acepté, pero Zeus insistió. Habló de mi regreso a casa. Ese sería su regalo por hacerle comprender que la felicidad del ser amado es lo que importa y que Hera, su esposa estaría igualmente agradecida. Los gemelos adivinos pusieron sus manos en mis hombros. Me sentí mareado. Una intensa luz inundó mis ojos y me obligó a cerrarlos. Al abrir mis párpados me encontré frente a ti. Vestías una túnica blanca radiante. Tu pelo era adornado con hojas de laurel. Tu cinto era de oro y en tus manos llevabas un arpa a la que le robabas tonos hermosos. Tus sandalias estaban amarradas hasta un poco antes de la rodilla. El escote de tu vestidura llegaba al ombligo. Dejándome apreciar parte de tus pechos que se hacían de esta forma extremadamente provocativos. Tu sonrisa era angelical. Me arrimé a tu cuerpo mientras dejabas a un lado el arpa. Comencé a acariciar tu cuello mientras mis ojos se perdían en los tuyos. Se llenaron mis pulmones de aire ante la necesidad de acariciarte entera. Tu cuerpo se me hizo laberinto que deseaba recorrer. Como hombre enamorado de una mujer que hizo temblar al olimpo tus besos me supieron a gloria. Tus caricias rodearon mi existir. Busqué en mi derredor el caballo de Troya que usaríamos de habitación, pero preferiste hacer el amor en el jardín consagrado a Hera. Un caballo volador, desendiente de Pegaso, nos llevó en su lomo hasta el hermoso jardín. Árboles de manzanas de oro que conferían la inmortalidad nos rodeaban mientras te quité el cinto y dejabas caer la túnica al suelo demostrándome tu delicada desnudez. Mis ojos apreciaban tu ser en toda su talla. Mi erección ansiaba estar dentro de ti. Señalaste tu verticalidad y en forma de ordenanza me hiciste cumplir a cabalidad con tus deseos. No eran otra cosa que los míos propios y desempeñé con mis dedos y mi lengua el abrazo de tu humedad. Tu insistencia en poseerme me hizo temblar de pasión cuando al unísono nos convertimos en brillo de estrellas, en volcán de pasiones. Aún nos quedaron ganas de caricias después de haber transitado por los caminos de la lujuria y el amor. Tu cabello hacia que los árboles de manzanas de oro palidecieran ante tu hermosura. Tu boca fue en todo momento experta ejecutora de placer y tus ojos mi más grande tesoro. En ellos vi todo tu ser, el físico, el espiritual y el divino.

Me hizo sumamente feliz ver pasar a Afrodita a lo lejos. Noté que llevaba su cinturón, capaz de hacerla irresistible ante los hombres y ante los dioses. Suspiré aliviado de que no era eso lo que utilizabas para conquistarme y hacerme prisionero de tu amor, sino que tu belleza era tan real como tus besos, tus gemidos y tu humedad. Nos levantamos del suelo y me invitaste a acompañarte. Cuando me disponía a preguntarte a donde, tu dedo índice se posó sobre mis labios invitándome a callar. Aproveché para saborear los jugos de tu resquicio que aún estaban presentes en el desde que te tocaste para mi. Me revelaste tu fantasía de hacerme el amor justo al atardecer en la cascada de un hermoso río cercano. Fantasía que compartí con alegría y que...
¿Por qué me miras así? — Interrumpí

¿Cómo? — mencionaste irónica.

Como si no creyeras lo que te estoy contando. Te lo advertí al principio. No me creerás, pero insististe en que te dijera lo que me pasó ayer.
¡Es una fábula hermosa! — dijiste.

Está bien — proseguí —al menos nos sirve para que sepas cuanto te amo. En realidad te amo con todo mi ser.
— Y yo a ti mi amor...
Me robaste un beso y, con el, la continuación de mi historia pues nos inundamos de caricias. Nuestros ojos cerrados al besarnos sintieron la ráfaga de luz que vino después. Al abrirlos mientras aún nos besábamos contemplé a Zeus y a Hera que se besaban con igual pasión. Me sentí orgulloso. Por fin esos dos encontraban la paz que significa el amor verdadero. Antes de alejarse, Hera dejó caer una corona de laureles sobre tu cabello y una túnica blanca a tus pies adyacente a un cinturón dorado. Señalé los regalos que acababas de recibir para que me creyeras y tú sonreíste. Sugeriste que quien debía intentar comprender era yo mientras un hermoso brillo cubría tu piel despojándote de tu ropa e invistiéndote con la túnica blanca y el cinto.

Cielo, soy una diosa y tú un dios. Juntos habitaremos entre los mortales hasta que decidamos mudarnos al Olimpo o al confín del universo. Ahora acompáñame. Deseo hacerte el amor en un jardín de manzanas de oro y luego en la cascada de un río cercano...

sábado, julio 08, 2006

Alfabeto

Por Angelo Negrón

 
Te hartarás de pensarla tanto. Los recuerdos saturarán de felicidad tu mente y de tristeza tu corazón. Buscarás en tu cuarto de estudio el refugio que no conseguirá llenar su espacio. Amontonarás libros que intentarás leer y que después de las primeras dos páginas echarás a un lado a pesar de que reconocerás que es buena literatura. Obviarás los álbumes de fotos. Es claro que no querrás ver ni su rostro sonriente, ni el cosmos de sus ojos; mucho menos los labios que tanto apeteces. Aún así, los percibirás a cada momento. Acompañaran tus memorias junto a su delicada piel y su alma; amándote en una danza inquebrantable de gemidos y miradas de pasión.
 
Tomarás en tus manos, como una reliquia, el marcador de libros que te regaló; ese que reproduce al universo donde juntos fueron sol y luna en eclipses de habitaciones furtivas y sabanas desgastadas. Entretenerte no será tarea fácil, ya lo notarás. Sus palabras tocaran cada curvatura del espacio que respirarás. Su carita te encantará y se acercará imaginariamente a besarte cada párpado y cada labio por separado. Te morderá el cuello y hará sonidos deliciosos en tus oídos. Creara con sus manos en tu pecho la caricia que caprichosamente deseará para sí misma. Florecerá libre y te hará dueño soberano de su cuerpo. Se atreverá a hablarte con delicadeza y rudeza a la vez, entremezclando caricias y apretones. Diluirá su mente en tu alma y se adueñara de todo tu pasado y presente sin excluir por nada tu futuro.

El libro que llamará tu atención después de que sueltes el poemario que ella te regaló será el diccionario. Deliberarás que leyendo significados de palabras lograrás cansarte y aburrirte. Lo abrirás con la certeza de que será más empalagoso que darle lectura a la Biblia cuando dicta, nombre por nombre, la descendencia de Abraham. Sonreirás cuando notes que no es ilustrado, así no te entretendrás con láminas o dibujos. Te saltarás la letra “A” pues no querrás encontrarte con la palabra amor. Menos si la palabra pueda detallar al amor verdadero, ese que precisamente sientes por ella. La primera palabra coherente que encontrarás en la “B” será Baal. Te enterarás que Baal se le designaba en la antigüedad a algún señor divino y meditarás en lo divino que es ser besado por ella.

Obviamente encontrarás las palabras cama, danza, esposo, flores, ganas, habitación, ilusión y júbilo y todas te llevaran a pensarla más. En la “K” te detendrás por un rato y casi lograrás agotar tu mente con tanta palabra extraña. Alcanzarás la “L”: libre, lazos, lluvia, llanto y aparecerá la “M”. Cerrarás el ancho libro con la seguridad de que su nombre aparecerá en letras mayúsculas y hasta su apellido adornara las páginas de esa mala idea que tendrás al decidirte por leer un diccionario. Hasta la “C” de su otro apellido estará en color oro encabezando el tercer capitulo.

Gritarás su nombre y parecerá que del viejo libro salen algunas definiciones a la atmósfera del cuarto que le ayudan al calificativo de la mujer que te trae loco con ideas: naturaleza, necesidad, oasis, océano. Abrirás de nuevo el libro para buscar la “Ñ”, te equivocarás y lo harás en la “O”. La causalidad logrará llevarte de primera a la palabra olvidar. Maldecirás al notar que su definición será estúpida. Perder la memoria de una cosa será algo que quieras hacer y sólo recordarás más de la cuenta. Seguirás perdiendo el juicio y queriéndola como a nadie. Ser paciente es la querella que le reclamará tu corazón a tu vida. La interrogante de tu mente será: ¿qué rayos sucederá en el tiempo que unilateral estará por venir? Vacía será tu alma si la pierdes a ella. Llegas a la “W”, luego a la “X” y te desesperará el hecho de que no encontrarás en esas páginas alguna palabra romántica que describirá lo que vivieron juntos.

Conmemorarás las yemas de sus dedos rozando tus labios en la búsqueda de despertar tus ganas de besar aún a sabiendas de que esa era tu situación preferida. No podrás zafarte de tales memorias; el sonido de su voz resonará en atardeceres prestados, amaneceres distraídos por el tráfico y canciones románticas en emisoras especializadas para hacerte sufrir la lucha de olvidar lo imposible. Llenarás tu corazón de sensaciones nuevas, pero ninguna logrará colmar el espacio de solitarias lejanías de su ser. El calor de cuatro paredes cerradas en carnaval de añoranzas no superará el frío de la condena de no tenerla siempre.

Concurrirán conversaciones expuestas en caminos yuxtapuestos sobre corazones acorralados por pasados años y ante la negativa de cambiar la caída de las hojas por una vida llena de primavera. Sabrás que ella coexistirá tuya bajo condiciones de libertad incondicional y besos de miradas furtivas. Obtendrás la suerte de hablarle y escucharla en tiempo parcial sin dejar que tu espíritu agonice. Volverá a ti toda su presencia etérea y renunciarás a seguir sosteniendo el diccionario. Lo dejarás caer y chocará su carpeta dura contra el suelo que estará cubierto de pedazos del cristal del marco que habrás hecho añicos antes, cuando estrelles su foto contra la superficie enlozada de tu estudio. Mirarás al piso y notarás que el diccionario estará abierto mostrando las primeras páginas.
 
Por más que le huyas a la letra “A” la encontraras de todos modos. Desde tu silla descubrirás la palabra amor. Allí estará innegable la expresión que te saltarás al principio y que motivará toda la búsqueda de palabras que crees te apartarán de su recuerdo. Tomarás la foto del suelo y limpiarás los cristales. Ninguno habrá estropeado su sonrisa. Mirarás sus manos y verás que no se extenderán hacia a ti como desearás. Sus labios constarán del brillo que los caracteriza y su cabello existirá tan hermoso como siempre. Mirarás hacia su lunar claroscuro en la altura del cuello, ese que besarás con desmedida pasión sin percatarte de la pequeña partícula de vidrio que te partirá el labio.

Te preocuparás de no manchar de sangre la foto y la colocarás en el escritorio donde antes estaba; tal como innovarás su presencia dentro de tu vida. Te sentirás acompañado de miles de palabras que la describirán como lo más trascendental que le pasó y pasará a tu existencia. Sobrevivirás al tener la seguridad de besos incondicionales y nadie que pueda arruinar la apreciación de lo que vivirás junto a ella. Volverás a rezar a todas las almas gemelas del mundo para que bendigan su extraordinaria belleza, su delicadeza, inteligencia y su amor por ti. También, como habías hecho alguna vez, les pedirás que ella llegue a las nueve y dieciocho de la noche a su cita con el destino que serás tú. Volverás a colocar el libro en el anaquel y barrerás los cristales del suelo. Te sentarás en la silla después de que abras las ventanas y dejes entrar el aire fresco de la noche. Cerrarás los ojos y los abrirás cuando suene el teléfono y escuches su voz mencionándote sus ganas inmensas de verte justo al amanecer.

Te alegrarás y cualquier vestigio de tristeza que pueda quedar saldrá de tu pecho. Buscarás nuevamente el diccionario, lo aromatizarás con su perfume preferido y lo guardarás en tu maletín. Al despuntar el día se lo regalarás y al ver las palabras que subrayarás, recordará la vez que te dictó cada una de las letras del abecedario y tú le mencionaste una palabra de amor por cada letra. Apreciará el beso que depositarás justo en la comisura de sus labios, el abrazo que brindarás a su voluntad y sobre todo la forma en que aguardarás con paciencia que sus alas grandes de ángel te arropen en la oscuridad de noches despiertas donde admirarás su sueño, su rostro y su alma...

martes, junio 27, 2006

Tacto

Por Angelo Negrón

Hoy volví a recordarla. Hace ya bastante tiempo que la había escondido en esas neuronas que tratas de ocultar para proteger a tus ojos de diluvios y a tu corazón de palpitaciones extenuantes. El subconsciente ataca de maneras extrañas. La mente es poderosa aliada, pero también puede ser enemiga cruel. El recuerdo vino en una banca. Una de esas que encuentras en los parques; de las que tablas de madera son sujetadas por dos bases de acero…

Nos conocimos en este mismo parque gracias a que la lluvia nos obligó a guarecernos debajo del mismo paraguas; el mío. Ese día atravesamos el parque y nos reíamos cada vez que teníamos que brincar un bache. Llegó el momento en que no encontramos paso, a menos que literalmente nos sumergiéramos hasta los tobillos. Decidimos esperar a que pasara el chubasco y la química fue perfecta. Lo que comenzó como una charla trivial se convirtió en un continuo flirteo. Le siguieron salidas al cine, almuerzos, cenas, la opera, vinos, flores, llamadas telefónicas y nada de besos. Habíamos actuado con la parsimonia de quien nada tiene que perder y la verdad no fue porque yo lo dispuse, sino porque ella me habló de una reciente ruptura y necesitaba tiempo.

Permití que escuchara mis pasos. De esa forma, cuando al colocar mis manos en sus ojos y le preguntase a manera de juego de quien se trataba, sabría que era yo. La noche anterior nuestra conversación giró, y juro que lo hice magistralmente, hacia la entrega, el buen sexo, el amor y terminamos deseándonos como nunca. Tanto que concordamos en que el momento en que seriamos uno había llegado. Para tal encuentro planificamos que la recogería donde siempre; en la banca donde esperamos que bajara el aguacero la primera vez que nos conocimos. Nuestro primer beso debía ser allí y luego buscaríamos una habitación donde amarnos. Simplemente coincidimos en que éramos el uno para el otro.

Nunca olvidaré la fecha: 27 de junio de 1991. Mis manos arroparon sus ojos y no llegué a preguntarle nada. Las aparté al sentir como se me humedecían los dedos. Estaba llorando. Al avanzar a preguntarle que sucedía me abrazó. Fue uno de esos abrazos en que te estrangulan de una forma maravillosa. Aunque no dejó de llorar sentí su calido cuerpo y no pude evitar estremecerme, primero de placer, luego por un hilillo de tristeza. No le pregunté nada. Sabía que ella sería quien decidiría cuando hablar. Presentí que necesitaba algo más que algunas palabras de aliento y que mi presencia podría reconfortarla. Tal vez —pensé en ese momento — volvió esta mañana con su ex y teme decírmelo. Ella seguía llorando y yo comencé a conjeturar tantas versiones de lo que podría ser que llegó el momento en que no soporté más y le pregunté por lo bajo si podía ayudarle. No contestó. Seguía abrazada a mí y me percaté de que se había quedado dormida de tanto llorar.

Al despertar, gracias a varias carcajadas de niños transeúntes, me soltó como si no supiera donde estaba. Volvió a abrazarme. Algunas lágrimas mojaron el bolsillo de mi camisa. La aparte con delicadeza y puse mis manos en sus hombros mientras la miraba fijamente con curiosidad. Dijo lo lamento con los ojos aún llorosos y luego se enjugó las lagrimas con la manga de su chaleco. Esquivó mi mirada y miró hacia los niños que ya jugaban en el sube y baja. Su rostro se volvió de piedra por unos segundos. Como si fuera un síntoma de bipolaridad, su cara fue cambiando. De ser la mujer más sufrida comenzó a sonreír y a ser la misma que conocí. Era histrionismo puro. Algo turbado le seguí la corriente. Admiró la habilidad de un niño al poder cruzar con sus manos por la escalera horizontal, me dijo que le gustaban mis zapatos y que la noche anterior se había acostado temprano con la intención de sentir que amaneció más rápido para así poder verme. Advirtió en mi rostro la interrogante de lo que sucedía y no pudo más que explicarse un poco.


— Lo lamento — dijo sin quebrársele esta vez la voz — Lamento tanto —prosiguió — que me hayas visto llorar. Quiero que estés tranquilo. No eres tú, se trata de mí.
Me explicó que no deseaba hacerme daño. Se estaba enamorando de mí y sabía que lo nuestro podría ser hermoso, pero a la vez reconocía que llevaba muy poco tiempo conociéndome y a la vez que acababa de pasar por una relación tortuosa. No deseaba para nada cerrar cicatrices desquitándolas en otra relación tan pronto. Mientras más hablaba yo menos entendía. La noche anterior nos prometimos el primer beso, ella misma escogió el lugar para el acontecimiento. Y allí estábamos. Le dije que podía esperar. La deseaba pero la deseaba por amor. Podíamos conocernos mejor y formalizar lo nuestro.

Se negó rotundamente. Besó mi mejilla al tiempo en que se ponía de pie y trató de escapar. Le tomé de la mano y la detuve. Esta vez fui yo quien la abracé con desesperación. Me apartó con ternura. Besó mis parpados y me pidió comprensión. Se alejó llevándose mi calma, dejando en mi su perfume y la caricia de tres tiernos besos; uno en la mejilla, otros dos en cada parpado cerrado, como si besara mis ojos deseosos de ser su otra parte. En la vida todo es ritmo. Andamos en la búsqueda de otro corazón que sea capaz de latir al unísono con el nuestro y por eso no me rendí.

Me dediqué a llamarla y fui rompiendo la distancia poco a poco. Por fin, logré volver a verla. Aceptó mi invitación a cenar. Yo mismo prepararía la cena. Es algo que nunca había logrado hacer bien, pero deduje que habría tiempo para burlarnos de mis faenas domésticas. Eso si; me aproveché de su gusto por el violín. Contraté a tres violinistas que interpretaron, en mi casa, sus melodías preferidas. A la luz de velas aromáticas y de una pizza recién ordenada, gracias a que el pollo en salsa de guayaba que preparé parecía más gelatina que otra cosa, volví a la carga con esto de hablar sobre sentimientos compartidos. Ella miró a los violinistas y se acercó a mi oído. Lo rozó con sus labios al decirme, ellos terminaran pronto y se irán; estaremos solos. Sonreí al mismo tiempo que guiñaba un ojo a uno de ellos como seña de que terminaran. Se despidieron con nuestros aplausos y los acompañé afuera para pagarles y acelerar su despedida. Sorpresa mayúscula la que me llevé al entrar. Ella colocó las velas en el suelo. Dibujó con ellas una flecha que apuntaba a mi habitación. Miré hacia arriba en señal de agradecimiento a Dios. Lo hice mi cómplice. Había hablado tanto con Él que era imposible no me hubiese ayudado.

Y me ayudó. Al entrar en mi cuarto ella estaba en una butaca que acostumbro usar para leer. Me dijo, por lo bajo, como quien no quiere ser escuchado por nadie más: ven aquí. Con discreción caminé hacia ella. Disfruté aquellos segundos de sus ojos mirándome con lascivia. Justo antes de llegar ella se levantó y acariciándome el pecho me empujó suavemente hacia la butaca. Me ordenó quedarme sentado y se mudó a mi cama. En ella, se acostó y me dijo:

Hoy haremos el amor. Tal vez de una forma distinta a lo que esperas. Por eso prométeme que seguirás mis deseos al pie de la letra.
Claro que si. Lo prometo — casi le interrumpí.

— Entonces — continuó — Si no haces lo que te diga. Me iré de aquí sin mirar atrás siquiera.
Pensé que era parte de sus juegos previos para enarbolar mis sentidos, pero pronto descubrí que hablaba muy en serio. Me pidió que me quedara sentado en la butaca y comenzó por desnudarse. Poco a poco me dejó apreciarla. Se acariciaba el cuello y se mordía los labios provocativamente. Me puse de pie para acercarme y su orden fue clara: quédate sentado. Obedecí mientras divisaba en su espalda, a la altura de los hombros, pecas que me hicieron recordar el espacio sideral. Más al sur me enfoqué en sus nalgas y cuando logró quitarse la última pieza que nos estorbaba me exigió que me desnudara. A la prisa comencé a desabotonarme la camisa. Me miró con desaprobación. Demandó que lo hiciera tal como ella; despacito. La observaba relamerse y tocarse sus senos. Mi erección palpitaba. Justo cuando estuve desnudo, se levantó de la cama y volvió a empujarme a la butaca. Se sentó en el borde de la cama para que estuviésemos más cerca y extendió sus pies hacia ambos lados dejándome plena visión de su verticalidad mientras se acariciaba. Húmeda, perfecta a mis intenciones quería devorarla y se lo informé. Otra negativa de su parte que añadida a sus gemidos hizo aumentar mis ganas de poseernos. Regalándome placer visual comenzó a tocarse también sus pechos en una sincronía tal que mis manos se escaparon hasta la dureza que pujaba por atención entre mis piernas.

— Siiii —
dejó escapar entre gemidos en señal de aprobación.

Los movimientos concéntricos de sus dedos sobre el clítoris hinchado y encargándose de pezones mojados por su propia saliva era magia pura. El espectáculo de mi vida. Se movía en la cama, ocupándose en regalarme diferentes posiciones, pero siempre mirándome a los ojos; como si buscara leerme los pensamientos. Observé dos veces espasmos que avisaban su viaje a derramar los jugos sagrados del placer y antes de su tercera vez me ordenó con voz, esta vez suplicante, que le dejara ver cuanto la deseaba.

— Quiero poseerte — le dije.

— Ya nos poseemos amor — contestó — eso hemos estado haciendo desde que nos conocimos. Nos estamos poseyendo justo ahora. A tacto y sentimiento. Vamos, viaja conmigo — prosiguió — deseo verte viajando a mi lado. Seamos uno. Vamos; que sea fuerte y abundante como lo nuestro.
Abría su boca y acariciaba sus labios. El movimiento de sus dedos en su rasurada oquedad se hizo vertiginoso. Sus palabras, sus gemidos y la visión de verla tocándose lograron romper las barreras que me había impuesto ante la certeza de que llegaría el momento de penetrarla. Gemimos de placer casi al mismo tiempo, yo primero, ella segundos después.

Tuve una de las secciones de amor más eróticas de mi vida y no la toqué y no me tocó. Cuando traté de acercarme siguió en el plan primero:

—Nada de eso amor. Quédate en la butaca, por favor. Sigue disfrutando. Sigue en este viaje.
Seguí con su juego. Concluí que en los caminos del amor, estas experiencias ayudan a mantenerlo vivo. Ya habría tiempo de abrazarnos.

Estaba equivocado. No existió un abrazo, ni siquiera un apasionado beso, ni en ese momento ni después. No la volví a ver. Esa noche nos quedamos dormidos, bueno no, yo me quedé dormido. Ella aprovechó, escribió una nota donde agradecía mi amor, pero debía despedirse. Me exigía que no la buscara. Que era lo mejor para ambos. No me convenció. La busqué. Fue en vano. Esa misma noche tomó un avión y su madre no me quiso decir a donde. Luego de intentos inútiles de sacarle la verdad y de hasta un detective que más bien me robó los pocos ahorros que tenía tuve que resignarme y olvidarla junto a todos los pensamientos que se agolpaban en mi mente en la búsqueda de la verdadera razón para su abandono. Interrogantes que comenzaban en desamor, lesbianismo, bipolaridad, matrimonio y que terminaban en defenderla bajo la certeza de que sus palabras eran ciertas. Ese mensaje en el que hablaba de una relación tortuosa recién acabada y sus ganas de no herirme debía ser real.

…quince años después. Sentado en esta banca que sé no es la misma, pero está en el mismo lugar, lloro su ausencia en mi vida. Aquí donde esperamos aquella vez que la lluvia cesara, aun a sabiendas de que existían otros caminos por donde cruzar el parque sin mojar el interior de nuestros zapatos, la recuerdo. Y es que acabo de enterarme de la razón que tuvo para escapar.

Un detective que contraté hace unos años y al que había olvidado pues trabajaba por comisión, me envió un informe redactado, en ingles, por unos colegas suyos en Pensilvania. El cartapacio contenía todo lo necesario. En el encontré su foto, direcciones donde había residido en once diferentes años y lo que me dio la respuesta al enigma que había dejado ella en mi vida con su partida.

Así es. Encontré una copia de su acta de defunción grapada a otra copia algo borrosa, pero en la que la fecha y el resultado se leen claramente; 27 de junio de 1991: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida: Positivo.

sábado, junio 10, 2006

Noche desnuda

Por Angelo Negrón

Esa noche la orquesta hizo alarde de gran habilidad musical. Traspasando oídos; penetró extremidades y cinturas. Solos o en parejas, los presentes bailaban. Desde la señora ancha de caderas hasta la pareja que, en vez de bailar, parecía hacer el amor al compás de la música. Nessie llegó allí luego del segundo receso. De su cuerpo esbelto brotaron movimientos lentos y disimulados.

En medio de la algarabía subió “Jacqueline” a la tarima con su tradicional frase: “¡Fuete a morir, lo más negro!”. Inició su famoso movimiento ondulante de cintura y se levantó la falda dejando ver sus velludas nalgas. Provocó burlas y aplausos en los presentes. Nessie, con furia reflejada en su rostro criticó en voz alta el acto del homosexual.

Un desconocido, al escucharla, la invitó a bailar y ella se negó, diciendo que no tenía ganas. Él insistió hasta convencerla y quedó admirado de la soltura de movimientos que surgían del cuerpo femenino. Danzaba como una diosa, por lo que él le preguntó dónde había aprendido a bailar de forma tan singular. Ella aclaró que nadie le había enseñado. Desde niña, por naturaleza, le gustaba bailar.

Todo un donjuán su acompañante le habló dulce al oído e intentaba, sin lograrlo, pegarla más a su cuerpo. Mientras ella se resistía a esos avances amorosos recordó el rechazo que hiciera ese mismo día a la petición de noviazgo de un amigo:

—No. Aún no es tiempo todavía. Debemos conocernos mejor para que sea seria y duradera nuestra relación...

En su reloj-pulsera sonó la alarma. Dejando de bailar mencionó que debía marcharse.

— ¿Por qué? — preguntó el tenorio presintiendo fracasada su conquista.

— Debo ir a trabajar — contestó ella.
El hombre la miró extrañado y preguntó:

— ¿A esta hora? ¿A que te dedicas?

— Soy enfermera graduada... No preguntes dónde. No te lo diré. Aún no te conozco bien, ¿entiendes?

—Yo puedo llevarte.

—No. No puedes— aseguró ella.

Insistentemente, él le regaló su número telefónico. Se despidieron con la promesa de volver a verse algún día de fiestas. Nessie tomó un taxi. Exigió al chofer que la llevara a la zona portuaria. Al llegar el taxímetro había marcado cuatro dólares con cincuenta centavos. Sacando un billete de cinco de su cartera pagó. Depositó el cambio en la mano estirada de un borracho vagabundo. Al entrar a su lugar de trabajo pensó: “Si no fuera porque me gusta tanto mi profesión no me desvelaría más”.

Ingresó en el tocador de damas. Se asomó al espejo y de rojo vivo pintó sus labios. Se atavió el uniforme de enfermera. Al salir escuchó a dos hombres quejarse. Con tenue sonrisa les ofreció ayuda a ambos. Parecían contagiados. Babeaban enfermos y no consiguieron responder. Nessie dio media vuelta al escuchar música estrepitosa. Pareció enfurecerse y decidida subió tres escalones. Se recostó de una columna e inició un suave vaivén de cintura. Ante las miradas aturdidas de los presentes, que le gritaban palabras malsonantes, comenzó a desvestirse. Hombres y mujeres le gritaban palabras soeces, pero no dejaban de admirar su belleza. Un joven que había asistido al lugar, comentó a otro a su lado:

— ¡Mira! ¡Es Nessie! ¡La muchacha a la que mi primo José pretende!

—Tu primo siempre ha sido un pendejo- contestó el otro joven.

— ¡Cuándo mi primo se entere!

— ¿Se lo dirás?

— Claro que sí. No ves que esta mosquita muerta se hace la muy santita con él.

— ¿Santita? ¡Santa puta es lo que es!

— ¿Cómo es que una mujer tan hermosa es capaz de trabajar aquí y hacer eso?

— Ahora prefieres que trabajen mujeres feas aquí. ¿Eres más pendejo que tu primo?

El joven no contestó. Tomó un sorbo de cerveza y sacó varios billetes de su bolsillo. Colocó uno en la última prenda que le quedaba a la bailarina nudista. Nessie dejó ver su parte más íntima y prosiguió bailando, completamente desnuda, hasta el amanecer.





jueves, mayo 04, 2006

Amor en dos tiempos

Por Angelo Negrón

Desperté como siempre, con una sensación de cansancio irremediable, y al ponerme de pie divisé mi figura en el espejo. Como cruel realidad; distinguí a un ser apagado por los años; con menos cabello y el rostro lleno de arrugas. Sin entender que sucedía me dirigí a la sala. Allí estaba mi cómodo sofá blanco y las rosas, ya marchitas, que había regalado a mi amada. Al verlas recordé que estaba solo. Ella se había marchado dejándome en la más triste soledad. Observé la fotografía que se nos tomara juntos en una biblioteca. Pensé en aquel tiempo cuando nuestra juventud nos tentó a amarnos sin inhibiciones. Un llamado a la puerta me sacó de mis cavilaciones. Al abrirla la encontré diciéndome: “he vuelto te daré una oportunidad más”.

Las canas en su cabello me hicieron recordar lo mucho que ella había sufrido por mi culpa. La felicidad inundó mi alma. Le prometí que todo estaría bien. Esta vez todo seria diferente. La soledad que experimenté sin ella me había hecho recapacitar. El amor tan inmenso que sentía se lo demostraría por siempre. Se acercó. Me abrazó luego de un tenue beso. Le dije que empezaríamos de nuevo. Ella sonrió, como nunca lo había hecho, con una ternura que me envolvió cálidamente. Se dirigió hacia el radio. Al encenderlo y escuchar la romántica canción que una vez le cantara frente a su ventana experimenté un terrible dolor en el pecho. De repente la canción cambió de tono. Dejó de ser romántica para convertirse en esa música incoherente que está de moda. Sentí que mis oídos querían estallar.

—¡Malditos jóvenes y su música! — dije en voz alta. El dolor fue cesando. Al volverme noté que en el rostro de mi amada asomaba una lágrima. Extrañamente padecí un mareo que me dejó inconsciente por varios segundos...

Cuando regresé a la normalidad apagué el radio-reloj que alborotaba a todo volumen. Busqué alrededor. Volví a mirarme al espejo. Aunque no tenía las arrugas, ni la escasez de cabello, con tristeza y desesperación grité:

— ¡Carajo, ella no ha vuelto, todo fue un sueño!

lunes, abril 17, 2006

Homenaje a Julio César López

Especial para Confesiones
por Carlos Esteban Cana

En 1976 el poeta
Julio César López publicó
"Geografía del Vértigo",
paradigma en su trayectoria
poética. Un libro que el eminente
crítico Juan Martínez Capó elogió,
y del cual señaló: "El vertigo
parece asociarse aquí con
la obligación, el compromiso
de vivir, con toda la
responsabilidad que esto
conlleva para el ser".

Hoy, los escritores puertorriqueños
y de diferentes parte del
globo conocemos la obra
de Julio César López a través
del escritor y poeta Alberto
Martínez Marquéz, quien
a través de sus proyectos de
difusión mediática en la red
como El Poeta Invitado
o Letras Salvajes, así como
en la prensa, ha refexionado
sobre la obra de Julio César.

Para celebrar los 30 años de
publicación de "Geografía
del Vértigo", comparto con
ustedes una pequeña muestra
de la prosa poética que contiene
la segunda parte del libro, titulada
"Delirio de hormigas".

Para lo anterior he convocado
a tres amigos:

Angelo Negrón: Confesiones

Awilda Castro: Mis Bolas de Pelos

Mario Antonio Rosa: Sur Para Caminantes


Este pequeño homenaje,
en cada una de sus
ediciones, se estará
distribuyendo en estos
valiosos espacios. Cada
una contará con su propia
introducción y selección.

Espero que lo disfruten,

Carlos Esteban Cana

Pensamientos poéticos
autor Julio César Lopez

#15
Las abejas en enjambre hacia
la morada de la miel.
Los peces en cardumen hacia
la comarca de las sales.
Las estrellas en constelaciones
hacia el recinto de la luz.
Las palomas en bandadas hacia
el techo de la ternura.
Enjambre, cardumen, constelación,
bandada.
Estaciones donde la secreta
solidaridad de la naturaleza renueva
sus ímpetus, adopta sus versiones
y deja sus semillas.

#24
Me consuela pensar que tu amor
deja en mi vida una melodía como
el viento que se queda simulando
entre los árboles el rumor de la
lluvia fugitiva.

#29
¡Qué sociego elocuente muestran
las montañas después de la lluvia!

#38
El sol se despide del día
diseñando en las nubes las más
caprichosas catedrales que la
crueldad nocturna amortaja
clausurando una misa de colores.

#58
La torre y la calle no confligen en
materia poética. ¿Qué dónde debe
estar el creador? Pues, unas veces
en la torre y otras veces en la calle.
¿Acaso no es hombre? No hay
conflicto. El conflicto lo inventan
quienes pretenden estar sólo
en la torre o sólo en la calle.

#62
Hermosa aspiración: heredar
la sonrisa de todos los niños.

#65
Mientras, afuera, la lluvia cae,
siento, por dentro, los ríos que
se me van formando.

#71
¡Qué hermoso espejo forma
la lágrima detenida en tus ojos!

#75
Me dijo: "Te envío la primera
rosa que he dibujado.
Las espinas no van; se quedan
conmigo". ¡Y pensar que yo sólo
podía obsequiarle unas hojitas
de amapola que el silencio
secaba!

#77
Me refugio con frecuencia en las
imágenes que despierta el conjuro
de estas nominaciones para flores
que parecen engarzar aires del
tiempo, fervor religioso, idealización
de la mujer: dama de noche,
amantes del viento, lirio de cala,
vara de San José, Manto de la Virgen.

domingo, abril 09, 2006

Enseñanzas

Por Angelo Negrón

¿Habrá sido casualidad? Justo ahora que me siento un ser dividido a la mitad llego a mi cuarto y descubro que Neruda ha muerto. Sus ansias de libertad se han cumplido aunque no de la manera que esperábamos. Lo miro flotar en su pecera de bola y su poesía parece querer pegarse de ese espacio ausente de la vida. Mi pez favorito ya no demuestra orgulloso su azul perlado y su agresiva papada. Este pez beta osaba acompañarme en noches despiertas junto al recuerdo de mi amada. Desconozco si se despidió. Tal vez así fue, pero estuve antes de salir preguntándome tantas cosas sobre los recientes eventos en mi relación amorosa que no me fijé...

— ¿Qué sucede? — le pregunté

No dijo nada. El teléfono la escudaba, pero imaginé su rostro.

— ¿Que vas hacer? — le inquirí ante la posibilidad de invitarla a almorzar y que hablásemos de lo nuestro.

— Nada, no voy hacer nada. ¿Qué quieres que haga? Nada. — dijo casi gritando.

Su repetido “nada” disparó mis dudas. Y comenzó una de esas discusiones al teléfono en que verbalizas preguntas aún a sabiendas de que no existe respuesta.

— Nos estas destruyendo —mencioné.

— No me dejas alternativa — señaló.

— Hablemos de frente — le rogué.

Dijo que sí, pero su tono me indicó que perdería mi tiempo. Sucedería como otras veces. Se escudaría en su soberbia y yo en las dudas que me asaltan cuando no puedo reconocer el porqué se esmera en ocultar su rostro en máscaras nuevas que sabe le hacen daño a lo nuestro. Llegué a su encuentro. Me he prometido mil veces que no excusaré su desconsideración y altivez con pensamientos de conformismo y tampoco caeré en el drama de tratar de entender sus actitudes. Le escucho hablar. ¿Será que padece de bipolaridad? Pienso y me reafirmo en que, por primera vez en nuestra relación, no estoy para comprender y aceptar, sino para ser asertivo con un futuro menos complicado.

Sigue hablando. Osa, sin miramientos, hacerme ver que en su plan maestro ya no soy sino uno más. A pesar de que su rostro refleja, esta vez, la máscara de la dejadez; el mío irradia el antifaz de los recuerdos. La veo besándome, manteniendo divertidas pláticas que rayaban desde lo trivial hasta filosofía o simplemente mirándonos. Ante tal actitud descubro que estoy orgulloso de lo que siento por ella. El amor es algo hermoso y lo que hemos vivido es inalienable. Si no siente lo mismo, o no desea demostrarlo ya, esa es una decisión que debe cargar ella; yo no. Decido pues, vivir de remembranzas. Lo prefiero así. Parece más cómodo recordarla de una sola manera. De la forma en que me brindó los días más significativos de mi existencia. Vendrán otros días, lo sé. Nos despedimos con la promesa de vernos esa misma tarde. No existe beso, ninguno lo propicia, lo que añade a mi pensamiento la confirmación de un adiós.

En la tarde me llama al teléfono móvil y plantea temas triviales. Habla de esto y aquello, pero ni una sola muestra de querer hablar de nosotros. Se ríe de haberse pasado el semáforo y la entrada que la llevaría a estar algunos minutos conmigo. Sigue su camino como si no existieran otras intersecciones donde alcanzar nuevamente la ruta hacia mí y, tal vez, hacia lo nuestro. Me despido. Le digo adiós y ella insinúa un “hasta luego”. Me quedo viendo el atardecer. Hermoso como siempre. Descubro que no ha surgido ni una sola lágrima de mi ser y tal tranquilidad me asusta. Entro a la casa y me recuesto en la silla del escritorio. Enciendo mi computadora. Siento soledad, pero no así vacío; me da con sonreír ante el repaso de mi promesa: “viviré de remembranzas”.

Seguiré disfrutando de su amor aunque no de su presencia — me digo a mi mismo mientras mi sonrisa se vuelve complacencia. Busco con ahínco la foto que nos tomamos juntos en un restaurante y mi sonrisa se disuelve. Justo al lado de esa foto diviso a Neruda flotando inerte. La lagrima brota sincera. Lo he perdido. Lo tomo en mi mano y camino pausadamente hacia el jardín. Luego de un sepelio improvisado busco su foto digital y la imprimo. Escribo debajo de la foto palabras que le robo al tocayo de mi pez: Pablo Neruda.


"El mes de Marzo vuelve con su luz escondida
y se deslizan peces inmensos por el cielo,
vago vapor terrestre progresa sigiloso,
una por una caen el silencio de las cosas".
Con cinta adhesiva pego el impreso en su pecera y me digo que tardaré en adquirir otro pez para mi escritorio. Neruda seguirá acompañándome. No pensaré en su muerte sino en su vida y lo que me brindó su compañía. Contesto mi pregunta sobre si será una casualidad o no estos dos acontecimientos que me han sucedido hoy. Dictamino que fue más bien causalidad. Neruda se impuso en darme una lección y ella a mostrarme su verdadera esencia. Siempre tiendo a enaltecer el amor y no cesaré en mi empeño. Lo que dejaré de idealizar es a las personas y a mi mismo. Somos humanos capaces de ser dioses de nuestro destino. El mío, como el de todos, no está construido aún. Si así fuera, no estuviese aquí. Estaría acompañando a Neruda. Pero eso si; hoy aprendí en carne propia algo que he escuchado siempre y a lo que no le había prestado atención; hoy asimilé que esta vida es una y hay que disfrutarla a plenitud. También; daré más importancia, si es eso posible, a las remembranzas.

Seguiré orgulloso de lo que siento. No tiene que esfumarse este sentimiento de amor que logró sembrar ella en mí. Tal vez algún día decida regresar a ser quien fue cuando éramos nosotros lo importante. Si ese día, debido a los recuerdos, sigue este corazón latiendo de igual forma por ella; mi boca buscará besarla de inmediato. Por el contrario, si ya mi corazón late por alguien más, entonces será ella quien tal vez, si no ha aprendido, aprenda el poder del amor, los recuerdos y los buenos amigos; Si no lo ha hecho para ese entonces; le regalaré un pez…

martes, abril 04, 2006

Plagio

Por Angelo Negrón

Su piel desnuda arremete, y me envuelve, en la densa niebla del deseo. Contra toda posibilidad de duda y timidez me espera en la cama, no sin antes haber dejado porciones de su indumentaria esparcidas desde la puerta de entrada. Ha logrado un mapa perfecto. Su ropa interior yace extendida en la aldaba de la puerta. El perfume que sabe prefiero ha sido rociado en el aire que respiraremos juntos y fatigadamente ante la entrega de nuestras almas. Ella me ha enseñado lo que el amor es capaz de lograr en un alma triste. La miel de sus labios se mezcla con la sabiduría de años en que, con entrega total, ha estado amándome…

…Y es reciproco. Esta adoración por ella no es otra cosa que mezcla de amor y más amor. Mis ojos hablan de ella constantemente. La ternura con la que me posee me hace ver el universo como algo cercano y a estas cuatro paredes como una esfera a la que escapar en sus brazos. Cuando tal ternura se convierte en frenesí; sus gemidos se mezclan con los míos y disfruto de sus ojos viéndome mientras se mira satisfecha en el iris de mis ser complacido. Y somos locura. Nos entregamos como si nunca lo hubiésemos hecho. Tal como si el hecho de conocer nuestras zonas erógenas nos diera la excusa para olvidar algunas; redescubriéndolas como nuevas. Lanzándonos entonces a revelar que no nos conocemos aún y que queda mucho por decirnos.

Por ahora atino a decirle que la deseo como a nadie. Me escucha añadir que la disfrutaría inmediatamente; justo en este momento que acabamos de poseernos. Me sonríe e insinúa que esta dispuesta. Con sus manos acaricia mi pecho y me besa apasionadamente. La miro. Recorro su cuerpo. Sigue siendo tan deseada por mí. En este momento en que su vientre crece desmesuradamente, ante la proximidad de un retoño, me parece que es la mujer más erótica de mi existencia. Acaricio su vientre. En él, estoy seguro, está mi descendencia. La abrazo fuertemente. La felicidad de este amor nos envuelve y nos une en este plagio que hemos hecho a Dios. Así es. Nos hemos unido y ante tal acontecimiento pudimos crear a un ser humano.

Dios nos hizo del barro; tal es su omnipotencia. La nuestra está en crear de la carne. El placer que acompaña al amor de procrear es sólo comparable con el cielo y sus habitantes, pero lo que hemos compartido es más que cielo. Esta habitación es más que cielo. Otro angelito ha venido a habitar entre nosotros y será testigo del amor que nos profesamos, será…

…Interrumpe mis pensamientos con uno de sus dedos que limpia una lágrima que ha brotado sin querer. Me besa; reconoce que lloro de felicidad. Vuelve a leer en mis sentidos; los eleva. Sabe lo que quiere y lo que ambiciono. Está dispuesta, tal como prometió, a seguir disfrutándonos. Para eso están nuestros corazones, para latir al unísono. Esta vez busca jalea de fresas; le ha dado como antojo principal y me parece que soy un ser con suerte. La esparce en mi cuerpo y la consume; nos consumimos. Le gusta notar mi aprobación en este rostro mío que hace muecas de placer. También disfruto de verla temblar y gemir. Disponemos de nuestros placeres; veo la locura de lo que sería no tenerla y olvido tal pensamiento pesimista en cuanto escucho el grito de su complacencia. Sigo acariciando su cuerpo y me lleva con ella al viaje sin regreso que significa este otro plagio a Dios; ese en el que somos uno; hombre y mujer unidos en el verdadero amor…

sábado, marzo 18, 2006

Desnudez

Por Angelo Negrón

La fantasía merodeaba la habitación. Lujuria y pensamientos daban vueltas junto al abanico de techo. El ruido de los autos en la avenida cercana no osaba acallar gemidos y miradas de deseo. A la izquierda; el cuarto de baño aún exhalaba el vapor del agua caliente que disfrutamos juntos. Enjaboné su espalda, lavé su cabello, afeité sus piernas y nos besamos por mucho rato debajo de aquellas gotas que hervían menos que nuestras ganas…

Sus manos acercaron mi boca a su pecho y me atacó con sus pezones. Bebí de su deseo. Mis manos buscaban acariciar su recién rasurada oquedad, pero ella me detenía, lo sé, para exasperar mis ansias. Cerró la llave que le daba paso al agua y con ello, ante el pensamiento de la cercanía de su entrega, mi erección palpitó en pos de la búsqueda de su contraparte. Saboreé sus senos, acaricié su cabello mojado y las gotas que corrían por su cuerpo me llevaron consigo por el recorrido de su piel. Rodó la cortina y alcanzó las toallas. Nos miramos. Sin pronunciar palabras decidimos no utilizarlas y meternos mojados a la cama. Al salir de la tina, busqué ver su rostro en el espejo y el empañamiento no me dejó. Desvié mi mirada y enfoqué sus nalgas que en clásico caminar se divertían con mi antojo de acariciarlas. Llegamos a la cama: Horizonte disfrazado de verde menta. Abrazados pasamos por aire, viento y tempestad.

Por primera vez no utilizábamos una habitación de alquiler por lo que carecíamos de la prisa habitual. Estaríamos, (por fin), juntos durante aquella y dos noches más. La sensación de que cuando amaneciera y abriera mis ojos me encontraría con el ser más transcendental de mi vida me dio los bríos para poseerla varias veces. Justo cuando se catapultó en placeres y me dio permiso para abandonarme a los míos; le dije un enfático no. Quiero y necesito — le mencioné — que continúes sintiendo placer. Ella sonrío y sus ojos brillantes por placeres sueltos me convencieron de que tomé el camino correcto a la lujuria. Su múltiple orgásmica respuesta fue precedida de verdaderos gritos de delectación y de algunas lágrimas de felicidad. El agua de la regadera que quedaba en nuestros cuerpos se mezcló con el sudor compartido y me bebí sus lágrimas en clásica poesía centinela. Saboreé sus sollozos y también sus goces. Nos agotamos, pero no nos saciamos de amor. Su mirada era idéntica a la mía: pura complacencia. Se quedó dormida obligada por ese sutil sentimiento que queda después de haber compartido el alma.

Pasó largo rato y yo seguía despierto. Fue un insomnio ineludible. La había escuchado tantas veces decir que dormía desnuda. Ahora estaba a mi lado soñando, tal vez conmigo o con quien sabe que. Mantenía la hermosa sonrisa que la caracteriza en sus labios. Obviamente yo no relegaría de alimentar mis ojos con su desnudez y nutría mis deseos con ganas de despertarla por sorpresa. Que al abrir sus ojos me hallara probando de su pistilo. Pero, se veía tan hermosa allí, desnuda y protegida por mí. En ese momento nació la idea. Me atacó por mucho rato. Peleaba conmigo ese miedo a ser descubierto haciendo algo incorrecto, pero pudo más el morbo de lo prohibido y me aparté silencioso. Busqué dentro de la maleta: la encontré entre mis ropas y el ruido que hizo el lente óptico al encender la cámara no fue suficiente para que me descubriera. Eliminé el destello del flash, no sólo era muy riesgoso sino que no haría falta; existía suficiente luz. Enfoqué y disparé. Estuve despierto toda la noche. Cada vez que se movía creaba una nueva pose para mí y yo, insatisfecho, quería más…

Ella abrió los ojos varias veces y juro que cada vez que observaba esos dos luceros mi vida se iluminaba. Comencé por hacer lo mismo. Cerraba mis ojos para tener esa sensación al abrirlos de encontrarla a mi lado. Desde entonces cada vez que estábamos juntos lo tomé por costumbre. Aquellas tres noches no volvieron a repetirse. Al principio me sentía algo culpable de haber tomados las fotos sin su consentimiento, pero por suerte me negué a borrar lo que considero uno de mis tesoros. Ese secreto que es sólo mío y que nadie puede quitarme: el de fantasear con la mujer amada, inventándomela aún a mi lado, justo después de ansias compartidas. Las fotos son tan reales que al colocar el disco compacto donde las resguardo y verla modelando exclusivamente para mí en el monitor de la computadora; distingo su piel y rara la vez puedo evitar verlas repetidamente mientras mis manos se regodean en placeres para nada solitarios.

Luego, amplío su rostro y acerco el mío al monitor repitiendo aquello de cerrar los ojos y abrirlos despacio para disfrutarla más aún. Me hace tanta falta mirarla, sentirla, escucharla y complacerla. Ahora, que ella no coexiste a mi lado en minutos de oro, guardo con orgullo y recelo a la amante perfecta en la forma digital de tres punto dos mega píxeles. Ahora, que ella se alejó de mi vida me alegro de haber grabado en una memoria artificial lo que nunca podré suprimir de mi conciente y subconsciente pues es indeleble. Definitivamente nunca borraré de la memoria aquellas tres noches con sus madrugadas; no, nunca olvidaré su hermosa desnudez...

jueves, marzo 09, 2006

Tú y ella

Por Angelo Negrón
 
 
 
 
En un día soleado, y ante tu ausencia, te busqué en la naturaleza de mi derredor.
Miré hacía todos lados y lo que vi, aunque hermoso, se distanciaba de tu belleza sin igual. Entonces decidí dejar de buscarte y poner mi mente en blanco. Me recosté en el suelo y comencé a concentrarme. El sol se colaba entre palmeras y yo sólo atinaba a pensarte cada vez más sin lograr olvidarte…

Opté por caminar hasta la orilla y buscar en la arena algún caracol que me dejase escuchar en sus adentros el sonido del océano. Y fue en ese momento que me llené de sorpresas pues la naturaleza me habló. La primera palabra que dijo fue:

 
Parece que había visto las lágrimas que corrían en mi Alma y que sólo hablaban de ti. Me invitó a desahogarme escribiendo en su piel lo que yo sentía. Así lo hice. Escribí:

Y ella preguntó:

 
Comencé a reírme sin control al ver que entendió que mi pregunta había sido dirigida a ella y no a ti. Entonces; me preguntó si yo estaba:

 
le dije: más bien estoy:

 
con su belleza. Me dijo que ella era más hermosa que tú y dije:
 
 
al descubrir seguridad en mi negación, preguntó:


Reconozco — mencioné — que eres la madre naturaleza, pero de quien te hablo es de un ángel que supera todo lo que cualquier humano haya sentido por ti.

 
Al escucharme decir esto, las olas se agitaron, los vientos soplaron con fuerza y hasta retumbaron varios truenos. Entonces gritó:


Yo sólo contesté:
— Soy el alma gemela de ese ángel que te supera en belleza…

Preguntó insistentemente:

 
Al contestarle que sí, todo se volvió calma. Le comenté que la amé desde niño y como niño aún la amaba, pero como hombre sólo te amaba a ti…
— ¡Quiero saber el nombre de ese ángel! Exigió de pronto, escríbelo en mi piel en este mismo instante. La complací… Cuando terminé de escribirlo; lo borró sin disimular su rabia…
 
Comencé por dibujar en su piel la sensación que sentía en mi estomago cuando te veía:


Y luego: la teoría de que un corazón atravesado por una flecha es símbolo de amor fue lo que se me ocurrió para explicarle que cupido ya nos había flechado.

Cuando escribí:
comencé a saltar con desvarío, las huellas impregnadas en su piel así me delatan…

Descubrió tanta sinceridad en mi alegría que decidió borrar toda nuestra conversación y no se dio cuenta que con ello me ayudó…

Logré sacar una foto tuya de mi bolsillo y mostrarla al cielo. Cuando Naturaleza la observó exclamó:
 

Al darse cuenta de que admiraba tu belleza por si misma trató de cambiar el tema, pero no pudo. Estaba impresionada. Me aconsejó que no perdiera el tiempo en tratar de poner mi mente en blanco nunca más. — Es más gratificante —dijo con melodiosa voz — pensarla. Recuerdala seduciendote y vice-versa.



En ese instante, me mostró la forma de encontrarte y conciente de que era tiempo de que sólo mi corazón hablara; Naturaleza guardó silencio y pareció aplaudir y regocijarse con nosotros…
 
 
Llegué buscándote en los alrededores y por eso la Naturaleza logró inmiscuirse. Debí buscar en mi interior, allí has estado desde el principio de los tiempos, desde antes de haber bailado sobre mí; la danza de las olas. También podría verte en cada lugar al que miro y escribir tu nombre sobre piedra para que sea difícil de borrar, pero tu nombre esta grabado en mi corazón con tinta indeleble y nadie
ni nada, excepto nosotros dos, podrá desaparecer tal sentimiento.



Te amo, que se muera de envidia el universo. Reconozco que tú también me amas. Juntemos pues el poder de esta pasión y compartamos a plenitud este mundo terrenal que se ha convertido en el hogar predilecto de nuestras almas.
 
La madre naturaleza, bendecirá nuestro amor, sólo es cuestión de tiempo…




viernes, marzo 03, 2006

Deseo

Por Angelo Negrón

Me dirijo a ella en la distancia. Extrañándola vivamente. Con el placer de saberme afortunado y tal como si estuviera frente a mí en este instante de soledad extrema. El recuerdo de sus besos, de sus pausadas y a la vez desenfrenadas caricias sólo logra estimularme a tal grado que no dispongo de mi conciencia en esta mañana fría en que no está a mi lado físicamente y me entero que anoche, en sueños, decidió visitar paredes llenas de cuadros pictóricos sin mí. Los celos envuelven mi mente. Mi corazón se niega a aceptar el no tenerla como debió ser en vidas pasadas y como será en vidas futuras al reconocerla como mi alma gemela; mi otra parte.

La amo... Lo reconozco; mi alma esta a la par con los vientos de su pasión y mi cuerpo ansia su cuerpo acoplado de tal forma que podamos ser uno mas allá de toda gravedad; mas allá del infinito próximo. Diversas preguntas invaden mi curiosidad. Mi mente las piensa:

— ¿Volverás por fin a mis labios? Mi boca suplica por tus besos.

— ¿Regresarás a mi cuerpo? Otrora fui mío y ahora soy sólo tuyo.


¡Mírenme! ¡Mi vida danza evolucionando ante la llamada de su cuerpo! Ahora me doy cuenta. ¡Lo confieso! Estuve equivocado al pensar que yo no estaba presente mientras ella observaba el arte plasmado en aquellas paredes. ¡Si! Me llevó con ella desde el mismo día en que besó la comisura de mis labios.

— ¿Saben? ¿Que estoy preguntándoles? ¡Claro que lo saben!

Ella es hermosa en verdad; su rostro me trae fascinado y su cuerpo me obsesiona con el arte de hacer amor. Su cabello se desliza por mis dedos y se siente divino acariciar la piel de su ser a la que le estorbe la ropa.

¡Que me ame! Necesito amarla y que en loco desvarío sienta el roce de su cuerpo sobre el mío... Siempre he agradecido lo que hace por mí. La forma en que me demostró y me demuestra su adoración; la manera en que me cuida. A veces pienso que ella desconoce cuanto deseo corresponderle igual. Me he pasado diciéndole que la amo más de lo que ella me ama. Lo he dicho como una competencia sana porque en realidad sé, y no se lo digan a nadie, que ella es un espíritu celeste; un ángel de alas grandes que miró hacia abajo y me encontró sufriendo despierto de soledad. Compadeciéndose me brindó su ternura infinita; su amor eterno. Pude, entonces, dejarle saber que la amo. Fue fácil. Solamente dije la verdad:

—Te amo cielo y más de lo que te has enterado aún... más de lo que sé reconocer yo mismo...Siempre; siempre seré tuyo…
En ese momento sus alas me abrigaron. Aún me abrigan y gozo del disfrute que representa el regalo de sus besos. Ahora pretendo que me conceda un deseo, (Uno de miles), se lo contaré al viento para que le llegue mi voz en esta súplica sincera. Y por si el viento no cumple, por si no le lleva mi mensaje; lo diré en voz alta. Tal vez ella me escuche y logre que mis requerimientos se conviertan en una promesa cumplida…

— Amor; este es mi deseo: Escápate una noche, deseo ver contigo el amanecer, no sin antes haber apreciado la luna llena brillando sobre tu cuerpo desnudo...

domingo, febrero 26, 2006

¿Qué puedo hacer?

Por Angelo Negrón

—“El papel aguanta lo que le pongan”.—la escuché decirme esa vez y atiné a contestarle:


— Estoy de acuerdo: pero también sé, que depende de quien lea para que tenga valor lo escrito.


Mis palabras deberían haberla llevado a un entendimiento de lo que sinceramente pensaba y que aún, a pesar del tiempo transcurrido, reflexiono...

¿Saben? No puedo creer que hace unos días pensaba que, si no estaba ella, la luna dejaría de brillar, los árboles se marchitarían sin remedio y las ganas de comer se esfumarían. Pero como saben, nada ha cambiado, excepto el hecho de que ella no está. Desde que la conozco me acostumbré tanto a extrañarla que esa clase de dolor me es familiar. El vacío que llenó sigue intacto pues sigue llenándolo de igual forma. Aunque a decir verdad su presencia sigue siendo un alto influjo en mi piel. Mis ojos aún buscan perderse en su mirada y mi boca gastarse a besos en sus labios. El hecho es que la amo y aunque me aparté de su existencia mis lágrimas siguen suspirando heridas por incomprensión. Quisiera pensar que todavía no la conozco; que estos días son sólo malos momentos que no se repetirán en siglos y que las mariposas en mi estomago volverán a revolotear y a crecer sin detenerse por el miedo a sufrir.

Escuché también, más de una vez, que no entendía como podía dudar de su amor. ¿De qué otra forma reaccionar? Quisiera vivir mis sueños y abandonar mi entorno, pero llevo demasiado tiempo haciendo ambas cosas. Tanto; que ya no reconozco en cual dimensión me encuentro ahora. Lo que sí puedo asegurarles es que de todas formas el besar no es sinónimo del amor y el sexo, aunque es fuente inagotable de amor, no siempre se le trata de esta forma. Dos cuerpos desnudos pueden expresar muchos sentimientos y mis dudas; nada tienen que ver con el hecho de que ella haya sido mía, sino con la realidad o el sueño de que lo haya sido por completo. Les sonará leído, pero lo que quería de ella era más que besos, piel y sexo. Yo codiciaba su alma en la compañía de miradas cómplices y leales al amor; al puro amor. No pretendía que cambiara, por el contrario, deseaba que fuera ella misma. Tal vez me haya equivocado y la idealicé. Tal vez no siempre se comportó como en realidad es. Yo recuerdo a una mujer libre de soberbia. Capaz de quitarse las mascaras ante mí y volver a colocárselas sólo cuando estaba segura de que yo no dejaría de reconocerla.

Entonces: ¿por qué me trató como si fuera yo un desconocido? ¿Porque me hizo sentir como si mis reacciones nacieran de la nada y no de las actitudes que ella asumía cuando no tenía el control de algo? Después de todo; sólo fui y soy un reflejo de ella. Lo nuestro fue especial, su medida se comparaba solamente al alcance de nuestros sentidos expuestos al antes, durante y después de la entrega de nuestras almas. Definitivamente, cuando éramos uno, en la inmensidad de nosotros siendo universos, florecían y crecían nuestros sentimientos y se bañaban con los sueños y realidades de amarnos, de darnos por completo. Lo que me hace recapacitar en mis palabras y querer aclararlas...

...debo aclarar que no he dudado siempre de su amor. Excepto por los momentos de celos furtivos y las veces de angustias a las que he llegado ante el encuentro de no reconocer a la mujer cuya superficie me sirve de espejo; he visto sus días como unos llenos de amor hacia mí. Espero que perdone pues, mis dudas, mis celos y mis palabras...

¿Sigue ella siendo mi mejor amiga y confidente? No puedo negarme la felicidad de seguir recordándola como tal, pero ¿qué debía hacer con el recelo de abrir la boca y pronunciar algunas silabas que pudiesen dolerle? Aunque yo entienda que la unión de tales palabras en una oración no era ofensiva y si parte de un párrafo que complementaria una conversación ¿Era preferible quedarse callado? Apartarse. Sí. ¡Díganlo! Soy un extremista. La comprensión de los hechos es algo individual. Eso me lo enseñó ella también. Me presentó una vez un reportaje de periódico y filosofamos sobre el mismo largo y tendido. Eso es algo más de lo que extraño de ella. Aquellas largas conversaciones, divertidas, entretenidas y muy profundas. Esa vez el reportaje se titulaba: “Las cosas son como son y nosotros las vemos como somos”.

¿Y que con aquello de que ella y yo somos uno? ¿Cuál es la forma correcta de ver todo esto? No tenemos porque dolernos así y a pesar de que no este viendo nuestra sonrisa sólo espero que nuestros ojos vuelvan a brillar ante la presencia del otro. Si no es por la pasión de vernos como amantes, que sea por la felicidad del encuentro de dos miradas amigas. La fortaleza de un amor que es más grande que nosotros mismos y al que descubrí tan frágil como nosotros mismos quisimos que fuese.

No niego que ella es mi tema favorito; nunca lo he negado: ella es mi obsesión. Lo que contradigo es al hecho de que nuestra felicidad únicamente está al lado del otro. En el pasado, tiene que haberles sucedido en alguna ocasión lo que a mí: Tuve que separarme de lo que entendía era lo más preciado. Mi corazón quedó destrozado en más de una ocasión y todos estos fragmentos que quedaron me hicieron comprender que la punta del iceberg es sólo un lugar para salir a respirar y apreciar el horizonte. El ser humano se renueva a si mismo constantemente, sino ¿cómo explicar nuestra continua adaptación? Sólo le he presentado raciones de mi corazón y, aún así, la amo con la fuerza de mil huracanes, imaginen cuanta pasión he depositado en sus latitudes y cuanto amor podría arrasarla. Cambió mi vida por completo y eso se lo agradezco. También me enseñó que puedo amar con todo mi ser. Por lo tanto; elijo seguir sus enseñanzas, opto por amar...

...por amar a la mujer que un día me salvó de las pesadas cadenas del ayer y me llevó a ser mejor persona. Si ha cambiado para su bien; para su beneficio y no para el de ambos, sigue estando bien conmigo, seguiré amando, aunque nos separen actitudes contrarias a las que admiré y lograron que me envolviera en el amor. Aunque ella diga que el pasado ya caducó y le reste valor a la evocación de situaciones para aprender de ellas; yo les garantizo que seré parte de su recuerdo. Por tanto: la maldigo. Será la misma maldición que cargare yo; la de amarla lo necesario y lo innecesario... ¿Qué hará entonces? ¿Sonreirá y me tratará como a su mejor amigo o seguirá siendo una desconocida? Creo que no liberará ese abismo pues padece de soberbia, algo que admite, pero no desea abandonar. ¿Que puedo hacer? Después de todo somos lo que somos; nada cambiara eso, siquiera la distancia, siquiera el amor, siquiera como lo veamos...