jueves, enero 28, 2010

Dioses



Por: Angelo Negrón ©

¿Sabías? Cuatro mil años antes de Cristo los Tracios veneraban a Dionisos, dios del vino y la fertilidad. Por curiosidad busqué la historia de este dios y las sorpresas no se hicieron esperar. Fue hijo de Zeus y Semele, se le atribuyó el patronazgo del vino, la música y la poesía. ¿Cómo? ¿Qué cuál fue la sorpresa que me llevé? ¿En verdad no sabes? ¿No te estas haciendo la tonta, verdad?
¡Está bien! Te lo contaré aunque estoy seguro que no me creerás.Tú eres vino, música y poesía. Hasta que me enteré de Dionisos creía fielmente que Morfeo era el ser que, enamorado de ti, no me permitía dormir. ¡En serio! Deduje que era Dionisos el culpable de mis noches despiertas. Mi sorpresa fue saber que no era exclusivamente este dios. Me percaté de que el Olimpo estaba por derrumbarse ante tu belleza...

...Tal vez por mi interés en el tema o por su desesperación, pensé yo en ese instante, fue que el mismo dios Zeus apareció. De la foto de su estatua de mármol, y con algo parecido a fuegos artificiales, brotó su figura de las páginas amarillentas del viejo libro que me prestaron en la biblioteca. Miré a todos lados sorprendido. Buscando alguien que me sirviera de testigo ante tan mágico e increíble evento. La imponente voz del barbudo ser logró que le prestara toda mi atención. Me explicó su necesidad de que yo le ayudara. Me prometió poder, riquezas y hasta algún puesto en el Olimpo. Cuando le mencioné que nada de eso me interesaba y que únicamente necesitaba tu amor, él pareció tronar de furia. Con sus ojos, literalmente rojos, me indicó que de eso se trataba. Dionisos planeaba capturarte. Amenazaba con desposarte al alba. Los celos violentaron mi ser y me llenaron de valor ante lo desconocido. Le exigí a Zeus que me llevara frente al malvado dios que osaba secuestrarte y él respondió que no seria fácil. Debería enfrentarme a inmensos peligros. Inclusive arriesgar mi vida. No te niego que dudé. Después de todo debía pelear contra un dios. Recordé tus besos y olvidé todo temor. Zeus sonrió. Colocando ambas manos en mis hombros me transportó a su reino en menos de un segundo. Lo observé sentarse en su trono. Con unas palmadas ordenó que sus doncellas me desnudaran y me vistieran con ropas de gladiador. Un rayo que salió de su dedo impactó todo mi cuerpo y me hizo sentir seguro, macizo y fornido. Zeus también me contó que en su necesidad de mantener el equilibrio del Universo y proteger los privilegios de los dioses debería despojarme de los poderes que me estaba confiriendo en ese instante a menos que aceptara quedarme a vivir en el Olimpo. Eso significaría perderte y prometí devolverle, a cuatro ninfas a quien obligó entregármelos, cuatro objetos mágicos que te describiré. Unas sandalias con alas que me permitirían volar. El casco del dios hades que me haría invisible. La espada de Ulises y el escudo de Atenea para defenderme.

Me condujo a un coliseo donde dioses peleaban contra dioses. Tuve que cerrar los ojos ante tal carnicería. Zeus fulminaba con un rayo al perdedor. Yo buscaba con la mirada a Dionisos para enfrentarlo y evitar encarecidamente que te atrapara y separara de mí. Uno de los centauros, presentes en las gradas, me explicó que debía luchar en un orden determinado con diferentes titanes hasta que llegara el momento de enfrentar al dios que buscaba. Eso — según dijo — si aún permanecía vivo al atardecer.


Tocó mi turno. Aquiles comenzó a burlarse ante mi presencia. Sus carcajadas me ensordecían. No entendía como un ser humano que nunca fue sumergido en el río Estigia osaba retarlo y esa fue la perdición de este heroe de Troya que competía por tu amor y para convertirse en dios. Mientras reía a carcajadas me acerqué con rapidez y enterré la filosa espada en su talón. Cayó adolorido al suelo. Su risa transformada en llanto cesó cuando Zeus lo vaporizó. Apolo llegó en un carro de cisnes. Furioso; aplicó velocidad a su carruaje para atropellarme, pero pude hacerme invisible con el casco del dios hades. Terminó estrellándose contra el suelo. Corrió la misma suerte que Aquiles. Artemisa, su hermana gemela, tuvo que ser detenida para que no me atacase también. Ares, como siempre, representó la fuerza bruta sobre la inteligencia. Se acercó a mi tan despreocupado que no notó cuando lancé el escudo con tal fuerza a sus pies que se tropezó. Se desplomó de lleno en una vasija que sellé y de la cual no podia salir. Hermes, el dios mediador, inmediatamente lo encontró y liberó. Zeus pulverizó a los dos por atreverse a librarlo de la prisión.

Por fin apareció Dionisos ofreciéndome vino. Dijo querer brindar por la próxima batalla que libraríamos y lo engañé. Utilicé el casco de Hades para desaparecer el vino cada vez que él levantaba su cabeza para beber. Pensando que de tanto tomar yo terminaría borracho prosiguió hasta que, brindis tras brindis, terminó desmayándose debido a su embriaguez. Zeus sonrió y lo condenó a ultratumba por algunos siglos para que recapacitara.

Saludé victorioso a Zeus. Él se acercó y me ordenó entregarle los cuatro objetos mágicos a las grayas. Diciendo esto señaló a tres ancianas de pelo gris. El espectáculo era espantoso. Las tres mujeres utilizaban por turno un solo ojo y un solo diente. Al entregárle los objetos las grayas se desvanecieron ante mis ojos. Zeus me declaró campeón olímpico. Coronó con ramas de olivo mi cabeza. Me invitó a sentarme en un trono aledaño al suyo y trató de convencerme de quedarme en el Olimpo. Ante mi negativa el clima fue cambiando. Truenos caían por doquier mientras aquel ser de gentil presencia se transformaba. Su enojo no lo entendí hasta que me explicó la forma en que te habían conocido los dioses.

Hace varias semanas — mencionó — a los dioses nos dio con echarle un vistazo a la tierra. Creo que fue cosa del destino. Hacia varios siglos que no nos fijábamos en los mortales. De hecho no sé de mi hijo Hércules desde hace dos mil cuatrocientos años. En fin, ese día tu amada arrancó una hoja de un roble amarillo mientras recitaba una poesía. Dionisos se le quedó observando. La persiguió de nube en nube. Los demás dioses, incluyéndome, quedamos intrigados por el desespero de Dionisos en admirarla y copiamos su hazaña. Todos quedamos prendados de su belleza. En el pasado tuve muchas aventuras. Deseé a mujeres mortales como no tienes idea, pero nunca había deseado a alguien tanto como a ella.

Mis celos comenzaron a aflorar. Él se dio cuenta y comenzó a reír a carcajadas.

Sí, te engañé — dijo —
Sabía que podrías vencer a esos dioses o ellos vencerte a ti. Total lo que quería era disminuir la competencia. Ahora sólo quedamos tú y yo. Ya te despojé de tus armas. Un rayo pequeño bastara para mandarte al mundo de Hades.
Yo comencé a burlarme diciéndole que no estaba desarmado, que aún tenia el arma más poderosa del universo. Ante mi seguridad dudó y yo proseguí hablando.

El amor que siento por ella es poderoso...

No basta — interrumpió él.

Es verdad. Sólo no basta. Debes añadir el que ella siente por mí y descubrirás que es más que suficiente.
Lanzó su rayo. Impactó mi ser y no me hizo daño alguno. Asombrado volvió a intentar. Comenzó a llorar. Se dio por vencido cuando descubrió que un aura dorada me rodeaba cada vez que me atacaba. Parecía un niño al que le han quitado su juguete preferido o un humano que ha descubierto que existen amores imposibles o no correspondidos. Me compadeció el hecho de que si tú no me amaras me sentiría igual y me acerqué. Dijo desearte con locura. Le expliqué que sabia de lo que él estaba hablando pues yo te amaba igual. Dejó de llorar y verlo repentinamente sonreír me puso algo nervioso. El cambio de humor me asustó, pero al recordar que él era un dios, supuse que debia ser normal su actitud. Me reveló que si no podia tenerte para sí mismo lograría que fueras feliz a mi lado devolviéndome al mundo de los mortales. Mandó llamar a una adivina llamada Casandra y a su hermano gemelo Héleno. Me advirtieron que leerían mi futuro. De primera instancia no acepté, pero Zeus insistió. Habló de mi regreso a casa. Ese sería su regalo por hacerle comprender que la felicidad del ser amado es lo que importa y que Hera, su esposa estaría igualmente agradecida. Los gemelos adivinos pusieron sus manos en mis hombros. Me sentí mareado. Una intensa luz inundó mis ojos y me obligó a cerrarlos. Al abrir mis párpados me encontré frente a ti. Vestías una túnica blanca radiante. Tu pelo era adornado con hojas de laurel. Tu cinto era de oro y en tus manos llevabas un arpa a la que le robabas tonos hermosos. Tus sandalias estaban amarradas hasta un poco antes de la rodilla. El escote de tu vestidura llegaba al ombligo. Dejándome apreciar parte de tus pechos que se hacían de esta forma extremadamente provocativos. Tu sonrisa era angelical. Me arrimé a tu cuerpo mientras dejabas a un lado el arpa. Comencé a acariciar tu cuello mientras mis ojos se perdían en los tuyos. Se llenaron mis pulmones de aire ante la necesidad de acariciarte entera. Tu cuerpo se me hizo laberinto que deseaba recorrer. Como hombre enamorado de una mujer que hizo temblar al olimpo tus besos me supieron a gloria. Tus caricias rodearon mi existir. Busqué en mi derredor el caballo de Troya que usaríamos de habitación, pero preferiste hacer el amor en el jardín consagrado a Hera. Un caballo volador, desendiente de Pegaso, nos llevó en su lomo hasta el hermoso jardín. Árboles de manzanas de oro que conferían la inmortalidad nos rodeaban mientras te quité el cinto y dejabas caer la túnica al suelo demostrándome tu delicada desnudez. Mis ojos apreciaban tu ser en toda su talla. Mi erección ansiaba estar dentro de ti. Señalaste tu verticalidad y en forma de ordenanza me hiciste cumplir a cabalidad con tus deseos. No eran otra cosa que los míos propios y desempeñé con mis dedos y mi lengua el abrazo de tu humedad. Tu insistencia en poseerme me hizo temblar de pasión cuando al unísono nos convertimos en brillo de estrellas, en volcán de pasiones. Aún nos quedaron ganas de caricias después de haber transitado por los caminos de la lujuria y el amor. Tu cabello hacia que los árboles de manzanas de oro palidecieran ante tu hermosura. Tu boca fue en todo momento experta ejecutora de placer y tus ojos mi más grande tesoro. En ellos vi todo tu ser, el físico, el espiritual y el divino.

Me hizo sumamente feliz ver pasar a Afrodita a lo lejos. Noté que llevaba su cinturón, capaz de hacerla irresistible ante los hombres y ante los dioses. Suspiré aliviado de que no era eso lo que utilizabas para conquistarme y hacerme prisionero de tu amor, sino que tu belleza era tan real como tus besos, tus gemidos y tu humedad. Nos levantamos del suelo y me invitaste a acompañarte. Cuando me disponía a preguntarte a donde, tu dedo índice se posó sobre mis labios invitándome a callar. Aproveché para saborear los jugos de tu resquicio que aún estaban presentes en el desde que te tocaste para mi. Me revelaste tu fantasía de hacerme el amor justo al atardecer en la cascada de un hermoso río cercano. Fantasía que compartí con alegría y que...
¿Por qué me miras así? — Interrumpí

¿Cómo? — mencionaste irónica.

Como si no creyeras lo que te estoy contando. Te lo advertí al principio. No me creerás, pero insististe en que te dijera lo que me pasó ayer.
¡Es una fábula hermosa! — dijiste.

Está bien — proseguí —
al menos nos sirve para que sepas cuanto te amo. En realidad te amo con todo mi ser.— Y yo a ti mi amor...
Me robaste un beso y, con el, la continuación de mi historia pues nos inundamos de caricias. Nuestros ojos cerrados al besarnos sintieron la ráfaga de luz que vino después. Al abrirlos mientras aún nos besábamos contemplé a Zeus y a Hera que se besaban con igual pasión. Me sentí orgulloso. Por fin esos dos encontraban la paz que significa el amor verdadero. Antes de alejarse, Hera dejó caer una corona de laureles sobre tu cabello y una túnica blanca a tus pies adyacente a un cinturón dorado. Señalé los regalos que acababas de recibir para que me creyeras y tú sonreíste. Sugeriste que quien debía intentar comprender era yo mientras un hermoso brillo cubría tu piel despojándote de tu ropa e invistiéndote con la túnica blanca y el cinto.

Cielo, soy una diosa y tú un dios. Juntos habitaremos entre los mortales hasta que decidamos mudarnos al Olimpo o al confín del universo. Ahora acompáñame. Deseo hacerte el amor en un jardín de manzanas de oro y luego en la cascada de un río cercano...

martes, diciembre 01, 2009

Enseñanzas

Por Angelo Negrón

¿Habrá sido casualidad? Justo ahora que me siento un ser dividido a la mitad llego a mi cuarto y descubro que Neruda ha muerto. Sus ansias de libertad se han cumplido aunque no de la manera que esperábamos. Lo miro flotar en su pecera de bola y su poesía parece querer pegarse de ese espacio ausente de la vida. Mi pez favorito ya no demuestra orgulloso su azul perlado y su agresiva papada. Este pez beta osaba acompañarme en noches despiertas junto al recuerdo de mi amada. Desconozco si se despidió. Tal vez así fue, pero estuve antes de salir preguntándome tantas cosas sobre los recientes eventos en mi relación amorosa que no me fijé...

— ¿Qué sucede? — le pregunté

No dijo nada. El teléfono la escudaba, pero imaginé su rostro.

— ¿Que vas hacer? — le inquirí ante la posibilidad de invitarla a almorzar y que hablásemos de lo nuestro.

— Nada, no voy hacer nada. ¿Qué quieres que haga? Nada. — dijo casi gritando.

Su repetido “nada” disparó mis dudas. Y comenzó una de esas discusiones al teléfono en que verbalizas preguntas aún a sabiendas de que no existe respuesta.

— Nos estas destruyendo —mencioné.
— No me dejas alternativa — señaló.
— Hablemos de frente — le rogué.

Dijo que sí, pero su tono me indicó que perdería mi tiempo. Sucedería como otras veces. Se escudaría en su soberbia y yo en las dudas que me asaltan cuando no puedo reconocer el porqué se esmera en ocultar su rostro en máscaras nuevas que sabe le hacen daño a lo nuestro.

Llego a su encuentro. Antes me he prometido mil veces que no excusaré su desconsideración y altivez con pensamientos de conformismo y tampoco caeré en el drama de tratar de entender sus actitudes. La escucho hablar. ¿Será que padece de bipolaridad? Pienso y me reafirmo en que, por primera vez en nuestra relación, no estoy para comprender y aceptar, sino para ser asertivo con un futuro menos complicado.

Sigue hablando. Osa, sin miramientos, hacerme ver que en su plan maestro ya no soy sino uno más. A pesar de que su rostro refleja, esta vez, la máscara de la dejadez; el mío irradia el antifaz de los recuerdos. La veo besándome, manteniendo divertidas pláticas que rayaban desde lo trivial hasta filosofía o simplemente mirándonos. Ante tal actitud descubro que estoy orgulloso de lo que siento por ella. El amor es algo hermoso y lo que hemos vivido es inalienable. Si no siente lo mismo, o no desea demostrarlo ya, esa es una decisión que debe cargar ella; yo no. Decido pues, vivir de remembranzas. Lo prefiero así. Parece más cómodo recordarla de una sola manera. De la forma en que me brindó los días más significativos de mi existencia. Vendrán otros días, lo sé. Nos despedimos con la promesa de vernos esa misma tarde. No existe beso, ninguno lo propicia, lo que añade a mi pensamiento la confirmación de un adiós.

En la tarde me llama al teléfono móvil y plantea temas triviales. Habla de esto y aquello, pero ni una sola muestra de querer hablar de nosotros. Se ríe de haberse pasado el semáforo y la entrada que la llevaría a estar algunos minutos conmigo. Sigue su camino como si no existieran otras intersecciones donde alcanzar nuevamente la ruta hacia mí y, tal vez, hacia lo nuestro. Me despido. Le digo adiós y ella insinúa un “hasta luego”. Me quedo viendo el atardecer. Hermoso como siempre. Descubro que no ha surgido ni una sola lágrima de mi ser y tal tranquilidad me asusta.

La noche invade el lugar y abandono el parque donde me encuentro. Tal vez regrese alguna vez. Lo haré solo. Transformaré instantes en recuerdos más vivos cuando este allí. Me retiro y la congestión vehicular no ha cesado. Enciendo la radio y me pierdo en melodías que añaden dramatismo a lo que me acontece. Aún así voy sonriendo al llenarme de recuerdos.

Llego a casa y entro. Me recuesto en la silla del escritorio. Enciendo mi computadora. Siento soledad, pero no así vacío: Vuelvo a sonreír ante el repaso de mi promesa: “viviré de remembranzas”.

— Continuaré disfrutando de su amor aunque no de su presencia física — me digo a mi mismo mientras mi sonrisa se vuelve complacencia. Busco con ahínco la foto que nos tomamos juntos en un restaurante y mi sonrisa se disuelve. Justo al lado de esa foto diviso a Neruda flotando inerte. La lagrima brota sincera. Lo he perdido. Lo tomo en mi mano y camino pausadamente hacia el jardín. Luego de un sepelio improvisado busco su foto digital y la imprimo. Escribo debajo de la foto palabras que le robo al tocayo de mi pez: Pablo Neruda.

"El mes de Marzo vuelve con su luz escondida
y se deslizan peces inmensos por el cielo,
vago vapor terrestre progresa sigiloso,
una por una caen el silencio de las cosas".


Con cinta adhesiva pego el impreso en su pecera y me digo que tardaré en adquirir otro pez para mi escritorio. Neruda seguirá acompañándome. No pensaré en su muerte sino en su vida y lo que me brindó su compañía. Contesto mi pregunta sobre si será una casualidad o no estos dos acontecimientos que me han sucedido hoy. Dictamino que fue más bien causalidad. Neruda se impuso en darme una lección y ella a mostrarme su verdadera esencia. Siempre tiendo a enaltecer el amor y no cesaré en mi empeño. Lo que dejaré de idealizar es a las personas y a mi mismo. Somos humanos capaces de ser dioses de nuestro destino. El mío, como el de todos, no está construido aún. Si así fuera, no estuviese aquí: Estaría acompañando a Neruda. Pero eso si, hoy aprendí en carne propia algo que he escuchado siempre y a lo que no le había prestado atención: Hoy asimilé que esta vida es una y hay que disfrutarla a plenitud. También daré más importancia, si es eso posible, a las remembranzas.

— Seguiré orgulloso de lo que siento. No tiene que esfumarse este sentimiento de amor que logró sembrar ella en mí. Tal vez algún día decida regresar a ser quien fue cuando éramos nosotros lo importante. Si ese día, debido a los recuerdos, sigue este corazón latiendo de igual forma por ella: Mi boca buscará besarla de inmediato. Por el contrario, si ya mi corazón late por alguien más, entonces será ella quien tal vez, si no ha aprendido, aprenda el poder del amor, los recuerdos y los buenos amigos: Si no lo ha hecho para ese entonces... le regalaré un pez…

lunes, noviembre 23, 2009

En alta voz: desde la poesía, la narración y la creación

Recital de Sheila Candelario y Hector Torriente





El martes a las 7 PM en Biblioteca Carnegie
Los escritores puertorriqueños Sheila Candelario y Héctor Torriente ofrecerán el recital titulado En alta voz: desde la poesía, la narración y la creación, en la Sala Luis O'Neill de Milán de la Biblioteca Carnegie en San Juan. El mismo se efectuará el martes, 24 de noviembre de 2009, a las 7:00 pm.

Sheila Candelario es autora de Instrucciones para perderse en el desierto. Publicado bajo la editorial colombiana Palabra Viva en el 2004, el mismo reunió su obra poética y narrativa que se encontraba dispersa en revistas y antologías hispanoamericanas. En Puerto Rico, durante la década del 90, fue parte del catálogo de escritores de la revista Taller Literario. En el circuito cultural de Nueva York, Candenlario ha participado en lecturas y encuentros de escritores en salas como El Nuyorrican Poets Café, Bowery Poetry Club & Café, Galería Mixta, Hunter College y Trazarte, entre otras. Esta escritora se ha desempeñado como Catedrática de Literatura Latinoamericana en diversas universidades en los Estados Unidos. Actualmente enseña en la Universidad de Fairfield en Conneticut. En el 2010 se publicará su libro de narrativa corta Geografías Dislocadas.

Por su parte, Héctor Torriente es el pseudónimo que utiliza en los linderos poéticos el catedrático, investigador y profesor de la Escuela de Comunicación Pública de la Universidad de Puerto Rico, Héctor Sepúlveda. Autor de títulos como Bajo asedio (Comunicación y exclusión en los residenciales públicos de San Juan), y Suaves dominaciones (Críticas y utopías de los medios en Puerto Rico), Torriente nos obsequia en su obra más reciente Pichón de mime careto una colección orgánica de cuadernos poéticos. Anda buscándote el amor, Patrios sueños del Vallebuco, Soledumbres y Cronotristezas, son los títulos incluidos.

En alta voz: desde la poesía, la narración y la creación será moderado por el escritor y comunicador Carlos Esteban Cana, fundador del colectivo Taller Literario. El evento será amenizado por el guitarrista clásico Félix Rodríguez y se sortearán libros de autores hispanoamericanos entre los asistentes.

domingo, noviembre 01, 2009

Ofrenda a una Diosa

Por Angelo Negrón



— La verdad es que tuve razones para separarlos. Odiaba la forma en que él la tocaba. Saber que también la hacia suya, cuando así lo deseaba, me obsesionó tanto que los celos me cegaron. Pensaba que al librarme de él, sería sólo mía y me equivoqué. Se marchó de mi lado aunque no de mi vida pues su recuerdo aún me persigue. La conocí una noche en que motivado por la curiosidad entré en Internet a “chatear”. Después de haber perdido mi tiempo por varias horas leyendo y escuchando tonterías, leí sus palabras dirigidas a mí. Juro desconocer que fue lo que le motivó a hablarme, tal vez el seudónimo que utilicé o la búsqueda de aventuras, pero de algo estoy seguro: esa noche la pasé divino.

Ella se expresaba como los Ángeles. Tenía tanto de qué platicar y yo quedé sorprendido de lo maravilloso que podía ser conocer a alguien oculto en la cuadrada forma de un monitor, en el sublime antifaz de la distancia. Luego, existieron cientos de noches de charlas divinas y miles de correos electrónicos donde fui conociéndola a tal grado de enamorarme de su alma sin importarme el físico que no conocía. Esperaba esos correos electrónicos que me hacían completamente feliz como se espera el alimento cuando más hambre se tiene.

Llegó el momento en que pude escuchar su melodiosa voz a través del teléfono y también el instante en que pude ver su físico en una foto que me envió por “e-mail”. Fue sensacional, era hermosa en verdad y me obsesioné doblemente. Por eso el día en que la conocí en persona mis ojos no hacían más que querer escaparse en su mirada. Entablamos una amistad más profunda. Cuando la besé tras ella pedírmelo me transporté a una boca deliciosa, a los labios más tentadores que me hayan besado jamás. El deseo transformado en lujuria, después de varias salidas, fue venciendo nuestra timidez. Conocimos nuestros cuerpos desnudos y eso fue celestial. La acaricié como sólo el amor puede hacerlo.

Siempre nos desnudábamos frenéticamente. Su vientre encendido fue mío. Sus pechos se acoplaron a mi boca. Pude palpar el deleite en toda la extensión de su cuerpo. Manosear toda la dimensión de su clítoris hinchado a la espera del embestir de mi lengua haciéndola transportarse al olvido de que existía alguien más que no fuese yo. En toda mi vida de creerme un consumado amante nunca había sentido sensaciones iguales, ni siquiera cuando en mi juventud temprana aquella mujer mayor me hizo esclavo de su ardiente sexo y pensé que me había enseñado el camino a la lujuria.

No fue así. Son tantos los senderos a la carnalidad y el deseo que te das cuenta que el perfecto equipaje para que dos cuerpos desnudos sean felices no es otro que el amor verdadero. Con esta conquista lo descubrí. Y es que la forma en que temblaba mi piel de sólo pensarla me inculcaba cada vez muy adentro la necesidad de poseerla. Mi erección era instantánea de tan sólo sentirla cerca pues parecía tener siglos de experiencia condensados en su boca y en su cuerpo que se movía sobre mí con el ritmo de la pasión creciente, con la calma de quién devora al amante soñador de lascivia.

Aún pienso con vehemencia en mis dedos perdiéndose en sus cabellos, en mi mano dejando de ser mía cuando estaba entretenida en sus pechos y en mi boca extraviada en el promontorio placentero de su bajo vientre. Añoro su espalda curvilínea a la hora de probar la rígida erección de mi ser. ¿No se te hace la boca agua? ¡Piénsalo! Piensa en sus dulces labios llevándote a olvidar todo lo que no sea placer, lujuria y sobretodo amor.

Definitivamente ella es el amor que busqué escondido en años de noches solitarias y amaneceres incompletos. El deseo más oculto de sentir el placer más divino y la innumerable sensación de estar en el cielo constantemente. Por ella se originó la parte más inolvidable de lo que me ha tocado vivir. La felicidad se desborda en todo mi ser.

¡No me mires así! Ya sé que también compartía sus atributos con alguien más. Nunca mintió. Jamás ocultó el hecho de que era casada. Al principio no me importó. ¿Qué podía hacer? Llegué tarde a su vida y no era su culpa. Los celos me consumían cuando no podía estar con ella como deseaba. El tiempo en que lográbamos compartir se limitaba a la sombra de otro y eso me desquiciaba por completo. Así que decidí eliminarlo de nuestro camino. El plan tenía que ser perfecto.

Me dediqué a seguir la rutina en que mi contendiente vivía. No fue fácil. Tropecé con la obligación de verlos caminando tomados de la mano o besándose apasionadamente demasiadas veces y como si yo no existiera. Mi amor por ella me hacía perdonarla, pero a él lo odié como nunca pensé podía llegar a odiar.

En mi persecución pude notar que mi rival tenía una vida perfecta, pero lo que en realidad le envidié a mi antagonista fue el hecho de que cada mañana cuando abría los ojos se encontraba el cuerpo desnudo de mi amada y que cada noche podía hacerle el amor a su antojo. Bajo estos pensamientos que me volvían loco concebí todo y fue más fácil de lo que yo creía.

Me explico: en una de las salidas que tuvimos, mi amada y yo, nos fuimos de compras al centro comercial. Tomé sus llaves sin que se percatase. Me encargué de sacarles copia mientras ella estaba en el probador de damas midiéndose uno de esos trajes que tanto me gustaba quitarle. Y ese día, le arrebaté el que llevaba puesto. Después de hacer el amor hasta en el garaje del motel supe que mi plan funcionaría. Me confesó que al día siguiente estaría en un seminario del trabajo y su esposo la pasaría en casa solo. Ante la certeza de que, tras la desaparición de mi contrincante, no la vería por un tiempo me propuse poseerla ese día las veces necesarias para que me empalagara su sexo, pero no logré abastecerme de ella. Es que es increíblemente apetecible. Mírame, de sólo recordarlo nace en mi una erección.

Ja, ja, ja ¿qué te parece? Bueno... Esa mañana en la que consideré que me libraría de él, esperé a que ella se fuera para su seminario y con la copia de las llaves entré hasta su dormitorio donde lo encontré profundamente dormido. Tomé una de las almohadas y usándola para amortiguar el sonido de esta automática le disparé justo en la cabeza. Su sangre corriendo rápidamente por las sabanas blancas de su cama me hicieron sentir muy bien. Reconocí en ese instante que compraría otra cama donde pasar los próximos años que me quedaban de vida con la viuda de ese hombre al que se le ocurrió amar a la misma mujer que a mí. Sin dejar una sola huella me dediqué a revolcar el aposento y a sustraer todo lo que encontrara de valor para que se entendiera que había sido un robo. Me marché de allí a enterrar las joyas que encontré escondidas en el closet no sin antes forzar la puerta de entrada.

Le di varios días a mi amada para que pasara el duro golpe de perder al inútil de su marido. Me sorprendió sobre manera cuando la llamé varias veces al trabajo y no respondió mis llamados ni los mensajes que deje grabados en su “voice-mail”. Seguí investigando hasta que descubrí por medio de un familiar que ella se había ido de viaje para despejarse por la muerte de su esposo a manos de un asaltante. Conseguí la dirección donde ella se encontraba. Tomé un vuelo que me condujera a sus brazos. ¿Quién mejor que yo para consolarla? Al llegar se mostró claramente sorprendida. Comenzó a llorar cuando le recriminé por haberme dejado solo y no permitirme ayudarle en su momento de dolor. Ella me pidió perdón. Cuando le ofrecí mi pecho para recibir su abrazo se negó diciéndome que había recapacitado y no quería nada conmigo. Dijo que tras la muerte de su esposo se había dado cuenta que lo amaba en verdad y por mí no sentía nada. Que yo había sido sólo una aventura de la que se arrepentía pues la memoria del hombre que amó la perseguía y no volvería a amar a nadie más.

¿Puedes creerlo? Mis ojos estallaron en dolor. Por más que traté de hacerle ver todo el amor que ella sentía por mí, me rechazó en cada intento. Yo moría por dentro. La verdad, aún no sé si aprendí la lección. A veces me da con pensar que si no hubiese apartado a mi competidor, nosotros estuviéramos juntos y ya la hubiese convencido de mudarse conmigo a mi cama, donde la extraño demasiado. De hecho, cada vez que pensando en ella juego conmigo mismo logro la erección, pero nunca puedo terminar de darme satisfacción pues la necesidad de ella en mi lecho es genuina.

Ahora dime la verdad ¿Alguna vez te ha hablado de mí? No creo eso de que no te haya contado lo sensacional que soy en la cama. Ella misma me enseñó. Me mostró el camino del gozo inmenso y sin igual de eyacular basándome en el amor verdadero. ¡No mientas! Si he sido sincero contigo al contarte esta historia es porque lo menos que espero de ti es la respuesta que necesito escuchar. Ella prometió estar sola, que no volvería a enamorarse de nadie más. Disculpa si estoy llorando, ella me convierte en un ser débil. No la he matado porque debo convencerla de regresar conmigo, además, prefiero observarla de lejos que visitarla en el cementerio. ¿Me estas diciendo que sí?¿Qué te habló de mí?¿Qué? ¡Ya te advertí que no me mintieras!

¡Mientes! Estoy seguro. ¿Tienes miedo de que estropee tu cabello con una de estas balas? Escúchame. Así será. Como te dije hace un rato mientras te ataba en esa silla, nadie puede amarla como la amo. Por eso cuando la semana pasada la vi saliendo tan acaramelada contigo del cine me sentí morir. ¿Qué clase de patrañas le has dicho? ¿Cómo pudo olvidarse de que la estoy esperando? ¿Qué le vió a un pendejo como tú? ¡Que se joda! Ya no me importa. ¡Cállate! No supliques más. Nadie te escuchará. Sólo me resta decirte que si estas enamorado de ella lo entiendo. En verdad es una diosa. Pero no te preocupes, no tendrás que celarla como yo, pues ella: o es mía o de nadie...

Y en el aposento de aquella casa abandonada, que servía de altar para el sacrificio ofrecido por un loco enamorado, sonó el disparo que inundó todo. La detonación logró que otro corazón dejara de palpitar. Y sólo porque se atrevió a amar sin medida a una diosa cuando apenas era un simple mortal...

lunes, mayo 04, 2009

Conversaciones II

Por Angelo Negrón
...en el mismo bar. Esta vez no hay clientes que yo conozca. Escogí la mesa más lejana de la barra y hablo, como algunas veces, con… mi conciencia…
— Veo, veo…
— ¿Que ves?
— Una cosita…
— ¿Con que letresita?
— Con la letresita O
— Obtener.
— No, esa no es.
— Orgasmo.
— Je, je, je. Esa tampoco.
— Ofrenda.
— Creo que no adivinaras.
— Obsesión.
— Estoy algo obsesionado con la palabra que debes adivinar, pero no, esa no es.
— ¡Me rindo!
— ¿Tan pronto?
— Si, quiero saber.
— La palabra es Olvido…
— Estuve a punto de decirla y la obvie.
— ¡Perdiste!
— Si. Y ¿todavía piensas en olvidar? Mientras tratas de olvidar es porque todavía recuerdas.
— Si, lo sé. Pero, quiero olvidar o al menos no pensarla tanto.
— Ja, ja, ja. Eso mismo dijiste hace mucho y aún sigues recordándola.
— Es que el amor es así… Además, no se olvida de la noche a la mañana lo que has vivido con sinceridad.
— Creo que no se trata de olvidar. Sino de recordar.
— ¿Qué dices?
— ¡De eso mismo! Te la pasas quejándote de querer olvidar algo que fue hermoso.
— Si, pero es que no terminó bien.
— ¡No importa! No terminó bien, porque aún no ha terminado. No al menos de la forma en que lo estas haciendo. Entiéndelo; Mientras quieras seguir olvidándola; ese final sigue de la forma incorrecta. No habrá nada que te aliente. Ninguna respuesta que te de cualquiera, ni tu mismo, será la correcta. Es mas, como te dijo aquella amiga en la universidad: “es que aunque ella regrese y te de mil explicaciones y mil excusas, ninguna será valida porque estas bien dolido.
— Si, es como Shakira: “No solo de pan vive el hombre y menos de excusas vivo yo…”
— ¡Lo ves! ¡comprendes lo que digo! La manera correcta es que la recuerdes. Cada día, cada momento. Sin dolor, con la alegría de haber podido conocerla, de haber podido compartir con ella. Cuando logres esto, será muy fácil dejar de sentir esa amargura, esas depresiones y sobre todo ese obsesivo querer olvidar.
— ¡Si fuese tan fácil!
— No seas pendejo. Si, es muy fácil. ¿Recuerdas a la primera mujer que besaste?
— ¡Claro que si!
— Al principio cuando dejaron de verse ¿Cómo te sentiste?
— ¡Destruido!
— ¿Ah si? Piensa en ella, que recuerdas.
— Recuerdo su nombre: Mariluz, el color de su cabello: Rubio, sus ojos: Café: sus labios: poco pronunciados, su cuerpo: esbelto, su…
— Perdona que te interrumpa en tan descriptivas lista de palabras, pero es que; me refería a como la recuerdas: ¿con amor profundo, con odio y angustia?
— ¡Nada de eso! La recuerdo con mucho cariño. Me enseñó el poder que tiene un beso.
— Por eso. ¡Tu mismo te contestas! Primero mencionaste que quedaste destruido y ahora dices que la recuerdas con cariño.
— ¡!
— Con el tiempo veras que los momentos que vives son mágicos. Y que si los recuerdas como lo que son, ósea, vivencias, serás feliz…
— Esta bien, pero es que ella no es cualquiera. No se trata de una niña, sino de mi alma gemela.
— Lo sé. Acaso te olvidas de con quien estas hablando. Debes creerme; en vidas pasadas hemos tenido esta misma conversación…Entiéndelo de una buena vez: debes recordar lo feliz que has sido y lo demás llegará por añadidura.
— Lo intentaré…
— No, ¡hazlo!
— Lo haré. Ahora será mejor que nos bebamos algo. Te estas obsesionando.
— Ja, ja, ja. Un guardia diciéndole policía a otro…
— Bueno, al menos yo lo acepto. Soy un enamorado-obsesionado que busca olvidar.
— Que buscaba olvidar. Ahora recordaras.
— Brindemos por eso. Recordémosla. ¡Veo, veo!
— ¿Qué ves?
— A ella…
— ¿Cómo la ves?
— Amándome…
— ¿Con que letrecita?
— Con el abecedario completo…
— ¡Espera un momento! Eso no rima…
— ¿Qué no? Tendrías que vernos; somos dos rimas libres en el poema de la vida…

viernes, abril 17, 2009

EN LAS LETRAS, DESDE PUERTO RICO

por Carlos Esteban Cana

El panorama literario en Puerto Rico recibirá
durante el 2009 la colección Docenas de hornero,
empresa que reúne, por primera vez,
la vasta obra cuentística de Antonio Aguado Charneco,
bajo el sello editorial Biblioteca d Taller.

A continuación, ofrecemos a los lectores de Confesiones
un adelanto. Se trata del cuento Nieblinero,
incluído en el tomo Soseiva Sotaler en los umbrales umbríos.




NIEBLINERO


Amaneció con barruntos de mal tiempo. Las nubes oscuras se movían bajitas, ocultando los topes de las montañas circundantes; la niebla emanaba y era capturada en las ramazones de árboles y arbustos. Nubes y niebla se unieron para componer la neblina que desdibujaba los contornos familiares: la choza y el establo, la letrina y el galpón de los aperos.

La mujer se acarició el vientre, henchido de vida, mientras vertía el agua caliente sobre un colador con harina de café; el agua borboteó en su monólogo y el café dialogó en sus emanaciones aromáticas. Ella llenó dos tacitas hechas de coco, respiró el olor y rió con satisfacción; la vida le era grata por acá, en el campo, con un tornar a la naturaleza y las cosas sencillas, lejos de la turbulenta ciudad. Con la pensión de veterano incapacitado, de su marido, suplementando lo que sembraban y criaban, vivían bastante bien.

Cuando cuchareó el azúcar moscabada se dio cuenta que la misma se estaba terminando; llevó los coquitos humeantes hacia las hamacas, colgadas cómo signos de paréntesis caídos, bajo los centenarios árboles de pomarrosa que sombreaban la plataforma de tablones en el patio. Al verla aproximarse el hombre reclinado se movió para quedar sentado, con una pierna a cada lado de su hamaca. Él le sonrió al exclamar: --¡Gracias cariñito!-- al aspirar añadió: --Umm, qué rico cuelas.

--¿Nada más que eso hago rico?--
con soslayo de ojos preguntó ella.
--Maliciioosa.-- con un guiño ripostó él.
--Ya hay que comprar par de cosas, las galletas de soda se acabaron y el azúcar casi. Si quieres yo voy al colmado en lo que tú volteas la finquita, a ver si consigues unos racímos de plátanos y guineos.-- comentó ella mientras sorbía.

--Bien. Trae salchichón, para hacer una tortilla, que ya averigüé dónde una de las guineas tiene nido.-- manifestó él entre trago y trago. Unos ruidos, cómo de rebuznos, emergió desde las conejeras. Las dos miradas giraron en la dirección de los sonidos y una tristeza ensombreció los rostros. Un niñito, de algunos tres años, alimentaba con yerbas a los conejos; sus ojos, de un verde maravilloso, buscaron a las personas y en la agraciada faz del infante la boca se trocó en risas. Volvió a escucharse el rebuznar, de tétrica resonancia, seguido por palabras initeligibles... y todo ello provenía desde el niño.
La mujer echó a caminar hacia la casa; en tanto se alejaba comentaba:

--Me voy para la tienda, llévate tú al nene.
Mudamente el hombre asintió con movimiento de cabeza, su vista fija en la criatura eñagotada en el suelo, y por lo bajo dijo: --Mi pobre Angelito.

Con dedos desfigurados, que se adherían a los muñones a la altura de los codos, el niño echaba yerbajos por las ranuras en las jaulas mientras las grotescas carcajadas se sucedían en tono cada vez más alto. El padre pensó: “Los médicos dicen que en la barriga de la madre hay una nena y que todo luce normal... hasta ahora... pero claro el cuerpo es una cosa y la mente otra; el retardo mental no se puede determinar todavía. Maldito agente naranja”.

El hombre salió del abrazo de la jamaca; se encaminó hacia el establo. Cuando ensilló la yegua le puso dos banastas; una serviría para transportar al niño y la otra para acarrear los productos de la campiña. Acomodó al crío, y luego se terció el machete en el cinto; trás colocar una reata en el pomo de la silla, trepó sobre la jaca, y se lanzó a recorrer el trillo que se adentraba por la espesura.

Un trueno ronroneó en la distancia... El estacato del pájaro carpintero horadó el nieblinero, lúgubremente apagado por la bruma. Por algúno de los vericuetos de su mente resurgió Vietnam... A veces... algunas cosas le hacían recordar la vorágine aquella. Por eso vivía menos preocupado alejado de los grandes centros urbanos; ellos estaban poblados de ruidos intranquilizantes, como las contra explosiones en los autos, los intercambios de plomazos por los policías y las gangas, o entre ellas.

Por acá, a veces, el bosque le recordaba las junglas del sureste asiático pero los trinos de las aves pronto le decían que no; le indicaban que esto no era lo mismo ya que los pájaros de allá eran silentes, la guerra les había asustado el cantar, les había espantado el regocijo.

Un refucilo enceguecedor alumbró su miedo, un atronador ruido cómo de cañonazo causó que él se tirara al suelo. Reptó el hombre por el fango. El agua comenzó a caer. Luego, mientras él proseguía arrastrándose, empezó el diluvio; el terreno saturado se encenagó con rapidez y el barro lo embadurnó del todo: boca, nariz, orejas... los ojos.

En su entorno los celajes de luz y las detonaciones se sucedían; ellos no permitieron que el veterano en el suelo viera y escuchara el aercamiento de una silueta hasta que la misma se le encimó; hurgó él por el hojarasca enfangada en busca del arma de fuego, que creyó tener, al no encontrarla empuñó el machete; encauzó el tajo hacia la difusa aproximación; sintió el metal morder carne; se alegró al evidenciar que la testa del vietcong caía desprendida del torso.

Tan súbito como empezó el aguacero fue su escampar. Cesaron los relámpagos y truenos; sólo quedó la peste de aire quemado, que los árboles fusilados por los rayos, esparcían en la floresta. Tembloroso, con el machete ensangrentado por delante, el hombre se acercó a la figura caída. Sus pupilas se espejaron en los ojos desorbitados de... la cercenada cabeza de su mujer.

El alarido que emanó de todos los poros del hombre atemorizó a las aves del bosque tanto que... las silenció. El veterano permaneció enraizado en el cieno, con la mirada fija en la figura postrada; el metal sangrante se resbaló de su mano y el presente volvió a obliterar al pasado.

Tambaleantes fueron los pies que regresaron a la cabalgadura. Ante las carcajadas estruendosas del infante las manos destrabaron el cáñamo enroscado en el pomo; mientras los pasos se encaminaron hacia un roble los dedos iban haciendo un nudo corredizo y el hombre murmuraba lo mismo:

--Maldita sea Vietnam... me cago en la madre de mister Nixon... me cago en Vietnam... maldito sea mister Nixon...

El veterano encaramó hasta alta rama y en tanto se ajustaba la corbata de soga escuchaba la voz de alguien que, con tonos sarcásticos, le susurraba:
--El agente naranja hace milagros y la nena nacerá con dos cabezas, para donarle una a la madre.
--¡Cállate cabrón!-- tras el salto al vacío el hombre añadió: --¡Nixon hijoeputa!-- el tensar de la cuerda amputó otra exclamación: --¡Maldi...
Sólo se escuchaban las risotadas del niño, y lo único que se olía era el aire quemado por las centellas... con su hedor de averno.



Antonio Aguado Charneco***
Nació en Arecibo, tierras del Cacique Jamaica Aracibo, señor de las márgenes de Abacoa. Es narrador efectivo en la traslación del lector al mundo primordial, manejador del vocablo taíno y guerrero experimentado en las lides de construir episodios del mundo original de nuestros antepasados, como les llamaba Corretjer. Sobresalen en su obra con fuerza y realismo mágico las novelas Bajarí Baracutey: el taíno de la cueva (1993), mención honorífica en el certamen del Ateneo; Anacahuita: Florespinas (2006, EDUPR), primer premio en los Juegos Florales de San Germán. Así como Ouroboros: seis cuentos galardonados (1985), premiado por la UNESCO y Sendero umbrío –cuentos- (1997). Entre sus obras inéditas destacan las novelas Guarocuya (3ra de la saga indigenista); Mediomundo (en torno a unos inmigrantes de Islas Canarias); LuzAzul (de temática erótica) y las colecciones de cuentos: Narcocuentos; Al sur del ombligo; Flores de muerte (relatos de Méjico); Cuentos con Zeta; Hálitos del Averno (antología) y Soseiva Sotaler en los Umbrales Umbríos. También tiene varios libros de ensayos.

sábado, abril 04, 2009

Conversaciones I

Por Angelo Negrón

Reunidos en un bar de la calle Luna en San Juan comencé una ronda de preguntas:

— Oigan —Les dije— ¿Que le dirían a una mujer para recobrarla?
— Eso depende — contestó Miguel de Cervantes — pero yo le diría: Vuelve aquí, debes ser mi Dulcinea…
— Pero, eso no es un pedido; es una exigencia— lo encaré Necesito mil palabras que le hagan ver que la necesito conmigo por las buenas.
— “Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo”— dijo.
— ¡Ay Miguelito! Que cierto es eso. Sólo tengo una pregunta: ¿Cómo reconozco el momento indicado? ¿Cuándo es: “justo a tiempo”?
— ¡Pues bien! Tu pregunta es valida. Sólo puedo contestar que te darás cuenta después de que hayas dicho muchas a destiempo, luego de que hayan dolido y sea tarde o bien cuando al decirlas recibas lo que esperas…Solamente tu sabrás…adelante; habla…
— Está bien…Diré una palabra... debe ser apropiada… a ver… ¡Ya sé!… La amo.
— Esas son dos palabras…— ¡Cierto! Diré entonces el sinónimo a esas dos palabras, diré su nombre. Sería una sola palabra. Acércate te lo diré en voz baja…
— ¿Y porque tanto secreteo?
— Confió en ti, pero no así en los demás. En este bar hay muchos poetas y estoy seguro que saldrían de inmediato a tratar de enamorarla. Tú no, Mira que tu mejor obra es de caballería…tu mejor obra es de caballería…
—Está bien, dímelo al oído…
...
— …Cierto, esa es una sola palabra, pero déjame decirte que su significado es derivado de un nombre hebreo y de la palabra antorcha. ¿Qué opinas?
— Te creo, ella fue y ha sido antorcha en mi vida. Alumbró mis noches despiertas y sigue, a pesar de todo, siendo lumbre en esta oscuridad de soledades…Sabe hacer, mas que el amor: amor y eso hemos sido, dos enamorados que pueden juntos derrumbar mil pesares, pero que separados nos hacemos débiles…Ella es la parte feliz de mi vida y la que corona mis sueños de hombre, ella es…es todo.
— Je, je, je. Tú estas enamorado…
— Ja, ja, ja Nada más cierto…— Entonces, ¿Lucharías contra molinos?
— Si ella así lo quiere, y me necesita, allí estaré...
— Cantinero, ¡otra copa!… ( No debió decirme su nombre. Sé donde ella vive. Olvido que Don Quijote es una novela de caballería, pero también lo es de amor).
— Debo irme de inmediato…había olvidado que hoy llega el cheque de las regalías de Don quijote”.
— Está bien, gracias por los consejos…
— Hasta luego.— Hey…Miguel. Olvidaste algo.
— ¿Que cosa?
— Tú en estos momentos eres producto de mi imaginación. Sé lo que piensas. No importa. Puedes ir donde ella en este instante. Te darás cuenta que me ama…
— Sólo quiero intentarlo. Llevo demasiado tiempo solo y si tú no sabes aún como hablarle ese es tu problema.
— No, no es mío, es de ambos. Ella y yo lo lograremos y si no; lo que hemos vivido juntos es superior a todas las hazañas de tus personajes…Además; si te enamoras de ella te veré de regreso muy pronto en este bar; para beber y tratar de olvidar.
— Conozco lo que al alma le conviene, sé lo mejor, y a lo peor me atengo.
— ¡Vamos! No hice más que hablarte de ella y decirte su nombre y mira como estas. Imagínate si logras mirarla a los ojos. Además, ella me prefiere a mí.
— Es de vidrio la mujer, pero no se ha de probar, si se puede romper porque todo podría ser.
— Lo sé. Pero, míranos; nos amamos con todo el ser y aún así: llevamos extrañándonos sesenta y cinco días. Todavía no encontramos las palabras correctas para unirnos de nuevo. Tal como me pasó a mi te llenara el rostro de de pena.
— Mas vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón.
— Esta bien…Inténtalo…se feliz intentándolo. Sé que no lo lograras, pero es mejor que lo intentes.
— Es tan ligera la lengua como el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua…
— Si, es cierto, pero también dijiste alguna vez “Si da el cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”. Y créeme, en este caso tú serás el cántaro…
— Brindo porque no sea así…
Levanté mi copa y le di la espalda. Seguí sumido en mis pensamientos. Dos horas después regresó Miguel de Cervantes, no tan solo con la pena en el rostro, sino también con la mancha en el corazón. La había visto de lejos, su hermosura lo cegó. Cuando se acercó a ella la vio observando una foto y al tratar de hablarle sólo recibió la pregunta de si sabía de qué forma recobrarme. Me puse de pie y lo abrasé agradeciéndole la buena noticia. Me acerqué a un espejo continuo a la barra, busque peinarme un poco dispuesto a salir en la búsqueda de mi amada. Antes de hacerlo vi a Miguel, comenzaba a embriagarse y escribía en una servilleta mientras recitaba:

— En un lugar de la mancha, de cuyo nombre si quiero acordarme…

sábado, marzo 14, 2009

Gotas

Por Angelo Negrón

El agua se desparramaba. Visitaba cada redondez de su cuerpo. Danzaba sin detenerse entre millones de poros, como lo haría yo, al disfrutar tan exquisito recorrido de caricias. Su piel se transformaba en luces de sentidos y sus pechos, como dos versos que adornan el más hermoso poema de amor, renacían erectos ante el contacto de mis ojos.

Antes de verla bañarse nos poseímos con frenesí de amantes. Lo que comenzó con tenues besos y varias miradas siguió con desvestirnos. Al quitarnos la ropa nos convertimos en necesarios uno del otro. Acoplando nuestros sexos; tocándonos por dentro y saboreando intimidades y secretos; nuestras almas fueron una.

Las gotas siguen rodando. Ante la luz brillan como la escarcha y ella pretende secarlas con una toalla sin darse cuenta de que mi mirada esta concentrada en cada una de ellas y en lo que son capaz de hacer. Parecerá tonto, tal vez así sea para algunos que no aprovechan el tiempo real del verdadero amor, pero yo, que la amo, tengo la creencia de que si me asomo lo suficiente a las gotas de agua que recorren la piel de quién amo podré ver en ellas algo más de su alma. Parecerá imposible, sobre todo cuando reconozco que verla serena justo después de haber explotado de pasión es el regalo de su infinita alma que se columpia conmigo.

En cada gota, veo su alma brillante; libre de oscuridades. Perfecta ante lo imperfecto. Secretos almacenados en poros eternos. Fragmentos de su mente y de su corazón que se niegan a comprender que me aman como yo la amo; con desesperación, vehemencia; con todo el ser…

La veo desnuda y mojada; las gotas son de plata, fuego y sueños. Las gotas me ordenan que sea yo el esclavo de sus fantasías…

La toalla; ¡Un pedazo de tela se encargó de destruir mi contacto astral con su alma! No, esperen. No son las gotas el único medio de comunicación; también están sus ojos. En ellos también he visto agua. Gotas derramadas debido a la incomprensión del dios destino. Pero sus ojos son sabios; en ellos me veo; amándola y siendo correspondido…No importa lo que suceda; cada parte de su ser me recuerda que la amo y que no existe nada más importante.

El universo se recrea: Afuera esta lloviendo; adentro las gotas siguen inundando cada pulsación y cada neurona. Repito su nombre una y otra vez mientras me muerdo los labios al recordar la pasión con la que acaba de amarme y la senda escogida por las gotas en el descenso desde su cabello hasta sus pies; mi lengua envidia el sendero y mis manos están dispuestas a seguir el mapa trazado que no olvidan ante la certeza de transitarlo nuevamente lo antes posible, lo antes necesitado…

Afuera sigue lloviznando, adentro; adentro es una tormenta que no concluye…

domingo, febrero 01, 2009

Siete días

Por Angelo Negrón

Al principio ella estaba sola. La tierra estaba desierta. Las tinieblas cubrían los abismos mientras con amor volaba solitaria por el lugar. Luego, mientras dormía, soñó que me mostraba sus ojos y se hizo la luz. Percibió que el amor que sentía debía ser compartido con alguien más. Como deseaba poseerme decidió crear la noche. Vio que la luz era magnifica. La separó de la noche. Llegó el atardecer y luego amaneció y apareció el día primero.

Descubrió que debía construir un firmamento en medio de las aguas que separara la lluvia del río o del mar. Le llamó cielo. Recordó que en su sueño me escucharía decirle “mi cielo” en tantas veces como mi voz lo permitiera. Y así sucedió: Atardeció, amaneció y apareció el día segundo.

Júntense las aguas en un sólo lugar y aparezca el suelo seco pues pienso habitarlo del hombre que soñé y que ya amo sin siquiera haberlo visto en carne y hueso — ella ordenó.

Y se hizo el mar. Luego al suelo seco lo llamó tierra. Y vio que todo era como ella deseaba. Recordó que ella también sería tierra y recibiría alguna vez la semilla de aquel hombre. Decidió igualar al planeta dándole árboles frutales y pastos silvestres. Y todo le iba de las mil maravillas. Y amaneció, atardeció el día tercero.

Entonces al ver que aún no llegaba el hombre de su sueño comenzó a llorar. De sus ojos brotaron lágrimas que se convirtieron en estrellas con las que adornó el firmamento. Al ver que se veían lindas decidió crear, otras dos; una grande y una chica. El sol le llamó a la que demostraba el calor de su pasión y luna a la que manifestaba el sentimiento de su alma. Ordenó que ambas estrellas vivieran en una simbiosis perfecta donde una necesitara de la otra. Y así fue; la piel sentía lujuria y más ardía cuando existía amor. El alma se volvía más sentimental cuando sentía pasión y lujuria. Y atardeció y amaneció el día cuarto.

Meditó cual era la razón, si alguna, por la que no se cumpliera su sueño aún. Notó que todo estaba en silencio. Dictaminó que se llenaran las aguas de movimiento y en ellas vivieran los seres marinos. Se entretuvo en especial con los delfines que le encantaron al sólo mirarlos. Jugaba con ellos en el mar cuando miró al cielo y decretó que nacieran aves. Les ordenó multiplicarse y vio que todo era bueno. Y atardeció y amaneció el día quinto.

En el día quinto creó a los animales que poblaron rápidamente la tierra. Sintió algo de soledad pues reconocía que cada especie tenía su pareja. Deseó en ese momento que su sueño se hiciese realidad. Tomó barro de su propio ser y lo moldeó a su estilo…

A su estilo y a sus ganas me creó. Sobre mi rostro sopló aliento de vida y mis labios tuvieron color. Mis ojos se abrieron. Descubrí en ese instante que, durante mi estadía en el barro, había estado soñando con ella todo el tiempo. La impresión fue tanta que me desmayé. Al despertar, noté que sus lindos ojos me observaban y que mi cabeza estaba recostada en su regazo.

Eres el dueño absoluto de todo mi ser; mi amor te pertenece — dijo y su voz se inscribió en mi alma.

La pasión me invadió. Traté de besarla y mis labios se perdieron en la eternidad de su forma fantasmal. Ella era el espíritu de la tierra y yo un mortal creado en circunstancias de amor verdadero. Tan grande que para que pudiese habitar la tierra me creó de carne y hueso; en libertad. Así estuvimos durante toda la mañana. La amé como a nadie, conociendo cada parte de su corazón, cada lugar de su mente paraíso. Y llegó el sexto día.

Esa noche, mientras dormía sobre hojas secas, tuve un sueño extraño. Soñé que el sol me amaba y la luna me poseía. Desperté llorando. Al final del sueño ambos, sol y luna, se juntaban en un eclipse y aparecía ella más hermosa que nunca. Al verme llorar, porque no podía consumarse nuestro amor, sonrió. Me dijo que crearía a alguna de mi especie para que yo fuese feliz. No entendía lo que me quería decir así que le pregunté. Con su dedo me hizo una señal para que guardara silencio y tomó barro; lo moldeó en la forma de una mujer idéntica a ella. La detuve justo antes de que soplara sobre el barro para preguntarle que sería de ella misma. Cuando me explicó que vagaría por el mundo me negué rotundamente.

— Yo nací para estar contigo siempre. Para eso me creaste y por lo mismo estoy aquí — le dije sonriendo y con feliz determinación.

Terminé mi explicación con un “te amo”. Mis palabras la conmovieron a tal grado que decidió pensar en otra forma de compartir su amor conmigo. Reía a carcajadas cuando se acercó a mí, me dijo que estaba segura de poder estar conmigo en cuerpo y alma. Sólo necesitaba un pequeño sacrificio de mi parte. Le dije que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Me miró con el amor sublime que le caracterizaba. Me sacó una costilla; la más cercana al corazón. Observé como ella fue tomando forma humana hasta reunirse conmigo. Nuestro primer beso fue sensacional. En el estaban todas nuestras ansias juntas. Todo el amor existente en el universo entero. Beso tras beso nos abrigó el deseo. Estábamos debajo del árbol prohibido y aprovechamos sus frutos. Comimos manzanas y quedamos desnudos en el acto. Nos hicimos el amor de forma pura y sin igual. Compartimos nuestros cuerpos. Nuestras almas fueron una.

Y llegó el día séptimo. Decidimos descansar, pero nos dominaron las ganas de amar y decidimos compartirnos siempre que deseáramos. Ese día todo lo que mi amada había creado dictaba hermosura. Una serpiente se acercó a hablarnos de las manzanas del árbol prohibido y al notar que ya las habíamos consumido todas se fue rabeando. Al verla de tan mal humor nos prometimos conservar la alegría y heredarla a nuestros hijos; enseñándoles que no debían matarse entre sí.


— Han sido los siete días que siempre soñé — me dijo — Te amaré por siempre. Más allá de esta semana; hasta el fin del universo. Viviremos y reinaremos por los siglos y los siglos, amen
— Amen — repetí yo. La estreché entre mis brazos, la besé y la amé más aún al reconocerme como su alma gemela. Supe casi todo de ella en ese instante. Sólo existió algo que desconocía y que asimilaría luego: la había amado una milésima de lo que llegaría a amarla...

domingo, diciembre 14, 2008

Disfraces

;Toda la noche he estado despierto. Primero porque el insomnio me ataca. Lo hace gracias a un padecimiento neurológico que, según dice el doctor, se me quita con estas pastillas. Yo no las quiero. Me hacen alucinar. Por eso las escondo debajo de la lengua y las boto por la ventana sin que mami se de cuenta. Segundo, y más terrible aún, porque estoy reclamando en silencio a mis padres por mentirme. Busco la manera de exigirles que no lo hagan. Especialmente a ellos que llevan tiempo diciéndome que mentir no es bueno, es pecado y me meterá en problemas.

Sin embargo, me engañan. Después de tirar la pastilla por la ventana asegurándome que caiga lejos en el pasto, veo a mi mamá. Sé que se acerca por sus pasos que, aunque sigilosos, no son encubiertos por los otros ruidos de la noche que ya conozco muy bien. No la esperaba. Escondo el libro que me acompaña y cierro los ojos al mismo tiempo. Mi madre se asoma por la puerta y apaga la luz. Nos mira en la oscuridad. Esperando algún movimiento que nos delate. Mis ojos están acostumbrados a la oscuridad y a los sonidos nocturnos. Escucho sus pasos alejarse con prisa y extraño que no sea papi el que se presente. Él siempre lo hace; no importa la hora, se asoma a vernos dormir.

Me preocupa y quiero saber de que se trata. Mi error me lleva a descubrir a mis padres en la sala. Ellos no me ven. Ambos depositan cajas envueltas con papel de regalo en la falda blanca del árbol plástico de navidad. La sorpresa es mayúscula y el pensamiento de que la mentira existe en mi casa es colosal. Medito en la mentira de hacer pensar que me tomaba las pastillas y dormía. Comparado con esto; ningún diablito vendrá a castigarme ya. Tal alivio no se compara a la tristeza de que, contrario a lo que me han dicho ellos y todos; Papá Noel no existe.

Los espero despierto. Miro, por primera vez con tristeza, los juguetes envueltos en papel de colores raros. Consumo la galleta mordisqueada y el medio vaso de leche. Mis hermanos despiertan y la casa se llena de algarabía. Los turnos al baño esta vez son más cortos; se lavan la mitad de los dientes o aguantan las ganas de usar el inodoro. Todos empiezan a mirar las cajas envueltas y se preguntan entusiasmados que les habrá traído el mágico ser. Yo los observo parsimonioso, con estas únicas ganas de contarles lo que he visto para sacarlos de su error. Estoy a punto de hacerlo; decirles que la magia no existe. Me detiene el “buenos días” de mami y el “Dios los bendiga” de ambos. Mis padres llegan al pie del árbol y nos miran detenidamente a los cinco; buscan quien no se ha cepillado los dientes. Siempre saben, no sé como, de tan sólo mirar.

Hacemos una oración; eso siempre ha sido costumbre: en la mañana, antes de cada comida y en la noche. En especial el veinticinco de diciembre; llegada de nuestro niño Dios. En medio de la oración; justo cuando decimos “no nos dejes caer en tentación” me ataca otra pregunta. ¿Será mentira lo de Papá Dios también? Casi lloro, pero me aguanto.

Abrimos los regalos. G.I. Joe se yergue en mis manos, digno contrincante de Kent el de Barbie. Mi madre, inteligente más por madre que por vieja y conocedora de cada uno de nuestras formas de ser, se acerca a mí.

— Te noté distraído en la oración, ¿qué sucede?
Aunque el frío recorre toda mi espalda me armo de valor. Miro al suelo primero, luego a su cara. Allí sus ojos ya estudian mis ojeras y mi nerviosismo.

— Es que… ya sé quien es Santa Claus — le digo aún temeroso de sus reclamos y dispuesto a reprocharle por su mentira.

— ¡Ah siiii! — me dice arrastrando las i mientras yo asiento con la cabeza — entonces — prosigue — el año que viene no recibirás regalos.

— ¿Por qué? —
le inquiero yo

— Veras — me dice — la magia de Santa se acaba justo en el momento en que descubres a sus ayudantes.

Miro a mis hermanos, yo tengo siete años y soy el tercero. Mi hermano mayor me lleva cinco años y tiene en sus manos un guante nuevo de “baseball”. Le hecho un vistazo a la estrella de Belén que prende y apaga adornando la punta del árbol. Escucho las carcajadas de todos mientras estrenan todos esos juguetes. En segundos recuerdo las veces que me han dicho que existen miles de niños que no reciben nada porque a Santa no le da tiempo, le falta el dinero, se portaron mal o como me sucede ahora; descubrieron quien es papá Noel. Me tiemblan las piernas, logro sentir que me sudan las manos. Mientras, mi madre me come con la vista esperando respuesta. Vuelvo a observar a mis hermanos y los juguetes que carga cada uno y atino a balbucear decidido: Sé quien es Santa.

— ¿Aja? — comenta mi padre que esta detrás de mi.

— Sé quien es Santa Claus — vuelvo a explicar.

— ¿Quién es? — pregunta mi madre cruzándose de brazos.

— Es… es… — le digo sonriendo mientras agarro con fuerza al G.I. Joe — Es un señor barbudo, regordete y que se viste de rojo…


Pintura por Stephanie M. Negrón (9 Años)

Relato publicado inicialmente en Bocetos de una ciudad silente de Ana María Fuster Lavín.

domingo, noviembre 23, 2008

Alfabeto

Por Angelo Negrón

Te hartarás de pensarla tanto. Los recuerdos saturarán de felicidad tu mente y de tristeza tu corazón. Buscarás en tu cuarto de estudio el refugio que no conseguirá llenar su espacio. Amontonarás libros que intentarás leer y que después de las primeras dos páginas echarás a un lado a pesar de que reconocerás que es buena literatura. Obviarás los álbumes de fotos. Es claro que no querrás ver ni su rostro sonriente, ni el cosmos de sus ojos; mucho menos los labios que tanto apeteces. Aún así, los percibirás a cada momento. Acompañaran tus memorias junto a su delicada piel y su alma; amándote en una danza inquebrantable de gemidos y miradas de pasión.
Tomarás en tus manos, como una reliquia, el marcador de libros que te regaló; ese que reproduce al universo donde juntos fueron sol y luna en eclipses de habitaciones furtivas y sabanas desgastadas. Entretenerte no será tarea fácil, ya lo notarás. Sus palabras tocarán cada curvatura del espacio que respirarás. Su carita te encantará y se acercará imaginariamente a besarte cada párpado y cada labio por separado. Te morderá el cuello y hará sonidos deliciosos en tus oídos. Creará con sus manos en tu pecho la caricia que caprichosamente deseará para sí misma. Florecerá libre y te hará dueño soberano de su cuerpo. Se atreverá a hablarte con delicadeza y rudeza a la vez, entremezclando caricias y apretones. Diluirá su mente en tu alma y se adueñará de todo tu pasado y presente sin excluir por nada tu futuro.

El libro que llamará tu atención después de que sueltes el poemario que ella te regaló será el diccionario. Deliberarás que leyendo significados de palabras lograrás cansarte y aburrirte. Lo abrirás con la certeza de que será más empalagoso que darle lectura a la Biblia cuando dicta, nombre por nombre, la descendencia de Abraham. Sonreirás cuando notes que no es ilustrado, así no te entretendrás con láminas o dibujos. Te saltarás la letra “A” pues no querrás encontrarte con la palabra amor. Menos si la palabra pueda detallar al amor verdadero, ese que precisamente sientes por ella. La primera palabra coherente que encontrarás en la “B” será Baal. Te enterarás que Baal se le designaba en la antigüedad a algún señor divino y meditarás en lo divino que es ser besado por ella.

Obviamente encontrarás las palabras cama, danza, esposo, flores, ganas, habitación, ilusión y júbilo y todas te llevaran a pensarla más. En la “K” te detendrás por un rato y casi lograrás agotar tu mente con tanta palabra extraña. Alcanzarás la “L”: libre, lazos, lluvia, llanto y aparecerá la “M”. Cerrarás el ancho libro con la seguridad de que su nombre aparecerá en letras mayúsculas y hasta su apellido adornara las páginas de esa mala idea que tendrás al decidirte por leer un diccionario. Hasta la “C” de su otro apellido estará en color oro encabezando el tercer capitulo.

Gritarás su nombre y parecerá que del viejo libro salen algunas definiciones a la atmósfera del cuarto que le ayudan al calificativo de la mujer que te trae loco con ideas: naturaleza, necesidad. Abrirás de nuevo el libro para buscar la “Ñ”, te equivocarás y lo harás en la “O”. La causalidad logrará llevarte de primera a la palabra olvidar. Maldecirás al notar que su definición será estúpida. Perder la memoria de una cosa será algo que quieras hacer y sólo recordarás más de la cuenta. Seguirás perdiendo el juicio y queriéndola como a nadie. Ser paciente es la querella que le reclamará tu corazón a tu vida. La interrogante de tu mente será: ¿qué rayos sucederá en el tiempo que unilateral estará por venir? Vacía será tu alma si la pierdes a ella. Llegas a la “W”, luego a la “X” y te desesperará el hecho de que no encontrarás en esas páginas alguna palabra romántica que describirá lo que vivieron juntos.

Conmemorarás las yemas de sus dedos rozando tus labios en la búsqueda de despertar tus ganas de besar aún a sabiendas de que esa era tu situación preferida. No podrás zafarte de tales memorias; el sonido de su voz resonará en atardeceres prestados, amaneceres distraídos por el tráfico y canciones románticas en emisoras especializadas para hacerte sufrir la lucha de olvidar lo imposible. Llenarás tu corazón de sensaciones nuevas, pero ninguna logrará colmar el espacio de solitarias lejanías de su ser. El calor de cuatro paredes cerradas en carnaval de añoranzas no superará el frío de la condena de no tenerla siempre.

Concurrirán conversaciones expuestas en caminos yuxtapuestos sobre corazones acorralados por pasados años y ante la negativa de cambiar la caída de las hojas por una vida llena de primavera. Sabrás que ella coexistirá tuya bajo condiciones de libertad incondicional y besos de miradas furtivas. Obtendrás la suerte de hablarle y escucharla en tiempo parcial sin dejar que tu espíritu agonice. Volverá a ti toda su presencia etérea y renunciarás a seguir sosteniendo el diccionario. Lo dejarás caer y chocará su carpeta dura contra el suelo que estará cubierto de pedazos del cristal del marco que habrás hecho añicos antes, cuando estrelles su foto contra la superficie enlozada de tu estudio. Mirarás al piso y notarás que el diccionario estará abierto mostrando las primeras páginas.

Por más que le huyas a la letra “A” la encontraras de todos modos. Desde tu silla descubrirás la palabra amor. Allí estará innegable la expresión que te saltarás al principio y que motivará toda la búsqueda de palabras que crees te apartarán de su recuerdo. Tomarás la foto del suelo y limpiarás los cristales. Ninguno habrá estropeado su sonrisa. Mirarás sus manos y verás que no se extenderán hacia a ti como desearás. Sus labios constarán del brillo que los caracteriza y su cabello existirá tan hermoso como siempre. Mirarás hacia su lunar claroscuro en la altura del cuello, ese que besarás con desmedida pasión sin percatarte de la pequeña partícula de vidrio que te partirá el labio.

Te preocuparás de no manchar de sangre la foto y la colocarás en el escritorio donde antes estaba; tal como innovarás su presencia dentro de tu vida. Te sentirás acompañado de miles de palabras que la describirán como lo más trascendental que le pasó y pasará a tu existencia. Sobrevivirás al tener la seguridad de besos incondicionales y nadie que pueda arruinar la apreciación de lo que vivirás junto a ella. Volverás a rezar a todas las almas gemelas del mundo para que bendigan su extraordinaria belleza, su delicadeza, inteligencia y su amor por ti. También, como habías hecho alguna vez, les pedirás que ella llegue a las nueve y dieciocho de la noche a su cita con el destino que serás tú. Volverás a colocar el libro en el anaquel y barrerás los cristales del suelo. Te sentarás en la silla después de que abras las ventanas y dejes entrar el aire fresco de la noche. Cerrarás los ojos y los abrirás cuando suene el teléfono y escuches su voz mencionándote sus ganas inmensas de verte justo al amanecer.

Te alegrarás y cualquier vestigio de tristeza que pueda quedar saldrá de tu pecho. Buscarás nuevamente el diccionario, lo aromatizarás con su perfume preferido y lo guardarás en tu maletín. Al despuntar el día se lo regalarás y al ver las palabras que subrayarás, recordará la vez que te dictó cada una de las letras del abecedario y tú le mencionaste una palabra de amor por cada letra. Apreciará el beso que depositarás justo en la comisura de sus labios, el abrazo que brindarás a su voluntad y sobre todo la forma en que aguardarás con paciencia que sus alas grandes de ángel te arropen en la oscuridad de noches despiertas donde admirarás su sueño, su rostro y su alma...

jueves, octubre 30, 2008

Carta abierta a Carlos Esteban Cana en torno a la historia de Taller Literario en Los rostros de la Hidra


por Antonio (Ni-Yamoká) Aguado Charneco***

“Once upon a midnight dreary,
while I pondered weak and weary…”
E. A. POE

Querido amigo:

Permíteme utilizar el recurso que con tanta maestría utilizas, el de señalar la senda por la cual han de transitar tus palabras con citas y epígrafes; en Los rostros de la Hidra indicas el rumbo de tu artículo (la historia de Taller Literario) con la letra de una canción de los fantabulosos de Liverpool, y ahora yo intento hacer lo propio con el fragmento de POEma arriba expuesto.

La otra noche, el dolor físico en mi convalecencia me ahuyentó el sueño, y hurtándole tiempo al desvelo, me encontré urdiendo un tapiz en mi mente… ¡Coño hermano! hay que tener mucho valor pa’ no hacerle caso al mundo mercachifle y atreverse a ser lo que uno realmente quiere… aprendiz de Quijote en tu caso. En mi tiempo no lo tuve, y nunca llegué a intentar eso de entintarme las manos en un empeño tal, en un quebrar de alabardas, como es el inicio e insistencia de una revista en torno a las letras.

Hoy, que nos aproximamos a los 15 años del debut de Taller Literario, quiero agradecerte la oportunidad concedida de permitirme, a ratos, en algo, dar paso a aquella añeja quimera de mis años mozos; a una vez felicitarte porque “moliendo vidrio con el pecho y martillando con la cabeza” has llevado el timón de Taller Litera 10 (¿te acuerdas?) por mares procelosos, llenos de escollos y hasta pejes malos, cubeteando mareas con las manos desnudas cuando veías que la nao escoraba y hacía agua. También mis parabienes porque, cuando tu postrer suspiro (como solían decir los bolerotangos) llegue, va resultar un postre suspirado salir de este mundo con una sonrisa… recordando todas las satisfacciones de ser un sencillo, pero logrado, Quijote. Créelo… va a ser así, te lo garantiza alguien que ha percibido el rumor hediondo en las alas de la parca… hace poco, muy de cerca, la cicatriz de la cornada en mi pecho lo atestigüa.

Me despojo del sombrero ante ti, Carlos Esteban… el de K’taño.
Con envidia, mucha envidia,

Toni Aguado Charneco,
Nómada entre Santa Rita (la de Río Piedras)
y Veguitazama (la de Jayuya)




Antonio Aguado Charneco***
Nació en Arecibo, tierras del Cacique Jamaica Aracibo, señor de las márgenes de Abacoa. Es narrador efectivo en la traslación del lector al mundo primordial, manejador del vocablo taíno y guerrero experimentado en las lides de construir episodios del mundo original de nuestros antepasados, como les llamaba Corretjer. Sobresalen en su obra con fuerza y realismo mágico las novelas Bajarí Baracutey: el taíno de la cueva (1993), mención honorífica en el certamen del Ateneo; Anacahuita: Florespinas (2006, EDUPR), primer premio en los Juegos Florales de San Germán. Así como Ouroboros: seis cuentos galardonados (1985), premiado por la UNESCO y Sendero umbrío –cuentos- (1997). Entre sus obras inéditas destacan las novelas Guarocuya (3ra de la saga indigenista); Mediomundo (en torno a unos inmigrantes de Islas Canarias); LuzAzul (de temática erótica) y las colecciones de cuentos: Narcocuentos; Al sur del ombligo; Flores de muerte (relatos de Méjico); Cuentos con Zeta; Hálitos del Averno (antología) y Soseiva Sotaler en los Umbrales Umbríos. También tiene varios libros de ensayos.

martes, octubre 14, 2008

Chica Fácil

Por Angelo Negrón

Por fin la recogí en la calle Santa Marta y esquina el Tren. Siempre tuve la idea, pero el miedo al “qué dirán” me detenía. La continua soledad y el eterno auto-sacrificio de la carne me obligaron a desalentar tales turbaciones. Al montarla en el auto le hablé como si la conociera de toda la vida; como si necesitarla fuera la excusa perfecta para amarla. A eso me disponía. La amaría; esperaba lograrlo en más de una ocasión.

Llegué a la habitación de mi pequeña casa. Recogido con pulcritud extrema; mi hogar contenía lo necesario para un hombre modesto y tímido como yo. Al no tener experiencia en esas cosas del amor sólo había logrado sueños y fantasías creadas en mi mente acostumbrada a vivir en el destierro obligado. Aún así abrigaba esperanzas de romanticismo. Por eso, lo primero que hice después de recostarla en la cama, fue prender la radio y asegurarme de escoger una emisora que presentara música romántica.

— Ciento veinte dólares por tu amor es un justo precio — dije como si a ella le interesara.

Acaricié sus muslos y no obtuve la respuesta que buscaba, pero si la señal de que debía comenzar a poseerla. Le fui quitando sus ropas al ritmo de música suave mientras le besaba sus inflados pechos. La piel le brillaba demasiado. Llegué a la conclusión de que la bombilla de cien voltios lanzaba más calor de lo que ella misma despedía. El olor que despedía en nada se comparaba a una buena fragancia de mujer distinguida. No me importaban mucho esos detalles pues pensaba en esa filosofía pueblerina que dicta que “en tiempos de guerra cualquier roto es trinchera”. Inicié por hablarle suave al oído las palabras que en mi diario vivir hubiese querido decirle a más de una. De hecho para sacarle provecho a mi inversión fui viendo en el perfil de ella los rostros de las mujeres a las que deseaba; comenzando por compañeras de trabajo y terminando por artistas de televisión. Si, cada vez que cerraba los ojos y los volvía a abrir, veía en aquel moldeado cuerpo a los miles de cuerpos que a través de los años había ansiado poseer.

Mi nerviosismo logró que todo se me hiciera más difícil. Al fin conseguí perder la castidad y en mi oscilación amatoria sudaba a cantaros. Aquel cuerpo era divino para mi interés erótico. Siendo mi primera vez carecía con quien compararla. Sólo atinaba a gemir de delectación y babearme como un bebé crecido. Despejé toda duda sobre la calidad carnal de aquella mujer que era un exclusivo instrumento de placer cuando pensé en la eyaculación que estaba a punto de sufrir prematuramente. Por vez primera me sentía verdaderamente feliz con mi quehacer amatorio. Estaba extasiado. Por inexperiencia, o porque eran tantas las ganas retenidas en mi ser, comencé a apretar el cuello de la infortunada que no pudo soportar tanta fuerza. Tampoco toleró la cortada en el muslo que le inferí con el broche de mi pantalón. Mismo que no alcancé a quitarme en el loco desdén de poseerla inmediatamente la vi desnuda. Ella se vació en el improperio de no darme más placer; ni siquiera me dejó completar la carrera de llegar a la gloria.

Me puse de tan mal humor por los ciento veinte dólares gastados en unos minutos incompletos de lujuria que decidí regresar de inmediato a la calle Tren esquina Santa Marta a devolver a la culpable del dolor reciente de mis testículos. Comencé a gritar palabras malsonantes a la vendedora de lascivia. Ella trató de explicarme las razones por las que no podía devolverme el dinero, pero ya la rabia se había apoderado de mí. Apreté mis puños. Cual si fuera un gorila me di golpes en el pecho y sólo reduje mi mal temperamento cuando recibí la amenaza de una llamada a la policía.

Me mordía los labios por la furia mientras la escuchaba hablar. Yo no lograba escapar de la molestia que iba en ascenso. Aún reconociendo que esa tarde iría a parar al cuartel de policía comencé por cagarme en la madre de sus recomendaciones. Quería mi dinero de vuelta y ella insistía en su negación y en sus amenazas. Definitivamente saldría esposado de allí. Comprar parches, para gomas de bicicleta o para piscinas, no me parecía la mejor forma de lograr inflar de nuevo a la chica de plástico. Esa que me podía prometer placeres sin lamentos, lujuria sin preguntas, lascivia sin exigencias...

lunes, septiembre 01, 2008

Raíces

Por Angelo Negrón

Ella, la otra, me demuestra que no existe nadie más perfecta que… mi esposa.

lunes, agosto 25, 2008

Verdad

Por Angelo Negrón

Entró al camerino y exigió que apagaran las múltiples bombillas que rodeaban el espejo de la coqueta donde lo maquillarían. Soltó el velcro que amarraba el micrófono inalámbrico al cuello de su camisa e hizo señas a la mujer para que comenzara a peinarle y maquillarlo para su última salida al escenario.

¡Los gritos me traen loco y esto no se acaba! — mencionó colérico — ¿Porqué no se va todo el público a la mierda?— continuó — Ahora quieren otra. No se dan cuenta los muy pendejos, que uno siempre deja una canción “pa’ la ñapa” de todos modos. Avanza, avanza que ya están abucheando y no quiero salir mal en la crítica. Bastante tengo con lo malo que esta trabajando el pendejo encargado del sonido.

En la puerta se escucharon golpes y demandó no ser molestado. Ante la voz de uno de sus ayudantes gritó irritado palabras vulgares y arrojó una lata de atomizador para el cabello contra la puerta.

— Lo que pasa es que el público... — trató de explicar el ayudante.

— ¡Pa’l carajo el público! Sólo han pasado cuarenta segundos ¡Qué esperen! —gritó sin miramientos.

— Pero el del sonido... — le insistieron a través de la puerta.

— Estoy listo — dijo mientras colocaba el equipo de audio en su cintura — ¿Cual fue la parte que no entendiste? — mencionó el famoso cantante al abrir la puerta — no insistas, conozco mi trabajo.

— Si, pero... — volvió a insistir.

— Si dices una palabra más no te quiero en mi equipo — espetó fastidiado.

Llegó a la tarima. La mayoría de las butacas del auditorio estaban vacías y las personas que hacían fila para salir abucheaban y murmuraban sin control. Al ver que la prensa lo fotografiaba con nuevos bríos haló una silla y recogió una guitarra recostada de la pared. Trató de comenzar la canción planeada para la “ñapa”, pero los demás músicos lo miraban sorprendidos.

— ¿Qué pasa con ustedes? ¿A donde van todos?— preguntó.

El tecnico de sonido se acercó y señalándole la cabeza le dijo:

Para la próxima, si es que existe, hazle caso a tu ayudante cuando trata de advertirte, asegurate que no tengamos problemas tecnicos con la consola de audio o apaga el micrófono cuando salgas del escenario...

viernes, julio 25, 2008

Viaje

Por Angelo Negrón

Vayamos, esta vez, al área sur. Durante el camino nos asombraremos del cielo ausente de nubes. Tal Intemperie es de un azul tan brillante que nos preguntaremos como ha podido el sol, al que no vemos por ninguna parte, ponerse de acuerdo con sus alrededores para regalarnos tal nirvana.

Iremos sin prisa. Nos tendremos el uno al otro. Yo conduciré, pero con una sola mano al volante. La otra estará perdida en tu cabello, en tu espalda y ¿por qué no? Donde lo permitas. Nos detendremos de vez en cuando para no desperdiciar algún beso.

Llegaremos primero al Santuario San Judas Tadeo. Allí haremos una oración juntos. Escucharé de tus labios el pedido de la tranquilidad de espíritu y del amor creciente. Escucharas de los míos que tú eres mi tranquilidad, intranquilidad; mi espíritu y forma, todo mi amor. La fe en que el patrón de los casos difíciles y desesperados se compadezca y ruegue por nosotros es perfecta a nuestras intenciones. Encenderemos una vela y aún dentro de ese lugar sagrado no podré evitar pensarte desnuda al ver el fuego consumiendo lo que toca. San Judas intercederá; lo nuestro también es sagrado; lo merecemos…

Luego: Visitaremos un centro comercial. ¿Para qué? Para tener la excusa de caminar tomados de la mano. Compraremos un helado coronado de fresas. Se derretirá el chocolate y la vainilla en tu boca y dejarás las fresas para después. Justo a la salida del área de los restaurantes descubriremos un tiovivo. El carrusel es el más grande que he visto; consta de dos pisos y decidimos dar un paseo sobre alguno de los petrificados caballos. En tal sube y baja imaginaré tu danza sobre mí. Las vueltas me recordaran al reloj y dictaminaré en ese instante que el tiempo se detenga y no así nosotros…

Piensas que estoy mareado por tanta vuelta. No es por eso, más bien es por el reciente beso que me has dejado posado no sólo en mis labios sino, en todo mí ser. Tu mano acaricia mi cuello mientras mi brazo rodea tu cintura…

Llegamos al paseo tablado de la Guancha. Quedo maravillado con el paisaje que armoniza con tu belleza. Compramos algo de carnada. Se la damos a los peces gigantescos que siempre están allí. Luego, para quitarte el olor a carnada de los dedos, yo mismo te lavo las manos. Voy estrujándote los dedos en agua y jabón hasta dejar tus suaves manos libres de todo residuo de carnada. Cuando nos damos cuenta ya voy enjabonándote hasta el hombro. Nos sonrojamos pues sin percatarnos por poco y nos bañamos allí. De pronto comprendemos que no nos importa, después de todo, estamos bañándonos de deseo. Aún así, insistes en marcharnos. A lo lejos está la Isla a la que llaman "Caja de Muerto". Te menciono que nunca la he visitado, que siempre he querido ir. Sugieres que algún día me llevarás. Yo sonrío y te pregunto: ¿por qué no ahora? Respondes con un “caminemos primero por la playa”. Nos quitamos los zapatos, pero no nos enrollamos los pantalones. Pretendemos que se mojen. Así descalzos llegamos hasta algún lugar donde los arrecifes le ganan a la orilla. Tratamos de observar el fondo, pero lo espumoso del oleaje no lo permite. Me robas otro beso y acaricias mi cuello. Como señal de tu poderío sobre mí; me abrazas fuertemente mientras estrujas tu pecho contra el mío. A punto ya de alquilar algún botecito que nos lleve a la isla me convences de tendernos en la arena. Me dices que está bien ya de tanto paseo. Quieres que sea turista en tu cuerpo y lo explore hasta colonizarlo. Ruborizado miro hacia ambos lados. Tomas mi rostro entre tus manos y me tranquilizas con un beso.

Eso fue sólo el principio. Dejé de estar tranquilo después del tercer beso. Ya en el cuarto beso me aparto de tus labios. Voy besando tu cuerpo mientras lo desnudo de a poquito. Lo hago disimuladamente aunque me muero por llegar al rincón de tu placer. Quiero grabarme el sendero que conduce a el, no obstante sepa que lo olvidaré tantas veces como sea posible con la excusa de volver a recorrerlo. Tu mano acaricia fuertemente mi espalda y mi cabello. El sonido del mar se pierde con los sonidos entrecortados que depositas sin titubear en mis oídos y que sólo logran excitarme más…

Ya llegué a tus pechos. Los acaricio sin mesura como me ordenaste una vez. Mi lengua los recorre como si los conociera de siempre. El placer que te embarga me invade a mí cada vez más. Cambias mi táctica. Empujas mi rostro hacia abajo logrando que encuentre antes de lo planeado el tesoro que me propuse encontrar… Explorarte es divino. Mi lengua se pierde entre cada movimiento de tu cuerpo y con mis ganas dejo sellado el placer que te mereces...


Extasiado siento que convulsas. Entre la humedad de tu cuerpo y los sonidos que dejas escapar descubro que estas a punto de catapultarte a otra dimensión. Ese paisaje no puedo perdérmelo por nada. Me acerco a tu rostro para observarte. Mis dedos prosiguen con la placentera labor de que logres llegar a estertores de placer...

Llegamos. Así es, si tú llegas yo llego. Revoloteamos por el lugar. Tu rostro ha rejuvenecido más aún. Tus ojos permanecen cerrados por el éxtasis del momento. No ves los míos que deseosos de repetir este encuentro te observan tal cual eres: La dueña, La Diosa, Mi Alma Gemela…

Pasados algunos minutos donde abrazarnos ha sido nuestro modo de vida, decidimos saborear las fresas que habías guardado. Sabrosas, como tu sabor y tu presencia. Ya es hora de partir a algún otro lugar donde consumirnos de amor. Observas detenidamente el lugar y me pides que, al igual que tú, grabe en mi memoria el paisaje y el momento que acabamos de disfrutar. Me besas nuevamente. Aseguras que en nuestra próxima parada seré afortunado. Me brindarás la oportunidad de llegar al cielo sin derecho a retornar…
Mis ojos suplicantes te demuestran las ganas de no esperar. Te robo un beso. Delicadamente muerdo tus labios. Tú respondes igual, pero segura de que allí no será nuestro próximo encuentro. Percibo que algo tienes planeado. El tiempo sigue detenido. Juntos nos alejamos de la playa dejándola asombrada con nuestras caricias y reconociendo que es testigo del encuentro de dos almas gemelas…

sábado, junio 28, 2008

Colapso


Por Angelo Negrón

I
— Cayó en coma desde hace dos semanas — explicaba la mujer en el teléfono — no sé, simplemente se desplomó de su silla. Estaba frente a su vieja maquinilla. Diez minutos antes comenzó a transpirar. Fue algo muy rara su actitud. Sacaba el papel de la maquina, lo observaba, arrugaba y luego lanzaba al bote de la basura sin siquiera haber escrito algo. Si, si casi llenó el zafacón de papeles en blanco. ¿Cómo? Ah: El doctor dice que es un estado muy raro. En los estudios que le realizaron la semana pasada encontraron una gigantesca actividad cerebral y sin embargo no es capaz de mover un dedo. Sólo está ahí, tendido en la cama; con todas esas mangas y maquinas que parecen, más bien, extensiones de su cuerpo. Bueno; hecho un vegetal: con los ojos abiertos y una mueca de felicidad que no acabo de entender. Nunca lo había visto tan feliz —sollozó — Ni siquiera cuando ganó el premio nacional de literatura. Si, si. Te espero. Ven y charlamos un rato, ahora no puedo porque la enfermera me esta haciendo señas de que apague el celular. Hasta entonces…

II
— Ahora es el momento — mencionó la editora en jefe a su asistente — Nada más oportuno — prosiguió — Llama a todos; reunión en cinco minutos…
— ¿Qué sucede? — cuestionó él.
— ¿No me escuchaste en esa llamada? El viejo está en coma. Este es el momento para una magna conferencia de prensa y avisar que la antología de sus cuentos está lista…haremos billetes de verdad…

III
Vaqueros, prostitutas, políticos, asesinos en serie, naves espaciales, hadas y monstruos. Todos juntos correteaban, convergiendo, por el cerebro despierto del viejo escritor. Cada historia lograba tener desenlace y final, pero lo que más le fascinaba es que por fin, tras meses de intentarlo, cada relato tenía un comienzo…