domingo, octubre 15, 2006

Elementos

Por Angelo Negrón


Fuego:
El que sentiré en mi alma y mi piel cuando te haga mía. El calor es tanto que quema en las entrañas y se eleva mi parte vulnerable de sólo mirarte. El ímpetu tiene tanta proporción que las venas quieren lograr ebullición y juntarse al coro de pensamientos lujuriosos que me acompañan. El deseo de tocar tus pechos envueltos en brasas de placer y mi intención de poseer las mil formas y sabores de tu sexo encendido logran que se derrita el hielo milenario de mis frías y solitarias noches. Mi boca perdiéndose en la tuya y las chispas que despedirá nuestra piel capaz de encender el gigantesco carbón del amor de un solo amague. Nosotros somos aves fénix, capaces de morir y renacer en vivo fuego, en candela de pasiones, ven ahora y quémame con tus gemidos; calcíname con tus besos, incinérame con la llama de tu amor...




Tierra:
Tú acostada, yo a tu lado, estudiando las dimensiones de tu cuerpo, buscando en cada promontorio, en cada isla el supuesto continente perdido que me dará sustento. En ti sembraré la simiente y cosecharé pasiones. Me deleitaré con cada uno de tus puntos cardinales. Me mudaré seguido. Por tiempos viviré en tu norte, por momentos en tu sur y siempre tendré mi vida en el meridiano de tu piel. Misma que no acabo de descubrir completa pues en mi ardua colonización termino por perderme en tu mirada apasionada, equivalente a la dueña de todo mi ser. Por ti se hace polémica la duda: ¿Quién, si no yo, debe ser el dueño del lugar donde nos amaremos sin medida? Sí, soy inmigrante en tu cuerpo, pero garantizo que llegué para quedarme. Excavaré hasta profundizar en las ansias que te llevan a desear ser poseída... Que te llevan a dictaminar que se busque entre tu piel las riquezas ocultas que guardas por experiencias pasadas y por codicia de amar... Cultivaré apetito en tu rasurada oquedad. Comeré de los frutos que me brindan tus adentros y como volcán que derrama su lava derretida crearé nuevas razones para que me ames más...




Agua:Torrente que acompañará a tu verticalidad antes, durante y después de recibir la pasión que me envuelve. La saturación no es sólo tuya, también es mía. Confundida, nuestra lluvia placentera descenderá acoplada a las paredes de tu intimidad como catarata que es regalo de las entrañas de la mujer que más he amado. Hembra dispuesta a comportarse celestialmente y que juega con el hecho de saberse naturaleza dispuesta a socorrerme. Me lanzaras a la playa donde, al amarnos, dejaremos de ser plurales para convertirnos en singular. Con besos mojados y lengua poseedora aparecerá el sol a la hora del cíclico acontecer de dejar de ser agua para convertirse en nube. Luego se transformara, otra vez, en el liquido de vida que calma mi sed. Inúndame con tu sabia. Mi vida necesita dejar de ser árida ante la ilusión de que una mordedura tuya llegue a los poros de mi piel reseca y a mi porción erguida en espera persistente. Cual búsqueda constante del rocío que hábilmente ha permanecido sellado por la inquietante forma de labios vaginales y que conservas para mí, en un molde húmedo y caluroso. Estás a la espera del asalto de mi lengua o de la dilatación de mi extremidad que, llena de terminaciones nerviosas, sólo desea sumergirse en tu humedad. Seré barca o pez, no importa. Seré lo que tú quieras que sea sólo por bucear en tus siete mares. Sólo por aprender a bailar la danza de tus olas. Encallaré en tus arrecifes y coexistiré paciente ante la espera de tu marejada. Serás gotas de lluvia que bajando de la montaña llegarán al mar de mis placeres. Y en el océano de tus protuberancias, mismas que deseo acariciar sin mesura, sobreviviré a la soledad...



Aire:
Espacio en que amarse será fácil. El viento azotará nuestros cuerpos de manera sublime y la ley de gravedad nos ayudará en nuestro intento de amarnos. Y es que dicha ley exige que tu cuerpo aunque suba tenga que bajar. Conveniente será esta ordenanza. Buscaré que subas y bajes en movimiento constante para darte y darme placer libre y decisivo. Nuestra respiración a veces agitada, a veces pausada, sólo será el anuncio de los sentimientos antes ocultos y de fantasías logradas. Los suspiros serán elocuentes formas de atraer paz a la caída de un imperio que lograste erigir para luego derrumbarlo con las sacudidas persistentes de tu sexo encendido. Justo después de lograr derrocarlo volverás a constituirlo con la excusa de terminar verlo consumido en el movimiento zigzagueante de tu boca. Definitivamente Dios creó a Adán cuando depositó aire sobre el barro, pero a mí me has creado tú. Cuando anhelé por vez primera que el suspiro de tus ojos me envolviera y que tu lengua fuera mía en la esencia de besos huracanados, en las ventiscas, en los envoltorios de tus pechos... Es que también para mí guardaste una manzana. Me la ofreciste en el momento preciso, justo cuando tus vientos se encargaron de derrumbar el árbol, justo cuando olvidaste al hombre nacido del barro... Ser nuevo en tus ganas, creado a tu perfil y parecido, creado por ti, diosa que piensa que ha sido expulsada del paraíso donde yo mismo te llevaré cuando nuestros cuerpos estén en posición horizontal. Desalojada sólo por sustraer dos manzanas y por demoler el manzanero al que no se te permitió subir. De allí te transformarías en brisa, en aura o lo que es más, desde allí podrías haberme visto antes, en el principio de los tiempos, cuando se determinó que yo soy el alma que es gemela contigo...

...Juntos... Inhalaremos ansias. Exhalaremos pasiones hasta que en loco desvarío peleemos contra los molinos de la saciedad. Incluso cuando insaciables nos percatemos de que el amor es perpetuo y que se renueva, una y otra vez, más allá de nuestros cuerpos. En el cántico de nuestros ancestrales besos. En recurrentes caricias que añoran ser puestas de nuevo en uso y diseminadas entre el pelo y los dedos de los pies, entre derecha e izquierda y sobre todo en el clítoris hermoso de tu floral belleza añadiéndole el aguijón constante de esta abeja que soy y que sólo se alimenta del polen de tu pasión.



Tú:
Eres el quinto elemento. Ese que busqué en pieles ajenas, en almas equivocadas, en el sinnúmero de pasiones vanas y en la fornicación desvergonzada de mi cuerpo. Eres fuego que quema, tierra que entrega simiente, agua que calma mi sed de pasiones y aire que arruma con su caricia mis instintos más románticos.

... En ti reposan todos los elementos unidos. Eres un alma que tiene el privilegio de convertirse en piel y no sólo transgredir las leyes de la física, sino también derrocar los muros que puedan existir en mi vida vacía. Ven y lléname con tus ansias de combatir la soledad que te quebranta. Hazme el amor, una y otra vez. Conviérteme en tu quinto elemento, complementémonos en ese hermoso vaivén que es el amarse. Colmémonos de caricias, de besos y abrazos. Seamos uno, volvamos a empezar. Con las ansias que nos rodean podemos lograr que tenga sentido la extracción de la costilla de mi antepasado para que fueras habitante en el paraíso y que allí me esperases para asistir juntos frente a la fogata o al volcán, delante de la montaña o a las islas, frente al mar o a la cascada o dentro del huracán de nuestro apetito de lujurias donde podremos escuchar en sinnúmero de ocasiones el te amo que saldrá de nuestros labios y que obligados estamos predestinados a escuchar...

Estruja en mi rostro la caricia de un beso. Defiéndeme del aislamiento y de la locura de saberme el soñador de sueños aplazados a la espera de tus caricias. Conviérteme a la devoción de admirarte cada vez más, de saberme perdido entre el fuego, tierra, agua y aire que representa tu alma...

¿Quinto elemento? Eres eso y más...

viernes, octubre 06, 2006

Túnel de luz

Por Angelo Negrón

Comenzó a observar el principio de su muerte; agitaba su cuerpo tratando de escapar, pero algo que no comprendía la empujaba al final del túnel. Hacia una luz extraña que parecía decir su nombre a gritos. El grado de confusión era tal que la lucha contra el hipnótico llamado no le sirvió de mucho.

— ¡La luz al final del camino es cierta después de todo! — pensaba mientras combatía contra el llanto y la desorientación. Se percató de que conocía otro idioma y sus sollozos eran un dialecto hasta ahora ignorado para ella. Pensó en las miles de veces que había escuchado todo lo concerniente al poder del Espíritu Santo sobre las almas y de cómo ayudaba a hablar en lenguas; algo que nunca había practicado, pero que sabía existía y sonrió. Después de todo, si tal energía estaba con ella ¿qué más podía pedir?

Nadaba en un liquido espeso que la asfixiaba por momentos y que la hizo comprender que el único camino prudente era hacia la luz. Estaba atontada. Imaginó a San Pedro y sus llaves, al Paraíso y lo hermoso del lugar. Al encontrarse ante lo desconocido sintió terror. Ese que siempre se padece ante el cambio. El que a veces nos hace tomar decisiones incorrectas. En un ademán de defensa trató de estirar sus manos, pero la prisión del túnel era tal que no pudo hacer nada, sólo volver a llorar en sus adentros. Escuchaba a lo lejos el latir apresurado de una especie de tambor y especuló que era su propio corazón que lo llamaba. En un último intento agitó sus piernas para tratar de volver a su pasada vida, pero estaba escrito que ese día moriría.

Así fue; murió. No entendía aún porqué y menos para qué, pero ya no tenia el poder de decidir a donde quería ir. Sólo existía un camino; un túnel que terminaba en una gran luz y que no le parecía tan apacible como le habían contado. Sintió un jalón y, como si el túnel le ayudara a llegar a la luz, su cuerpo fue moviéndose en contra de su voluntad. No le quedaba mucho aire así que tuvo que rendirse al llamado. Exhausta se dejó atraer y cuando traspasó el fulgor, descubrió que sus ojos obligadamente se cerraban ante tanta luminosidad, sintió un dolor en el pecho que la obligó a hablar más fuerte aquella jeringonza que no entendía y que percibió tendría que aprender pronto para su bienestar.

Cuando logró abrir sus ojos, ya estaba recostada y buscó entre tanta luz reconocer las imágenes algo confusas de personas que le hablaban en aquel extraño idioma que ella no comprendía. Se fueron aclarando las imágenes y descubrió que su corazón padecía de un amor gigantesco hacia aquellos seres. Observó hacia su espalda, ya las alas no estaban presentes y al voltear otra vez y mirar hacia arriba en busca de su aureola, sus ojitos descubrieron a una mujer que lloraba de alegría. Lo comprendió todo y sonrió: estaba viendo a la dueña del túnel,la verdadera luz que la había hecho mudarse del paraíso y morir a su investidura de ángel, únicamente para brindarle el amor de madre; comparable exclusivamente al de Dios...


Isamar Negrón Al momento de "Morir-Nacer"

sábado, septiembre 23, 2006

Estaciones

Por Angelo Negrón


Levanté mi vista al cielo. Envié mi mente al pasado; a ese en que el recuerdo se hace presente y futuro. Sentí el viento que chocaba mi espalda mientras veía el sol esconderse en el oeste de mi vida. Palpé a lo lejos añoranza de pasiones. Nubes ocultas en la oscuridad de la noche recién nacida me hicieron notar una especie de aurora boreal que languidecía ante mis ojos. El frío vespertino logró enmudecer el suspiro que estaba por brotar de mi pecho al recordar el invierno en que te conocí y el tiempo transcurrido hasta el otoño de mi amor.

En el Invierno el frío era pesado y lo llevaba a rastras gracias a la soledad que me acompañaba en las horas despiertas que convivían conmigo. De pronto la habitación de mi alma se iluminó con tu saludo. Sonreí. Fui reflejo de tus palabras. Naturalmente me involucré en la felicidad que te embargaba. Poco a poco fui necesitándote desde los primeros quince segundos de conversación. Te extrañé tanto después de aquella primera vez que el miedo a no tenerte me atormentó de inmediato y es que la autodefensa nos hace pensar en negativa. Anhelé poder invernar, quedarme dormido hasta que mi cuerpo volviera a acostumbrarse a un pasado en que no existías; mas no pudo ser. Tú ya estabas en mí, como hielo que se derrite ante el calor del amor sublime y platónico de la distancia...

En la primavera reverdeció el campo de tu cuerpo. Florecieron las tersas rosas de tu pasión. Paseamos tomados de la mano y nos perdimos en la arboleda frondosa de la entrega de nuestros cuerpos. Mariposas revoloteaban por doquier, testigos silentes de la cesión amorosa que nos envolvió. Las aves hacían lo suyo en la danza majestuosa del macho para poseer y en la observación atenta de la hembra para dejarse conquistar. Mientras; nosotros nos tumbamos en el pasto verde. Miramos a través de las ramas de los árboles hacia el cielo. El sol se colaba en columnas de luz hacia todos lados cubriéndonos y cegándonos de vez en cuando; dependiendo como arreciara la brisa las abundantes hojas. Y en nuestras almas arreció el viento de la pasión infinita, la de amarnos sin temor a ser descubiertos. Nuestros cuerpos desnudos fueron uno en las raíces verticales de la lujuria.

Al verano no le hizo falta el calor de sol. Nuestros cuerpos fueron llamas que alumbraron a la luna en las noches desnudas de nuestra conciencia. Tanto calor logró en los días evaporar mares y ríos de saciedad. La playa era sólo una excusa para abalanzarnos a la arena y evocar ímpetus. Bebimos juntos ante el cielo el testimonio de amor puro que nos impulsó a casarnos frente a todas las deidades y obligarlos a padecer envidia. Las flores que adornaban tu cabello tenían pétalos que se desprendían ante el irrumpir constante de mi sexo. El calor fue demencial y sólo comparable al volcán que en erupción de placeres nos catapultó a la galaxia de nuevos besos, briosos abrazos, acometedoras caricias. Nos bañamos en arena, sal y agua para descubrirnos empapados de la sabiduría de aceptarnos tal como somos y como dictan nuestras vidas. Fuiste oasis; grama en el desierto que cubrió el horizonte de mi boca mientras participaba vivamente de la verticalidad de tu ser, de la oquedad de tus impaciencias germínales.

Cuando el otoño llegó comenzaron a caer las hojas de besos impregnados del natural sabor de tus labios. Tu cuerpo se hizo deseable al grado de querer poseerlo nuevamente. Entre lo sublime y pasional me convertí en fanático de tu hermosura. Tu piel lozana brilló en su propia aura hasta dejarme acariciarla por completo. De lunar en lunar paseé mis dedos y mi lengua escudriñadora se valió de su saliva para deslizarse de un pezón a otro o de tu cuello a la espalda. Tú seguías mi viaje y me ayudabas a moldear el camino con el movimiento exacto de tu cuerpo pretendiendo llevarme a donde tus ansias querían. Bajé hasta tus nalgas y el rastro de caricias adornaban aún tu espalda. Mis manos separaron los montes y buscaron la infinidad de tu ser. Lo distinguieron y lo saborearon como alabanza que acrecentó el goce. Se propagaron los gemidos y pediste que te poseyera como siempre; con el brillo en tus ojos que denotaba lujuria, con la sonrisa de labios deseosos de ser mimados, poseídos, mordidos y ultrajados.

Y bajé la cabeza. El sol salía de nuevo a mis espaldas indicándome que había pasado toda la noche soñándote. Observé la medalla que sostenía en mis manos, esa que me regalaste, la que conserva intacta la presencia de la primera vez que recibiste el cuerpo de un hombre. Los celos volvieron a mis memorias como, si con ello pudiese olvidar que otro hombre te poseyó primero, que entró en tu vida y te hizo volar antes de que yo pudiese llegar y encontrarte comulgando con la ilusión que te caracterizaba en ese tiempo. Resolví arrojarla a las aguas como presagio de la muerte próxima a mis años de buscarte.

Así estoy; queriendo enseñarte la luna tal como yo la he apreciado, desde el solsticio hasta el equinoccio. Condenándome a postergar el hecho de que sigues siendo la respuesta a tantas de mis preguntas, aún cuando sigo negándome a comprenderlo. Ya la medalla desapareció en la profundidad del océano y todavía siento igual mi pecho. Vacío ante la ausencia permanente de la antigua dueña del amuleto. Debí conseguir algún otro que suplantara a este que acabo de desechar. Te lo hubiese regalado y no seguiría renegando de Dios como hasta ahora he hecho. Mis celos no tendrían que ser infundados y los años de mi juventud lejana hubiesen sido felices. Nada se puede hacer contra el primer hombre que te poseyó por completo, y por el cual recibiste la medalla, porque fue al mismo Cristo el día de tu primera comunión.

Ahora no cuento con tu presencia física y obsoleta es mi desdicha. Fulgurante mi resignación... De todos modos sigues siendo, Invierno, Primavera, Verano y Otoño en el continuo movimiento de la condición del planeta, del adjetivo de mi ser que como hojas de otoño, demuestra con su cabello que tiende a caer pesado sobre mis hombros, que está listo para pasar el invierno nuevamente e invernar mientras sueña en encontrarte otra vez en la primavera lejana de otro siglo; en el verano candente de otra vida...

...En donde te poseeré primero que ninguno y te mostraré las estaciones antes de lo que creías pensado... Mucho antes de enamorarte de alguien más...

martes, septiembre 12, 2006

Sentidos

Por Angelo Negrón


Te robaste todo mi ser. Lo llevaste contigo a un lugar que aún no reconozco y que me parece comparable al paraíso que se nos prometió en el principio de los tiempos. ¿Fue poco a poco o de inmediato? La verdad es que no estoy seguro. Sólo sé que te has adueñado de cada centímetro de mi vida. El cuándo sucedió es una pregunta para la que no tengo contestación pues todo esto no parece tener principio. Definitivamente, este hurto, no tiene precedentes.

El cómo ocurrió tal vez pueda explicarse con algo de ciencia. Sabrás que cada célula de mi ser te pertenece y que una explosión de grandes magnitudes debe haber ocurrido en una de ellas. Imagino que en el núcleo, citoplasma, cromatina y ácido desoxirribonucleico de alguna se originó este amor y decidida a convertirse en tu rehén logró, en la multiplicación celular, que cada poro de mi existencia quedara prendado de ti y cada latido de mi corazón se destinara a pertenecerte.

La forma en que me descubriste, y te encargaste de hacerme tuyo, nunca podré olvidarla. De hecho; siempre sentiré el mismo sobresalto al verte. Mi mirada se pierde en la tuya y tu sonrisa me lleva a desearte. Cuando mi vista tiende a explorarte toda descubro que mi cerebro ya esta envuelto en la belleza que te acompaña perennemente. Tu rostro me hace pensar en poseerte y te contemplo desnuda. Mis ojos no saben que hacer: si mirarte fijamente a los labios, a tus ojos y a tu cabello o quieren perderse entre tus pechos y buscar explorar esos lugares en que la ropa estorba. Territorios en los que quedaría perplejo por unos segundos ante el hecho de querer tocarte.

Escucho tu voz demostrándome lo que piensa tu alma y la excitación de verte se duplica instantáneamente. Decido escucharte. Tus labios se mueven. Salen de ellos tonadas sutiles y el preámbulo de gemidos que tanto deseo. ¡Cuánto daría por besarlos en este mismo instante! El sonido en mis oídos no cesa. Me entero de que me amas. ¡Me deseas! Compartes algunas fantasías que escucho con atención. Prometo cumplirte al pie de la letra cada una de ellas. Sonríes. Verte y escucharte me vuelven más dócil aún de lo que ya soy gracias a ti. Descubro en tus mejillas cierto rubor. Al preguntarte el motivo sólo dices que se debe a la demanda que estas pronto a exigir. Te esmeras en agradarme sin saber que ya es tarde, que ya eres dueña de dos de mis sentidos y que sigues colonizando los que puedan faltar.

Me acerco un poco a ti. Llega a mí el olor característico de tu presencia. Ese que acompañado de tu belleza se encarga de hacer voltear miradas. Los hoyuelos de mi nariz ansían olerte de cerca. Soy como sabueso que busca a su presa en el cuerpo de la mujer perfecta. Comenzaré por oler tu rostro. Me acurrucaré en tu cuello combinando respiraciones con fuertes abrazos. Pasearé mi nariz por tu piel en la búsqueda del rincón deseado, del néctar de tu cuerpo; de la rasurada oquedad que me tienta a respirarte sin ganas de exhalar tu olor. Conservaré el aroma mientras en mi mente saboreo el posible sabor de tu piel. Tu esencia, como bálsamo, calma mis necesidades y las amplifica a la vez. Ese olor único, divino y sobrenatural, que desprende tu pasión; me lleva a ensanchar mi pecho en la algarabía de poder degustarte en mi paladar. Estoy ansioso de ti.

Ya te di un abrazo buscando olerte por completa. Ahora me dedico a acariciarte. Las yemas de mis dedos se divierten y danzan sobre tu piel. Deslizo mis dedos por tu cabello, tus mejillas y me detengo por un momento en tus labios. Demando que desees, tanto como yo, que mis labios sientan el tacto de los tuyos. Mi piel exige contacto completo. Por eso no busco tocarte sólo con mis dedos,sino que, toda mi piel se vuelve cómplice y escudriña la manera de palparte. Cada cabello de mi cuerpo se eriza. Encuentro pretextos para seguir manoseándote. Sigo hurgando en tus adentros. Ante el conocimiento de que uno de los caminos para llegar a tu alma es por la piel; me encapricho e insisto en tentarte a que seamos uno. Manipulamos juntos el universo. Te haré mía tal como yo soy tuyo.

Tus pechos me tocan, tus muslos se abren en señal de aceptación y se hace agua mi boca cuando pienso en saborearte entera. Mis labios se unen a los tuyos y declaran que, en eso de tocar y besar, eres una experta. Podríamos estar horas acariciándonos o besándonos y, aún así, pretender ser cómplices cada vez más. Las pupilas gustativas de ambos se bañan de nuestro sabor. Confieso que nunca antes se me había revelado placer de tal magnitud. Mi lengua desea multiplicarse y brindarte caricias nuevas. Probando tu cuerpo entero; me entretengo en erectos pezones y en el clítoris hinchado. Me paseo por tu espalda, dedos, muslos y pies. Vagabundeo en tus caderas mientras agradezco a los dioses del sexo por haber permitido que la lengua no sólo fuera un instrumento para crear palabras y probar alimento proteínico, sino que, nos dieran la opción de alimentarnos el alma, la lujuria y el amor. Tú sabes esto pues tu lengua ya se encargó de llevarme al borde de la locura y a la cima del éxtasis. Ahora se divierte midiendo mi piel y jugando con los espasmos que me acompañan.

Todos mis sentidos están siendo utilizados. Observo tu cuerpo desnudo. Escucho tus gemidos y tus palabras de amor. El dulce olor de tu ser me inunda por completo. Pruebo tu piel entera mientras el movimiento de cada uno se convierte en ritmo candente de pasión. Se pierden en la habitación los gemidos de ambos y en caricias constantes utilizo ambas manos deambulándolas por cada palmo de tu piel. Por momentos; una de ellas o ambas se pierden en tu cabello o por instantes se encargan de diferentes lugares del mapa de tu ser. El apretar tus pechos o separar tus nalgas mientras estas encima de mi se diluye en placeres gigantescos. Mis dedos hurgan secretos y de forma circular los destinan a sentir el goce de caricias. Tu disposición a recrear placer se propaga y me envuelve en la lujuria de tu humedad. Tu lubricación es excelente para mi apetito y para mis cinco sentidos corporales. La lluvia de tu vientre me envuelve mientras mi placer yace derramado en el monte de venus que previamente rasuraste y que me conferiste hoy en movimientos carnales.

El orgasmo es el sentido por excelencia. Para conseguirlo de forma majestuosa necesitas los otros cinco. Cuando nos acorrala el éxtasis; alma y cuerpo se entrelazan. Son uno más que nunca. Al lograrlo en compañía del ser amado, más cuando es tu alma gemela, el universo se hace pequeño y la piel monumental; mezcla de cielo e infierno. Volver a recobrar los sentidos después de amar así es imposible. El enredo es tal que mi alma necesita tu cuerpo y mi cuerpo tu alma.

Definitivamente te robaste mi vida. Incluyendo un pasado al que detesto por no haberte tenido a mi lado, un presente que adoro por que mis sentidos te pertenecen y un futuro en el que me sueño dentro de la prisión de tus labios; encarcelado en tu alma y siendo victima del vaivén de tu cuerpo. Explota mis sentidos. Ámame de esta forma idónea que sólo tu conoces. Como esclavo que te pertenece te ruego que me honres con tu visita. En esta galera que es nuestro mundo; desnudémonos. Seamos el uno para el otro. Tal como nuestras almas han dictado y tal como nuestros sentidos han evolucionado manifestemos día a día que en cada célula se regocija el amor verdadero...

viernes, septiembre 01, 2006

Centinela sideral

Por Angelo Negrón


El calor me atormentaba y decidí salir de la casa por un rato. Al pasar el umbral de la puerta me tropecé con algo en el suelo. Al caer expuse mis manos como mecanismo de defensa y evité con esto algún golpe extra en el rostro. No pude evitar maldecir. Mientras me levantaba, un dolor en el tobillo me hizo ceder y caer nuevamente al piso. Llevé mis manos a mi pierna derecha y solté un alarido de dolor. Busqué sentarme y distinguir con que me tropecé. Al acostumbrar mis ojos a la oscuridad divisé el tiesto de barro que en la mañana había dejado vació gracias a las flores que le arranqué con la excusa de llevártelas. Maldije mi recién caída y también el hecho de no encontrarte en la mañana para entregártelas. La brisa azotó mi cabello. La frialdad de la noche bañó mi sudor y me hizo sentir confortable. Volví a tocar mi tobillo. Me percaté de que ya no sentía dolor. Al posar la mano en el piso para impulsarme reparé en que el suelo estaba frío. Noté que me haría bien recostarme y regalarle algunos segundos a mi mente sedienta de olvido. Para sentirme a gusto decidí desnudarme. Me quité camisilla, pantalón y bóxer sin temor a que algún vecino entrometido y santurrón le fuese con el chisme a alguien, o me llamara la atención, pues la oscuridad sería el camuflaje perfecto.

Pasé sentado algunos minutos. Perdido en el recuerdo de las últimas horas. Rememorando la forma en que salí de casa con la ilusión de verte y regalarte tus flores preferidas. Te diría la verdad; que llevaba meses cultivándolas con la intención de entregártelas con alguna palabra de amor que no hubiese sido pronunciada por mi mirada. Pero no te encontré. Precisamente hoy declararía la visión que llevo conmigo en cada sueño despierto. Justamente hoy te suplicaría cambiáramos nuestras vidas dispersas y fuésemos uno en el espejo de la vida.
Mi espera fue acompañada por los árboles y los pájaros del parque y, aún así, la soledad me caló en los huesos. Según pasaron los segundos la esperanza fue alejándose de mi ser y como inevitable incongruencia el dolor, que habita en los seres enamorados, me recogió de aquella banqueta y me hizo salir del lugar; no sin antes propagar las flores. Las esparcí de pétalo en pétalo, mientras en clásico interrogatorio les cuestionaba sí me querías o no. Por esto; aunque la esperanza desapareció al no verte llegar, salí de allí sonriendo ante la respuesta de un sí y con la certeza de que paulatinamente ganaría esperanzas perdidas.

Una carcajada se me escapó y recosté mi espalda en el suelo. Justo en ese momento divisé la luna que en cuarto menguante me sonreía. La observé por largo rato. En la oscuridad de la noche tardía decidí que esperaría el amanecer despierto. Busqué algunos cojines en la sala y los esparcí en el lugar. Me acompañé de vino tinto y música suave. Decidí dedicarme a esperar alguna estrella fugaz a la cual pedirle por deseo poseerte. Ante tal idea me levanté nuevamente, esta vez, para buscar el viejo telescopio que guardaba como reliquia desde niño. Acaricié las iniciales de mi nombre y apellidos que había tallado en su pintura para identificarlo como mío inmediatamente me lo obsequiaron. Miré a través de su orificio y me percaté de que ya no funcionaba. Los lentes estaban extrañamente manchados y lo arrojé a un lado. El frío atacaba mi desnudez sin compasión y, como siempre, me agradaba. Miré al cielo y comencé a construir figuras geométricas con las estrellas y alguno que otro dibujo mal ensamblado por mi dedo índice. Divisé varias constelaciones. Como un estudioso, que en realidad lo que busca es olvidar otros detalles, me envolví en la penumbra de la noche en pensamientos que me apartaran de ti y de este pensarte constante que sólo me hace dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. ¿Cómo le explico a mi cuerpo que abandone sueños despiertos tan maravillosos?

¡Cuánto daría por poder admirar las ochenta y ocho constelaciones al mismo tiempo! Es tan relajante mirar al cielo. La verdad es que estaba logrando poner mi mente en blanco hasta que descubrí a una hermosa constelación del cielo nórdico. Me enfoqué en la estrella polar escudriñando la forma de disimular el hecho de comparar a Casiopea con la primera letra de tu nombre y es que esta constelación guarda esa forma. Miré a derecha e izquierda. Las estrellas parecían ser tus aliadas en el recuerdo que emanaba en mí sin pedirlo. Perseo, Cefeo y Dragón parecían moverse a velocidad vertiginosa y me di cuenta, algo tarde, de que en realidad sufría un mareo.

Abrí mis ojos. Acostumbrarme otra vez al lugar en que me encontraba tendido me dificultó, un tanto, enfocarme en Casiopea. En lugar de sus siete estrellas pude contar unas diez posicionadas de forma muy extraña. Observé a mí alrededor tratando de identificar si estaba en el mismo lugar o había viajado astralmente a otro lejano en el que no podía reconocer los grupos de estrellas que adornaban la noche. Pensé que estaba soñando o alucinando por el mareo sufrido. Al pasar varios minutos y notar que no surgía cambio alguno, ni en el cielo ni en mi estado de ánimo, concluí que estaba alucinando y debía buscar algún libro de astronomía que me explicase aquel evento. Tal vez se debía a alguna alineación de planetas o estaba tan enfocado en esas estrellas que no veía las demás, sólo sé que apenas levanté mi cuerpo desnudo del piso me percaté de lo que sucedía al mirar otra vez al cenit. ¡Era víctima de tu recuerdo! Apreté mis párpados y volví a recostarme en los cojines. Miré al cielo y allí estaban las diez estrellas, únicas y tan reales como yo. Rogué al cielo que fueran las diez lunas de Saturno, pero ni siquiera la deficiente ley de las distancias planetarias de Elert Bode me ayudaría en tal teoría. Construyendo especulaciones volví a la razón indiscutible; ¡Te estaba pensando!

Las contemplé como un grupo de estrellas y la bauticé con tu nombre. Esa constelación no era tan hermosa como tú, pero al menos ya no me negaría a aceptar mi realidad. Mirándolas detenidamente, de norte a sur, comencé por las primeras dos, una al lado de la otra me hicieron descubrir tus ojos. En ellos me derramé y observé los míos. Mi mano se perdió en caricias, con ganas de una rápida erección, pues tus ojos excitan y regalan pasión de sólo verlos.

Busqué la próxima estrella. En ella encontré tu boca; sedienta de besos y dispuesta a besar. Carnosos labios que brillan rojos de ganas, aún ante la ausencia de lápiz labial. Mismos que sueño conquistar y hacerlos no tuyos, sino, sólo míos.

Más abajo; dos estrellas fulgurantes rememoraron tus pezones. Alertas y a favor de alimentar mis ansias. Cerré los ojos como buscando acercarme a tus pechos; víctimas de un escote pronunciado. Sólo me dejaba ver la curvatura de tus senos y algunos lunares. Al quitarte el sostén y divisar las dos estrellas pude palpar tus círculos concéntricos. Demandé al cielo detener el tiempo para saborear a plenitud toda tu piel.

Dos estrellas más; una al este, otra al oeste. Me dejaron saber que eran tus manos. Cultas en el arte de acariciar y proveer placer. Ambas se extendieron hacia mí y se ocuparon de abastecerme de arrumacos. Brindándome delicias aún no vividas. Catapultándome justo entre sus dimensiones y convirtiéndome en esclavo de su centellear.

En mi camino hacia el sur vislumbré un lucero solitario. Su resplandor alumbraba piramidalmente invertido. Como revelación encontré que se trataba de tu intimidad. Mis manos hurgaron en el espacio buscando acariciar el astro que le representaba. Sonreí sin disimular mientras mi lengua bañaba mis labios en señal de apetencia. Mis sentidos se enfocaron todos al unísono en tu presencia etérea que sin esfuerzo se hacía viva y real como si, estando debajo de ti, recibiera el placer de poseerte.

Mis ojos se escaparon a las dos estrellas restantes. Una justa al lado de la otra en el horizonte. Eran tus pies preparándose a caminar hacia mí. A escalar mi cuerpo como te diera en gana. Dejando huellas que me muestren las latitudes. No de las constelaciones septentrionales, más bien las de tu cuerpo. Mismo que ha logrado que decida excluir de mi vida cualquier telescopio que no enfoque tu cabello. Ninguna Vía Láctea en la que no vivan estas diez estrellas que ejemplifican tu belleza corpórea.

El vertiginoso movimiento de las diez estrellas que fueron uniéndose me provocó algo de vértigo. Las diez se transformaron en una ante el asombro de mi cuerpo desnudo y fatigado de pasión. La soberana luz que todas juntas emanaban me envolvió. Descubrí que se trataba de tu alma; deslumbrante y solitaria en búsqueda de su alma gemela. Estallé y esparcí placeres en el imperturbable suelo. Descubrí que debía pasar toda la noche observando la constelación de tu ser...
...La oscuridad ya no era mi cómplice. El sol en el que se convirtieron las diez estrellas ya se había elevado un poco más en el horizonte. El cántico de las aves me recordó el parque en el que nos veríamos el día antes. Sonreí como agradeciendo no haberte encontrado. Gracias a esto acababa y comenzaba por disfrutar del maravilloso juego del amor puro y verdadero. Ese en el que no existe distancia. En el que no importa la curvatura del espacio, sino el arqueo de tu espalda desnuda y recibiendo caricias de mis manos que se antojan de retribuir el goce que reciben al tocarte.

Palpé mi pecho. La medalla de plata que me regalaste, alegórica al calendario azteca, me recordó la máxima de que lo mejor que existe es un día tras otro. No debía dudarlo; nos encontraríamos nuevamente. Ya fuese en las diez estrellas que llevan tu alias o en el sol de tu alma. Si observo bien te hallare esta noche. El menguante de la luna no encubrirá ante mí su realidad simbólica; la sonrisa que me brindaste por primera vez o quizá debes ser tú, sonriéndome aún. Sólo sé que en mis días eres sol y en mis noches eres luna y que normalmente es a la inversa; te conviertes en sol de mis noches y en luna de mis días. Ciclos estupendos que me traen tu presencia. ¡Que real es sentirte a mi lado y descubrirme como un esclavo sideral de ti! Eres cielo y tierra, planeta y estrella, galaxia y universo, alfa y omega.

La gravedad de este mundo no logra detenerme de pie cuando me haces volar. Mi piel se vuelve tan liviana. Mi alma pasea entre auroras boreales y meteoritos en la exploración de tu encuentro. Por eso mañana y siempre volveré al parque con la ilusión de encontrarte sentada en una banqueta mientras escribes alguna poesía o exiges que el universo sea cómplice de tus deseos más secretos. Sólo espero ser participe de alguna de tus fantasías. Esas que llevas contigo adornando tu vida cuando tu cabello se vuelve cometa y cómplice al transportar en su cola palabras de amor sustentado en historias galácticas. Las que acarreas en tus oídos; dignos recipientes de mis caricias soñadas. Llévame contigo de paseo. Pretendo visitar no sólo las diez estrellas que simbolizan tu cuerpo, también disfrutaré del viaje que me llevará de una estrella a otra. Ese que recorrido por mi ilusión comienza con mis ojos percibiéndote vestida de rojo y termina apreciándote desnuda. Te gocé tanto anoche...

...Habrás notado que hablo como si hubiésemos hecho el amor apenas anoche. La verdad, y tú lo sabes, así fue. Te lo expliqué hace unos momentos y perdona la redundancia al resumirlo nuevamente, pero me encanta recordarlo. Te estuve poseyendo toda la noche, el aire y el suelo — fríos por demás — no pudieron evitar las altas temperaturas en mi interior. Y es que mientras admiraba el cielo me convertí en Nova. Adquirí temporalmente brillo superior al normal y decrecí luego en fluctuaciones, en espasmos latentes y fuertes mientras te veía transformarte de constelación a sol para surgir justo al amanecer.

La policía acaba de visitarme. Alguien le fue con el chisme. Aseguran que si vuelvo a desnudarme en el patio me multaran. No te preocupes; ya reflexioné sobre la forma en que evitaré ser descubierto desnudo. No, no es lo que piensas. No visitaré, (a menos que me invites) alguna playa nudista. Cuando te vea; te invitaré a mi cama, donde me convertiré nuevamente en Súper Nova y tú en constelación. Ambos daremos nuevo significado a la teoría del “Big Bang” creando un universo donde sólo estemos tú y yo. ¿Qué haré mientras tanto logro seducirte? Simplemente la próxima vez que apetezca encontrarme en el espacio sideral contigo: subiré al techo, donde sé que no llegan miradas indiscretas. Desde allí imploraré a tu constelación mientras me regodeo en placeres para nada solitarios pues tú estarás, justamente como ahora, conmigo...

domingo, agosto 20, 2006

El árbol

Por Angelo Negrón

Estacionó su auto y la observé caminar hacía mi. Su caminar danzarín y muy altivo enarboló mis sentidos. Parecía modelo de pasarela y mi admiración creció un poco más cuando me abrazó en uno de esos inmortales apretones. Me dio un beso que más bien fue un roce de labios y me tomó de la mano para que nos adentráramos al parque. Después de pasar el área de los columpios subimos varios escalones y allí estaba el verdadero entretenimiento del lugar; su bosque. En ese lugar se respiraba paz y sosiego. Transitamos por una vereda hasta que decidimos apostarnos a un lado de un viejo árbol. Nos sentamos en una banca y platicamos. Fue muy poco lo que teníamos que decirnos con palabras. Estábamos al tanto de a que veníamos. Deseábamos besarnos. Besarnos mucho. Que fuésemos uno en un lugar como ese; calmado, lleno de energía natural. Me besó y su beso no fue un tímido roce sino la tormenta que esperábamos. Nos levantamos de la banca y caminamos hacía el árbol. Saltamos algunas raíces hasta llegar al tronco. Allí la acorralé y me acorraló. Beso tras beso nuestros pensamientos fueron desertando este mundo y…

…el árbol comenzó a moverse. Ahogamos el grito de miedo al ver que el árbol se abrió dejando ver su corazón y la corteza que indicaba cuantos años compartidos entre humanos y él existían. Muchas imágenes llegaron en el brillo de sus anillos; capa tras capa la corteza se movía dejándonos ver a otros amantes…

…primero vimos a una mujer taina y a un mulato. Estaban llamándose por lo bajo con sus nombres. Ella lucía ropas de cacica y respondió al nombre de Yuisa. Él, Pedro Mejías, la rodeó con sus brazos y poco a poco la poseyó...

…después de esa imagen el tronco abierto nos dejó ver a un anciano cavando un hueco donde sembrar las cenizas de su amada…

…saltó a una pareja de recién casados tallando sus nombres a cuchillo en la corteza. Vimos sus nombres aún tallados allí a pesar de que las ropas que usaban denotaban que eso había sucedido hacía más de un siglo…

…dos adolescentes buscando sus bocas en la timidez de un calido beso…

Imagen tras imagen el árbol, nos ofreció una gama de episodios relacionados con visitantes a aquel lugar.

Al cerrarse el tronco todo pareció volver a la normalidad. Y digo “pareció” porque notamos que las aves cantaron más fuerte, el viento fue más placentero, la paz que se respiraba nos decía que si nos desnudábamos allí, podríamos amarnos sin ninguna intromisión humana. De pronto el árbol movió sus ramas y dejó caer miles de hojas verdes. Boquiabiertos observamos al árbol y luego nos miramos. Nos invitaba a utilizarlo de confidente. Sus hojas serian nuestro lecho y sin darnos cuenta nos abrazamos. Envueltos en nuestros brazos y sedientos de amor nos lanzamos al suelo. Nos desnudamos por completo. Desnudamos carne y espíritu. Comenzó a llover a cantaros y nos percatamos de que la lluvia no mojaba, acariciaba. La tierra pareció abrirse y engullirnos. Nos convertimos en raíces del árbol. Entrelazados, ella y yo, lo escuchamos latir.

— Un árbol con corazón — dije yo
— Un corazón con raíces — mencionó ella.

A pesar de estar enterrados y ser soportes del árbol nuestros cuerpos zigzagueaban amándose con vehemencia absoluta. Ella arqueó su espalda ante el desvestir cercano de la humedad sensible de su interior. Y se desnudó, no quedó gota que la vistiera…Yo por mi parte fui, literalmente, un volcán. Enterrados allí, en aquel paraíso, nuestros besos no cesaron, sino que se convirtieron en la caricia obligada y en el renacer de nuestras ansias…

Rato después de la lluvia; la luz que se colaba por las ramas nos despertó. El prodigioso árbol aún danzaba. Las raíces despedían brillantes destellos dejando una estela de armonía. Ambos miramos agradecidos al árbol y concordamos en que nosotros estaríamos en el desfile de eventos que mostraría a alguien más. Al unísono nos pusimos de rodillas y rendimos pleitesía, cual si fuera un dios, al milenario árbol en cuyas raíces dos almas gemelas acababan de ser parte misma de la naturaleza…

sábado, agosto 12, 2006

Lo Lamento...

Por Angelo Negrón
 
El encuentro con una amiga a la que no veía hace tiempo no pudo esperar. De sólo pensarla sabía que me recriminaría el hecho de no haberle prestado atención durante largo tiempo. La miré y supe que estaba molesta. También reconocí que aún la dominaba la pasión por mí y que yo, gracias a su amor sincero, tenía el control todavía de sus días.
Me aprovecho de tal poder; comienzo por hablarle dulcemente, le doy cien excusas que sé, no me creerá, pero que aceptará. Le explico todas las veces que la he extrañado; en especial mientras voy en mi auto y al encender la radio están dando alguna canción romántica. Pasan dos minutos y mis manos se tensan; mis ojos se humedecen. Treinta segundos más y acabo de desnudar a esta amiga, (que por ser española tiene fama de “ardiente”). La tomo en mis brazos y busco con mis manos sacarle algún gemido que le dé placer a mis oídos y a mi ego.
Ella me deja tomar su curvilíneo ser entre mis brazos y hasta sentarla en mi falda. ¡Sus Curvas son perfectas! La acaricio con vehemencia antes de intentar dar el siguiente paso. Mis dedos rozan sus labios mientras ella se angustia al sólo poder decirme palabras malsonantes. La tristeza se convierte en furia y desgano. Parece que rememora la soledad que ha sufrido por mi culpa. La miro y me mira con tristeza. Le pido perdón. Después de todo, ella sólo dice lo que le he obligado a decir. Soy una especie de ventrílocuo y ella: la esclava de mis deseos. Angustiado; recojo su traje del suelo y vuelvo a vestirla con delicadeza mientras le pido me excuse.

La acaricio disimuladamente mientras subo la cremallera de su vestido. Ella se da cuenta, lo sé, pero no dice nada. Es un silencio muy sonoro para esta alma mía que llora por el amor de otra y desea a toda costa desbordarlo en su tersa piel. Desquitarme en ella los placeres que están ocultos para todos; excepto ella y yo. Debería conformarme con ella. Después de todo; tiene mil historias que puede contarme. A pesar del tiempo no logro aprender a expresarme con ella como merece. Me siento vil. No debería comportarme de la manera que aborrezco me hayan tratado a mi. Intenté de ser autodidacta y aprender a amarla, pero veo que tendré que estudiar mucho más, obtener otras experiencias; echar raíces en otra tierra.

Ella sabe que dejaré de verla por otro lapso de tiempo y a eso viene su mirada de reproche. Prometo por enésima vez comprar algún manual que me muestre como corresponder a su amor. Si, uno como aquel libro de John Gray titulado; Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus… Resignada: se recuesta a mi lado y sigo cargando mi culpa. Mi conciencia me fustiga y me dice: ¿Por qué le prometes tal cosa? ¿Por qué lo haces? Bien sabes que en aquel estante, en la tablilla número dos, ya existen tres libros a los que nunca les haces caso. Escritos por expertos en la materia que, según tú, se burlan de tu inconsistencia en el amor y la musa.

— Acéptalo — me dice — ya te rendiste. Compraste esos libros hace mucho, los ojeaste y después de varios intentos; te rendiste ante el reto de aprender a tocar Guitarra...

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…así fue; ¿mi excusa? Es más difícil aprender a tocar un instrumento de acordes que ningún otro. (Aunque no sé tocar ningún otro).

¿La verdad? Nunca saco el tiempo para practicar… Lo lamento amiga mía es que… los hombres son de Marte, las guitarras de quien las sepa tocar…

¿Las mujeres? Ese es otro tema. El Sr. Gray dice que son de Venus, yo creo que, la mayoría, son de quien ellas estén sinceramente enamoradas…

sábado, agosto 05, 2006

Puntos cardinales

Por Angelo Negrón


Abrí el mapa de mi vida queriendo descubrir algún indicio de que tomé el camino adecuado y que mis próximos pasos no serian en vano. Tropecé con los puntos cardinales. Cada uno de ellos me habló de ti. Descubrí que no importa si durante años no tuve tu presencia física conmigo pues estuviste siempre a mi lado; en sueños que, como algarabías rondaban mi cerebro con el entusiasmo de encontrarte cuando menos me esperaba y que busqué en otros brazos cuando sólo debía hallarlos en ti.
Perdí mi alma, te la entregué cuando te encontré frente al mar y lingotes de cariño macizos me hundieron en la profundidad de tus ojos, en el embelesó de ver mi esencia en tu mirada cuando fuimos uno. Estrujé mis ojos ante el atlas de mis días. Comencé a verme y a verte...

Miré hacia el Este de mis vivencias. Te encontré justo al amanecer, cuando soñaba con la llegada de mi alma gemela. Aún era un muchacho, pero la soledad me había hecho soñar despierto y hasta imaginar como eras en realidad. Ahora me doy cuenta que cada canción que me apasionó me hablaba de ti. Cada poema inédito en mi cabeza seria escrito por tus labios sobre los míos.

Ahora mismo descubro que no importa cuantos labios besé antes pues no los recuerdo; los tuyos han borrado todo vestigio de ellos. Sólo me queda el carmín de tus labios como huella indeleble en mi corazón. Tu lengua inquieta en mi boca construyó apasionamientos, destruyó cobardías, elevó ímpetus y multiplicó placeres. Como parte trascendental cambiaron mi vida entera...

La cordillera central captó mi atención. Decidí dejar el Este y mudarme por un tiempo al meridiano de tu cuerpo. Poseí montañas y laderas. Convertí en vertientes tus deleites. Quedé asombrado cuando desde allí observé tu Sur...

Me posé en el ombligo y disfruté las dudas de sí podría salir del encanto que suponía se encontraba en tu Sur; justo en tu entrepierna. Tomé la decisión de que vivir en tan húmedo lugar seria fantástico y encontré el trópico de tu alma en plena tormenta de sensaciones. Ante los oleajes fuertes de la agresión de mi lengua percibiste el constante zambullido y las caricias acompañando la superficie de tu piel, desde los dedos de los pies hasta los degustados senos... Disfruté la esperanza de que fuera para siempre y sólo mío el promontorio que con mis dedos acariciaba. Mismo que mi lengua remojaba entre el ondulado rebullir de tu cuerpo. Lo acompañaste por gemidos fulgurantes que exigían repetidas embestidas que te transportaran al universo astral del completado éxtasis, del renovado amor. Tus órdenes se cumplieron. Acoplé mi pecho contra el tuyo. Nuestros cuerpos se unieron y nuestras almas fueron indivisibles. Llegamos juntos al Oeste de un día lluvioso y hermoso; lleno de recuerdos y placeres en el apareamiento de dos sexos, en la unidad de nuestros universos carnales y terrenales, todo mezclados y en la superficie de sabanas estrujadas y mojadas por el sudor de nuestra piel que se negaba a dejar de ser una.


Y en el Oeste descubrimos el atardecer. El sol se ocultó. La luna apareció impasible y sin disimular sus celos. Luego de tantos poemas, dedicados a ella, descubrió que a nosotros nos correspondía que el universo se pusiera de acuerdo para el verdadero eclipse de nuestras vidas; ese en el que tú eres yo y yo soy tú. La luna enfurecida nos recordó que debías marcharte pues Morfeo, el dios de los sueños, reclamaba tu presencia para hacerte soñar con futuros inciertos en los que yo no estuviera presente para él disfrutar de la espiritualidad de tu ser. Partiste en un cerrar de ojos. La almohada fue testigo de tu escapada en los brazos de otro. Morfeo me miraba y se burlaba pues te custodiaba y yo no lograba dormir y soñarte en algún jardín o playa en la que te dijera mil palabras de amor, mismas que aún falta puedas escuchar de mis labios. Te miré y entonces fui yo quien me burlé de Morfeo. Lo embromé porque soy tu dueño en cuerpo y alma y puedo soñarte despierto. Así en mis noches de insomnio soy el guardián de tu alma cuando decide salir a pasear. Al llegar el día, justo en el momento en que vuelvo a habitar el Este, me convierto en el vigilante de tus puntos cardinales olvidando los míos propios pues te los encomiendo con la confianza de que serán tuyos de forma completa...

Ahora cerraré el mapa pues conozco los puntos cardinales de tu cuerpo y los de mi vida. Lo guardaré en lo profundo de mi corazón y en la cercanía del recuerdo. En el bolsillo de tu alma dejaré una brújula que estará dispuesta a ser usada, si alguna vez resuelves perderte, para que regreses a mis brazos sin detenerte ya que sólo yo soy tú otra parte...

¿Me preguntas por el Norte? ¡No creas que me olvidé! ¿Cómo olvidarlo? En el sobrevivo a cada instante. A partir de allí es que admiro el Este, el meridiano, el Sur, el Oste y continúo bajo la influencia del verdadero amor que me dicta que tú eres mi Norte; el camino a seguir, la guía máxima. Mi ángel de alas sedosas y escote pronunciado que con su alma evoluciona logrando que me desenvuelva sobre y debajo de su cuerpo haciéndolo mío; disfrutando de caricias y besos, de humedad y sensaciones a veces explicitas y por momentos secretas...

Norte...

¡No, así no! Debo escribir NORTE. Sí ¡Desde luego! En letra mayúscula: ¡NORTE! Ya que en estos momentos de esa forma están mi corazón y mi erección por sólo pensarte sobre la hierba de un campo florecido, acostada desnuda, mientras tratas de señalar con manos y pies los puntos cardinales de nuestro universo y dejas a mi desdén encargarse del meridiano de tu cuerpo. Sobre todo del horizonte de tu boca y la verticalidad húmeda que me llevara a darte placer en todo tu existir...

sábado, julio 29, 2006

I. Retrato de Mujer

por Carlos Esteban Cana

para mi dama
Ella es energía. Vivaracha. Alegre. Pícara. Guerrera. Coqueta.

Es Tierna y Hermosa. Elegante. Creativa. Humana. Intensa.

Los rubios rayos del sol adornan el cabello. Su PRESENCIA tiene relieve, cual si eso que llaman aura fuera la garantía de que ningún lugar del planeta la permitiría lejana, a la distancia, sin que, al menos, su celaje estremeciera a la audiencia.

Quien la ve andar puede pensar que es altiva. ¿Qué se puede interpretar cuando el pie, que adorna un zapato de taco alto, se posa firme? Y el “toc-toc” suena preciso. Y rapidito. Minutero incansable que se mueve seguro y sin dudas ante el camino que va trazando.

Ser de iniciativa propia. Dinámica. Minuciosa. Asertiva. Muchas veces la palabra consecuente. Otras, la sílaba se desprende y cede al gesto y al balbuceo. A la caricia que enmudece. Se intensifica entonces el delirio del tacto que palpa lo callado. Lo que aún, es difícil nombrar.

Roja diferente. Violeta. A veces puede ser arrojada, incluso violenta. La gradación se entiende pues a todos nos posee, y respiras cuando sabes que no se te idealiza. Eres fina pero no frágil. Las prendas en madera armonizan con las piezas de jade y de oro. En ocasiones tu impetuoso cauce se llovizna con gotitas de inocencia.

Pero siempre eres “sexy”, lujuriosamente corporal. Es en este punto cuando se reclama el juego espontáneo. Arriesgado y visceral. Aquí las dulces y suaves fragancias de vainilla, fresa y coco dan paso al aroma que da tu naturaleza. Y los besos a la niña son sabrosos, mientras la lengua dibuja espirales continuos que suben y bajan la infinita forma que da corriente y activa. Mientras la lozanía fluye y emana jugosa, como esa frutita fresca que me hace la boca agua.

***

Carlos Esteban Cana ( Bayamón, Puerto Rico 1971) Escritor, comunicador y coordinador editorial. Fundador de la revista y colectivo Taller Literario. Sus cuentos y poesías han sido publicados en revistas como El Sótano 00931, Borinquen Literario, Cultura y Cundiamor, entre otras. Algunos de sus ensayos y reflexiones sobre la cultura editorial puertorriqueña han llegado al lector a través de periódicos como El Nuevo Día y el mensuario Diálogo. Tiene varios libros inéditos: Novo vía crucis (poesía), Versos apócrifos para la innombrable (poesía) y Fragmentos del mosaico humano vol. 1, vol. 2 y vol. 3 (cuentos).

viernes, julio 21, 2006

Dioses

Por Angelo Negrón

¿Sabías? Cuatro mil años antes de Cristo los Tracios veneraban a Dionisos, dios del vino y la fertilidad. Por curiosidad busqué la historia de este dios y las sorpresas no se hicieron esperar. Fue hijo de Zeus y Semele, se le atribuyó el patronazgo del vino, la música y la poesía. ¿Cómo? ¿Qué cuál fue la sorpresa que me llevé? ¿En verdad no sabes? ¿No te estas haciendo verdad?
¡Está bien! Te lo contaré aunque estoy seguro que no me creerás.
Tú eres vino, música y poesía. Hasta que me enteré de Dionisos creía fielmente que Morfeo era el ser que, enamorado de ti, no me permitía dormir. ¡En serio! Deduje que era Dionisos el culpable de mis noches despiertas. Mi sorpresa fue saber que no era exclusivamente este dios. Me percaté de que el Olimpo estaba por derrumbarse ante tu belleza...

...Tal vez por mi interés en el tema o por su desesperación, pensé yo en ese instante, fue que el mismo dios Zeus apareció. De la foto de su estatua de mármol, y con algo parecido a fuegos artificiales, brotó su figura de las páginas amarillentas del viejo libro que me prestaron en la biblioteca. Miré a todos lados sorprendido. Buscando alguien que me sirviera de testigo ante tan mágico e increíble evento. La imponente voz del barbudo ser logró que le prestara toda mi atención. Me explicó su necesidad de que yo le ayudara. Me prometió poder, riquezas y hasta algún puesto en el Olimpo. Cuando le mencioné que nada de eso me interesaba y que únicamente necesitaba tu amor, él pareció tronar de furia. Con sus ojos, literalmente rojos, me indicó que de eso se trataba. Dionisos planeaba capturarte. Amenazaba con desposarte al alba. Los celos violentaron mi ser y me llenaron de valor ante lo desconocido. Le exigí a Zeus que me llevara frente al malvado dios que osaba secuestrarte y él respondió que no seria fácil. Debería enfrentarme a inmensos peligros. Inclusive arriesgar mi vida. No te niego que dudé. Después de todo debía pelear contra un dios. Recordé tus besos y olvidé todo temor. Zeus sonrió. Colocando ambas manos en mis hombros me transportó a su reino en menos de un segundo. Lo observé sentarse en su trono. Con unas palmadas ordenó que sus doncellas me desnudaran y me vistieran con ropas de gladiador. Un rayo que salió de su dedo impactó todo mi cuerpo y me hizo sentir seguro, macizo y fornido. Zeus también me contó que en su necesidad de mantener el equilibrio del Universo y proteger los privilegios de los dioses debería despojarme de los poderes que me estaba confiriendo en ese instante a menos que aceptara quedarme a vivir en el Olimpo. Eso significaría perderte y prometí devolverle, a cuatro ninfas a quien obligó entregármelos, cuatro objetos mágicos que te describiré. Unas sandalias con alas que me permitirían volar. El casco del dios hades que me haría invisible. La espada de Ulises y el escudo de Atenea para defenderme.

Me condujo a un coliseo donde dioses peleaban contra dioses. Tuve que cerrar los ojos ante tal carnicería. Zeus fulminaba con un rayo al perdedor. Yo buscaba con la mirada a Dionisos para enfrentarlo y evitar encarecidamente que te atrapara y separara de mí. Uno de los centauros, presentes en las gradas, me explicó que debía luchar en un orden determinado con diferentes titanes hasta que llegara el momento de enfrentar al dios que buscaba. Eso — según dijo — si aún permanecía vivo al atardecer.

Tocó mi turno. Aquiles comenzó a burlarse ante mi presencia. Sus carcajadas me ensordecían. No entendía como un ser humano que nunca fue sumergido en el río Estigia osaba retarlo y esa fue la perdición de este heroe de Troya que competía por tu amor y para convertirse en dios. Mientras reía a carcajadas me acerqué con rapidez y enterré la filosa espada en su talón. Cayó adolorido al suelo. Su risa transformada en llanto cesó cuando Zeus lo vaporizó. Apolo llegó en un carro de cisnes. Furioso; aplicó velocidad a su carruaje para atropellarme, pero pude hacerme invisible con el casco del dios hades. Terminó estrellándose contra el suelo. Corrió la misma suerte que Aquiles. Artemisa, su hermana gemela, tuvo que ser detenida para que no me atacase también. Ares, como siempre, representó la fuerza bruta sobre la inteligencia. Se acercó a mi tan despreocupado que no notó cuando lancé el escudo con tal fuerza a sus pies que se tropezó. Se desplomó de lleno en una vasija que sellé y de la cual no podia salir. Hermes, el dios mediador, inmediatamente lo encontró y liberó. Zeus pulverizó a los dos por atreverse a librarlo de la prisión.

Por fin apareció Dionisos ofreciéndome vino. Dijo querer brindar por la próxima batalla que libraríamos y lo engañé. Utilicé el casco de Hades para desaparecer el vino cada vez que él levantaba su cabeza para beber. Pensando que de tanto tomar yo terminaría borracho prosiguió hasta que, brindis tras brindis, terminó desmayándose debido a su embriaguez. Zeus sonrió y lo condenó a ultratumba por algunos siglos para que recapacitara.

Saludé victorioso a Zeus. Él se acercó y me ordenó entregarle los cuatro objetos mágicos a las grayas. Diciendo esto señaló a tres ancianas de pelo gris. El espectáculo era espantoso. Las tres mujeres utilizaban por turno un solo ojo y un solo diente. Al entregárle los objetos las grayas se desvanecieron ante mis ojos. Zeus me declaró campeón olímpico. Coronó con ramas de olivo mi cabeza. Me invitó a sentarme en un trono aledaño al suyo y trató de convencerme de quedarme en el Olimpo. Ante mi negativa el clima fue cambiando. Truenos caían por doquier mientras aquel ser de gentil presencia se transformaba. Su enojo no lo entendí hasta que me explicó la forma en que te habían conocido los dioses.

Hace varias semanas — mencionó — a los dioses nos dio con echarle un vistazo a la tierra. Creo que fue cosa del destino. Hacia varios siglos que no nos fijábamos en los mortales. De hecho no sé de mi hijo Hércules desde hace dos mil cuatrocientos años. En fin, ese día tu amada arrancó una hoja de un roble amarillo mientras recitaba una poesía. Dionisos se le quedó observando. La persiguió de nube en nube. Los demás dioses, incluyéndome, quedamos intrigados por el desespero de Dionisos en admirarla y copiamos su hazaña. Todos quedamos prendados de su belleza. En el pasado tuve muchas aventuras. Deseé a mujeres mortales como no tienes idea, pero nunca había deseado a alguien tanto como a ella.

Mis celos comenzaron a aflorar. Él se dio cuenta y comenzó a reír a carcajadas.

Sí, te engañé — dijo — Sabía que podrías vencer a esos dioses o ellos vencerte a ti. Total lo que quería era disminuir la competencia. Ahora sólo quedamos tú y yo. Ya te despojé de tus armas. Un rayo pequeño bastara para mandarte al mundo de Hades.
Yo comencé a burlarme diciéndole que no estaba desarmado, que aún tenia el arma más poderosa del universo. Ante mi seguridad dudó y yo proseguí hablando.

El amor que siento por ella es poderoso...

No basta — interrumpió él.

Es verdad. Sólo no basta. Debes añadir el que ella siente por mí y descubrirás que es más que suficiente.
Lanzó su rayo. Impactó mi ser y no me hizo daño alguno. Asombrado volvió a intentar. Comenzó a llorar. Se dio por vencido cuando descubrió que un aura dorada me rodeaba cada vez que me atacaba. Parecía un niño al que le han quitado su juguete preferido o un humano que ha descubierto que existen amores imposibles o no correspondidos. Me compadeció el hecho de que si tú no me amaras me sentiría igual y me acerqué. Dijo desearte con locura. Le expliqué que sabia de lo que él estaba hablando pues yo te amaba igual. Dejó de llorar y verlo repentinamente sonreír me puso algo nervioso. El cambio de humor me asustó, pero al recordar que él era un dios, supuse que debia ser normal su actitud. Me reveló que si no podia tenerte para sí mismo lograría que fueras feliz a mi lado devolviéndome al mundo de los mortales. Mandó llamar a una adivina llamada Casandra y a su hermano gemelo Héleno. Me advirtieron que leerían mi futuro. De primera instancia no acepté, pero Zeus insistió. Habló de mi regreso a casa. Ese sería su regalo por hacerle comprender que la felicidad del ser amado es lo que importa y que Hera, su esposa estaría igualmente agradecida. Los gemelos adivinos pusieron sus manos en mis hombros. Me sentí mareado. Una intensa luz inundó mis ojos y me obligó a cerrarlos. Al abrir mis párpados me encontré frente a ti. Vestías una túnica blanca radiante. Tu pelo era adornado con hojas de laurel. Tu cinto era de oro y en tus manos llevabas un arpa a la que le robabas tonos hermosos. Tus sandalias estaban amarradas hasta un poco antes de la rodilla. El escote de tu vestidura llegaba al ombligo. Dejándome apreciar parte de tus pechos que se hacían de esta forma extremadamente provocativos. Tu sonrisa era angelical. Me arrimé a tu cuerpo mientras dejabas a un lado el arpa. Comencé a acariciar tu cuello mientras mis ojos se perdían en los tuyos. Se llenaron mis pulmones de aire ante la necesidad de acariciarte entera. Tu cuerpo se me hizo laberinto que deseaba recorrer. Como hombre enamorado de una mujer que hizo temblar al olimpo tus besos me supieron a gloria. Tus caricias rodearon mi existir. Busqué en mi derredor el caballo de Troya que usaríamos de habitación, pero preferiste hacer el amor en el jardín consagrado a Hera. Un caballo volador, desendiente de Pegaso, nos llevó en su lomo hasta el hermoso jardín. Árboles de manzanas de oro que conferían la inmortalidad nos rodeaban mientras te quité el cinto y dejabas caer la túnica al suelo demostrándome tu delicada desnudez. Mis ojos apreciaban tu ser en toda su talla. Mi erección ansiaba estar dentro de ti. Señalaste tu verticalidad y en forma de ordenanza me hiciste cumplir a cabalidad con tus deseos. No eran otra cosa que los míos propios y desempeñé con mis dedos y mi lengua el abrazo de tu humedad. Tu insistencia en poseerme me hizo temblar de pasión cuando al unísono nos convertimos en brillo de estrellas, en volcán de pasiones. Aún nos quedaron ganas de caricias después de haber transitado por los caminos de la lujuria y el amor. Tu cabello hacia que los árboles de manzanas de oro palidecieran ante tu hermosura. Tu boca fue en todo momento experta ejecutora de placer y tus ojos mi más grande tesoro. En ellos vi todo tu ser, el físico, el espiritual y el divino.

Me hizo sumamente feliz ver pasar a Afrodita a lo lejos. Noté que llevaba su cinturón, capaz de hacerla irresistible ante los hombres y ante los dioses. Suspiré aliviado de que no era eso lo que utilizabas para conquistarme y hacerme prisionero de tu amor, sino que tu belleza era tan real como tus besos, tus gemidos y tu humedad. Nos levantamos del suelo y me invitaste a acompañarte. Cuando me disponía a preguntarte a donde, tu dedo índice se posó sobre mis labios invitándome a callar. Aproveché para saborear los jugos de tu resquicio que aún estaban presentes en el desde que te tocaste para mi. Me revelaste tu fantasía de hacerme el amor justo al atardecer en la cascada de un hermoso río cercano. Fantasía que compartí con alegría y que...
¿Por qué me miras así? — Interrumpí

¿Cómo? — mencionaste irónica.

Como si no creyeras lo que te estoy contando. Te lo advertí al principio. No me creerás, pero insististe en que te dijera lo que me pasó ayer.
¡Es una fábula hermosa! — dijiste.

Está bien — proseguí —al menos nos sirve para que sepas cuanto te amo. En realidad te amo con todo mi ser.
— Y yo a ti mi amor...
Me robaste un beso y, con el, la continuación de mi historia pues nos inundamos de caricias. Nuestros ojos cerrados al besarnos sintieron la ráfaga de luz que vino después. Al abrirlos mientras aún nos besábamos contemplé a Zeus y a Hera que se besaban con igual pasión. Me sentí orgulloso. Por fin esos dos encontraban la paz que significa el amor verdadero. Antes de alejarse, Hera dejó caer una corona de laureles sobre tu cabello y una túnica blanca a tus pies adyacente a un cinturón dorado. Señalé los regalos que acababas de recibir para que me creyeras y tú sonreíste. Sugeriste que quien debía intentar comprender era yo mientras un hermoso brillo cubría tu piel despojándote de tu ropa e invistiéndote con la túnica blanca y el cinto.

Cielo, soy una diosa y tú un dios. Juntos habitaremos entre los mortales hasta que decidamos mudarnos al Olimpo o al confín del universo. Ahora acompáñame. Deseo hacerte el amor en un jardín de manzanas de oro y luego en la cascada de un río cercano...

sábado, julio 08, 2006

Alfabeto

Por Angelo Negrón

 
Te hartarás de pensarla tanto. Los recuerdos saturarán de felicidad tu mente y de tristeza tu corazón. Buscarás en tu cuarto de estudio el refugio que no conseguirá llenar su espacio. Amontonarás libros que intentarás leer y que después de las primeras dos páginas echarás a un lado a pesar de que reconocerás que es buena literatura. Obviarás los álbumes de fotos. Es claro que no querrás ver ni su rostro sonriente, ni el cosmos de sus ojos; mucho menos los labios que tanto apeteces. Aún así, los percibirás a cada momento. Acompañaran tus memorias junto a su delicada piel y su alma; amándote en una danza inquebrantable de gemidos y miradas de pasión.
 
Tomarás en tus manos, como una reliquia, el marcador de libros que te regaló; ese que reproduce al universo donde juntos fueron sol y luna en eclipses de habitaciones furtivas y sabanas desgastadas. Entretenerte no será tarea fácil, ya lo notarás. Sus palabras tocaran cada curvatura del espacio que respirarás. Su carita te encantará y se acercará imaginariamente a besarte cada párpado y cada labio por separado. Te morderá el cuello y hará sonidos deliciosos en tus oídos. Creara con sus manos en tu pecho la caricia que caprichosamente deseará para sí misma. Florecerá libre y te hará dueño soberano de su cuerpo. Se atreverá a hablarte con delicadeza y rudeza a la vez, entremezclando caricias y apretones. Diluirá su mente en tu alma y se adueñara de todo tu pasado y presente sin excluir por nada tu futuro.

El libro que llamará tu atención después de que sueltes el poemario que ella te regaló será el diccionario. Deliberarás que leyendo significados de palabras lograrás cansarte y aburrirte. Lo abrirás con la certeza de que será más empalagoso que darle lectura a la Biblia cuando dicta, nombre por nombre, la descendencia de Abraham. Sonreirás cuando notes que no es ilustrado, así no te entretendrás con láminas o dibujos. Te saltarás la letra “A” pues no querrás encontrarte con la palabra amor. Menos si la palabra pueda detallar al amor verdadero, ese que precisamente sientes por ella. La primera palabra coherente que encontrarás en la “B” será Baal. Te enterarás que Baal se le designaba en la antigüedad a algún señor divino y meditarás en lo divino que es ser besado por ella.

Obviamente encontrarás las palabras cama, danza, esposo, flores, ganas, habitación, ilusión y júbilo y todas te llevaran a pensarla más. En la “K” te detendrás por un rato y casi lograrás agotar tu mente con tanta palabra extraña. Alcanzarás la “L”: libre, lazos, lluvia, llanto y aparecerá la “M”. Cerrarás el ancho libro con la seguridad de que su nombre aparecerá en letras mayúsculas y hasta su apellido adornara las páginas de esa mala idea que tendrás al decidirte por leer un diccionario. Hasta la “C” de su otro apellido estará en color oro encabezando el tercer capitulo.

Gritarás su nombre y parecerá que del viejo libro salen algunas definiciones a la atmósfera del cuarto que le ayudan al calificativo de la mujer que te trae loco con ideas: naturaleza, necesidad, oasis, océano. Abrirás de nuevo el libro para buscar la “Ñ”, te equivocarás y lo harás en la “O”. La causalidad logrará llevarte de primera a la palabra olvidar. Maldecirás al notar que su definición será estúpida. Perder la memoria de una cosa será algo que quieras hacer y sólo recordarás más de la cuenta. Seguirás perdiendo el juicio y queriéndola como a nadie. Ser paciente es la querella que le reclamará tu corazón a tu vida. La interrogante de tu mente será: ¿qué rayos sucederá en el tiempo que unilateral estará por venir? Vacía será tu alma si la pierdes a ella. Llegas a la “W”, luego a la “X” y te desesperará el hecho de que no encontrarás en esas páginas alguna palabra romántica que describirá lo que vivieron juntos.

Conmemorarás las yemas de sus dedos rozando tus labios en la búsqueda de despertar tus ganas de besar aún a sabiendas de que esa era tu situación preferida. No podrás zafarte de tales memorias; el sonido de su voz resonará en atardeceres prestados, amaneceres distraídos por el tráfico y canciones románticas en emisoras especializadas para hacerte sufrir la lucha de olvidar lo imposible. Llenarás tu corazón de sensaciones nuevas, pero ninguna logrará colmar el espacio de solitarias lejanías de su ser. El calor de cuatro paredes cerradas en carnaval de añoranzas no superará el frío de la condena de no tenerla siempre.

Concurrirán conversaciones expuestas en caminos yuxtapuestos sobre corazones acorralados por pasados años y ante la negativa de cambiar la caída de las hojas por una vida llena de primavera. Sabrás que ella coexistirá tuya bajo condiciones de libertad incondicional y besos de miradas furtivas. Obtendrás la suerte de hablarle y escucharla en tiempo parcial sin dejar que tu espíritu agonice. Volverá a ti toda su presencia etérea y renunciarás a seguir sosteniendo el diccionario. Lo dejarás caer y chocará su carpeta dura contra el suelo que estará cubierto de pedazos del cristal del marco que habrás hecho añicos antes, cuando estrelles su foto contra la superficie enlozada de tu estudio. Mirarás al piso y notarás que el diccionario estará abierto mostrando las primeras páginas.
 
Por más que le huyas a la letra “A” la encontraras de todos modos. Desde tu silla descubrirás la palabra amor. Allí estará innegable la expresión que te saltarás al principio y que motivará toda la búsqueda de palabras que crees te apartarán de su recuerdo. Tomarás la foto del suelo y limpiarás los cristales. Ninguno habrá estropeado su sonrisa. Mirarás sus manos y verás que no se extenderán hacia a ti como desearás. Sus labios constarán del brillo que los caracteriza y su cabello existirá tan hermoso como siempre. Mirarás hacia su lunar claroscuro en la altura del cuello, ese que besarás con desmedida pasión sin percatarte de la pequeña partícula de vidrio que te partirá el labio.

Te preocuparás de no manchar de sangre la foto y la colocarás en el escritorio donde antes estaba; tal como innovarás su presencia dentro de tu vida. Te sentirás acompañado de miles de palabras que la describirán como lo más trascendental que le pasó y pasará a tu existencia. Sobrevivirás al tener la seguridad de besos incondicionales y nadie que pueda arruinar la apreciación de lo que vivirás junto a ella. Volverás a rezar a todas las almas gemelas del mundo para que bendigan su extraordinaria belleza, su delicadeza, inteligencia y su amor por ti. También, como habías hecho alguna vez, les pedirás que ella llegue a las nueve y dieciocho de la noche a su cita con el destino que serás tú. Volverás a colocar el libro en el anaquel y barrerás los cristales del suelo. Te sentarás en la silla después de que abras las ventanas y dejes entrar el aire fresco de la noche. Cerrarás los ojos y los abrirás cuando suene el teléfono y escuches su voz mencionándote sus ganas inmensas de verte justo al amanecer.

Te alegrarás y cualquier vestigio de tristeza que pueda quedar saldrá de tu pecho. Buscarás nuevamente el diccionario, lo aromatizarás con su perfume preferido y lo guardarás en tu maletín. Al despuntar el día se lo regalarás y al ver las palabras que subrayarás, recordará la vez que te dictó cada una de las letras del abecedario y tú le mencionaste una palabra de amor por cada letra. Apreciará el beso que depositarás justo en la comisura de sus labios, el abrazo que brindarás a su voluntad y sobre todo la forma en que aguardarás con paciencia que sus alas grandes de ángel te arropen en la oscuridad de noches despiertas donde admirarás su sueño, su rostro y su alma...

martes, junio 27, 2006

Tacto

Por Angelo Negrón

Hoy volví a recordarla. Hace ya bastante tiempo que la había escondido en esas neuronas que tratas de ocultar para proteger a tus ojos de diluvios y a tu corazón de palpitaciones extenuantes. El subconsciente ataca de maneras extrañas. La mente es poderosa aliada, pero también puede ser enemiga cruel. El recuerdo vino en una banca. Una de esas que encuentras en los parques; de las que tablas de madera son sujetadas por dos bases de acero…

Nos conocimos en este mismo parque gracias a que la lluvia nos obligó a guarecernos debajo del mismo paraguas; el mío. Ese día atravesamos el parque y nos reíamos cada vez que teníamos que brincar un bache. Llegó el momento en que no encontramos paso, a menos que literalmente nos sumergiéramos hasta los tobillos. Decidimos esperar a que pasara el chubasco y la química fue perfecta. Lo que comenzó como una charla trivial se convirtió en un continuo flirteo. Le siguieron salidas al cine, almuerzos, cenas, la opera, vinos, flores, llamadas telefónicas y nada de besos. Habíamos actuado con la parsimonia de quien nada tiene que perder y la verdad no fue porque yo lo dispuse, sino porque ella me habló de una reciente ruptura y necesitaba tiempo.

Permití que escuchara mis pasos. De esa forma, cuando al colocar mis manos en sus ojos y le preguntase a manera de juego de quien se trataba, sabría que era yo. La noche anterior nuestra conversación giró, y juro que lo hice magistralmente, hacia la entrega, el buen sexo, el amor y terminamos deseándonos como nunca. Tanto que concordamos en que el momento en que seriamos uno había llegado. Para tal encuentro planificamos que la recogería donde siempre; en la banca donde esperamos que bajara el aguacero la primera vez que nos conocimos. Nuestro primer beso debía ser allí y luego buscaríamos una habitación donde amarnos. Simplemente coincidimos en que éramos el uno para el otro.

Nunca olvidaré la fecha: 27 de junio de 1991. Mis manos arroparon sus ojos y no llegué a preguntarle nada. Las aparté al sentir como se me humedecían los dedos. Estaba llorando. Al avanzar a preguntarle que sucedía me abrazó. Fue uno de esos abrazos en que te estrangulan de una forma maravillosa. Aunque no dejó de llorar sentí su calido cuerpo y no pude evitar estremecerme, primero de placer, luego por un hilillo de tristeza. No le pregunté nada. Sabía que ella sería quien decidiría cuando hablar. Presentí que necesitaba algo más que algunas palabras de aliento y que mi presencia podría reconfortarla. Tal vez —pensé en ese momento — volvió esta mañana con su ex y teme decírmelo. Ella seguía llorando y yo comencé a conjeturar tantas versiones de lo que podría ser que llegó el momento en que no soporté más y le pregunté por lo bajo si podía ayudarle. No contestó. Seguía abrazada a mí y me percaté de que se había quedado dormida de tanto llorar.

Al despertar, gracias a varias carcajadas de niños transeúntes, me soltó como si no supiera donde estaba. Volvió a abrazarme. Algunas lágrimas mojaron el bolsillo de mi camisa. La aparte con delicadeza y puse mis manos en sus hombros mientras la miraba fijamente con curiosidad. Dijo lo lamento con los ojos aún llorosos y luego se enjugó las lagrimas con la manga de su chaleco. Esquivó mi mirada y miró hacia los niños que ya jugaban en el sube y baja. Su rostro se volvió de piedra por unos segundos. Como si fuera un síntoma de bipolaridad, su cara fue cambiando. De ser la mujer más sufrida comenzó a sonreír y a ser la misma que conocí. Era histrionismo puro. Algo turbado le seguí la corriente. Admiró la habilidad de un niño al poder cruzar con sus manos por la escalera horizontal, me dijo que le gustaban mis zapatos y que la noche anterior se había acostado temprano con la intención de sentir que amaneció más rápido para así poder verme. Advirtió en mi rostro la interrogante de lo que sucedía y no pudo más que explicarse un poco.


— Lo lamento — dijo sin quebrársele esta vez la voz — Lamento tanto —prosiguió — que me hayas visto llorar. Quiero que estés tranquilo. No eres tú, se trata de mí.
Me explicó que no deseaba hacerme daño. Se estaba enamorando de mí y sabía que lo nuestro podría ser hermoso, pero a la vez reconocía que llevaba muy poco tiempo conociéndome y a la vez que acababa de pasar por una relación tortuosa. No deseaba para nada cerrar cicatrices desquitándolas en otra relación tan pronto. Mientras más hablaba yo menos entendía. La noche anterior nos prometimos el primer beso, ella misma escogió el lugar para el acontecimiento. Y allí estábamos. Le dije que podía esperar. La deseaba pero la deseaba por amor. Podíamos conocernos mejor y formalizar lo nuestro.

Se negó rotundamente. Besó mi mejilla al tiempo en que se ponía de pie y trató de escapar. Le tomé de la mano y la detuve. Esta vez fui yo quien la abracé con desesperación. Me apartó con ternura. Besó mis parpados y me pidió comprensión. Se alejó llevándose mi calma, dejando en mi su perfume y la caricia de tres tiernos besos; uno en la mejilla, otros dos en cada parpado cerrado, como si besara mis ojos deseosos de ser su otra parte. En la vida todo es ritmo. Andamos en la búsqueda de otro corazón que sea capaz de latir al unísono con el nuestro y por eso no me rendí.

Me dediqué a llamarla y fui rompiendo la distancia poco a poco. Por fin, logré volver a verla. Aceptó mi invitación a cenar. Yo mismo prepararía la cena. Es algo que nunca había logrado hacer bien, pero deduje que habría tiempo para burlarnos de mis faenas domésticas. Eso si; me aproveché de su gusto por el violín. Contraté a tres violinistas que interpretaron, en mi casa, sus melodías preferidas. A la luz de velas aromáticas y de una pizza recién ordenada, gracias a que el pollo en salsa de guayaba que preparé parecía más gelatina que otra cosa, volví a la carga con esto de hablar sobre sentimientos compartidos. Ella miró a los violinistas y se acercó a mi oído. Lo rozó con sus labios al decirme, ellos terminaran pronto y se irán; estaremos solos. Sonreí al mismo tiempo que guiñaba un ojo a uno de ellos como seña de que terminaran. Se despidieron con nuestros aplausos y los acompañé afuera para pagarles y acelerar su despedida. Sorpresa mayúscula la que me llevé al entrar. Ella colocó las velas en el suelo. Dibujó con ellas una flecha que apuntaba a mi habitación. Miré hacia arriba en señal de agradecimiento a Dios. Lo hice mi cómplice. Había hablado tanto con Él que era imposible no me hubiese ayudado.

Y me ayudó. Al entrar en mi cuarto ella estaba en una butaca que acostumbro usar para leer. Me dijo, por lo bajo, como quien no quiere ser escuchado por nadie más: ven aquí. Con discreción caminé hacia ella. Disfruté aquellos segundos de sus ojos mirándome con lascivia. Justo antes de llegar ella se levantó y acariciándome el pecho me empujó suavemente hacia la butaca. Me ordenó quedarme sentado y se mudó a mi cama. En ella, se acostó y me dijo:

Hoy haremos el amor. Tal vez de una forma distinta a lo que esperas. Por eso prométeme que seguirás mis deseos al pie de la letra.
Claro que si. Lo prometo — casi le interrumpí.

— Entonces — continuó — Si no haces lo que te diga. Me iré de aquí sin mirar atrás siquiera.
Pensé que era parte de sus juegos previos para enarbolar mis sentidos, pero pronto descubrí que hablaba muy en serio. Me pidió que me quedara sentado en la butaca y comenzó por desnudarse. Poco a poco me dejó apreciarla. Se acariciaba el cuello y se mordía los labios provocativamente. Me puse de pie para acercarme y su orden fue clara: quédate sentado. Obedecí mientras divisaba en su espalda, a la altura de los hombros, pecas que me hicieron recordar el espacio sideral. Más al sur me enfoqué en sus nalgas y cuando logró quitarse la última pieza que nos estorbaba me exigió que me desnudara. A la prisa comencé a desabotonarme la camisa. Me miró con desaprobación. Demandó que lo hiciera tal como ella; despacito. La observaba relamerse y tocarse sus senos. Mi erección palpitaba. Justo cuando estuve desnudo, se levantó de la cama y volvió a empujarme a la butaca. Se sentó en el borde de la cama para que estuviésemos más cerca y extendió sus pies hacia ambos lados dejándome plena visión de su verticalidad mientras se acariciaba. Húmeda, perfecta a mis intenciones quería devorarla y se lo informé. Otra negativa de su parte que añadida a sus gemidos hizo aumentar mis ganas de poseernos. Regalándome placer visual comenzó a tocarse también sus pechos en una sincronía tal que mis manos se escaparon hasta la dureza que pujaba por atención entre mis piernas.

— Siiii —
dejó escapar entre gemidos en señal de aprobación.

Los movimientos concéntricos de sus dedos sobre el clítoris hinchado y encargándose de pezones mojados por su propia saliva era magia pura. El espectáculo de mi vida. Se movía en la cama, ocupándose en regalarme diferentes posiciones, pero siempre mirándome a los ojos; como si buscara leerme los pensamientos. Observé dos veces espasmos que avisaban su viaje a derramar los jugos sagrados del placer y antes de su tercera vez me ordenó con voz, esta vez suplicante, que le dejara ver cuanto la deseaba.

— Quiero poseerte — le dije.

— Ya nos poseemos amor — contestó — eso hemos estado haciendo desde que nos conocimos. Nos estamos poseyendo justo ahora. A tacto y sentimiento. Vamos, viaja conmigo — prosiguió — deseo verte viajando a mi lado. Seamos uno. Vamos; que sea fuerte y abundante como lo nuestro.
Abría su boca y acariciaba sus labios. El movimiento de sus dedos en su rasurada oquedad se hizo vertiginoso. Sus palabras, sus gemidos y la visión de verla tocándose lograron romper las barreras que me había impuesto ante la certeza de que llegaría el momento de penetrarla. Gemimos de placer casi al mismo tiempo, yo primero, ella segundos después.

Tuve una de las secciones de amor más eróticas de mi vida y no la toqué y no me tocó. Cuando traté de acercarme siguió en el plan primero:

—Nada de eso amor. Quédate en la butaca, por favor. Sigue disfrutando. Sigue en este viaje.
Seguí con su juego. Concluí que en los caminos del amor, estas experiencias ayudan a mantenerlo vivo. Ya habría tiempo de abrazarnos.

Estaba equivocado. No existió un abrazo, ni siquiera un apasionado beso, ni en ese momento ni después. No la volví a ver. Esa noche nos quedamos dormidos, bueno no, yo me quedé dormido. Ella aprovechó, escribió una nota donde agradecía mi amor, pero debía despedirse. Me exigía que no la buscara. Que era lo mejor para ambos. No me convenció. La busqué. Fue en vano. Esa misma noche tomó un avión y su madre no me quiso decir a donde. Luego de intentos inútiles de sacarle la verdad y de hasta un detective que más bien me robó los pocos ahorros que tenía tuve que resignarme y olvidarla junto a todos los pensamientos que se agolpaban en mi mente en la búsqueda de la verdadera razón para su abandono. Interrogantes que comenzaban en desamor, lesbianismo, bipolaridad, matrimonio y que terminaban en defenderla bajo la certeza de que sus palabras eran ciertas. Ese mensaje en el que hablaba de una relación tortuosa recién acabada y sus ganas de no herirme debía ser real.

…quince años después. Sentado en esta banca que sé no es la misma, pero está en el mismo lugar, lloro su ausencia en mi vida. Aquí donde esperamos aquella vez que la lluvia cesara, aun a sabiendas de que existían otros caminos por donde cruzar el parque sin mojar el interior de nuestros zapatos, la recuerdo. Y es que acabo de enterarme de la razón que tuvo para escapar.

Un detective que contraté hace unos años y al que había olvidado pues trabajaba por comisión, me envió un informe redactado, en ingles, por unos colegas suyos en Pensilvania. El cartapacio contenía todo lo necesario. En el encontré su foto, direcciones donde había residido en once diferentes años y lo que me dio la respuesta al enigma que había dejado ella en mi vida con su partida.

Así es. Encontré una copia de su acta de defunción grapada a otra copia algo borrosa, pero en la que la fecha y el resultado se leen claramente; 27 de junio de 1991: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida: Positivo.

sábado, junio 10, 2006

Noche desnuda

Por Angelo Negrón

Esa noche la orquesta hizo alarde de gran habilidad musical. Traspasando oídos; penetró extremidades y cinturas. Solos o en parejas, los presentes bailaban. Desde la señora ancha de caderas hasta la pareja que, en vez de bailar, parecía hacer el amor al compás de la música. Nessie llegó allí luego del segundo receso. De su cuerpo esbelto brotaron movimientos lentos y disimulados.

En medio de la algarabía subió “Jacqueline” a la tarima con su tradicional frase: “¡Fuete a morir, lo más negro!”. Inició su famoso movimiento ondulante de cintura y se levantó la falda dejando ver sus velludas nalgas. Provocó burlas y aplausos en los presentes. Nessie, con furia reflejada en su rostro criticó en voz alta el acto del homosexual.

Un desconocido, al escucharla, la invitó a bailar y ella se negó, diciendo que no tenía ganas. Él insistió hasta convencerla y quedó admirado de la soltura de movimientos que surgían del cuerpo femenino. Danzaba como una diosa, por lo que él le preguntó dónde había aprendido a bailar de forma tan singular. Ella aclaró que nadie le había enseñado. Desde niña, por naturaleza, le gustaba bailar.

Todo un donjuán su acompañante le habló dulce al oído e intentaba, sin lograrlo, pegarla más a su cuerpo. Mientras ella se resistía a esos avances amorosos recordó el rechazo que hiciera ese mismo día a la petición de noviazgo de un amigo:

—No. Aún no es tiempo todavía. Debemos conocernos mejor para que sea seria y duradera nuestra relación...

En su reloj-pulsera sonó la alarma. Dejando de bailar mencionó que debía marcharse.

— ¿Por qué? — preguntó el tenorio presintiendo fracasada su conquista.

— Debo ir a trabajar — contestó ella.
El hombre la miró extrañado y preguntó:

— ¿A esta hora? ¿A que te dedicas?

— Soy enfermera graduada... No preguntes dónde. No te lo diré. Aún no te conozco bien, ¿entiendes?

—Yo puedo llevarte.

—No. No puedes— aseguró ella.

Insistentemente, él le regaló su número telefónico. Se despidieron con la promesa de volver a verse algún día de fiestas. Nessie tomó un taxi. Exigió al chofer que la llevara a la zona portuaria. Al llegar el taxímetro había marcado cuatro dólares con cincuenta centavos. Sacando un billete de cinco de su cartera pagó. Depositó el cambio en la mano estirada de un borracho vagabundo. Al entrar a su lugar de trabajo pensó: “Si no fuera porque me gusta tanto mi profesión no me desvelaría más”.

Ingresó en el tocador de damas. Se asomó al espejo y de rojo vivo pintó sus labios. Se atavió el uniforme de enfermera. Al salir escuchó a dos hombres quejarse. Con tenue sonrisa les ofreció ayuda a ambos. Parecían contagiados. Babeaban enfermos y no consiguieron responder. Nessie dio media vuelta al escuchar música estrepitosa. Pareció enfurecerse y decidida subió tres escalones. Se recostó de una columna e inició un suave vaivén de cintura. Ante las miradas aturdidas de los presentes, que le gritaban palabras malsonantes, comenzó a desvestirse. Hombres y mujeres le gritaban palabras soeces, pero no dejaban de admirar su belleza. Un joven que había asistido al lugar, comentó a otro a su lado:

— ¡Mira! ¡Es Nessie! ¡La muchacha a la que mi primo José pretende!

—Tu primo siempre ha sido un pendejo- contestó el otro joven.

— ¡Cuándo mi primo se entere!

— ¿Se lo dirás?

— Claro que sí. No ves que esta mosquita muerta se hace la muy santita con él.

— ¿Santita? ¡Santa puta es lo que es!

— ¿Cómo es que una mujer tan hermosa es capaz de trabajar aquí y hacer eso?

— Ahora prefieres que trabajen mujeres feas aquí. ¿Eres más pendejo que tu primo?

El joven no contestó. Tomó un sorbo de cerveza y sacó varios billetes de su bolsillo. Colocó uno en la última prenda que le quedaba a la bailarina nudista. Nessie dejó ver su parte más íntima y prosiguió bailando, completamente desnuda, hasta el amanecer.